Hace unos 10.500 años, en algunas partes del mundo los humanos abandonaron el estilo de vida nómada de cazadores-reco- lectores para convertirse en agricultores y ganaderos al “domesticar” plantas y ani- males. Esto dio lugar a una explosión de la población humana debido a dos situa- ciones resultantes de esta revolución: pri- mero, como resultado del sedentarismo, el intervalo entre nacimientos pudo redu- cirse; y segundo, los cultivos y la gana- dería permitieron la producción de una mayor densidad de alimentos que los en- contrados anteriormente en estado sal-
vaje. De hecho, la revolución agrícola fue el origen de la sociedad actual, basada en la concentración en núcleos de población, y la creación de estructuras y especializa- ciones laborales, políticas y militares. Estos cambios permitieron a las sociedades agrí- colas primar sobre los grupos de caza- dores-recolectores.
Esta revolución también hizo al humano dependiente para su nutrición de un nú- mero reducido de especies. Por ejemplo, en la actualidad existen 145 especies de mamíferos potencialmente domesticables y beneficiosos, pero sólo 14 de ellas se uti- lizaron para ese propósito y por razones desconocidas. Así mismo, existen unas 200.000 especies salvajes de plantas supe- riores, de las cuales sólo 7.000 se utilizan de alguna manera por el ser humano, pero sólo 100 fueron domesticadas, aunque el 50% de nuestro consumo energético viene exclusivamente de tres plantas: trigo, maíz y arroz (Diamond, 2002).
Por lo tanto, con la revolución agrícola co- menzó la globalización nutricional y el de- terioro del diálogo genético-ambiental que había tenido lugar por cientos de miles de años. Simultáneamente comen- zaron otras adaptaciones genéticas rá- pidas que se han manifestado en tan sólo unos pocos miles de años, como las mos- tradas anteriormente en referencia a los genes LCT y AMY1.
Pero además, el aumento en la densidad de población y su estabilización geográ- fica fueron el caldo de cultivo para las epi- demias de enfermedades infecciosas que han asolado la humanidad desde en- tonces, muchas de las cuales migraron a los humanos desde los animales que em- pezaron a domesticar. Es interesante que
las enfermedades infecciosas probable- mente hayan esculpido nuestros genes tanto como la alimentación. Este es el caso de una mutación que afecta la acti- vidad de la enzima glucosa-6-fosfato des- hidrogenasa (G6PD), que participa en la fase oxidativa de la ruta de la pentosa fos- fato. Esta mutación está presente en unos 400 millones de individuos, principal- mente en África, el Mediterráneo y el Medio Oriente.
Esta mutación es similar a la de la anemia falciforme y confiere resistencia a la ma- laria porque bloquea el uso por el parásito
Plasmodio falciparum de las células rojas
para su metabolismo y reproducción. Ade- más, esta mutación da lugar al favismo, caracterizado por la incapacidad de con- sumir habas. La frecuencia de la mutación que causa el favismo está correlacionada con la distribución geográfica de la ma- laria, lo que sugiere una selección combi- nada de favismo y resistencia a la malaria. Curiosamente, en la preparación tradi- cional de las habas en el Mediterráneo y del Medio Oriente se utilizan especias oxi- dantes durante la época de la malaria, para reforzar el efecto de la mutación en G6PD, mientras que durante el resto del año se utilizan especias antioxidantes al objeto de permitir el consumo de habas por aquellos afectados de favismo.
El diálogo interrumpido
Una de las hipótesis más sólidamente es- tablecidas acerca de las “otras epidemias” del mundo moderno, es decir, la obe- sidad, la diabetes, las enfermedades car- diovasculares, reside en el concepto de que son el resultado del desajuste entre nuestra evolución genética a largo plazo
y los cambios ambientales que han tenido lugar en tiempos recientes, y sobre todo en las últimas décadas (Finch, 2010). Una de las consecuencias más evidentes de este conflicto entre el pasado y el pre- sente se manifiesta en forma de obesidad. La Organización Mundial de la Salud es- tima que más de mil millones de sujetos padecen de sobrepeso y más de 300 mi- llones de obesidad. Esta obesidad puede llevar consigo un aumento del riesgo de las enfermedades crónico-degenerativas y, de esta manera, se estima que la obe- sidad puede acortar la esperanza de vida en 9 años.
Existe un interés por parte de los países industrializados para intentar controlar esta epidemia. Sin embargo, su dificultad ha quedado bien demostrada. Primero, la obesidad es tremendamente multifacto- rial y requiere intervención a diferentes ni- veles de la sociedad y del individuo. Se- gundo, la evolución ha procurado al ser humano numerosos sistemas para sobre- vivir, asegurándose de que el aporte de energía de la dieta es adecuado. Interfe- rencia con uno de los sistemas de control del apetito o la utilización de energía sólo resulta en la activación de otros sistemas compensatorios. Así pues el ambiente obesogénico en el que vivimos en la ac- tualidad está en total desacuerdo con una fisiología adaptada a sobrevivir en una si- tuación de carestía e incluso de ham- brunas. Parte de este concepto es lo que se conoce como el genotipo o el fenotipo ahorrador.