Un nuevo tipo de filósofo que se puede llamar “filósofo democrático”, o sea el filósofo convencido de que su personalidad no se limita al propio individuo físico, sino que en una relación social activa de modificación del ambiente cultural17.
Gramsci resulta un filósofo democrático, si nos atenemos a su modo de ver el mundo, a la manera como encaró su compromiso teórico y político. Su reflexión filosófica es sorprendente en tiempos florecientes del autoritarismo y del dogmatismo; su crítica antidogmática, laica, ética y emancipadora abre un camino de renovación de la filosofía moderna. En 1915, decía a propósito del centenario del natalicio de Marx: “¿Somos marxistas? ¿Existen marxistas? Tú sola, estupidez, eres eterna”. Y agregaba:
La vana cháchara y el bizantinismo son herencia inmarcesible de los hombres. Marx no ha escrito un credillo, no es un mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio.
Esta tesis más que irreverente es una prueba de la visión amplia y secularizada que tenía Gramsci de la historia, del pensamiento y de la actividad humana. Como visionario, advierte el peligro del dogmatismo:
Carlos Marx es para nosotros maestro de vida espiritual y moral, no pastor con báculo. Es estimulador de las perezas mentales, es el que despierta las buenas energías dormidas que hay que despertar para la buena batalla. Es un vasto y sereno cerebro que piensa, un momento singular de la laboriosa y secular búsqueda que realiza la humanidad por conseguir la conciencia de su ser y su cambio, para cambiar el ritmo de la historia y disipar su misterio, para ser fuerte en el pensar y en el hacer.18
Si nos atenemos precisamente al conjunto de su obra, la reflexión gramsciana es plural, esencialmente antidogmática, abierta al mundo intelectual, literario y cultural de la época. Su proyecto filosófico emancipatorio fur Ewig consistió en dialogar, discutir, confrontar, reconocer las limitaciones, formular nuevos interrogantes y abrir una perspectiva ética y cultural del marxismo revolucionario.
Su marxismo sui géneris fue descubierto tardíamente, y hoy nos sorprende el sentido de su reflexión y la actitud plural de su comprensión de la cultura contemporánea. Sin embargo, hay que admitir una cierta ironía que recorre el pensamiento filosófico y, el de Gramsci, no es una excepción. La filosofía de la praxis que incorpora y desarrolla la dialéctica, termina por oscilar entre la construcción de un horizonte crítico y emancipador y la consagración oficial de una verdad absoluta. Surgida de la crítica, del conflicto y de la libertad, la teoría de Marx experimentó tempranamente una involución a raíz de la pretensión cientifista, reduccionista y autoritaria que desde finales del siglo XIX se impuso en el movimiento socialista e intelectual. El marxismo que reconoció el “otro”, la diferencia y el conflicto, se fosilizó en una insípida escolástica, excluyente y autoritaria. Puede ser paradójico, pero la
18. Gramsci, Antonio. “Nuestro Marx” (4-XI-1918). En: Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán, pp. 40-41.
metafísica se apoderó del proyecto crítico-emancipador de la teoría de Marx; esclerotizó el horizonte revolucionario del pensamiento, de la cultura, de la vida social y política.
El concepto de praxis fue suplantado por el concepto de verdad y la realidad fue inventada de acuerdo con las leyes generales de la sociedad, del pensamiento y del hombre. Quizá esta crisis permanente es lo que podríamos llamar la cuestión del marxismo. Marxistas y no marxistas han debatido este asunto desde diversos puntos de vista. En unos casos, se señala la insuficiencia del marxismo; en otros, se busca su superación a través de la combinación con otras filosofías; en otros, se trata de ir “más allá de Marx”. Ya sea desde la perspectiva teórica, filosófica, estética, cultural, metodológica o sociopolítica, el marxismo siempre ha sido una teoría en crisis; una teoría de “partículas” en movimientos ondulatorios.
De otra parte, la filosofía contemporánea ha mantenido una polémica permanente, diálogo, discusión e, incluso, apropiación de la filosofía de la praxis. En Heidegger, Sartre, Foucault, Lacan, Deleuze, Habermas y Lyotard está presente, de alguna manera, la filosofía de Marx como “punto de referencia”. No obstante, lo que se conoce con el nombre de “revisión” de la filosofía de la praxis es un “hecho político” que caracteriza la historia intelectual y cultural de la obra de Marx. Gramsci admite que:
El marxismo ha sufrido una doble revisión, esto es, ha dado lugar a una doble combinación. Por otro lado algunos de sus elementos, explícita o implícitamente, han sido absorbidos por algunas corrientes idealistas (Croce, Sorel, Bergson, etcétera, los pragmatistas, etcétera); por el otro, los marxistas “oficiales”, preocupados por encontrar una “filosofía” que contuviese al marxismo, la han hallado en las derivaciones modernas del materialismo filosófico vulgar o, incluso, en corrientes idealistas como el kantismo (Max Adler).19
Según Gramsci, Labriola es el pensador que se diferenció de unos y de otros al afirmar que el marxismo es una filosofía independiente y original. En este sentido, dice Gramsci, “hay que trabajar, continuando y desarrollando la posición de Labriola”. Reconoce que:
La tarea es muy compleja y delicada. ¿Por qué el marxismo ha recorrido esta suerte, de parecer asimilable, en algunos de sus elementos, tanto a los idealistas como a los materialistas vulgares? Habría que buscar los documentos de esta afirmación, lo que significa hacer la historia de la cultura moderna después de Marx y Engels.20
Según Gramsci, la incomprensión del marxismo como momento de la cultura condujo a estos dos extremos, dada la complejidad del proceso histórico de crítica a las formas más refinadas de las ideologías modernas y a las expresiones de la cultura medieval en la mentalidad popular.
De otra parte, la sacralización del “materialismo dialéctico”
(Diamat) quebró el proyecto crítico-emancipador de la filosofía de la
praxis. La escolástica y la intolerancia sometieron en un absoluto silencio el pensamiento crítico y la renovación intelectual. La propaganda oficial sustituyó la teoría; la creatividad y el respeto a la diferencia fueron reemplazados por una cultura de la sumisión. El espíritu revolucionario de la filosofía de la praxis quedó reducido a la manualística, endiosada por el autoritarismo. En efecto, el apriorismo suplantó la historia. La propagación de la idea todopoderosa de que el marxismo constituía una verdad absoluta impidió comprender el significado crítico-emancipador del concepto de praxis. El Estado reemplazó la sociedad civil, y el mundo de la cultura, de la estética y de la espiritualidad humana quedaron envueltos bajo el diktat del partido. Esta parte, tal vez la más oscura de la historia del marxismo, cruel en muchos aspectos, suscitó irónicamente la producción intelectual más arraigada con la tradición filosófica, la sensibilidad estética, la valoración ética y el sentido de las culturas, y
produjo la obra filosófica más representativa del movimiento intelectual y socialista contemporáneo.
Ahora bien, la originalidad y el poder del pensamiento de Gramsci, según E. J. Hobsbawm, se debe fundamentalmente a tres hombres: además de sus dos amigos Plero Sraffa y Palmiro Togliatti, “a Mussolini, en primer lugar, quien por una ironía de la historia al ponerlo preso lo salvó de Stalin”.21 En cierta forma, esta última circunstancia dolorosa,
hizo que el filósofo pudiera elaborar un proyecto pluralista, radical, crítico y antidogmático.
Si bien es difícil hablar de pluralismo en el marxismo, es claro que la perspectiva emprendida en los años 20-30 por Gramsci, y por otros filósofos como W. Benjamín, K. Korsch, T.W. Adorno y J.C. Mariátegui permitió abrir un horizonte singular del pensamiento filosófico marxista, aunque realmente desconocido, silenciado o excluido de la “historia sagrada” del “socialismo real”. Toda vez que el Diamat se convirtió en la forma hegemónica de la cultura socialista, la filosofía de la praxis quedó aferrada a la idea metafísica de la verdad absoluta y del autoritarismo. El marxismo oficial, positivista y metafísico, contrario a su teoría de la síntesis histórica, rechazó o desconoció los alcances del pensamiento democrático. Hizo tabla rasa de todo lo anterior, como si el marxismo no hubiera sido producto de la modernidad. En cierto modo, la Aufhebung hegeliana le hizo una mala pasada: sedujo al pensamiento y a la cultura en el sentido de llegar a “conservarse” sin lograr “superarse”. De suyo, el elemento conservador prevaleció sobre el revolucionario, y la mediación dialéctica quedó atrapada en la manipulación escolástica. Si la dialéctica no supo marchar sobre los “pies” (materialidad histórica), tampoco logró apoyarse sobre la “cabeza” (pensamiento crítico) como Marx reconocía el mérito de la filosofía de Hegel. Esta paradoja la pagó bien caro el “socialismo real”, y la filosofía de la praxis quedó comprometida con el establecimiento,
21. Hobsbawm, Eric. “El Gran Gramsci”. En: AA. AA. El pensamiento revolucionario de Antonio Gramsci. México, p. 198.
la sumisión y el silencio. El marxismo “oficial” terminó por fulminar el pensamiento teórico, la pluralidad, la individualidad y la imaginación.
Pues bien, Gramsci fue el teórico marxista que en los años 20- 30 admitió la crisis del marxismo, criticó el reduccionismo y abrió el horizonte intelectual, ético y cultural de una Welltanschauung crítico- emancipadora. Gramsci, sin embargo, puede parecer contradictorio, porque su visión plural y crítica del pensamiento se mueve en la perspectiva de la tesis de Labriola, según la cual la filosofía del marxismo es independiente y autónoma. Es más: subraya la creación de una concepción del mundo unitaria, integral y total. Acaso, ¿no es una contradicción con su postura dialógica, crítica, socrática del “conócete a ti mismo”, la cual repetía con frecuencia? ¿La tesis de la autosuficiencia de la filosofía de la praxis no raya acaso con el postulado de la pluralidad crítica? Al analizar el concepto de ortodoxia, Gramsci produce una ruptura conceptual con la visión tradicional de buscar:
en este o aquel seguidor de la filosofía de la praxis, en esta o aquella tendencia vinculada a corrientes extrañas a la doctrina original.22
Por el contrario, la “ortodoxia” debe ser buscada:
en el concepto fundamental de que la filosofía de la praxis se ‘basta a sí misma’, contiene en sí todos los elementos fundamentales para construir una concepción del mundo total e integral, una filosofía y teoría de las ciencias naturales, y no sólo eso, sino también para vivificar una práctica integral de la sociedad, o sea, para convertirse en una total, integral civilización.23
Guardadas las proporciones, una postura semejante la adoptó el cristianismo y, en cierto sentido, la ha asumido el posmodernismo. En el sentido de que la característica de cada una de estas filosofías defiende
22. Gramsci. Q. 11., p. 1.434.
23. Ibídem. “Questo concetto cosí rinnovato di ortodossia, serve a precisare meglio l’atributo di ‘revoluzionario’ che si suole con tanta facilitá applicare a diverse concezioni del mondo, teorie, filosofie”.
el elemento de escisión y distinción, “en cuanto que es un vértice inaccesible al campo adversario”, son revoluciones paradigmáticas, rupturas de pensamiento. Gramsci, por eso, insiste en considerar que la filosofía de la praxis es una “estructura de pensamiento completamente independiente y autónoma, antagónica a todas las filosofías y religiones tradicionales”24. Lo que importa es el elemento revolucionario de la
cultura, de la teoría, de los paradigmas o concepciones del mundo, concepto admitido en la moderna epistemología científica como “ruptura epistemológica” (Bachelard), “revoluciones científicas” (T.S. Kuhn) o “praxis revolucionaria” (Marx). Esta dialéctica creadora es lo que mueve el proyecto gramsciano. De lo contrario, el pensamiento filosófico semejaría una progresión ascendente, llana, tranquila y conciliadora. Gramsci es un filósofo de la ruptura, de la crítica y de la diferencia, pero ello no le impide reconocer que todas las filosofías tienen un valor y una pertinencia conceptual para la filosofía de la praxis; además, distingue entre las fuentes teóricas del marxismo o la cultura filosófica de los pensadores y los orígenes o partes constitutivas de la filosofía de la praxis.
Gramsci acentúa el elemento crítico revolucionario porque considera conceptualmente definitiva:
La superación de las viejas filosofías, la nueva síntesis o los elementos de una nueva síntesis, el nuevo modo de concebir la filosofía en la que los elementos se hallan contenidos en los aforismos o dispersos en los escritos del fundador de la filosofía de la praxis y que justamente hay que identificar y desarrollar coherentemente.25
En cierto modo, el marxismo actuó, según dice Gramsci, como superación y creación, pero, en comparación con los largos períodos de conservatización, represión y exclusión, resultan desdibujados los momentos crítico-emancipadores. El concepto de praxis es fundamental para definir el significado y los alcances del marxismo; en una
observación tal vez original, Gramsci anotó que el énfasis debía colocarse en el concepto de historia (praxis) y no en el materialismo.26
Esta visión crítico-dialéctica hace de Gramsci un pensador, esencialmente, antidogmático. ¿Por qué, entonces, persiste en un horizonte de totalidad? ¿Acaso las filosofías reduccionistas y omnicomprensivas no están en crisis? Se trata, evidentemente, de una de las antinomias clásicas de la filosofía moderna que Gramsci tematiza orgánicamente, es decir, en su postura crítico-emancipadora de la praxis comprende la totalidad social, la cultura, la mentalidad, el Estado y la sociedad civil; la praxis es el modo como actúa y despliega la totalidad. La revolución (praxis) es proyecto, sentido y alcance de la estructura y del desarrollo de la sociedad. Gramsci no separa el concepto de praxis del concepto de totalidad. Además de la razón histórica, existe una razón práctica de la política: se trata de crear nueva hegemonía moral e intelectual. ¿Cómo puede generarse una alternativa, producir un cambio de mentalidad y asumir el proyecto emancipatorio, sino, a través de la creación de hegemonía política y cultural? ¿No ha transcurrido así la historia mundial, nacional, étnica, regional, religiosa o filosófica? A juicio de Gramsci, la hegemonía es un concepto filosófico que alude a la formación de la personalidad histórica, a la creación de la cultura, a la estructuración del sentido común, del buen sentido, del folclor y de las ideologías. El mismo pensamiento es una creación histórica. ¿Por qué desconocer el sentido de totalidad, precisamente, en un mundo interdependiente? Ni todo es lo mismo, ni todo es la suma de las partes, ni todo es la abstracción vacía; la totalidad gramsciana está referida a la comprensión de la filosofía de la praxis como momento de la cultura, lo que significa
que la filosofía de la praxis se concibe a sí misma
historicistamente, esto es, como una fase transitoria del pensamiento filosófico, además de implícitamente de todo su
sistema, se desprende explícitamente de la conocida tesis de
que el desarrollo histórico estará caracterizado en cierto punto por el paso del reino de las necesidades al reino de la libertad.27
El concepto de totalidad resulta problemático, por otra parte, en cuanto que toca de hecho con el concepto de verdad. Como se comprende, la filosofía de la praxis no puede admitir sino la verdad histórica; sin embargo, el diamat y, en general, la cultura autoritaria mantenida y reproducida en el “socialismo real” y en el oficialismo marxista, pervirtieron la connotación histórico-concreta de la verdad. La verdad fue asimilada a la revelación, autoridad suprema, principio absoluto, repetición e imposición. La verdad fue al pensamiento lo que el partido político a la sociedad: el instrumento de control, represión y exclusión. Esta distorsión fue avizorada por Gramsci, quien señaló:
Pero si también la filosofía de la praxis es una expresión de las contradicciones históricas, incluso en su expresión más cumplida por consciente, significa que ella también está ligada a la “necesidad” y no a la “libertad”.28
Al relacionar el pensamiento, la cultura y la pedagogía analizaba:
Descubrir por sí mismo, sin sugerencias ni impulsos externos, una verdad es “creación”, aunque la verdad sea vieja; de todos modos se entra en la fase intelectual en la que se pueden descubrir verdades nuevas, porque por sí mismo se ha alcanzado el conocimiento, se ha descubierto una “verdad” vieja.29
En este sentido, no existe en Gramsci siquiera un asomo o pretensión de filosofía omnicomprensiva; la filosofía de la praxis sabe, como la filosofía griega, porque reconoce que no sabe, por eso vive, lucha, transforma y crea la realidad y el nuevo pensamiento.
De otra parte, el concepto filosófico de totalidad no puede confundirse con el concepto ideológico de totalitarismo que sirvió a la
27. Gramsci. Q. 12, p. 1.486. Subr. nuestro. 28. Gramsci. Ibídem.
crítica burguesa, en unos casos, para confrontar el despotismo y la cultura autoritaria del “socialismo real”, y en otros, para oponerse sistemáticamente a las transformaciones de los movimientos sociales y de los proyectos alternativos. El planteo gramsciano se mueve en el horizonte de la reforma moral e intelectual, esto es, en el momento de creación de la hegemonía y de la superación del sentido común y del folclor. Este es el sentido del concepto de pluralidad crítica, que podríamos relacionarlo con los conceptos de consenso-disenso, sociedad civil, “guerra de posiciones”, dirección intelectual y moral, escuela única, nacional y laica. El pluralismo gramsciano no es vacuo o diletante, sino que involucra crítica, creatividad y catarsis.
La pluralidad crítica de Gramsci es la búsqueda de una filosofía de naturaleza democrática “porque el filósofo no puede no ser democrático”.30 El nuevo filósofo es el filósofo democrático que no
renuncia a la crítica, que trabaja sobre la formación del pensamiento, el debate y la difusión de las ideas, que recupera y profundiza el espacio de la sociedad civil, que encuentra en la escuela pública y en la pedagogía unos escenarios decisivos en la formación ciudadana, que busca la emancipación de los grupos subalternos y la creación de culturas alternativas. Al haber demostrado que “todos somos filósofos”, Gramsci defiende el momento de la crítica, de la conciencia y de la cultura; a la vez, asume el proyecto de:
elaborar la propia concepción del mundo consciente y críticamente y, por lo tanto, en conexión con tal esfuerzo del propio cerebro, elegir la propia esfera de actividad, participar activamente en la producción de la historia del mundo, ser guía de sí mismo y no ya aceptar pasiva y supinamente desde el exterior el sello de la propia personalidad.31
30. Gramsci. Q. 10, p. 1.318. (“Poiché il filosofo non puó non essere democrático”). 31. Q. 11, p. 1.376.
El pluralismo gramsciano, sin renunciar al horizonte crítico- revolucionario, es dialógico, abierto, pero consciente de la significación de la filosofía de la praxis como proyecto independiente y original. Desde la perspectiva política, que es también filosófica, el punto crucial de la democracia es la constitución de los sujetos políticos; esta estrategia política corresponde a las categorías analíticas de la filosofía de la praxis que “no tiende a mantener a los simples en su filosofía primitiva del sentido común, sino por el contrario a conducirlos a una concepción superior de la vida”.32 Gramsci es, en cierto modo, un precursor de la
teoría de los nuevos actores sociales y de los modernos movimientos