Como es sabido, la construcción discursiva en torno a la idea de nación se re- monta a los orígenes del país independiente. Todos los intentos modernizadores se han debido enfrentar al problema de diseñar un imaginario acerca de la idea
de país que se plantea construir, intentando resolver el problema de establecer el perfil de lo particular en el marco de su necesaria integración y pertenencia a lo universal. Como se ha señalado, la relación entre identidad y modernización ha constituido el eje que ha articulado el pensamiento latinoamericano desde los comienzos independientes1.
En ese sentido, durante el siglo xix se elaboró un discurso identitario que es po- sible incluir entre los que se han denominado, a nivel latinoamericano, como biológico-telúricos2, que conciben a la nación como un conjunto de individuos
unidos por lazos naturales (espacio geográfico, raza, etc.) y afectivos (amor a la tierra, religión, etc.), sin tomar en cuenta las diferencias y/o desigualdades en sus relaciones sociales. Consagran, así, un tipo de relaciones de la naturaleza con la historia, que sustentan el orden social construido fundacionalmente por la oli- garquía y la Iglesia.
Su postura sobre el ser nacional trata de identificar simbólicamente los intereses nacionales con los de esos sectores, entendidos como fundadores de la nación. Así, la dinámica histórica es diluida en la tradición, de la cual surgirían las ins- tituciones que garantizan la esencia de la nacionalidad: la Iglesia, el Ejército, la familia, la propiedad. De este modo, la cultura y los caracteres esenciales de la nacionalidad se encontrarían, en lo fundamental, ya listos en algún origen mítico, en la tierra, en la sangre o en virtudes del pasado, desprendidos de los procesos históricos y sociales que las engendraron y las siguieron transformando.
En esa perspectiva, el origen de la chilenidad remitiría a la fusión española-ma- puche, que encuentra su canto épico, consagrado como mito fundacional, en La Araucana, texto fundador de las raíces inalterables del ser nacional. Demás está decir que las condiciones y características históricas, políticas, económicas y cul- turales de la Conquista quedan subsumidas y al servicio de la verosimilitud del mito y la leyenda.
Desde el punto de vista de la cultura cotidiana, este discurso es el que instala una visión de una chilenidad esencial que permanece inmutable por sobre el tiempo y la historia y sus conflictos, y que, simbólicamente se encarna en costumbres, bailes, música, vestimentas, etc. que remiten al mundo de la hacienda del Valle Central, concebida como la matriz fundacional. Es el mundo del huaso y la china,
1 Eduardo Devés, Del Ariel de Rodó a la cepal (1900-1950), Santiago de Chile, Editorial Biblos / Centro
de Investigaciones Diego Barros Arana, 2000.
2 Nestor García Canclini, “¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular?”, en vv.aa.,
de la cueca, el rodeo y la empanada, etc., expresiones de una chilenidad pura y no contaminada3.
Por su parte, la industria cultural, desde comienzos del siglo xx, si bien respondió en su desarrollo a los patrones universales de la sociedad capitalista moderna, in- corporó la perspectiva nacionalista no solo como temática específica, sino como un discurso que recorría el interior de sus distintos géneros y formatos4. Refirién-
dose espacialmente a la etapa fundacional del cine chileno, en la llamada época muda, Stefan Rinke afirma que
la historia nacional se convirtió en un tema predilecto del cine chileno. A través de la representación heroica de las épocas gloriosas del pasado, tales como la Independencia, se buscaba la creación de un mito fundador que no entrara demasiado en los confusos detalles de la realidad histórica5.
La revalorización de lo propio recorrió diversos ámbitos del campo cultural en desarrollo, desde la Pintura, el Teatro y la Literatura, hasta los emergentes espa- cios de la industria cultural, como ocurrió con la llamada “música folklórica”. En esa dirección, se ha afirmado que:
Los fuertes vínculos de la elite social y política chilena con la cultura huasa de la zona central […] llevará a las elites a fomentar una estrecha relación entre el folklore de la zona central y el concepto de Nación, con la consiguiente homogeneización de valores, mitos y costumbres […] De este modo, la tonada, la cueca y la cultura huasa se transformarán en emblemas de identidad que serán instalados en el imaginario del país como símbolos del ser nacional6.
3 Julio Pinto Vallejos y Verónica Valdivia Ortiz de Zárate, ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación 1810-1840, Santiago de Chile, lom Ediciones, 2009.
4 Stefan Rinke, “Historia y nación en el cine chileno del siglo xx”, en Gabriel Cid y Alejandro San Fran- cisco (editores), Nacionalismo e identidad nacional en Chile, siglo xx, Centro de Estudios Bicentena-
rio, Santiago de Chile, 2010, pp. 3-24. 5 Id., p. 24.
6 Juan Pablo González y Claudio Rolle, Historia social de la música popular en Chile, 1890-1950, Santia-
Recalcan los autores el rol jugado por la industria cultural en la producción y difusión de ese tipo de productos musicales: “La música tradicional fue difundida en la ciudad utilizando todos los canales ofrecidos por la industria musical del segundo cuarto del siglo xx: teatro, radio, disco y cine”7. Agregan que la produc-
ción discográfica jugó así un papel mediador de la música campesina, tanto en la ciudad como en el campo, a lo que se sumaron la radio y el cine para generar la aparición del artista del folklore, haciendo notar que “lo particular de este fenó- meno, es que las propias comunidades rurales serán receptáculo de este “folklore reciclado”8. La elite encontró en la figura del huaso el medio ideal para preservar
el sentido tradicional y emblemático del folklore así entendido:
Como no se podía contar con auténticos huasos para realizar esta tarea, fueron sus hijos que estudiaban en la universidad y que aprendían re- pertorio cantado en sus casas y fundos, los que dieron el paso decisivo en la urbanización no declarada del folklore, que se ha desarrollado en el país desde mediados de los años veinte9.
Paralelamente, se hicieron especialmente visibles y legitimados por el nuevo pa- trón de desarrollo otros actores sociales, como eran la clase media y los sectores populares, más o menos organizados, los que “ponían en jaque las ideas tradi- cionales de identidad nacional y planteaban la existencia de una cultura popular urbana de rasgos propios”10. En ese plano, “el roto encontrará un espacio propio
en la cultura de masas, permitiendo que su mundo marginado se legitime por la acción del soporte medial”11.
De este modo, para la industria cultural, léase discos, radio y cine, la figura del roto chileno, ya no será vista solamente como un lejano representante del coraje y patriotismo, sino también como un referente identitario que navegaba en las tumultuosas aguas de los procesos modernizadores, cuestión que se manifestó en el cine de ficción chileno de la década de los ’40, por ejemplo12.
7 Id., p. 369.
8 Id.
9 Id., p. 377.
10 Id.
11 Id., p. 402.
12 Eduardo Santa Cruz A. “Cine y sociedad en Chile en la década de 1940”, en Claudio Salinas y Hans Stange (editores), La Historia de Chile en la ficción televisiva, Santiago de Chile, Editorial Universita-
El costumbrismo campero es el que más claramente remitía al discurso identi- tario conservador tradicional, consagrando a la hacienda del Valle Central, su cultura y su ethos, como basamento constitutivo de lo nacional. En el caso del roto como expresión de un sujeto popular urbano, transita fundamentalmente por el modelo clásico universal del pícaro, aquel que manifiesta su habilidad para enfrentar las dificultades de la existencia a través del humor y una sabiduría na- tural, desprovista de toda potencialidad crítica y cuya irreverencia no trasciende los límites de una moralidad conformista. Se trata nuevamente de la imagen de lo popular subordinado, pero simpático, y aunque colocado en los marcos de lo urbano y lo moderno, sin abandonar en lo fundamental la matriz identitaria con- servadora tradicional.
Desde entonces, el tema de la identidad nacional, oficial y hegemónicamente, quedó atado a un núcleo cristalizado e inmutable, el de la cultura huasa de la hacienda del Valle Central, a pesar de haber enfrentado a otras versiones iden- titarias que asumían lo popular como el lugar de resguardo de los verdaderos intereses nacionales frente a una elite dominante extranjerizante y que se ex- presaron a mediados del siglo xx en un movimiento cultural amplio y profundo que involucraba manifestaciones en el campo del arte, el teatro, la prensa, la música, etc.
Larraín, por su parte, señala que esa visión nacional-conservadora tiene una ver- sión que denomina militar racial, que magnifica el rol de lo militar en la constitu- ción de la identidad nacional13. Citando trabajos provenientes del mundo militar,
como los de Polloni14 y Aldunate15 o la oficial Historia del Ejército de Chile, publi-
cado por el Estado Mayor General del Ejército en 1985, afirma que dicha versión se asienta en tres elementos fundamentales: en primer término, la afirmación del rol central jugado por la guerra en la constitución de la identidad nacional, siendo significativo el hecho de que se trata de conflictos victoriosos, cuestión también remarcada en trabajos de Ricardo Krebs16; en segundo término, la importancia
que tendría el Ejército como institución en la construcción de la identidad na- cional, atendiendo al hecho de que éste sería incluso anterior a la propia nación y el Estado; y, por último, la existencia de una raza chilena, surgida de la mezcla
13 Jorge Larraín, La identidad chilena, Santiago de Chile, lom Ediciones, 1999.
14 Alberto Polloni, Las ff.AA. de Chile en la vida nacional. Compendio cívico-militar, Santiago de Chile,
Editorial Andrés Bello, 1972.
15 Eduardo Aldunate, Las ff.AA. de Chile, 1891-1973 en defensa del consenso nacional, Santiago de Chile,
Estado Mayor General del Ejército, 1988.
16 Ricardo Krebs, Identidad histórica chilena, en Lateinamerika Studien, vol. 19, Weltiam Fink Verlag,
araucana-española, consagrada en el crisol de la guerra. En este último sentido, cabe recordar el trabajo publicado por Nicolás Palacios, en el contexto de la cele- bración del Centenario en 1910 y reeditado en la década de los ’8017. En esa misma
dirección, Larraín cita el trabajo de Hernández18, señalando que:
Los tipos clásicos del roto chileno, el artesano, el campesino y el minero tienen por resultado natural el soldado chileno. La identidad chilena está basada en este personaje, con sus virtudes y defectos. Ve su accionar en toda la historia, con sus mismas cualidades esenciales: indomable valor, patriota, guerrero, de fuerza ciclópea, un artista con el cuchillo corvo, be- bedor, derrochador, libre, astuto, inteligente, generoso, pícaro y poeta19.
Para Larraín, lo importante es que esta versión que acentúa lo militar en la iden- tidad chilena “ha tenido una representación destacada en la enseñanza de la his- toria en las escuelas y colegios de Chile hasta muy recientemente”20.
En el marco anterior, la Guerra del Pacífico (1879-1883), y su desenlace victorioso para Chile, constituye hasta el presente uno de los episodios principales, donde el discurso sobre la identidad antes mencionado cobra especial relevancia y vigen- cia. Se trató de uno de los principales conflictos bélicos vividos en América Latina en su historia, por su duración, por la magnitud de sus operaciones militares, por la cuantía de sus víctimas y las consecuencias geográficas, políticas y culturales que permanecen plenamente vigentes. Lo que es necesario destacar es que dicha discursividad se fue elaborando durante el mismo desarrollo del conflicto y al impacto producido por los combates y las peripecias de las campañas:
Todas las voces que confluyeron en este gran coro polifónico —que ce- lebraba la “epopeya” de una república que encontró su “destino mani- fiesto” derrotando a quienes se propusieron destruirla— encontraron su cauce natural en el discurso de la “nación en armas” que entraba al combate para defender su honra mancillada21.
17 Nicolás Palacios, Raza Chilena, Santiago de Chile, Editorial Antiyal, 1986.
18 Roberto Hernández, El roto chileno, Santiago de Chile Imprenta San Rafael, 1929.
19 Jorge Larraín, op. cit., p. 151.
20 Id., p. 156.
21 Carmen Mc Evoy, Guerreros Civilizadores, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales,
En este proceso de construcción de una interpretación que logró crear en los hechos la vivencia de una “guerra nacional”, que comprometió no solo al Estado o a la elite, sino al conjunto de la sociedad, participaron distintos actores sociales, tales como intelectuales liberales —Vicuña Mackenna22 y Barros Arana23—,
la Iglesia Católica y sectores conservadores. Y, en especial, la prensa, no solo desde sus propios textos —que tenían como elemento central las crónicas de los corresponsales de guerra—, sino que sirviendo como escenario para la publicación de cartas enviadas por soldados y oficiales desde el frente de batalla. La Guerra del Pacífico provocó indirectamente importantes innovaciones en el quehacer periodístico. La necesidad de información rápida que demandaba la opinión ilustrada, de una prensa que no sufrió ninguna restricción gubernativa a la libre circulación de ella, motivó a los diarios principales desplazar al teatro de operaciones militares los llamados “corresponsales de guerra”. Contando solamente con el apoyo técnico del telégrafo, ellos debían desplazarse con los ejércitos o la marina, presenciando directamente, la mayoría de las veces, los hechos bélicos, para ir despachando rápidamente la información. Acudiendo muchas veces, por diferentes mecanismos, cuando no a argucias imaginativas, a los lugares donde se podía contar con oficinas telegráficas24.
La prensa jugó un rol central en la elaboración de un discurso que mostraba la guerra como la epopeya de un pueblo en armas defendiendo sus derechos arre- batados por enemigos que se habían coludido secretamente en su contra, convir- tiendo al Tratado de Alianza entre Perú y Bolivia en el principio legitimador de la acción chilena y en el motivo del castigo merecido por aquellos:
la mayor hazaña de la prensa nativa fue el haber acercado la noción de la guerra cívica a millones de hogares chilenos. Esto fue posible a tra- vés de la publicación de centenares de editoriales y de artículos y a la reproducción de miles de cartas de soldados, de partes militares y de
22 Benjamín Vicuña Mackenna, El Álbum de la Gloria de Chile, Santiago de Chile, Imprenta Universo, 1883.
23 Diego Barros Arana, La Guerra del Pacífico, Santiago de Chile Imprenta Cervantes, 1881.
24 En ese sentido, la Guerra del Pacífico jugó para la prensa nacional un papel similar al que la Guerra de Secesión jugó para la prensa norteamericana en los años ‘60 del siglo xix. Entre los corresponsales que tuvo El Ferrocarril en el conflicto se contaron a Enrique Espinoza (1848-1899); Eduardo Hempel
(1854-1904) y Eusebio Lillo (1826-1910). Entre los corresponsales enviados por otros diarios cabe men- cionar, entre los más destacados, a Eloy T. Caviedes, de El Mercurio de Valparaíso y Daniel Riquelme,
de El Heraldo, también del puerto, el cual publicaba sus crónicas bajo el título de “Chascarrillos Mi-
litares”, algunas de las cuales fueron recopiladas posteriormente en los libros Cuentos de la guerra y otras páginas y Bajo la tienda, tal vez el más conocido.
ilustraciones de combatientes y de sus acciones en el campo de batalla. La representación de la guerra como una empresa ciudadana se forjó en el espacio de la opinión pública25.
Sigue diciendo la autora que la prensa, además, jugó una labor fiscalizadora sobre la labor del Gobierno, así como sobre los mandos del Ejército y la Armada y “dotó de sentido a una conflagración internacional que, para amplios sectores de la so- ciedad, trascendió los aspectos meramente económicos para convertirse en una cruzada por el honor y por la defensa de los valores de la civilización universal que Chile creía representar”26. En esa dirección, el triunfo militar fue presentado
como la manifestación de una superioridad moral, cultural y política de la socie- dad chilena:
Chile ha demostrado, en el desenlace de esta campaña, que es una na- ción solidaria y única, una nación que avanza, no solo en el terreno ma- terial y todo lo que constituye la parte externa de la civilización, sino que su alma y corazón nada han perdido del temple y moralidad de sus antecesores […] La vanguardia de vencedores que hoy torna a sus ho- gares, ha sobrepasado así todas las aspiraciones de Chile. Fue a hacer cumplir una ley internacional, a vindicar la fe y garantía de la paz de los pueblos, y nos trae además poder, fama y gloria27.
Unos días más tarde, el mismo diario —que puede catalogarse como el principal medio de prensa de las últimas décadas del siglo xix y que se inscribía en el marco liberal ya hegemónico28— insistía sobre el punto, remarcando que la superioridad
nacional habría sido reconocida por los países considerados “civilizados”: Los juicios emitidos por la prensa europea y norteamericana, a conse- cuencia de la ocupación de Lima por el ejército chileno, hacen plena jus- ticia a nuestra causa […] El triunfo de la causa de Chile se estima como una consecuencia inevitable de los progresos liberales realizados en el
25 Mc Evoy, op. cit., p. 90-91.
26 Id.
27 El Ferrocarril, Santiago, 14 marzo 1881.
28 Eduardo Santa Cruz A., Patricios, letrados, burgueses y plebeyos. La prensa chilena en el siglo xix,
mecanismo y práctica de nuestras instituciones, de la probidad nunca desmentida en el uso de nuestro crédito y de los hábitos de orden y de trabajo que predominan en la sociabilidad chilena29.
Un rol especial jugó la Iglesia Católica y sus sacerdotes que predicaron la “guerra santa” en templos, plazas públicas, puertos de embarque de tropas y campamen- tos militares en el frente. Predicando la disciplina, el espíritu de sacrificio y dán- dole sentido a la aceptación de la muerte propia o de familiares con resignación y entereza, a través de capellanes especialmente enviados a acompañar a las tro- pas: “Dios robusteció nuestro brazo, armó a la patria con rayos de venganza y la envió a castigar al ofensor”30.
Asimismo, es el discurso católico el que justificó la necesidad de la guerra y los esfuerzos por la victoria como un acto de regeneración de una sociedad peruana vista como “la Sodoma americana”, “un escándalo viviente, un contagio siempre activo, una vergüenza constante y un peligro para sus vecinos”31. Esta visión es
recurrente en el sermón y en la prensa católica: Perú y Bolivia como “dos infames meretrices”32. Agrega, Mc Evoy, que la feminización y erotización de Lima tuvo
por objeto caracterizar a la capital y sociedad peruana como una mujer débil, humillada y pecadora, siguiendo el saludo pronunciado por el presbítero Ramón Angel Jara, a raíz de la entrada triunfal de parte de las tropas vencedoras a San- tiago en marzo de 1881. En dicha prédica:
Lima fue descrita como una mujer cargada de cadenas la cual marchaba semidesnuda y “uncida” al carro triunfal de Chile. Al mismo tiempo que cubría su desnudez con los jirones de la bandera del Perú, Lima besaba la espada de los generales chilenos implorando como “las esclavas de Grecia” por su perdón33.
29 El Ferrocarril, Santiago, 20 marzo 1881.
30 Mariano Casanova, Gobernador Eclesiástico de Valparaíso, en Te Deum y Acción de Gracias celebra-