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La guerra del Líbano y la masacre de Sabra y Chatila:

Los factores que llevaron a la guerra del Líbano en 1982 fueron: ―Lo primero […] la creciente conciencia de los palestinos de los territorios ocupados. El segundo, el incremento de las operaciones de resistencia palestina en el sur del Líbano. El tercero, la voluntad del gobierno del Likud de poner fin de una vez por todas a la cuestión palestina recurriendo al uso de la fuerza‖ (2007, 304). Ariel Sharon, por entonces el Ministro de defensa israelí, presionó al gobierno para incursionar en el Líbano. Las fuerzas protagonistas eran los sirios, que se encontraban en el valle de la Bekaa, la

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OLP y el ejército israelí que era apoyado por el Ejército del Sur del Líbano. La operación llamada ―Paz para Galilea‖ pretendía en sí, aunque se hiciera creer otra cosa, ―ocupar Beirut, expulsar a los sirios, instalar a un gobierno maronita [cristiano] proisraelí en el Líbano y aniquilar a la OLP‖ (2007, 305). El enfrentamiento terminó destruyendo parte de Beirut, y la OLP tuvo que trasladarse a Túnez. Esta guerra despertó gran controversia y la imagen de Israel como un país democrático quedó en entredicho ante la opinión internacional. Dentro del mismo Israel las protestas no se hicieron esperar, aunque éstas claramente eran contra las bajas israelíes más que por las libanesas y las palestinas; por ejemplo, en Jerusalén ―ante la puerta de la residencia oficial de Begin se mantenían todos los días un grupo que anunciaba el número de soldados muertos‖ (2007, 305).

Otra brutal y cruel consecuencia de la guerra fueron las masacres de los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Las masacres fueron perpetradas por las milicias falangistas cristianas, alentadas por los oficiales israelíes. Supuestamente, en estos campos se escondían milicianos de la OLP, y fue éste el propósito de la incursión en los campos, pero la misión se convirtió literalmente en un río de sangre de asesinatos masivos de jóvenes, ancianos, mujeres, niños y hombres que nada tenían que ver con la OLP. Es curioso —y sin embargo es así como funciona muchas veces la memoria colectiva oficial manipulada y diseñada por los gobiernos en el poder— que Ariel Sharon, en ese entonces Ministro de defensa israelí, y claramente uno de los responsables de las masacres, haya sido elegido unos años después Primer ministro. Al respecto, Said decía en sus crónicas:

Mi impresión general es que, para la mayoría de los israelíes, su país resulta invisible. Estar en él implica una cierta ceguera o incapacidad de ver qué es y qué ha ocurrido, y, lo que resulta más extraordinario, una falta de disposición para comprender qué ha significado para otros en el mundo y, especialmente, en Oriente Próximo. Cuando estas líneas aparezcan impresas las elecciones israelíes ya se habrán celebrado, y, probablemente, como se ha supuesto desde

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hace varias semanas, Ariel Sharon se habrá convertido en primer ministro (2003, 148).

El director israelí Ari Folman retrata en su película Vals con Bashir (2008) la reconstrucción de su recuerdo de la masacre de Sabra y Chatila. Folman ha olvidado la Guerra del Líbano y la masacre, y decide internarse en las telarañas de su memoria para así recuperar su recuerdo. Folman, más que recriminar a los culpables, nos muestra la frialdad y crueldad de las políticas oficiales que determinaron la ejecución de la masacre. Asimismo, el olvido de Folman se convierte en una metáfora de las memorias de la gran mayoría de los israelíes que, como nos dice Said, parecen sufrir de cierta ceguera.

1.6. La Intifada de 1987

Las causas de la Intifada las identifica Pappe en la economía que, claramente, influye en los procesos sociales y políticos: ―una estructura de poder que permitió a Israel explotar hasta sus últimas consecuencias la economía de los territorios ocupados para ofrecer todo lo que estos pudiesen proporcionar a una economía que no podría haber sobrevivido sin ellos‖ (2007, 320). Esto, además, y como ya dijimos, obstruye cualquier propósito de autonomía económica por parte de los palestinos, a la vez que no permite crear dentro de los territorios ocupados oportunidades de inversión que produzcan excedentes y beneficios para la comunidad. Estas políticas anulan a los palestinos de todas las formas posibles y los convierten en mano de obra barata. El peor efecto, nos dice Pappe, se percibía en la industria local: ―Los israelíes inundaban los territorios con sus productos, vendiendo a precios más bajos que las empresas y los productores locales. Todo ello iba acompañado de una campaña de marketing agresiva que hebraizaba los indicadores, los espacios públicos y las conciencias individuales‖ (2007, 321).

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Dentro de este panorama desolador y represivo, la respuesta de los palestinos fue rebelarse: ese es el sentido de la palabra árabe intifada, ―levantarse‖ en contra de la ocupación y recuperar los espacios perdidos en 1967. En el artículo La Intifada: lucha de resistencia popular palestina, la investigadora y profesora mexicana de la Universidad Autónoma Metropolitana, Doris Musalem Rahal, nos muestra las características de la rebelión y las respuestas del gobierno israelí. Los primeros años de la Intifada se caracterizaron por la desobediencia civil; estrategias como las huelgas, manifestaciones, no pago de los impuestos, abandono del trabajo dentro de Israel, sirvieron a los palestinos como instrumentos de presión frente a las políticas israelíes. La respuesta del gobierno israelí fue el aumento de la represión; el uso de la violencia era una vez más la solución al conflicto. Prácticas como la expropiación de las casas, la expulsión de los palestinos, el aumento exagerado de los impuestos (que empobrecía más a los palestinos), el cierre de los colegios y las universidades14 y el uso de la tortura15 (práctica común y legal del Estado de Israel), eran las herramientas utilizadas para aplacar la rebelión.

Para cobrar los impuestos que los palestinos se negaban a pagar, Israel saqueaba ciudades enteras. Este tipo de políticas debilitaron la fuerza de los primeros años de la Intifada, y esto a su vez significó para los palestinos un nuevo golpe emocional, económico, social y político. La firma de los acuerdos de Oslo16 dio fin a la Intifada en 1993, pero durante este proceso de paz la situación de los palestinos no mejoró, sino que empeoró.

14 Respecto a esto, Musalem Rahal apoya la posición de Edward Said quien denuncia y critica : ―el increíble silencio de los académicos e intelectuales de Occidente quienes regularmente frecuentan las universidades israelíes sin protestar y sin dar a conocer semejante ultraje‖ (2000, 291).

15 La tortura, nos dice Noam Chomsky, es legal y aceptada en Israel, utilizada para proteger la seguridad del Estado: ―AI (Amnistía Internacional) estima que 1.600 palestinos son arrestados al año de manera rutinaria; la mitad de ellos son ‗torturados sistemáticamente‘. Asimismo AI puntualiza, tal como otras organizaciones importantes pro defensa de los derechos humanos han hecho con regularidad, que Israel es la única que ha ‗legalizado efectivamente el uso de la tortura‘ (con la aprobación del Tribunal Supremo), determinando que en la búsqueda de las necesidades de seguridad que percibe Israel ‗todas las normas internacionales de conducta podrían violarse‘‖ (1999, 30). 16

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que se entablaron las conversaciones fue la OLP, el único organismo que aceptaba Israel como representante de los palestinos. La base sobre la que negoció la OLP fue la del principio de partición, así como también el derecho al retorno de los refugiados, la instauración de un Estado palestino con capital en Jerusalén, y la detención de la construcción de asentamientos ilegales en territorios ocupados. El mediador de estos acuerdos de paz fue Estados Unidos, y fue en la Casa Blanca donde se firmó la Declaración de Principios. Pappe nos habla de la naturaleza precaria del nuevo acuerdo, en el que la balanza estaba más a favor del lado israelí que del palestino: ―El acuerdo sólo trataba de los problemas que habían surgido

como resultado de la Guerra de 1967, como si ésta fuese el fundamento de la situación y todo lo que la hubiese precedido fuese irrelevante para la solución pacífica del conflicto‖ (2007, 334).

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En Nuevas crónicas palestinas, Edward Said hace una fuerte crítica a los resultados del proceso de paz de 1993, que pocos beneficios dejó a la población palestina, y que además puso en evidencia la poca capacidad de liderazgo, a la par que elevó la preocupación por el futuro de los palestinos, de los políticos palestinos, específicamente de Yasser Arafat. Said nos dice que la construcción de asentamientos, lejos de detenerse, aumentó durante el proceso de paz, al igual que la ocupación que seguía siendo la realidad del pueblo palestino; el proceso de paz se convirtió en un velo más porque la realidad era otra: ―Se permitía que continuaran los asentamientos. Lejos de terminar, la ocupación israelí simplemente adquiría un nuevo envoltorio, y en Cisjordania surgían unas siete islas palestinas discontinuas, que representaban aproximadamente el 3% de una tierra rodeada e interrumpida por el territorio controlado por Israel. Incluso en Gaza, los colonos israelíes poseían el 40% de la tierra‖ (2003, 24).

Las críticas a los líderes palestinos son constantes en el libro de Said. Sus gestiones, según él, convirtieron a los palestinos en un pueblo huérfano a la deriva de políticas que no se negocian en beneficio de ellos. Aún es más deprimente, y es este el panorama que nos retrata Said, que sean los mismos políticos palestinos los que también repriman y exploten a su pueblo. Algunas de las imágenes que nos retrata Said de este problema producen una gran indignación:

Un momento después vi entrar en la sala a un ministro palestino junto con otros siete invitados, que se sentaron en una mesa muy bien situada, donde se amontonaban los siete platos del menú de San Valentín, además de vino y bebidas para todos. La visión de aquel hombre, corpulento, gordo y sonriente,

que tanto tiempo dedica a ‗negociar‘ con los países donantes y con los israelíes, comiendo alegremente mientras su pueblo se quedaba sin su sustento a solo unos metros de allí me dio tanto asco que hube de abandonar la sala lleno de

repugnancia y de vergüenza. […] Hace algún tiempo se reveló en la prensa de

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estadounidense a devolver joyas por un valor de 7.000 dólares que le había regalado Yasser Arafat (2007, 56, 190).

Más interesados en sus asuntos y beneficios personales, los negociadores palestinos han cedido cada vez más territorio a Israel, mientras temas como el retorno de los refugiados y los asentamientos ilegales se han dejado a un lado. La población palestina se convierte, así, en víctima tanto de las políticas israelíes como de las palestinas, y la desconfianza hacía sus líderes crece aún más.