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DE LA GUERRA PENINSULAR

In document Revista de Historia Militar (página 187-200)

Antonio Pedro VICENTE1

E

L enfrentamiento bélico que, a comienzos del siglo XIX y por largos años, tuvo lugar en toda la Península Ibérica, tuvo varios escenarios. Inicialmente, está determinado por factores históricos, que sólo apa- rentemente podrán llevar a un observador incauto a fundamentar objetivos diferentes en la política francesa que lo originó y llegará a concretar. Al con- trario que en Portugal, en España, la acción política de su gobierno es vaci- lante, tibia y hasta contradictoria, frente a la tempestad ocasionada por la Revolución de 1789.

Tras la ascensión de Bonaparte al poder, Godoy contribuirá a acentuar la indefinición de una postura política de consecuencias nefastas para las dos naciones peninsulares. Desgraciadamente, al entonces conductor de la política española no le servirá de lección su colaboración con el futuro Emperador en la embestida francesa contra Portugal en 1801. Es en esta fecha cuando situamos la primera invasión francesa en la Península. En los años siguientes, el Príncipe de la Paz continúa sin apercibirse de qué lado estaba el enemigo o, mejor dicho, cuales eran los designios de Napoleón en relación con la Península Ibérica, embaucado como estaba, en la certeza de una compensación que le correspondería en la conquista de una nación que hacía mucho que se había hecho independiente. Parece también que éste y otros gobernantes españoles no habían percibido porqué Portugal era un territorio independiente y cuáles los intereses y las razones por los cuales el coloso que Napoleón quería derribar —Inglaterra— una potencia que siem-

pre se había empeñado en dicha independencia y, desde el siglo XIV, ali- mentaba y fortalecía una provechosa alianza.

Portugal, desde 1792, tras la condena de Luis XVI, fijó un rumbo en sus objetivos de política exterior. A veces claudicó frente a la inminencia de una invasión, en el cumplimiento de las cláusulas de un viejo acuerdo, ante las eva- sivas de la ayuda militar inglesa. Buscaba entonces una pesada neutralidad que, sólo en apariencia, se asemejaba a algún tipo de adhesión. Esa coherencia, señalada por muchos como obstinada persistencia, no evitó la guerra, pero obs- taculizó su pérdida de independencia. El príncipe don Juan, al llevar, en su equipaje para Brasil, la corona que, por la muerte de la Reina Madre, simboli- zaría su poder, trasladaba a una gran colonia la nación europea, burlando así los propósitos del dirigente francés. Junot, al llegar a Portugal, vino a encon- trar un espacio territorial sin gobierno supremo, sin símbolo de poder. La Nación se había trasladado, preservando su independencia, mantenida en una nueva capital. ¡Será en este escenario en el que transcurrirán los combates de la Guerra Peninsular! En España, Napoleón se apodera entre tanto de un vasto territorio, aglutinando muchos nacionalismos, después de apresar a sus gober- nantes, y conquistando el poder en su plenitud. Es otro escenario en el que transcurrirá la acometida peninsular, una larga guerra por la reconquista de la independencia perdida. En el torbellino inicial, España aún soberana, llegará a aliarse con los designios franceses, ayudándoles en la ocupación del territorio lusitano. Muy en breve, el Dos de Mayo iniciará una lucha común de portu- gueses y españoles, en la totalidad del espacio ibérico. A partir de entonces, portugueses, españoles e ingleses combatirán al enemigo común.

Preliminares de un escenario de guerra

La cesión de la plaza de Olivenza, en favor de España, y de la Guayana, en favor de Francia, era un hecho consumado en 1801. Portugal apenas obtuvo la restitución del territorio comprendido entre el río Arahuaní y el Carapanatuba; «el resto se consideró como precio legítimo del Tratado de

Badajoz. Y en verdad, aún nos podíamos resignar si la paz así pagada

hubiese sido final y duradera»2. Poco después, la paz de Amiens, firmada

entre Francia e Inglaterra, fue un mero período de tregua para Europa, pero que servirá para que Bonaparte intente acreditar a sus representantes diplo- máticos en países con los que había estado en guerra.

2 VIANA, Antonio: Introduçâo aos Apontamentos, para a História diplomática contemporánea,

A partir de 1803, Lannes, embajador francés en Portugal, multiplicaba sus exigencias. En marzo de 1804, el gobierno de Portugal firma una con- vención de neutralidad y contribuciones con Francia, Por la misma, se obli- ga a pagar 16 millones de francos a la República y a concederle facilidades comerciales a añadir a las que ya estaban establecidas. Además de otras cláusulas, consentía Portugal en la entrada de seda, cambray, encajes y joyas, «debiendo ser moderada la tarifa que por parte de la aduana se les

tenía que imponer»3. Posteriormente se verificaría cuan poco firme y sóli-

do era dicho tratado de neutralidad. Tenía razón nuestro embajador, don José María de Sousa, al dar a entender en sus oficios que la mejor política a seguir era la preparación para la guerra, al menos, se evitaba el pago de la pesada contribución que Napoleón había resuelto exigirle4.

Cuando se firma la 3.ª coalición contra Francia, en mayo de 1804, entre Rusia, Prusia, Austria e Inglaterra, Portugal no estaba dispuesto a una gue- rra. Era firme la creencia, fundamentada en los acontecimientos desastro- sos de 1801, sobre la imposibilidad de poder sostener con ventaja una lucha contra Francia y posiblemente contra España.

Después de aquel desastre en el Alentejo, muchos oficiales extranjeros habían estado procediendo a un reclutamiento de 20.000 hombres. Asimis- mo se propone un plan para reorganizar el Ejército, basado en un reciente censo de población.

Junot había aprovechado su venida a Lisboa, en 1805, como Embajador de Francia, para firmar en Madrid ciertos compromisos con los españoles. Allí adquiere la certeza de cuáles son las intenciones exactas de Godoy. Lle- vando a la letra las instrucciones de Bonaparte, el poderoso político español le promete ayuda para la conquista de Portugal, al mismo tiempo que pide la inmediata preparación de la Escuadra española, para un eficaz apoyo a las armas francesas.

Será negativa la respuesta de la Corona portuguesa a las intimaciones del enviado de Napoleón. La ruptura con nuestro aliado, ligada al cierre de los puertos a los ingleses, merece la siguiente afirmación del Príncipe Regente: «Vuestra Majestad sabe que la Monarquía portuguesa se compo-

ne de territorios esparcidos en las cuatro partes del globo, que quedarían

enteramente expuestos, en el caso de una guerra con la Gran Bretaña»5. Por

otra parte, coincidiendo con la llegada de Junot, surgen propuestas del sobe-

3 SORIANO, Luz: História da Guerra Civil e do Estabelecimento do Governo Parlamentar cm Por-

tugal, 1ª Época, vol. II, Lisboa, 1867, p. 561.

4 Ibídem.

5 BIKER, Judice: Suplemento da colecçao de tratados, tomo, XIV, p. 199, citado por Brazâo, Eduar-

rano español orientadas a la participación de Portugal en los comunes inte- reses franco españoles6. El rechazo crearía un estado de guerra inminente, si la reciente adhesión de Inglaterra a la coalición fraguada por Pablo I de Rusia, en 1804, no cambiase las ideas del Emperador francés. La expectati- va y desconfianza del Gobierno portugués van a tener unos momentos de paralización, pues «Bonaparte volviendo las espaldas al occidente, apla-

zando la invasión de Inglaterra y abandonando el proyecto de campaña

contra Portugal, (...), hace marchar al Gran Ejército para Alemania»7.

EL BLOQUEO CONTINENTAL

Una quiebra en la estrategia napoleónica en Portugal

Desde enero de 1806, España reunía un ejército en las fronteras de Extremadura, amenazando la provincia del Alentejo. Godoy afirmó enton- ces que no era probable «que Portugal se pudiese mantener por mucho tiem-

po en el estado de neutralidad en que se hallaba, porque apenas Napoleón hubiese concluido la campaña del continente, forzosamente había de recu- rrir a los medios de obligar a Inglaterra a hacer la paz con Francia, sien- do uno de los mismos y el más obvio el de cerrarle los puertos de Portugal

a todos sus barcos, tanto de guerra como mercantes»8. Efectivamente Por-

tugal, al mantener la neutralidad, contribuía a la materialización de un sis- tema continental. Napoleón, después de la victoria de Jena contra los pru- sianos, decreta en Berlín, el 21 de noviembre, el estado de bloqueo de las Islas Británicas9. Era la política del Bloqueo Continental, la única forma que el gobernante francés encontraba para aniquilar a Inglaterra. Su actua- ción, ante los triunfos obtenidos y ante la defensa de Inglaterra, que por su parte había declarado bloqueadas no solamente las costas, sino también los puertos y ríos desde el Elba hasta Brest, se conjuga con dicho deseo de ani- quilamiento. La actitud de Inglaterra, después de la firma de la paz de Til- sit, debe considerarse como la quiebra de las últimas esperanzas de paz entre los dos países. Efectivamente, este tratado, al establecer la alianza entre Rusia y Francia, comprometía a los rusos a hostilizar a Inglaterra, si ésta no aceptase su mediación.

6 El 28 de Abril de 1805.

7 PIRES DE LIMA, Durval: Os Franceses no Porto, 1807-1808, Iª Parte, Porto, 1949, p. 239. 8 SORIANO, Luz: Op. cit., p. 605.

Así la intervención francesa en Portugal a finales de 1807 concretará la vuelta del llamado Bloqueo Continental. Por el mismo, se «prohibía el

comercio con Inglaterra, país considerado en estado de sitio, y se declara- ba buena presa todo y cualquier barco que hubiese tocado en puerto

inglés»10. A estas decisiones se añadió un decreto de 17 de diciembre de

1806, que ampliaba la designación de buena presa a los barcos que hubie- sen pagado impuesto al Tesoro británico o hubiesen recibido la visita de un navío inglés. Napoleón pensaba crear así situaciones de conflicto entre Inglaterra y la navegación neutral, a la que haría resistir el temor a represa- lias continentales. Su propósito era cerrar el continente europeo a los pro- ductos remitidos por Inglaterra. Procuraba así desorganizar un país, cuya prosperidad se basaba en el envío a los distintos continentes de su produc- ción, asentada en un una organización comercial de excepcional valía. Con- sideraba Napoleón que una reducción drástica de las posibilidades de colo- cación y venta suscitaría en su enemigo una crisis grave, conduciendo a Inglaterra a la paz y a la sumisión ante la Francia imperial.

Portugal, aunque consternado con el Bloqueo y sus posibles consecuen- cias, aún mantenía esperanzas de no verse directamente afectado11. La declaración del Gabinete de Londres de 7 de enero de 1807, por la cual todos los puertos y plazas de Francia, de sus aliados y de cualquier otro Estado en guerra con la Gran Bretaña, así como los de los países de Euro- pa donde estuviese excluida la bandera británica, pasarían a ser considera- dos como si estuviesen bloqueados, parecía no dirigirse a Portugal. Sin embargo, la mayor víctima, después de la ruptura de la coalición que Ingla- terra dirigía contra Francia, sería Portugal. Nuestro enviado en Francia, don Lorenzo de Lima, tras las conversaciones con un alto funcionario del minis- terio de Asuntos Exteriores francés, percibió el riesgo que corría su país, no sirviéndole de nada la apelación a la neutralidad anteriormente negociada con Francia y al pago de los 15 millones de libras, entregadas con ese fin.

La resolución de 21 de noviembre de 1806 seguiría «el camino normal en decisiones de este tipo. El Gobierno de Lisboa fue notificado de las imposiciones francesas a que debía someterse. La exigencia era natural, pues tanto por la posición geográfica, importantísima para la guerra naval, como por las relaciones económicas con Inglaterra y por la exportación directa o indirecta de mercancías y materias primas, la conservación del acceso de Inglaterra a Portugal impedía la realización de los objetivos del

10 MACEDO, Jorge de: O Bloqueio Continental, Lisboa, p. 23.

11 LOPES DE ALMEIDA, Manuel: «As imposiçôes de Napoleâo» en PERES, Damiâo: História de

bloqueo»12. Desde luego, el hecho de que no se hubieran puesto en prácti- ca las decisiones mencionadas se debe a circunstancias derivadas de la estrategia de la guerra. Así pasaron varios meses hasta que el Gobierno por- tugués fue solemnemente advertido de que estaba obligado a cerrar defini- tivamente los puertos a los ingleses, a confiscarles los bienes y a prender a los residentes en Portugal de dicha nacionalidad.

La llegada de Junot a Portugal

Llegamos a agosto de 1807. Durante dicho mes, se organizaba en Bayo- na un ejército de cerca de 30.000 hombres. Se denominará como Cuerpo de Observación de la Gironda la fuerza militar que invadirá Portugal, en caso de rechazo al ultimátum francés. El mando supremo de dicha fuerza fue conferido a Junot13. A mediados de agosto, los buques portugueses que se encontraban en los puertos franceses ya no habían podido salir, e Izquierdo (como agente de Godoy) propalaba los más alarmantes rumores sobre la suerte de Portugal14.

Portugal, sin valor para romper con su vieja aliada pero bastante des- confiado de París, hizo un doble juego, juego éste que es tanto más difícil de sostener cuando se ve la presión de España, que a través de su represen- tante, el marqués de Campo Alange, el 12 de agosto, entregaba al Gobierno portugués un ultimátum de su país, en que se afirmaba: «si Portugal desea

la independencia y la seguridad de su comercio, no puede permanecer más

tiempo en la inacción en que está»15.

En el período que precedió a la invasión francesa, el Gobierno de Saint James declara que no permitiría ningún acto hostil contra los ingleses resi- dentes en Portugal. En cuanto a la ayuda, Strangford respondía evasiva- mente: «Lo que prometía y decía sin vacilación al Regente, era el apoyo

naval suficiente para el traslado del Gobierno, de Lisboa a Río»16.

El Gobierno español, que estaba avisado de todos los preparativos y notas cruzadas entre el Gobierno portugués y el francés, vio finalmente cumplidos los deseos ardientes de Godoy, después de varios años de intri-

12 MACEDO, Jorge de: Op. cit., p. 24.

13 SORIANO, Luz: Op. cit., p. 641. Estaba este ejército compuesto por 3 divisiones, mandadas res-

pectivamente por los generales Delaborde, Loison y Travot y organizado con las tropas del inte- rior del país o con las «destinadas a la defensa de costas de Normandía y Bretaña».

14 LOPES DE ALMEIDA, Manuel: artículo citado en Op. cit., p. 316.

15 BRAZÂO, Eduardo: História Diplomática de Portugal, vol. 1, Lisboa, 1932, p. 445. 16 PIRES DE LIMA, Durval: Op. cit., p. 295.

gas y actitudes dudosas. La diplomacia portuguesa lo hará todo, en los últi- mos meses del verano de 1807, para impedir la invasión. Sólo el 25 de sep- tiembre, da su aparente adhesión al Bloqueo Continental, un mes antes de la firma del Tratado de Fontainebleau17. La orden de mandar que salgan los barcos ingleses, emitida poco después, es puesta en ejecución. No obstante, la prisión y confiscación de bienes de los ciudadanos ingleses no se realizó. El Emperador, al comprobar la salida de los ingleses del territorio portu- gués, habría pensado que la casa de Braganza había dejado finalmente de reinar. Debe destacarse que existían fuertes zonas de influencia atlántica, que los portugueses controlaban y donde Francia no tenía poder naval para emprender operaciones con éxito, «ante la certeza de que el Bloqueo Con-

tinental, que se estaba consumando, acarrearía el bloqueo inglés a los

puertos portugueses»18.

Cuando Lorenzo de Lima, que ha llegado a la corte portuguesa, despe- dido por Napoleón, trae la noticia de que un gran ejército francés atravesa- ba España y el príncipe tiene la noción exacta de que el no cumplimiento exacto de las cláusulas del ultimátum le va a traer los mayores perjuicios, aún toma algunas disposiciones, entre ellas el envío del marqués de Marial- va al encuentro del Emperador, con protestas de la más viva sumisión. Pero aquel ya no va más allá de Madrid.

Partiendo de Bayona, con unos efectivos de cerca de 26.000 hombres, el Ejército de la Gironda, estaba el 8 de noviembre cerca de Alcántara y, el 19, atravesaba la frontera, entrando en Portugal.

Desde dicha población, Junot escribe a Napoleón: «el camino que vamos a recorrer, hasta Abrantes, es extremadamente malo y las vías casi impracticables; (...) tendremos grandes dificultades para vivir, pero ésa será una razón más para apresurarnos a llegar a una tierra mejor (...). En una palabra, V. Majestad quiere que yo esté en Lisboa el día 1 de diciembre; allí estaré; y seré feliz si V. Majestad demuestra que está contento con noso- tros»19.

Cuando el Príncipe Regente recibe la información de que los enemigos estaban cerca de Lisboa, se encontraba en Mafra. Apresuradamente convo- có allí un consejo de estado en que quedó decidida la retirada al Brasil, tomándose todas las medidas para un pronto embarque. Fueron oficialmen- te avisados los ministros de estado, los consejeros y distintos personajes que

17 El 22 de octubre de 1807, en Fontainebleau. 18 MACEDO, Jorge de: Op. cit., pp. 24 y 32.

19 AYRES, Christovam: História Orgánica e Política do Exército Portugués, vol. XII, Lisboa, 1917,

el príncipe decidió que lo acompañasen «exceptuándose aquellos a quienes

se determinó el destino por órdenes particulares».

Desde el momento en que los puertos del reino se habían cerrado a los navíos ingleses, el Gobierno, «fingiéndose temeroso de algún ataque grave

por parte de la gran Bretaña», había cuidado de poner al Ejército en pie de

guerra, llamando a la capital algunas tropas, para defender el litoral con las mismas, desguarneciendo toda la frontera e igualmente las plazas fuertes20. Se tomaron algunas medidas más de orden militar, pero ninguna con la fina- lidad directa de evitar la invasión21.

Cuando Junot llega a las puertas de Lisboa, el 30 de noviembre, con su ejército, que «más que tropa regular, parecía una banda de miserables que salieran de los hospitales o salteadores acosados por el pueblo y por la Jus- ticia»22. Allí es recibido por varias delegaciones que lo saludan, recibiendo a los «delegados que habían enviado los gobernadores del reino» y llegan- do escoltado hasta Lisboa por 30 clases de tropa de la Guardia Real de Poli- cía que le ofrece Novion, su comandante23. Al entrar en la ciudad, Junot comprobó lo que ya temía, —dadas las informaciones que había tenido días antes en Cartaxo— el Príncipe Regente y la Corte habían embarcado y salí- an por la desembocadura del Tajo, no pudiendo ya «ni ver a lo lejos la escuadra que los conducía»24.

Inglaterra había contribuido, a pesar de todo, a que se evitase el veja- men de que viéramos al Príncipe Regente y a la Reina prisioneros de Napo- león25. En Lisboa, Junot recibiría los saludos de la regencia, que el príncipe había establecido un día antes del embarque26.

20 SORIANO, Luz: Op. cit., p. 663.

21 «La primera invasión atravesó en este día la formidable posición de Taladas; y cada uno de noso-

tros se estremeció con la idea de que si allí nos esperasen 2000 hombres, no habríamos pasado y el ejército estaría perdido». THIEBAULT: Relation de I'expedition du Portugal faite en 1807 et 1808, Paris, 1817, p. 46.

22 «Relaçâo breve e verdadeira da Entrada do Exército Francez, chamado de Gironda, em Portugal

em Novembro anno de 1807» por verdadeiro Patriota e Vassallo Fiel do Augustíssimo Príncipe

Regente Nosso Senhor, Lisboa, 1809, pp. 24-25.

23 ACURSIO DAS NEVES, J.: Op. cit., p. 206.

24 LOPES DE ALMEIDA, Manuel: «A Guerra Peninsular», in Damiâo Peres, Op. cit., p. 323.

In document Revista de Historia Militar (página 187-200)

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