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HACIA LA PREGUNTA DEL SER 103 gine extractora que el hombre puede opinar que

je como nominalismo, es que se sigue todavía enredado en la concepción lógicogramatical de

HACIA LA PREGUNTA DEL SER 103 gine extractora que el hombre puede opinar que

tan sólo se encuentra consigo mismo. Pero, en

verdad, su sí-mismo ya no es sino el desgaste de su ek-sistencia bajo el dominio de eso que usted

caracteriza como el carácter total del trabajo. Sin duda, y si prestamos suficiente atención a ellas, la donación y la retirada del Ser no se dejan representar, como si sólo afectaran de vez en cuando y por instantes a los hombres. La esencia humana consiste más bien en que siempre así como así se mantiene y vive en la donación. Deci- mos siempre del «Ser mismo» demasiado poco, si al decir «el Ser», omitimos la pre-sencia para la esencia humana, y con ello desconocemos que esa esencia misma forma parte de «el Ser». Decimos también siempre demasiado poco del hombre, si al decir «el Ser» (no el ser humano), ponemos el hombre para sí, y lo así puesto lo ponernos en-

tonces otra vez en relación con el «Ser». Pero

también decimos demasiado, si pensamos en el Ser como lo omniabarcante y con ello representa- mos al hombre sólo como un ente especial entre otros (plantas, animales) y a ambos los ponernos en relación; pues ya en la esencia humana está la relación para con lo que, a través de la relación, el relacionar en sentido de necesitar, determina como «Ser» y así es sustraído a su supuesto «en y

por sí». El discurso sobre el «Ser» persigue el re- presentar // de una perplejidad a la otra, sin que

se pueda mostrar la fuente de este desconcierto. Pero todo va inmediatamente, al parecer, en la mejor dirección, si no descuidamos adrede lo

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pensado hace mucho tiempo: la relación-sujeto- objeto. Dice que a cada sujeto (hombre) le perte-

nece un objeto (Ser) y a la inversa. Cierto; si no

fuera porque esa totalidad la relación, el sujeto,

el objeto--, se basa ya en la esencia de eso que,

como se mostró, nos representamos de manera enteramente insuciente como relación entre Ser

y hombre. subjetividad y objetividad se fundan ya

por su parte en una peculiar apertura del «Ser» y de la «esencia humana». Ella estabiliza el repre- sentar en la distinción de los dos como objeto y

sujeto. Ésta vale desde entonces como absoluta y

confina al pensar en un callejón sin salida. Una

posición del «Ser», que quisiera nombrar a «el

Ser» teniendo en consideración la relación-sujeto- objeto, no medita lo que ya queda impensado en lo problemático. Y así queda pues el discurso so-

bre una «donación del Ser» como un recurso de urgencia y enteramente problemático, porque el Ser consiste en la donación, de modo que ésta nunca puede acceder al Ser.

Presencia («Ser») es como presencia a veces presencia para la esencia humana, en la medida en que presencia es orden, que ocasionalmente llama a la esencia humana. La esencia humana

es en cuanto tal, oyente, porque pertenece a la or- den que llama, a la pre-sencia. ¿Éste siempre «lo mismo», la copertenencia de llamada y escucha, sería entonces «el Ser»? ¿Qué digo? Ya no hay «Ser» en absoluto, si intentamos imaginar ple-

namente «Ser», tal como impera como destino, a saber, como presencia, que es el único modo de

HACIA LAPREGUNTA DEL SER 105 que correspondamos su esencia como destino. Entonces tendríamos que dejar ir tan decidida- mente a la palabra aislante y separante, «el Ser»,

como al nombre «el hombre». La pregunta por la relación de ambos se descubrió como insuficien- te porque nunca llega al ámbito de lo que quisiera preguntar. En verdad no podemos ni siquiera //

ya decir, que «el Ser» y «el hombre» sean lo mis-

mo en e] sentido de que ellos se copertenezcan;

pues al decir así, les seguimos dejando a ambos

ser para sí.

Pero ¿por qué menciono en una carta sobre la

esencia del nihilismo consumado estas cosas cir-

cunstanciales y abstractas? Por una parte, para indicar que no es en absoluto más fácil decir [sa-

gen] «el Ser», que hablar [sprechen] de la Nada;

pero después, para mostrar de nuevo cómo ine- ludiblemente aquí todo depende del correcto de-

cir, de aquel Aóyog, cuya esencia no es capaz nun- ca de experimentar la Lógica y Dialéctica que

proviene de la metafísica.

¿Depende del «Ser» la palabra nombra aho-

ra por un instante aquella mismidad problemáti- ca, en que la esencia del Ser y la esencia del hom- bre se copertenecen, depende del «Ser» que en

la correspondencia para con él nuestro decir fra-

case y sólo quede lo que de manera excesivamen- te precipitada se sospecha con la etiqueta «místi- ca»? ¿O depende de nuestro decir que no lo hable todavía porque todavía no es capaz de adaptarse a una correspondencia para la esencia del «Ser»? ¿Se deja al capricho de los dicentes, qué lenguaje

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de palabras fundamentales hablan en el instante del cruce de la línea, es decir, en el traspasar de la

línea crítica del nihilismo consumado? ¿Basta

con que ese lenguaje sea entendido por todos, o imperan aquí otras leyes y medidas que son tan singulares como el instante histórico-mundial de

la consumación planetaria del nihilismo y de la

dis-cusión de su esencia?

Éstas son preguntas que apenas comienzan