Durante los últimos veinte años, el concepto de “posmemoria” ha adquirido una fuerte relevancia en el campo de los estudios sobre la memoria, motivada, principalmente, por los trabajos de Marianne Hirsch (1997, 2008) y de James Young (2000). Ambos autores, posicionados en perspectivas vinculadas a la crítica cultural en torno a los estudios del Holocausto, han sido pioneros en conceptualizar esa forma de la transmisión y hacer un uso analítico para problematizar la perdurabilidad de ciertos eventos históricos.
En este sentido, gran parte de los desarrollos analíticos asociados a esta categoría se han basado fundamentalmente en producciones visuales y audiovisuales como la fotografía y el cine; en expresiones artísticas como las performances y escrituras literarias, poéticas y/o teatrales; y en el estudio de los sitios e intervenciones públicas de memoria.
En este marco, la difusión intelectual del concepto ha respondido a una necesidad de dar cuenta y explicar diferentes procesos de transmisión signados por las marcas de violencia en el contexto de situaciones límites durante el siglo XX. A la vez, el alcance de su utilización analítica se ha extendido por una pluralidad de contextos y de acontecimientos socio-históricos diversos.
Por tal motivo, se hace necesaria una reflexión crítica acerca de la pertinencia del concepto a fin de analizar los procesos de memoria en nuestros contextos latinoamericanos.
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Específicamente, el caso de la dictadura cívico-militar en la Argentina y sus modos de construcción de sentido pueden echar luz a este planteo crítico.
Se pretende asumir, entonces, que la particularidad del caso argentino y sus efectos sobre la sociedad, la dificultad de establecer cortes generacionales entre las víctimas directas, así como las disputas en torno a cómo interpretar públicamente lo ocurrido y los diferentes desplazamientos historiográficos en el campo de estudios sobre el pasado reciente permiten tensionar el concepto de posmemoria a un punto tal que lo ponen en cuestión para su efectiva utilización en el estudio de nuestros procesos.
El término posmemoria es desarrollado inicialmente por Marianne Hirsch en su libro
Family Frames: Photography, Narrative and Postmemory (1997) y revisado en su artículo
“The generation of postmemory” (2008). La autora utiliza este concepto para analizar las formas de la memoria que lleva adelante la “segunda generación” -la generación de los/as hijos/as de sobrevivientes- en relación al Holocausto. El foco de la posmemoria está puesto, entonces, en la relación entre la generación que experimentó los “eventos traumáticos” y aquella generación posterior que sólo puede recordar a su precedente a efectos de la transmisión de sus historias e imágenes en el marco de sus procesos de socialización en el seno familiar. Al ser transmitidas tempranamente, estas formas de transmisión han adquirido un poder “tan profundo y afectivo que se han constituido como memorias indiscernibles entre las generaciones” (Hirsch, 2008, p. 106). Por tanto, Hirsch postula que “la conexión de la posmemoria con el pasado no está mediada por la rememoración sino por la inversión imaginativa, la proyección y la creación” (Ibíd.).
La pregunta de James Young es similar en este aspecto. En At Memory´s Edge (2000), el autor plantea el interrogante de cómo recordar aquello que no se ha vivenciado directamente y de lo que sólo se tienen mediaciones narrativas, visuales u orales. Sugiere que en ese entramado de recuerdos las memorias de “lo vivido” y de “lo narrado” pueden devenir indiscernibles e intermitentes, asediadas por ciertos deslizamientos entre unas y otras. El autor pareciera preguntarse “¿Qué de todo esto ha sido experimentado y qué, transmitido?”, atendiendo a revitalizar el problema de la mediación elaborado por Hirsch a través de la distinción entre “Recordar” y “recordar”: esto es, diferenciando el “recuerdo de
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la experiencia vivida” del “recuerdo de las narraciones e imágenes ajenas”. En este sentido, Young señala el carácter “vicario” de esta forma de la memoria (Young, 2000).
En su caso, Young reactualiza los modos de la mediación a través de la “vicariedad” de la experiencia y de la apropiación singular de la generación posterior a los acontecimientos traumáticos. Para él, la transmisión se asume desde su condición de “hipermediada” a partir de una multiplicidad de artefactos, dispositivos y discursos que permiten -y permitirían- que un determinado acontecimiento histórico sea vivido como un fenómeno socio-cultural “hipermediado” por una gran parte de la sociedad.
Ambos autores, Hirsch y Young, centran sus conceptualizaciones sobre la “posmemoria” y la “memoria vicaria” en un hecho fundamental: la perdurabilidad emocional que las marcas del pasado inscriben sobre las generaciones posteriores a la de los acontecimientos. Las formas de la mediación inter y trans-generacional al incorporar, en primer término, la forma de citación emocional, permiten recuperar la dimensión afectiva para complejizar el planteo. Siendo el arte y las expresiones estéticas vectores posibles de la afectividad, estos modos de transmisión habilitan una pregunta vital asociada a la posibilidad cierta de que determinadas formas del afecto sean, de hecho, transmisibles. Si así fuera, a la presente inquietud analítica le cabría la cuestión acerca del rol que asumen los afectos vinculados a determinados eventos históricos que no han sido experimentados directamente pero que efectivamente han intervenido en las configuraciones sociales e identitarias de los sujetos. Se sugiere, no obstante, que ambos autores proponen una problematización de carácter limitado al respecto puesto que consideran a esa “perdurabilidad emocional” o a esa “profundidad afectiva” en términos homogéneos y predeterminados por una condición apriorística de los afectos. Volveremos sobre este aspecto.