EN UNA HERMENÉUTICA CRÍTICA
74 Hayden White, Metahistory: The Historical Imagination in
Nineteenth-Century Europe, The John Hopkins University Press,
1973.
lugar, a la diversificación y jerarquización de los mode los explicativos, los “narrativistas” oponían la riqueza de recursos explicativos internos al relato. Sin embar go, y pese a esos dos avances en la comprensión acerca de qué es un discurso histórico, Ricoeur no adhería a las tesis más radicales de los “narrativistas”, cuando éstas postulaban la indiferenciación entre historia y ficción. A pesar de su cercanía, subsistía un corte epistemoló gico que se basaba en el régimen de veracidad propio del contrato del historiador con relación al pasado. En este punto, compartía la posición de Roger Chartier, cuando éste afirma que “el historiador tiene como tarea entregar un conocimiento apropiado, controlado, de esta ‘población de muertos’, personajes, mentalidades, elementos que son su objeto. Abandonar esta preten sión acaso pueda ser desmesurado, pero también resul ta fundador; sería como dejarle el campo libre a todas las falsificaciones, a todos los falsificadores”.76 Ese recuerdo del contrato de veracidad que, desde Herodo- to y Tucídides, vincula al historiador con su objeto es de la mayor importancia para oponerse a todas las formas de falsificación y manipulación del pasado. No es con tradictorio con el hecho de estar atento a la historia como escritura, como práctica discursiva.
La atención a los regímenes del discurso implica ingresar en esa zona de indeterminación a los efectos de volver a captar cómo se fabrican los regímenes de ver dad y cuál es el estatus del error, el carácter inconmen surable o no de las diversas afirmaciones que se consi deran como científicas. Por lo tanto, Ricoeur no sigue el intento de deconstrucción de Michel Foucault y Paul Veyne, que se inspira en Nietzsche y predica una simple genealogía de las interpretaciones que cubriría los hechos históricos. Al recusar simultáneamente la
tentación positivista y la tentación genealógica, Ri- coeur les oponía un análisis de la realidad histórica que coloca “bajo el signo de la ‘Rápresentance’ para desta car su doble estatus de realidad y de ficción: una función vicaria de lugartenencia”.77 Ricoeur no se en cierra, pues, dentro de un discurso clausurado en sí mismo. A la fórmula provocativa de Roland Barthes, según la cual “en ningún caso el hecho tiene otra existencia que no sea lingüística”, le oponía lo que calificaba como “cuadrilátero del discurso”: el locutor que toma en cuenta la palabra singular como aconteci miento; el interlocutor que remite al carácter dialógico del discurso; el sentido, que es el tema del discurso y, finalmente, la referencia que remite a aquello de lo que se habla, a una exterioridad con respecto al discurso.
2 ) Un a HERMENÉUTICA DEL OTRO
Al igual que Paul Ricoeur, Michel de Certeau realizó la travesía estructuralista desde adentro, apropiándose de lo mejor que existía en ese momento, pero sin com partir las ilusiones cientificistas de las figuras más visibles de la época estructural. Se inspiró en la meto dología estructuralista para su enfoque de los textos, pero también detectó un objetivismo inconsciente del estructuralismo al que siempre rechazó, reuniéndose en este punto una vez más con el distanciamiento adoptado por Ricoeur en el diálogo que mantuvo con Claude Lévy-Strauss: “¿No existe acaso un positivismo
77 Paul Ricoeur, “Histoire et rhétorique”, Diogéne, ne 168, octubre- diciembre de 1994, pág. 25.
oculto que identifica los objetos culturales y su organi zación con el sentido último de la experiencia humana? Si es así, el estructuralismo sólo sería, como dice Ri coeur, un culturalismo”.78 Agregaba que el problema del sentido era lo no dicho, el propio silencio del estructu ralismo, lo que no invalidaba el método, con la condi ción de que se respetaran los límites y, por lo tanto, se rechazaran las derivas de un proyecto que se había convertido en algo hiperbólico.
La cuestión central que se planteaba De Certeau era la de la lectura de los textos del pasado y, en ese sentido, todo su itinerario de investigador lo hacía pasar por los tres estratos de análisis de los documentos que conse guía pensar en conjunto y no como exclusivos en sí mismos: la distancia objetivadora de las fuentes, el esclarecimiento de su lógica estructural interna y la recuperación del sentido en una hermenéutica del otro.
En primer lugar, De Certeau se hallaba intensamen te influido por la enseñanza de Jean Orcibal, a cuyo seminario, dedicado a la historia moderna y contempo ránea del catolicismo, había asistido entre 1957 y 1963, en la V9 sección de la Ecole des hautes études. Allí había aprendido las estrictas reglas de la erudición que lo apoyaron en la orientación de la nueva revisión de la espiritualidad de la Compañía jesuita, en la que parti cipó, Christus, cuyo objetivo consistía en volver a en contrar en las fuentes originales de la Compañía una modernidad que se había perdido. Jean Orcibal le concedía al establecimiento minucioso de los hechos una prioridad absoluta: “Volver a las fuentes podría ser una de las consignas de este método; en cpntra de los análisis demasiado generales o de las investigaciones demásiado prolongadas, en contra del ‘aproximada
78 Michel de Certeau, Groupe de la Bussiére, conferencia dactilo