Segunda parte
7. Hegemonía y dependencia
El retardo con que comienza el desarrollo integral de la periferia –basado en la industrialización– se mani- fiesta notoriamente en la superioridad económica y técnica de los centros, sobre todo del centro dinámico principal del capitalismo. Y esta superioridad trae consecuencias económicas y políticas que conviene distinguir, si bien ambas están estrechamente relacio- nadas, y se desenvuelven bajo el signo hegemónico de aquellos.
Esta hegemonía se manifiesta en distintas formas y grados sobre los países periféricos, en el empeño de los centros por promover y defender sus intereses económicos, políticos y estratégicos. Y en el ejercicio directo de esa hegemonía los centros tienen instrumen- tos poderosos: la cooperación financiera, económica y tecnológica, así como la ayuda militar.
Las transnacionales, además de sus propios objeti- vos, suelen ser agentes eficaces en esa hegemonía. Los centros promueven su penetración en diferentes ramas de la actividad interna de la periferia; y las transnacio- nales, a su vez, sostienen en una u otra forma aquellos intereses hegemónicos. En lo que concierne a sus propios intereses, las transnacionales tienen una doble influencia. La tienen en los centros y en la periferia sobre los medios masivos de difusión social, sobre los movimientos políticos que sustentan el sistema y sobre los gobiernos. Y en los centros hay, además, toda una constelación de intereses que gravitan sobre la periferia y sus gobiernos.
Todo esto configura las consabidas relaciones de dependencia con diferente intensidad según la aptitud de los países para defender su autonomía. La dependencia lleva a hacer a un país periférico lo que de otro modo no haría, y a dejar de hacer lo que de otro modo haría. Y la capacidad de negociación es limitada.
Nunca aparece más notoriamente la dependencia que cuando un país periférico menoscaba el interés he- gemónico de los centros, sobre todo el centro principal. Se mueve entonces contra aquel toda aquella constela- ción de intereses y sobrevienen, en una u otra forma, medidas punitivas que en el pasado –nada lejano por cierto– desembocaron en operaciones militares.
Hay economistas y sociólogos que extienden el concepto de dependencia a todas las relaciones centro- periferia. No habría nada que objetar si examinaran con claridad las diferentes consecuencias de la índole centrí- peta del capitalismo, como hemos tratado de hacerlo en páginas anteriores. Pero con frecuencia no sucede así; por ello nos hemos esforzado en este esclarecimiento, a riesgo de repetir lo dicho en otros trabajos.
Más aún, se ha llegado a sostener que la depen- dencia, como quiera que se la interprete, es responsable del subdesarrollo. Traducido esto a nuestro lenguaje, significa que la pobreza de las grandes masas excluidas del desarrollo habría sido generada por la acción de los centros.
Nada se gana en el campo de la teoría, como así tampoco en el de la praxis, con este género de afir- maciones, lo cual no significa negarles eficacia en el adoctrinamiento político.
Hay que distinguir entre la existencia de la pobreza y su persistencia. Cuando comienza a penetrar la téc- nica de los centros en las actividades exportadoras de
la periferia, gran parte de la población se encontraba en la pobreza, y esta ha ido disminuyendo conforme la técnica penetra más allá de aquellas actividades. Pero los frutos de la técnica, en vez de capitalizarse plenamente, impulsan a la sociedad privilegiada de consumo y a la succión de ingresos por parte de los centros, de manera que aparece la tendencia excluyente del sistema, cuya explicación huelga repetir aquí. De donde la persistencia de la pobreza, acentuada por el intenso crecimiento demográfico.
Los centros y sus relaciones de dependencia no crean la pobreza, pero sí contribuyen a hacerla perdurar, debido a la índole centrípeta del capitalismo. Podría decirse que ello ocurre precisamente por no cumplirse el mito de la expansión planetaria de aquel. Por cierto que, si se hubiese hecho realidad este mito, lo hubiera sido en gravísimo desmedro de la autonomía periférica, por precaria que ella fuese ahora.
Tampoco han faltado en la periferia quienes creye- ron que las empresas transnacionales podrían realizarlo. Pero bien sabemos que no ha ocurrido así, debido a las mencionadas tendencias centrípetas del capitalismo. Como llevamos dicho, en el plano internacional no hay factores que lleven espontáneamente a contrarrestar tales tendencias. Las transnacionales tienen otro horizonte y no podría esperarse de ellas que cambien por sí mismas de actitud para ayudar a la periferia a profundizar la penetración de la técnica en su estructura social.
¿Pero acaso lo está haciendo la misma perife- ria? ¿Acaso está empleando a fondo el potencial de acumulación de capital proveniente de su progreso técnico para absorber con creciente productividad los estratos inferiores que vegetan en la indigencia? No lo permite el interés de quienes disfrutan de la sociedad privilegiada de consumo.
He ahí una conclusión terminante: el simple juego del interés privado, por legítimo que fuese, no podría transformar la dinámica limitada de la sociedad privilegiada de consumo ni la índole centrípeta del ca- pitalismo. Trátase, en el fondo, de problemas en gran parte estructurales que requieren grandes decisiones políticas así en los centros como en la periferia.
Sin embargo, los centros atraviesan por una crisis que hace mucho más difícil tomar estas decisiones; y otro tanto ocurre en la periferia. Trataremos, en la parte siguiente, de destacar, pues, los principales elementos de esta crisis.