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Los hijos y el mundo interior de la familia

Formas sustitutivas de dominio indirecto

Sesión 3 (la semana siguiente): Ruth, Bob y su padre

10. Los hijos y el mundo interior de la familia

La infancia idealizada: confianza y lealtad básicas

Cuando se pide a los adultos que recuerden la esencia de su infancia, sus ojos pueden mostrarse vidriosos al tratar de revivir una época de la vida que, a la distancia, puede parecer básicamente placentera. Ellos enfocan de esta manera las horas de juegos y fantasías. Como norma universal, se define al juego como ese aspecto dula infancia que significa pura diversión y falta de responsabilidades. Se consideraba que los adultos eran la fuente básica de gratificación de necesidades: en lo físico, los hijos eran alimentados y protegidos en sus hogares; en tanto que en lo emocional se los consolaba y resguardaba. Los adultos eran experimentados y percibidos como participantes activos u observadores de los juegos de sus hijos, entre risas, corridas, saltos y escalamientos, ingredientes todos que caracterizan la vida despreocupada de la infancia.

Si bien el juego es de manera primordial fuente de placer, constituye también el camino para que el niño aprenda el significado y valor de las relaciones íntimas y estrechas, y llegue a adquirir dominio sobre sus experiencias vitales interrelacionadas. En esencia, está descubriendo cuáles son sus propias necesidades y cómo obtener gratificación; aunque en forma simultánea también aprende algo acerca de las necesidades de los integrantes de la familia con quienes, fundamental u ontológicamente, está relacionado. En términos ideales, lo que se aprende y desarrolla en esta primera fase de la relación entre padres e hijos es la capacidad de alcanzar una confianza mutua, así como el asumir compromisos de lealtad basados en las leyes de la reciprocidad y la justicia. Esto sólo puede desenvolverse cuando los padres también han sentido confianza en sus primeras relaciones objetales, lo que surge como resultado de haber visto gratificadas en forma adecuada sus necesidades de supervivencia física y emocional. Tanto los hijos como los padres perciben y son percibidos como objetos valorizados, importantes y amados dentro de una familia. Erik Erikson define la confianza básica _como algo que emana de la relación de la madre con su bebé, «en el lenguaje inconfundible de la interacción somática: que el bebé pueda confiar en ella, en el mundo... y en sí mismo». Continúa diciendo: «...la desconfianza se ve acompañada de una experiencia de "furia absoluta", con fantasías de dominio total o incluso destrucción de las fuentes de placer y abastecimiento; y esa furia y esas fantasías persisten en el individuo, y son revividas por este en ciertos estados y situaciones extremos» [35, pág. 82].

Durante el primer año de vida, como el niño es totalmente dependiente y desvalido, se le plantean pocas exigencias y es poco también lo que se espera de él. Por lo general se le permite mamar con libertad, experimentar el placer de alimentarse y ser alimentado, comer o no comer, desparramar o machucar la comida, jugar con lo que se le ofrece o rechazarlo. No obstante, desde el momento en que se coloca una cuchara en su mano, la madre comienza a expresar sus deseos de que con el tiempo aprenda a usar esa cuchara como herramienta para alimentarse. En circunstancias ideales, el niño trata de complacer a los padres y trabaja en pos de la autosuficiencia. Los padres, pacientes y comprensivos, crean las circunstancias y brindan el estimulo y la aprobación que lo alienta a aprender y dominar esa fase del proceso de crecimiento. Las exageradas presiones e impaciencia, o las expectativas demasiado tempranas respecto de su desempeño, pueden demorar o impedir este proceso hacia la autosuficiencia.

Los padres norteamericanos del siglo XX han sido abrumados y bombardeados por los medios de comunicación, radio, televisión, artículos de revistas y el asesoramiento de profesionales (docentes, médicos, etc.) con el fin de que luchen por tener hijos ideales. La meta idealizada se define con claridad: el niño debe poseer un espacio vital propio, para crecer y desarrollarse convirtiéndose en una persona independiente, autosuficiente, autónoma. En algunas fases, las necesidades de dependencia pueden ser ridiculizadas, reducidas a su mínima expresión, o bien negadas de modo

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abierto. La separación psíquica es algo que la sociedad aguarda, y se refuerza por medio de la escuela, el trabajo y el matrimonio.

El clima imperante es el extremo opuesto, en comparación, del propio del pasado histórico. En aquel entonces se consideraba al niño menos importante para su padre o su familia que las vacas o bueyes de propiedad de esta. En la Roma antigua, el Estado concedía poder al padre para practicar infanticidio o vender a sus hijos como esclavos. Los hijos, y en ocasiones las mujeres, eran considerados como materiales o mercancías que podían utilizarse para asegurar la supervivencia física de la familia y el clan.

La mayoría de los padres norteamericanos han tomado en serio la versión idealizada de la infancia y las metas ideales de la crianza del niño, y se han esforzado por alcanzarlas. Estos mismos tipos de imágenes idealizadas se prevén, incluso, dentro de la relación conyugal. Aunque los valores y aspectos constructivos de ese idealismo no deben ignorarse ni restárseles importancia, deben ser atemperados por la realidad de la fragilidad y la vulnerabilidad humanas, en especial tal como se la experimenta en la vida familiar. Caso contrario, los cónyuges, padres e hijos pueden verse imbuidos de un sentido de fracaso, al tornarse concientes de que no están satisfaciendo las expectativas familiares o sociales. De este modo, lo ideal y deseable debe integrarse con lo que es una realidad posible.

Este capítulo describe el modo en que algunos niños y adultos se relacionan entre si y enfocan la separación emocional en el mundo interior de su vida familiar. Al estudiar «en vivo» todas las relaciones dentro de las familias, los especialistas en terapia familiar han tenido oportunidad de aprender algo acerca de dimensiones nuevas y diferentes (cosa que el estudio de un individuo aislado de su familia no puede revelar). Algunos lectores, sean legos o profesionales, pueden replicar diciendo: «son familias enfermas, adultos enfermos, niños enfermos». Tal vez, los terapeutas especializados en familias sólo vean los segmentos de la población más problematizados, con síntomas múltiples, menos capacitados para enfrentar sus relaciones familiares, y con dificultades con la escuela y las autoridades constituidas. Sin embargo, el punto de vista de los autores es el de que estamos enfocando aspectos universales en las familias. En todas las relaciones intimas hay conflictos que entrañan una lucha por lograr proximidad y distanciamiento, similitud y diferenciación, ataduras y separación, dependencia e individuación. Tal como dice Stierlin, «la capacidad para mantener y restablecer el sentido de separación o distancia contra las fuerzas interiores diametralmente opuestas que nos empujan a la fusión» [83, pág. 358].

Hay familias que pueden parecer organizadas y que en apariencia funcionan bien, pero que, tras un examen más detenido, demuestran no alentar o tolerar la proximidad o la intimidad. Otras familias se revelan de modo claro como simbióticas, caóticas, desorganizadas o fragmentadas. Resulta de suma importancia que se estudie el' grado de tensión y conflicto en todas las relaciones, para tratar de diagnosticar cuán incapacitados pueden ser los miembros dentro de la familia. Muchas familias pueden funcionar en forma adecuada a pesar de las perturbaciones y conflictos. Hay periodos en que la lucha y el tumulto son menores. Quizás, ellos nunca necesiten o busquen ayuda fuera de las relaciones con su familia nuclear y extensa. No obstante, en otros casos, debido a los problemas de sus hijos, las autoridades escolares o legales deben enfrentar a la familia en relación con el funcionamiento inadecuado de uno de sus integrantes, y derivarlas hacia el profesional que pueda prestarles ayuda.

El propósito de este capítulo consiste en alentar al lector a que estudie las relaciones familiares desde un punto de vista diferente y más amplio. Resulta indispensable examinar y comparar los ideales, así como los mitos manifiestos e implícitos, que cada familia crea respecto de las expectativas de lealtad de sus miembros, y también tomar conciencia del modo en que algunos de

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esos factores se incorporan dentro de las instituciones sociales. Los especialistas en terapia familiar también tienen conciencia de los recursos saludables, constructivos y vitalizantes que existen, hasta cierto punto, en las interacciones recíprocas dentro de las familias que han estudiado. Estos factores se utilizan de manera de permitir que los integrantes de las familias crezcan, y hallen una gratificación creativa dentro de la familia y en el mundo exterior. Los terapeutas especializados en familias están llamados a brindar su ayuda en lo tocante a aspectos regresivos, fijados, expoliadores, escapistas y culpógenos de las relaciones familiares, para desenredar los nudos que han atado los componentes de la familia y dar por tierra con los muros erigidos entre ellos, que crean sentimientos de soledad y de desesperación.

La mayoría de las familias inician el tratamiento á causa de un hijo con problemas o sintomático, culpado de haragán, desconsiderado, malo o loco. Las quejas de la familia se emiten en un nivel consiente y racional. Sin embargo, nuestra experiencia con familias perturbadas nos revela que los conflictos del hijo están vinculados en forma directa a los procesos interrelacionados, inconcientes o negados de manera ilusoria que perturban e interfieren en el crecimiento de todos los miembros de la familia. Parecería ser que con el fin de sobrevivir -en el plano emocional, tanto padres como hijos, maridos y mujeres en verdad se explotan el uno al otro, y son explotados en sus esfuerzos por satisfacer necesidades de dependencia no gratificadas. Existe acuerdo consiente e inconciente con el fin de evitar que se exponga la base de la reciprocidad insatisfecha entre todos los integrantes de la familia, atrapados en redes emocionales que hasta pueden producir una suerte de estrangulamiento psíquico o manifestarse en forma de conducta suicida. Incluso, los miembros adultos que se han apartado en lo geográfico o creen estar separados en lo afectivo, desde el punto de vista emocional resultan ser leales, estar entrelazados, problematizados y carentes de individuación en mayor medida de lo que ellos mismos creen. A pesar de sus intenciones totalmente concientes de tener una vida familiar diferente de la de su familia de origen, descubren que esta no puede ser como la habrían deseado. Una hermana casada de 23 años, que vino en ayuda de su hermano de 15 años, vagabundo y drogadicto, dijo: «Es lo mismo que cuando vivía en casa de mis padres. Mi marido es un alcohólico, como mi padre, y peleamos todo el tiempo. Yo regaño a mis hijos y les grito, como hacía mi madre conmigo y mis hermanos». De este modo, al mantenerse leal de manera inconciente hacia su familia de origen, la mujer no puede asumir con comodidad ningún compromiso con su actual familia.

Antiguas historias sobre niños nos llenan de horror y desaliento cuando recordamos que los pequeños eran comprados y vendidos como si se tratara de ganado; que los niños a quienes se creía embrujados o endemoniados eran encadenados y colocados en prisión junto con pordioseros, ladrones y asesinos adultos; y que también se quemaban niños en la hoguera. Ya no se permiten ni disculpan semejantes prácticas y ultrajes físicos. Nuestros estatutos abundan en leyes que establecen con claridad lo que ya no resulta aceptable, y es punible tanto desde el punto de vista legal como moral. Ya no se permite que la industria explote el trabajo forzado de los niños. Existen organismos voluntarios y gubernamentales con suficientes poderes como para intervenir en situaciones familiares con el fin de «rescatar» a los niños que son objeto de abusos. Los especialistas en terapia familiar no ven a tantos niños víctimas del descuido o de ultrajes físicos, a menos que los tribunales u organismos privados los remitan a su consultorio. Los médicos han tomado aguda conciencia de la situación y participan en forma activa, interviniendo en casos denominados «síndrome del niño maltratado». La práctica social más importante consiste en separar a esos niños de sus familias y colocarlos en instituciones o casas de padres adoptivos.

Las familias que atendemos vienen a nosotros por su propia voluntad, tras aceptar la recomendación del consejero escolar o médico para que suministren ayuda psicológica a sus hijos. El material clínico de este capítulo ilustra situaciones en que los «ultrajes» se traducen y son objeto de transacción psicológica dentro de las familias. Las interminables variedades sólo pueden describirse

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de modo breve. El objetivo, al presentar estos extractos clínicos, es demostrar que tanto los niños como los adultos están atrapados en un proceso familiar patogénico de lealtad, y son participantes sumisos en interacciones mutuamente destructivas. Cada integrante de la familia, a pesar ele las diferencias generacionales o sexuales, realmente sufre; no importa que todas las familias se consagren en forma abierta a alcanzar una mejor existencia para todos.

Concepción sistémica de la familia

Los terapeutas especializados en familias están procurando acuñar un vocabulario que defina lo que ellos ven y entienden. Muchas esferas de la vida familiar deben traducirse en un caudal de conocimientos pasible de ser enseñados. Ellos descubrieron que la comprensión más amplia y profunda surge de la reversión del orden tradicional de estudios, investigando las historias de las familias de origen así como las del sistema de la familia nuclear, y observando cómo se han acomodado o interfieren en el funcionamiento de los miembros de la familia con respecto a las diferencias generacionales y sexuales. Reiterando conceptos de Boszormenyi-Nagy [15], lo que se investiga dentro del sistema familiar, en relación con el crecimiento emocional, son aquellos aspectos de un proceso de duelo postergado que un integrante de la familia puede haber desmentido con el fin de no volver a experimentar sentimientos dolorosos ligados a objetos perdidos del pasado. Por otra parte, dichos sistemas también procuran impedir que se vivencie la pérdida emocional y la separación dentro de la actual familia.

El enfoque se centra en las estructuras multipersonales de expectativas, motivaciones, sentimientos y pensamientos. El sistema de la familia nuclear consiste en dos subsistemas principales cuyo funcionamiento debe estudiarse: el conyugal y el paterno. Se ha descubierto que los síntomas que aparecen dentro de un subsistema pueden ser reacciones provocadas o causadas por conflictos no resueltos en el otro subsistema. Sin embargo, el estudio de un individuo, una díada o una tríada no revela de qué manera deben satisfacerse las necesidades de los restantes miembros de la familia. Deben examinarse todas las relaciones familiares para descubrir la naturaleza del vínculo y los efectos que ejerce sobre cada integrante. La excesiva involucración emocional revela la existencia de relaciones simbióticas. En el otro extremo; el total descuido físico conduce a la imposibilidad de sobrevivir. Los estudios de Spitz [82] mostraron que la temprana falta de participación emocional puede producir daños irreparables; los niños investigados exhibían una resistencia muy inferior a las enfermedades, y entre ellos la tasa de mortalidad era sorprendente.

El material histórico concerniente a la familia de origen y la actual familia nuclear revelará la cualidad manifiesta de las relaciones conyugales y paternas. Una importancia más crucial aún reviste el estudio de las implicaciones encubiertas. ¿Cuáles eran las asignaciones de rol en la familia de origen? ¿De qué manera uno o ambos progenitores desempeñan en forma inconciente el papel asignado en la actual situación familiar? ¿Han permanecido leales de modo inconciente, y atados a balances de deudas no saldadas dentro de la familia de origen, aunque se liberan de los sentimientos de culpa proyectándolos sobre sus hijos? Un matrimonio y una nueva familia significan compromisos adicionales y exigen un cambio de la familia de origen. ¿Se ha saldado la «deuda», o los jóvenes padres continúan experimentando sentimientos de culpa por la separación física y psicológica de sus padres? ¿De qué manera procuran satisfacer las necesidades de sus ancianos padres, en tanto que, en forma simultánea, intentan adaptarse a las necesidades emergentes de los integrantes de la familia actual?

Tal como se estipulara con anterioridad, los niños requieren un espacio vital propio para jugar y para aprender, en el que se les permita ser niños. Por el contrario, en los sistemas familiares patogénicos los niños son utilizados como objetos sobre los cuales los padres proyectan muchos sentimientos y actitudes consientes e inconcientes. De ese modo, los niños se perciben como fuentes de fuerza

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dadora de vida; como objetos de lealtad o deslealtad. Ellos pueden verse atrapados en una lucha de poder entre los padres, o incluso entre los progenitores y su familia de origen. Los niños pueden ser percibidos como estímulos generadores de conflictos, en quienes recae la culpa. Además, pueden ser vividos como fuentes de dependencia e inductores de rechazo, del mismo modo en que los padres también pueden haberse sentido rechazados. No obstante, los niños continúan eternamente leales. Puede parecer que sus padres los explotan, pero en determinado nivel, los pequeños (llevados por la lealtad) en forma inconciente satisfacen la necesidad paterna de explotación.

Aunque los especialistas en terapia familiar destacan el efecto del sistema familiar sobre los hijos, no dejan de tener conciencia de la motivación individual y las fases de desarrollo. De acuerdo con la definición de Waelder sobre su principio de función múltiple, para el individuo «los fenómenos psíquicos, por regla general, tienen muchos determinantes. [...] La conducta cumplía varias funciones, o, como también podría decirse, respondía a la vez a muchas presiones o era solución para muchas tareas... La conducta realista puede servir también a las exigencias de los instintos [... ]. La conducta no es el resultado de una sola motivación todopoderosa, sino el resultado de muchas fuerzas, habitualmente conflictivas» [86, págs. 56-7].

A modo ilustrativo, digamos que una jovencita se mostró incapacitada para asistir a la escuela al comenzar a menstruar. Su fobia a la escuela era motivada, por cierto, tanto por factores individuales como familiares. Según una base individual, en ella afloró el miedo a crecer y controlar sus impulsos sexuales, competir socialmente,con otras jovencitas ante los muchachos, reelaborar los sentimientos edípicos, etc. Su rendimiento escolar todavía no había sido afectado. Sin embargo, en el nivel del sistema multipersonal, esa hija con fobia hacia la escuela también respondía a los temores de sus padres acerca de la sexualidad y la crianza de los niños. La madre había sufrido depresión de postparto después de nacer la hija. La pareja había decidido no tener más hijos. Los tres estaban encerrados en una situación en que nadie podía dar un paso en ausencia de los demás; finalmente, la madre realizó tareas como voluntaria en la escuela de la hija, como una manera de lograr que esta asistiera a clase. El negocio del padre estaba al lado de la casa, de modo que los tres estaban siempre juntos, día y noche. La preocupación por la hija también contribuía a enmascarar su extremada lealtad y dependencia de la familia de origen de la esposa. La hija, al tratar de controlar sus propios impulsos, de modo inconciente también se ponía en condiciones de controlar la conducta de sus padres. Era la hija quien, todas las noches, decidía si el cachorrito de la familia dormiría en el dormitorio de sus padres o con ella.

Sintomatología en hijos y padres

Tradicionalmente, los síntomas en un niño se interpretan como manifestaciones que surgen de conflictos internos respecto del dominio de tareas correspondientes a determinada edad o fase del desarrollo, y sentimientos ambivalentes hacia objetos interiorizados o del mundo real. Según el