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por la Hipoteca

La PAH se constituye en Barcelona el 22 de febrero de 2009 ante las crecientes dificultades de una ciudadanía sobreendeudada que, con el aumento de los tipos de interés primero, y del paro más tarde, se ve incapacitada para hacer frente al pago de las cuotas hipotecarias. La Plataforma surge para dar respuesta al drama que viven centenares de miles de familias ante la constatación de que el marco legal preestablecido está diseñado para sobreproteger los intereses de las entidades financieras en detrimento de la parte más débil e indefensa del contrato hipotecario. No obstante, la PAH no surge de la nada, sino que la impulsan un grupo de per- sonas ya vinculadas a la lucha por el derecho a la vivienda, en par- ticular a la experiencia de V de Vivienda, un movimiento social nacido en mayo de 2006 a partir de un correo anónimo que circu- ló por la red convocando a los jóvenes a hacer una concentración de protesta en las principales plazas de las ciudades del Estado para exigir el derecho a una vivienda digna. Este correo electróni- co fue la semilla de V de Vivienda, un movimiento que durante dos años articuló las movilizaciones por el derecho a la vivienda y que hizo salir a la calle a miles de ciudadanos.

Surgido de Internet, este factor marcó la forma de organizarse y determinó la composición heterogénea de las asambleas que se crearon en todo el Estado. Desde un principio se convirtió en un proceso vivo que conjugaba la frescura que le dio una nueva hor- nada de activistas que se integraron en el movimiento con la ex-

periencia que aportaron las personas con mayor recorrido en la defensa de este derecho. Un movimiento que, en este sentido, guarda muchos paralelismos con ¡Democracia real YA! (DRY) y el Movimiento 15-M.

Y es que V de Vivienda no dijo nada nuevo, pero lo dijo de otra manera, renovando el lenguaje y los códigos utilizados res- pecto a movimientos sociales de corte más clásico. Sin duda, uno de los principales méritos del movimiento fue su capacidad para conectar con la opinión pública mediante campañas comunicati- vas directas (como el lema escogido para convocar la primera manifestación: «No tendrás una casa en la puta vida»), gráficas (como los globos de color amarillo en referencia a la burbuja in- mobiliaria, y que se convertirían en un icono del movimiento) e imaginativas (como Supervivienda, un superhéroe que irrumpía en los mítines de los candidatos en las elecciones municipales de 2007 con el artículo 47 inscrito en el dorso de su capa para de- nunciar la mercantilización de la vivienda y los esfuerzos sobre- humanos que tienen que hacer los ciudadanos para sobrevivir en unas ciudades cada vez más caras, inaccesibles y excluyentes).

Para un sistema que había hecho de la mercantilización de la vivienda y el sobreendeudamiento de las familias su razón de ser, V de Vivienda surgía como un movimiento antisistémico y con- testatario. El lenguaje utilizado, así como la práctica y la acción política del movimiento, buscaban deconstruir los dogmas de fe imperantes. Allí donde el discurso dominante negaba la burbuja, V de Vivienda la señalaba con el dedo. Allí donde el discurso he- gemónico hablaba del milagro español, V de Vivienda veía solo un espejismo. Allí donde los poderes políticos veían crecimiento y creación de puestos de trabajo, V de Vivienda denunciaba deu- das y precariedad laboral. Allí donde unos veían pan para hoy, V de Vivienda presagiaba hambre para mañana.

Mirando atrás, con la crisis actual como telón de fondo y a la luz de los acontecimientos recientes, alguien podría preguntarse cómo es posible que las más que razonables demandas de un

movimiento que anticipó este escenario de crisis como nadie y que desde el principio ya denunciaba los frágiles cimientos sobre los que se asentaba el modelo económico español cayeran en saco roto. ¿Por qué no fue más allá? Pues porque era una gota roja en medio del océano. Remaba a contracorriente y en circunstancias muy adversas. En una sociedad mayoritariamente propietaria que veía cómo su patrimonio se revalorizaba año tras año con el in- cremento de los precios de los inmuebles, un movimiento que reivindicaba un alquiler asequible y social apenas representaba a una minoría.

Algunas victorias

Aun así, en su haber podemos contabilizar victorias importantes. En primer lugar, hay que destacar su capacidad para anticipar el futuro, dado que fue un movimiento que se avanzó en el tiem- po y que puso el dedo en la llaga, señalando el talón de Aquiles de un modelo insostenible.

En segundo lugar, actuó como catalizador y supo canalizar el malestar social en torno a la problemática del acceso a la vivien- da, un malestar que estaba latente pero que no había encontrado la voz ni el canal adecuado para expresarse. Una problemática hasta entonces silenciada por los medios de comunicación y ex- cluida de la agenda política.

Los límites de la propiedad privada

Tal como expone el famoso geógrafo americano David Harvey, el derecho a la propiedad privada y a la tasa de beneficios (dere- chos ambos que por naturaleza representan los intereses de la clase dominante) se encuentran en la parte más alta de una pirá- mide jerárquica de derechos, supeditando el resto. Esta jerarquía es fundamental para el artefacto conceptual del cual se sirve el discurso neoliberal para legitimarse. En este sentido V de Vi-

vienda rescata y dota de contenido el derecho a la vivienda reco- gido en el artículo 47 de la Constitución española y lo enfrenta al derecho a la propiedad privada para revertirlo o, como míni- mo, para equilibrar una balanza claramente descompensada. La propiedad privada ha de tener unos límites y ha de estar aco- tada por la función social de la propiedad, tal como estipula la misma Constitución en su artículo 33. Esta batalla teórica en- contró su plasmación concreta en el polémico debate que se abrió en Cataluña a raíz de la aprobación de la Ley del Derecho a la Vivienda de 2007, en relación con la expropiación del usu- fructo de pisos vacíos.

Así, V de Vivienda se convirtió en la piedra en el zapato de una Administración que, ante la creciente presión popular, se vio obligada a dar alguna respuesta.

En el ámbito estatal se activó la renta básica de emancipación, una ayuda de 210 euros para el alquiler destinada a los jóvenes menores de 30 años. También se aprobó una nueva Ley del Sue- lo que intentó poner orden en la planificación urbanística y que estableció límites en las recalificaciones arbitrarias que habían sido caldo de cultivo para la corrupción, la especulación y la de- vastación del territorio.

En el ámbito autonómico, el País Vasco, Cataluña y Andalucía aprobaron leyes sobre el derecho a una vivienda, unas leyes que, entre otras cosas, por primera vez reconocían en su articulado el uso antisocial de los pisos vacíos.

Una reacción que llegó tarde y que era del todo insuficiente. Aun así, la batería de medidas lanzada desde la Administración, más efectistas que efectivas, tuvieron un efecto desmovilizador y en cierto modo desactivaron el movimiento, que entró en una nueva etapa.

Nuevo escenario, nuevas posibilidades de intervención Posteriormente, el estallido de la crisis financiera internacional y la depresión económica consiguiente configuraron un nuevo es- cenario global. En nuestro país, el estallido de la burbuja inmobi- liaria marcó un punto de inflexión en el panorama social, econó- mico y cultural. Los mitos que se habían instalado en el imaginario popular como dogmas de fe infranqueables empeza- ron a hacerse añicos. Leyendas urbanas como las que pregonaban que los precios de las viviendas no podían bajar fueron cayendo por su propio peso, y el mito de que el mercado libre no se puede intervenir se resquebrajó con las inyecciones de dinero público en el sector bancario. Se generó así un nuevo contexto de opor- tunidades con nuevas posibilidades de intervención.

Dado el peso del sector inmobiliario en el conjunto de la eco- nomía, el desplome de la actividad vino acompañado de una des- trucción masiva de puestos de trabajo. Las familias cada vez lo tenían más difícil para llegar a fin de mes.

Así, en un contexto de desmovilización ciudadana y de reflujo del movimiento por el derecho a la vivienda, el estallido de la burbuja obligó a repensar la estrategia y a anticiparse en un esce- nario en el que al problema del acceso a la vivienda que veníamos arrastrando históricamente había que sumarle el problema de la pérdida de la vivienda para miles de personas.

Este nuevo paradigma obligó al movimiento a reinventarse para aprovechar al máximo las brechas que se abrían y la nueva correlación de fuerzas resultante. Por un lado, había que dar res- puesta al alud de desalojos hipotecarios; por otro, se ofrecía una ocasión única para constatar el fracaso del modelo que nos había traído hasta aquí. Cuando el sueño de miles de personas empe- zara a transformarse en la peor de las pesadillas, quizá la mayoría social estaría más receptiva a formas alternativas de gestión y de acceso a la vivienda.

A partir de esta reflexión, y teniendo en cuenta el nuevo esce- nario, V de Vivienda organizó, en octubre de 2008, una jornada

bajo el lema «No dejaremos que los bancos nos echen de casa», que se convirtió en la semilla de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

En un contexto político y social en el que se replanteaban los límites de los mercados financieros, la hipoteca se convirtió en un hilo conductor, un vaso comunicante que permitía relacionar el mercado de crédito y la vivienda. Tirar de este hilo significaba dejar al descubierto las causas estructurales que nos han conduci- do hasta aquí. Ante el intento de los dirigentes políticos, durante los primeros compases de la crisis, de echar balones fuera y atri- buir el colapso de la economía española a la coyuntura financiera internacional, la PAH quiso resituar el debate e introducir la vul- neración del derecho a la vivienda como una de las causas que explica la actual crisis. Por tanto, la mera creación de la Platafor- ma de Afectados por la Hipoteca ejemplificaba el fracaso de las políticas de vivienda de los últimos años y supuso un revés para unas administraciones que habían empujado a la población a en- deudarse.

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