En la segunda mitad del siglo X IX surgen desde diferentes ámbitos del conoci miento reflexiones sobre la naturaleza del ser humano, su historia y su cultura. Dentro del contexto académico, y en especial de la disciplina antropológica, encon trarán eco las teorías evolucionistas que propagarán, sobre todo de la mano de Tylor, la unidad psíquica de la humanidad, su unidad cultural y su unidad histó rica. Dado que la Cultura se hace común, por encima de preparaciones intelec tuales y clases sociales, y las culturas se transforman desde lo más simple a lo más complejo, los pasos evolutivos de la humanidad, su historia primigenia, se vuel ven pruebas suficientes de verosimilitud. Es por tanto sencillo que, junto con el determinismo biológico que separa y excluye a hombres y mujeres, se configure una distinción sexual y una jerarquía de género que tiene su mayor validez en conjeturas históricas sobre un pasado remoto, imaginable pero no comprobable.
3 .1 . El problema del matriarcado
Aunque el problema sobre la dominación de los hombres y la subordinación de las mujeres centró buena parte de los debates acaecidos dentro de la antropolo gía feminista de los años setenta, el hecho de la existencia o inexistencia de un sistema social matriarcal ha recorrido, y aún lo hace, un gran número de expo siciones teóricas e incluso tomas de posición particulares por parte de algunas
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autoras de género. Es además una problemática interdisciplinar en el sentido de que buena parte de las defensoras y detractoras de la existencia de un matriar cado primitivo en los inicios de nuestra historia toman como referencia no solo los datos antropológicos sino los históricos, arqueológicos, artísticos e incluso religiosos. Es, pues, interesante el constatar cómo todavía buena parte de las feministas de corte diferencial o incluso del denominado actualmente feminismo integral plantean sin duda alguna la existencia de un momento histórico en el que las mujeres detentaban el poder social, cultural y político, basándose para ello en buena parte de las investigaciones arqueológicas, las de Cnossos por Arthur Evans, por ejemplo, y especialmente las debidas a Mari ja Gimbutas.
Esta arqueóloga, acuñadora del término “la vieja Europa” para designar el área de influencia de las llamadas culturas pre-indoeuropeas, identificó la compleja estructura de representaciones femeninas propias del Paleolítico y el Neolítico (lo que comúnmente se conoce como “ venus prehistóricas” , como la de Laussel, la de Dusseldorf o la más reciente y sin embargo más antigua descubierta en septiembre de 2 0 0 8 en la cueva de Hohle Fels por el profesor Nicholas Conard, tallada esta vez en cuerno de mamut), con una representa ción única y universal de la “Diosa M adre”, a pesar de sus diferenciadas imá genes y tallas. Según Gimbutas este culto a las diosas, propias de estas zonas europeas, pervivió en las religiones de otros pueblos como el griego (culto a Dionisos), en los celtas (en el culto a las M atres), en las diferentes diosas de la fertilidad germánicas y eslavas, en el culto (alterado, evidentemente) a la Virgen María e incluso en los rituales de las brujas europeas. Todo ello, en rea lidad, como exponente del respeto y consideración de estas culturas a la vida y la naturaleza simbolizadas en estas representaciones y en las madres-muje res mismas. En idéntica línea advocadora de viejas costumbres y representa ciones se hallarían, por ejemplo, varios documentos sobre los saurómatas, pue blo en el que las jóvenes luchaban junto a los hombres y eran enterradas con sus armas de guerra.
3.1.1. L a an tropología evolucionista y el m atriarcado
Sin embargo, cuando en antropología se habla del matriarcado los datos cam bian radicalmente de signo, mientras el nombre de una escuela y un autor cen tran buena parte de la discusión. Así, mencionar el matriarcado es reflexionar sobre el evolucionismo y sobre la obra Das Mutterrecht (literalmente, el dere cho materno) escrita por Bachofen en 1861, a pesar de que, como se verá, otros autores evolucionistas como Morgan, McLennan o el mismo Engels argumen taron sobre el matriarcado, al que consideraron etapa primaria de la historia de la humanidad.
La historia y la caza com o exp licacion es de las relaciones de género
La corriente evolucionista clásica se engarza con las teorías del mismo sig no que surgieron en el ámbito de las ciencias naturales y la biología en el siglo
XIX y que ya habían empezado a despuntar un siglo antes, aunque en la reali dad hablar de ella significa mirar hacia el mundo griego y su filosofía recor dando su idea de Scala Naturae. Al igual que los naturalistas, los evolucionis tas sociales consideraban que una sociedad compleja y organizada se desarrollaba de modo semejante a como lo hacía un organismo vivo, es decir, partiendo de otro más simple y desorganizado. De esta manera, una sociedad sencilla, lo que en aquel momento se denominaba una “sociedad primitiva”, venía a conside rarse como el principio de lo que había sido el desarrollo cultural humano, esto es, como una infancia de la humanidad. Esta idea, es evidente, en realidad está basándose en un evolucionismo lineal, progresivo y uniforme, lo que como se verá, traería no pocos problemas a la escuela del evolucionismo clásico. Sin embargo, el hecho de pertenecer a un mismo marco teórico-m etodológico no quiere decir que no pueda haber variaciones significativas en los supuestos de los autores que están formando parte de una corriente disciplinar concreta. Así, por ejemplo, no todos los evolucionistas consideraron que el matriarcado repre sentaba un inicio en la formación social de los seres humanos; Henry J. Maine, por ejemplo, en su obra Ancient Law (1 8 6 1 ), contemporánea de la citada de Bachofen, consideraba que el derecho paterno y con él la existencia de un patriar cado o sistema social que ofrece y garantiza el poder de los varones había exis tido desde los principios de la historia humana. Obviamente otros autores como M organ, Bachofen o Mc.Lennan tuvieron fácil rebatirle con el ejemplo de las sociedades matrilineales, otra cosa es, como se verá, que se pueda deducir el m atriarcado de la matrilinealidad o que esta signifique que el poder está en manos de las mujeres.
De uno u otro modo lo que estos autores evolucionistas tenían muy claro es que toda la historia social podía dividirse en unas etapas que marcaban clara mente la evolución y el desarrollo humano. En su libro Ancient Society (1877), traducido en la edición española como La sociedad primitiva, Morgan realiza una división de toda la historia cultural del hombre en periodos que a su vez, en dos casos, se subdividen. De este modo podrían evidenciarse tres grandes eta pas: salvajismo, barbarie y civilización, pudiéndose distinguir en los dos prime ros un estadio inferior, otro medio y otro superior.
En el periodo de salvajismo (momento de la infancia humana), la nutrición se realiza mediante la recolección, e inferimos que el carroñeo, para ir avan zando con la pesca y la caza sucesivamente; del uso de las piedras como arma se pasaría a la fabricación del arco, las flechas y las lanzas. Como tal, el perio do finalizaría con la invención de la alfarería. El salvajismo conllevaría un gobier no que comenzaría con un mero pacto entre varones y finalizaría con el siste ma de gens (asociaciones basadas en el parentesco) y con grupos familiares
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denominados familia consanguínea y punalúa, definidos por el mismo autor de la siguiente manera:
La familia consanguínea se basaba en el matrimonio entre hermanos y her manas, propios y colaterales, en grupo. La familia punalúa se basaba en el matrimonio entre varias hermanas, propias y colaterales, con los maridos de cada una de las otras, en grupo, no siendo indispensable que los maridos comu nes estuviesen emparentados entre sí. Asimismo, varios hermanos, propios y colaterales, se casaban con las esposas de cada uno de los otros, en grupo, no siendo indispensable que estas esposas estuviesen emparentadas entre sí, aun que en ambos casos esto sucedía con frecuencia. En cada caso, el grupo de hombres se casaba en conjunto con el grupo de mujeres (1971: 395-396).
Por su parte el periodo de barbarie se iniciaría con la alfarería y terminaría con la fabricación de piezas de hierro, la subsistencia comenzaría en la línea hor ticultor;! hasta finalizar en la agricultura y en la domesticación de animales. El gobierno se iría transformando desde la común gens del periodo anterior hasta el consejo de jefes y las asambleas, mientras que la familia variaría desde la puna- lúa a la sindiásmica (definida como aquella que se basaba en “el matrimonio entre parejas solas, pero sin cohabitación exclusiva [en la que] el matrimonio duraba a voluntad de las partes” (o.c.: 396) para acabar transformándose en la patriarcal (es decir, lo que hoy llamaríamos poligínica y que estaría compuesta por un hombre y varias mujeres), de la que Morgan explica que “por lo gene ral, estaba acompañado de la reclusión de las esposas”, y finalmente en la fami lia monógama.
Curiosamente Morgan apenas habla de la civilización, al fin y al cabo el modelo de la sociedad a la que él mismo pertenecía, aunque sí com enta que comienza con el alfabeto fonético y el uso de la escritura y se caracteriza por la propiedad privada absoluta (frente a la colectiva de los periodos anteriores), y la aparición de lo que podría denominarse sociedad política; estableciendo a la vez una polaridad entre lo que denomina Societas y Civitas. Reuniendo los datos que aporta en el prólogo de la edición española Lisón Tolosana (o.c.: 39), podría decirse que en la primera se encontraría una organización social basada en las gens, los clanes y las tribus con un gobierno que se sustentaría en la persona y en las relaciones personales, con lo que actuaría sobre los individuos a través de las instituciones ya mencionadas y mediante relaciones de tipo personal. El esta do por tanto no existiría como tal, luego la seguridad de la persona recaería en la gens, el clan o la tribu, siendo así esta organización la definitoria de la socie dad antigua. La sociedad moderna sin embargo se organizaría políticamente en función del territorio y la propiedad, basándose también en ellos el mismo gobier no, quien actuaría sobre las personas a través de relaciones territoriales. En este
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tipo de sociedad sí que se encuentra el estado, que a su vez estaría obligado a proteger tanto a los individuos como a la misma sociedad.
Dentro de esta línea evolutiva Morgan dedica el capítulo X IV al “Cambio de la descendencia de la línea femenina a la masculina” en referencia a griegos y romanos, con cuyo simple título puede apreciarse que, al contrario de Maine, está suponiendo que inicialmente ciertas formas de autoridad y poder podrían estar en manos de las mujeres. Hay además que hacer notar que es importante reseñar los planteamientos de Morgan porque sería un autor básico para lo que posteriormente haría Engels y, como se verá, para las críticas que mucho más tarde realizarían las autoras feministas de corte marxista. Para Morgan estaba demostrado que la gens del periodo arcaico “consistía en un presunto antepa sado femenino y sus hijos, juntamente con los hijos de sus hijas y de sus des cendientes mujeres, por la línea femenina, a perpetuidad. Quedaban excluidos, por lo tanto, los hijos de sus hijos varones y de sus descendientes varones por la línea masculina” (o.c.: 362), mientras que la de periodos más modernos seguía el mismo sistema pero con respecto a los varones y a la línea masculina. Como él mismo advierte, lo único que queda por dilucidar es qué motivó el paso de un sistema a otro y cómo se realizó tal transformación. Este cambio, que evidente mente conllevó una serie de derechos para los sujetos de una u otra línea de des cendencia, fue un proceso
simple y natural, dado que el motivo del cambio era general, urgente e impe rioso. Cuando se efectuó, en un momento dado y por resolución preconcerta- da, solo fue necesario convenir que todos los actuales miembros de la gens
quedasen como miembros pero, en adelante, únicamente las criaturas cuyos padres pertenecían a la gens pertenecerían a ella y llevarían su nombre genti licio, mientras que los descendientes femeninos quedaban excluidos. Esto no interrumpió ni cambió la naturaleza del parentesco de la relación de las gen tes existentes; pero, desde entonces, se retuvieron en la gens todas las criatu ras que, hasta ese momento, habían estado excluidas, y se excluyeron las que antes se retenían (o.c.: 363).
Morgan repite en varias ocasiones que el motor de tal transformación debía ser una causa “suficiente e imperiosa” que para él se traduce en lo siguiente:
Una vez que se comenzó a criar animales domésticos en manadas, convir tiéndolos así en una fuente de subsistencia a la vez que en objetos de propie dad individual, y después que la labranza condujo a la posesión privada de casas y campos, es indudable que debió surgir una animosidad hacia el régi men imperante de herencia gentilicia, porque excluía a los hijos de los pro pietarios, cuya paternidad era ahora más segura, para entregar los bienes a sus parientes gentilicios. La lucha sostenida por padres e hijos para la obtención
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de una nueva reglamentación de la herencia, llegó a ser motivo poderoso para provocar el cambio. Con la acumulación de la propiedad en masa y asumien do formas permanentes, y con la proporción creciente de la misma, detentada por propietarios individuales, es indudable que la descendencia por la línea femenina estaba llamada a desaparecer, cediendo su lugar a la descendencia por la línea masculina (o.c.: 364).
El problema de M organ, com o en realidad le ocurría a buena parte de la escuela del evolucionismo clásico, era poder demostrar empíricamente que en un momento histórico ya desaparecido, del que incluso no hay constatación escri ta, la transformación planteada existió realmente. De ahí que él, con experien cia en trabajo de campo, aluda a que la “ausencia de una comprobación direc ta de la antigua descendencia por línea femenina en las tribus griegas y latinas, no es suficiente para acallar la presunción a favor de esta forma de descenden cia” (o.c.: 365). Por eso, de modo indudable, puede contarse con los escritos de Herodoto con respecto a los licios, con el caso de los cretenses o con el de otros pueblos antiguos como los etruscos, o los de Polibio con los locrios. Incluso, si ello no bastase como fuente empírica, aduce, bastarían el texto y la investiga ción del mismo Bachofen y, por qué no, las fuentes que ofrece la mitología.
Es claro que la confusión de la realidad comprobable empíricamente y aque llas fuentes que no pueden constatarse de tal modo, se sitúan en la base de bue na parte de la historia conjetural de estos autores quienes, por otra parte, utili zan el método comparativo para llenar huecos con semejanzas no comprobadas fehacientemente, basándose, en buena parte de las ocasiones, en las famosas sur- vivals de Tylor (Harris, o.c.: 141-144). Por otra parte, se aprecia en Morgan una similitud errónea entre un linaje y una filiación matrilineal con lo que supondría un matriarcado, es decir, no solo homologa una forma de familia y adscripción de individuos a una línea de filiación sino a un sistema cultural con manifesta ciones específicas en la organización política, social, económica y religiosa.
Sin embargo la idea de base evolucionista pesa demasiado en estos autores, y todos ellos (excepto Maine, como ya se ha dicho) plantean una evolución en la que lo más simple ha de transformarse en lo más complejo y simplemente hay que rellenar los huecos evolutivos mediante conjeturas que fortalezcan la idea errónea de una evolución unilineal.
El escocés John Ferguson McLennan (1827-1881) colaboró activamente en la polémica sobre la evolución y desarrollo de las sociedades aportando, ade más, ciertos conceptos a la antropología del parentesco que hoy día se siguen utilizando, como son los de endogamia y exogamia. Por endogamia se entiende la prohibición a los miembros de un grupo de contraer matrimonio fuera de ese mismo grupo, o en positivo, la obligación de casarse entre sí, mientras que exo gamia sería la prohibición de que los miembros de un grupo contraigan matri
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monio entre ellos, o la obligación de unirse matrimonialmente con miembros de grupos diferentes (Moneó, 2003). Al igual que Morgan y como buena parte de los evolucionistas clásicos, McLennan era un abogado interesado en la historia de las sociedades y, principalmente, en la del derecho escocés, y un perfecto con vencido de la existencia de un periodo primigenio de la historia humana en la que la base de la organización social era el matriarcado. Es en su texto Primi- tive Marriage: An Inquiry Into tbe Origin o f tbe Form o f Capture in Marriage Ceremonies (1865) donde McLennan expone sus ideas al respecto.
Según su opinión, las sociedades comenzaron su andadura partiendo de una situación de promiscuidad en la que los hijos pertenecían al grupo social median te su vinculación a un antepasado común (el tótem), pero cuyas relaciones de parentesco solo tendrían lugar a través de la línea de la madre. Escribe:
Una vez un hombre ha percibido el hecho de la cosanguinidad en el caso más simple, a saber, en el que él tiene la sangre de su madre en sus venas, pue de vislumbrar rápidamente que es de la misma sangre que los otros hijos de ésta. Un poco más de reflexión le permitirá ver que su sangre es la misma que la de los hermanos y hermanas de su madre. Pensando aún m ás, percibirá que él es de la misma sangre que los hijos de las hermanas do su madre. Y, con el tiempo, siguiendo los lazos de sangre, debe llegar a un sistema de parentes co a través de las hembras. La idea de relación sanguínea, tan pronto como se formó, debe haber empezado a desarrollarse, aun cuando lentamente, en un sistema abrazando los lazos de sangre, en cuanto que obvios e indiscutibles, a través de las hembras. Cualquier desarrollo adicional que esta idea pudiera tener -si tuviera simultáneamente un desarrollo en la dirección del parentes co a través de los varones- debe haber dependido de las circunstancias conec tadas con la paternidad (en Llinares, 1984: 291).
Y precisamente en estas circunstancias que se imbrican con los hombres y la paternidad es donde McLennan va a basar sus teorías sobre la transformación de los grupos sociales matrilineales en patrilineales. Así, refiere cómo la dureza de la vida y la lucha por el alimento y por la seguridad llevaron a que estos gru pos de incidencia materna prefirieran a los cazadores valientes y fuertes y ai menosprecio de las niñas, más débiles que los muchachos. Esto trajo consigo la práctica habitual del infanticidio femenino y la lógica escasez de mujeres, lo que a su vez determinó el estado de guerra permanente entre las tribus primitivas y la necesidad perentoria de la regla exogámica y la poliandria (el matrimonio de una mujer con varios hombres) que solía realizarse mediante la captura y el rap to de mujeres. Según McLennan, el hecho de compartir mujeres obligó a que las