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AUN CON LOS PÉTALOS MALTRATADOS, LA AZUCENA 1 RENACIÓ “Yo sentía mucha culpa y vergüenza viendo el sufrimiento de mis padres y un

2.2 Historia de las maternidades y sobrevivencia

Yo pensaba que en un momento él iba a cambiar, porque en esos tiempos, la ignorancia de la gente, de los hombres era que el primer hijo tenía que ser varón, entonces tuve mi primera hija niña, hay cosas que me he olvidado pero otras no…. Porque él no vino a visitarme cuando di a luz a mi primera hija… yo lloraba, yo no sé como aguante eso… una persona racional no tenía que aguantar eso, pero yo no sé, yo le tenía miedo, por la nada me levantaba la mano, me cacheteaba, él no le importaba, él no me quiso lo suficiente, ya luego mi segunda hija también fue mujer, y yo pensaba que cuando naciera un hijo varón él iba a cambiar, pero no fue así… ( Norma, entrevista, 2013).

Los sentimientos que la gran mayoría de hombres en ese tiempo tenían acerca de que el primer hijo fuera varón eran de profundo orgullo y regocijo. Norma recuerda que el solo hecho de saber que ella era mujer y que las niñas no eran recibidas de la misma manera que los niños profundizaba su baja autoestima pues se sentía menos valorada. Mi madre tuvo a su primera hija en 1962, la recibió con mucha ternura y con un sentimiento de tristeza por no haber sido acogida de la misma manera por su esposo. Ella menciona que antes de quedar embarazada su esposo le reprochaba que no era lo suficientemente mujer porque habían pasado varios meses desde su matrimonio y no se embarazaba. Así que cuando supo de su embarazo se sintió tranquila, pero al mismo tiempo se sintió más desamparada y angustiada ya que vivían en la casa de sus suegros y ni siquiera tenían cama propia. Entonces empezó a pagar cuotas mensuales en una clínica para los gastos del parto, iba sola a sus chequeos médicos y después del parto, su suegra le ayudó con la dieta y los cuarenta días de descanso obligado.

41 Recuerda ese primer embarazo y parto con una mezcla de sentimientos, sabía que estaba cumpliendo su “deber” de esposa, al poder darle hijos a su esposo, pero como Rich señala: “nadie menciona la crisis psíquica que sobreviene a la concepción del primer hijo o hija, la conmoción de los sentimientos largo tiempo guardados hacia la propia madre, la sensación confusa de poder y de impotencia de no controlar nada, por un lado, y de poseer nuevas potencialidades físicas y psíquicas, así como una sensibilidad, aturdimiento o extenuación” (Rich 1986:75).

Después de dos años, exactamente en el año 1964, nació su segunda hija, y su esposo volvió a sentir el desánimo de tener una hija, envés de un hijo. Nuevamente Norma sintió mucha tristeza pero también preocupación de no “poderle dar el regalo a su esposo de tener un

hijo varón” ya que ella pensaba que el maltrato y el desinterés de su esposo podía desaparecer o

por lo menos disminuir. En esta ocasión ella ya no pudo tener los cuidados de su suegra ni de los de su madre y ya no podían visitarla muy seguido. Esto seguramente despierte contradicción, no sabemos con exactitud si Norma quiso tener un hijo varón para “ofrecerle como regalo” a su esposo y así pudiese la violencia cesar, o era un deseo con tinte de aprecio, cariño o amor hacia su esposo con el fin de complacerlo.

Después de dos años llegó su tercer hijo. Norma se sentía feliz y tranquila por la llegada del varón, recuerda que le preguntó a su esposo: “¿ya te dijeron que fue varón?” Y él de manera muy cortante asintió pero no mostró la emoción esperada. Los maltratos físicos y emocionales que causaban en Norma pérdida de autoestima, sentimiento de culpa, miedo, ansiedad y estrés continuaron. Si bien, ella todavía veía que su realidad era parte de su destino el cual no había cambiado para nada desde que se casó. Poco a poco en los siguientes años fueron despertando sentimientos de rebeldía frente a esa realidad. Mientras tanto la violencia no disminuyó, ni siquiera con la llegada del hijo varón a su hogar, y lo que ella veía como su destino era lo aprendido desde la iglesia católica, a pesar que ella iba a rezar a casi todos los santos y a pedir por una mejor vida junto a su esposo. Al final ningún santo católico le concedió el milagro de “componer” a su esposo, y de esa manera ella reafirmó la idea que tenía sobre su destino.

En el momento de la llegada de su cuarta hija en 1968, Norma sintió muchas angustias al ver que tenía tres hijos más que cuidar, su primera hija había cumplido seis años, la segunda

42 cuatro años y el tercero dos. Rich (1986) menciona que las verdaderas y agotadoras cargas de la maternidad son físicas, los embarazos continuos, el drenaje de los partos frecuentes y el cuidado de los niños. Sin duda Norma había pasado por embarazos continuos, de violencias cometidas sobre su cuerpo y voluntad, ninguno fue planificado y siempre se sintió forzada en cada encuentro sexual con su esposo. Desafortunadamente y debido a que su cuerpo no se había recuperado después de su cuarto embarazo, su leche materna se “seco” de sus senos. Además tenía que cuidar del resto de sus hijos quienes todavía estaban muy pequeños.

La trayectoria de las maternidades de Norma se desarrolla de manera descontrolada sobre su cuerpo, ella había perdido la soberanía sobre el mismo. En trece años de matrimonio tenía cuatro hijos, quienes también fueron parte constitutiva de su subjetividad ya que no solo se trataba de que ella cuide de sí misma, sino que carecía de los cuidados y afectos, sin olvidar, que escaseaba de condiciones esenciales para una vida digna y saludable. “Cuidar, atender, nos implica, y esto nos conduce irrevocablemente a la socialización, y en último término a la identidad, a la feminidad” (Vega, 2009:92). Es así como ella fue construyendo su identidad femenina. “No pueden ser conceptualizados en el paradigma social, no natural, de los derechos, se expresan como manifestación absoluta del altruismo y no emanan de un contrato entre iguales, sino de una ordenación pre-social y una inclinación singular de los sujetos (sexuados y emparentados)” (Vega, 2009: 93). En ese sentido, tanto la maternidad como todos los cuidados asociados a la misma, así como todas las tareas del hogar, son parte fundamental en la diaria formación de las subjetividades de las mujeres, y en este caso específico, el de Norma.