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HISTORIA JAMÁS

In document Renovación nº17 Enero 2015 (página 52-55)

para que las palabras de María no lograran penetrar en ella. No había funcionado. Alguna grieta había quedado descuidada porque no podía dejar de oír una voz que le susurraba:- son los padres, son los padres.

Al llegar a casa por la noche, Valentina se había dedicado a observar con mucha aten- ción a los suyos. Miraba concentrada las pupi- las de sus ojos mientras veían el telediario, in- tentando averiguar la verdad. Pero no encontraba respuesta. -¿Y si fuera cierto? ¿Y si la habían engañado? ¿Por qué lo hacían? ¿Existían miles de niños en el mundo que ha- bían sido engañados también? Esto no tenía ningún sentido. A ella la castigaban cada vez que decía una mentira. Y ahora se encontraba con esto… Valentina miró a su hermana mien- tras con un rotulador rojo rodeaba con tacha- duras y círculos los juguetes del catálogo de juguetes, y sintió pena por ella. Porque ya no era lo mismo. Por eso había arrojado el suyo a la basura al llegar a casa.

Había pasado todas las vacaciones junto con su hermana Inés en casa de los abuelos. Le gustaba esa casa porque allí el abuelo le había contado las historias del mundo que se veía y también del que era invisible. Así lla- maba el abuelo Valentín al mundo que apare- cía bajo la lente de su microscopio. Sentaba a Valentina sobre sus rodillas y miraban juntos con un ojo guiñado a través de la lente. En esas plaquitas de cristal aparecían miles de formas, con infinitos colores que se movían mezclándose para dar lugar a nuevos dibujos. Valentina se sentía fascinada por los cambios que tenían lugar en un espacio tan pequeño, imposibles de adivinar. El abuelo Valentín le decía entonces, mientras limpiaban en el baño las pinzas y las placas utilizadas, que para mi- rar lo invisible había que preparar todos los utensilios despacio y con cuidado, porque si no se corría el peligro de ver cosas que no existían realmente. Por eso Valentina se sentía tan mal. Había sido lanzada a una de las ha- bitaciones del mundo oculto sin preparar la placa donde sujetar las odiosas palabras de María. Sin poder regular la lente para ver todo más grande o más pequeño según fuera ne- cesario. Y allí estaba ahora. En el salón de sus abuelos. Sin microscopio y sin abuelo.

Sentada en su butaca orejera. Acariciando el tapete de crochet que su abuela había tejido para él y en el que reposaba la mano que su- jetaba su cigarro. Olfateando el reposacabezas para adivinar su olor perdido. Cuando llevaron al abuelo al hospital y luego no volvió, sus pa- dres le dijeron que se había ido al cielo. Las monjas también. Pero claro, también habían contado que los Reyes venían de Oriente. Y que las niñas malas iban al Purgatorio con los cientos de bebés que habían muerto sin ser bautizados. Y eso hacía que a Valentina le costara un poco más respirar. Porque a ella la historia de los Reyes le estaba empezando a dar un poco igual, pero lo del abuelo no. Su abuelo Valentín tenía que estar vivo en algún lado, aunque no pudiera verlo. Preparando pla- quitas de cristal para que Valentina pudiera mirarlas a través de un microscopio plateado. Cuatro pares de ojos del mismo color gris mi- rando con la misma curiosidad lo oculto. Había que encontrar una manera de ave- riguar la verdad de todo esto. Cuando Valentina había preguntado directamente a su padre si ellos eran los reyes le había contestado:-¡Pues claro que no! ¿Cómo podría yo traer tantos re- galos para todos? Además cuando nos des- pertamos, ya están ahí esperándonos, encima del sofá. Y también nos traen cosas a mamá, a la abuela y a mí. Luego le había dado un abrazo y había dicho:-¡Cómo crece mi Valen- tina! Lo había dicho de la misma manera en que le decía lo contento que estaba con ella cuando traía un sobresaliente en Lengua. Pero a Valentina en esa ocasión, las palabras de su padre no le habían producido esa sensación de calor que normalmente llegaba a ella cuando le decía cosas buenas.

Algo no iba bien, pero no sabía exacta- mente el qué. Como los nudos que se le hacían en los hilos de punto de cruz en su clase de costura, tan apretados que no se lograban ver sus líneas para deshacerlos. Por eso Valentina había ideado un plan. El día de la cabalgata de Reyes, pidió a sus padres quedarse con su abuela. Sabía que les extrañaría, porque ella disfrutaba enormemente de ella. No paraba de saltar y recoger los caramelos que lanzaban desde las carrozas junto a su hermana. Pro- testarían seguramente. Pero ella tenía la ex-

cusa perfecta: diría que no quería dejar sola a la abuela. Junto a ella prepararía el roscón y vería la cabalgata por la tele. Valentina sabía muy bien que estos gestos enternecían a su madre, logrando de ella todo lo que quisiera. No falló tampoco en esta ocasión.

Había pasado las últimas tres horas ama- sando con la abuela la rosca. Metiendo sus deditos pringosos en esa amalgama difícil de manejar hasta poder domarla y hacerla una bola que levase. Las gotas de agua de azahar habían impregnado la masa como si fuera el perfume francés caro que usaba su madre. Ahora todos los rincones de la casa olían a roscón de reyes. Valentina se había asomado a la puerta del horno para sentir su calor hasta que el airecillo con olor a naranja había hecho lagrimear sus ojos. Ese aroma lograba cal- marla de alguna forma.

Mientras esperaban que ese prodigio de las manos de su abuela quedara listo, encen- dieron la tele. Allí estaban los Reyes en sus carrozas. Valentina miró con atención y de re- pente advirtió como el nacimiento del pelo del Rey Melchor era igual de negro que el suyo. La corona arrastraba el pelo blanco hacia atrás y el rey no hacía más que intentar colocarlo una y otra vez mientras se sujetaba a la silla del camello. Valentina se acordó entonces de su peluca de princesa Rapunzel guardado en su caja de disfraces, y sintió como el enfado se habría paso en ella. Había sido una tonta por no darse cuenta antes. La visión de las pelucas y su enfado la empujó a ejecutar el plan. Dejó a la abuela en el sillón y diciendo que iba al baño, se fue al cuarto de su tío, que ahora usaban como trastero. Abrió las puertas del armario, los cajones de la cómoda, miró debajo de la cama…Nada. Se sentó algo más tranquila en la cama y respiró despacio. Todo en orden. El mundo visible y el invisible. El abuelo Valentín la esperaría en el sofá mojando su trozo de roscón en el chocolate. Diciéndole a la abuela que quería comer, cenar y desayu- nar roscón todos los días del año mientras le guiñaba el ojo. El nudo del estómago se des- hizo y se levantó para unirse a la abuela en el sofá. Lamentando los caramelos que no había recogido. Agarró con la mano el picaporte de la puerta, pero no logró moverla. Un plástico

blanco había quedado atrapado debajo y no había manera de moverla. Valentina se agachó para sacar el plástico y tiró. Junto con el trozo de plástico, sacó una gran bolsa que había debajo de la librería. Al mirar en ella Valentina vio el pequeño bebé con su carrito y la cocinita que su hermana había rodeado con rotulador rojo días antes y la muñeca que ella había pedido en su carta a los Reyes. No quiso mirar más. Guardó la bolsa de nuevo en su escondite y se fue directa al baño. Se miró al espejo e intentó contarle a su imagen la verdad. La ver- dad de todo. Pero no podía. Veía como la niña del espejo abría y cerraba la boca sin conseguir emitir sonido alguno. Le parecía que esa niña no era ella. Sino otra distinta que había que- dado atrapada en el mundo invisible. Con el abuelo, las formas del microscopio y los niños del purgatorio.

Pasó el resto de la tarde haciendo lo que la otra Valentina, la de los años anteriores, ha- bía hecho y dicho. La nueva permanecía en un rincón muda, empapándose con la visión de los juguetes escondidos. Ya por la noche, cuando todos dormían, abandonó el calor y el tacto de las gordas mejillas de su hermana y se sentó en el sofá, rodeada por todos los re- galos. Allí lloró y escuchó los ronquidos de su padre y los ruidos de la calle. Sin rastro de las pisadas de los camellos. Enfrente de ella, su abuelo, con las comisuras manchadas por gru- mos de azúcar y churretes de chocolate, le sonrió una última vez mientras su imagen se desdibujaba para dejar su sillón vacío y sin olor.

Al día siguiente, con los chillidos de su her- mana llenando la casa, Valentina se fue al cuarto de sus padres, levantó el teléfono y marcó el número de su amiga Sara. Ella no sabía nada de toda esta mentira. Debía decír- selo. Debía contribuir a que un niño menos fuera engañado. Por eso al escuchar su alegre voz, sin parar de hablar sobre las cosas que los Reyes le habían traído, Valentina le cortó y dijo:

A menudo se ha señalado la relación

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