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The historical evolution of violence actors in Latin America

Dirk Kruijt1

Fecha de recepción: abril 2009

Fecha de aceptación y versión i nal: mayo 2009

Resumen

La violencia ha sido una característica de América Latina en los siglos XIX y XX. En la segunda mitad del siglo XX, la violencia se expresó mayoritariamente en terror por parte del Estado, gene- ralmente implementado por regímenes militares en “guerras sucias” contra sus propios ciuda- danos. Sin embargo, al reinicio del período democrático se produce una severa crisis económica con mayores consecuencias para la pobreza, la informalidad y la exclusión social. Con la retirada de los militares de la política nacional, surgieron nuevos actores no estatales de la violencia que trataron de apoderarse del espacio público en el contexto de ausencia del Estado y especial- mente en los territorios plagados por alta pobreza, informalidad y exclusión. Estos nuevos actores no estatales son narco-economía, pandillas, maras, criminalidad organizada, “fuerzas oscuras”, dentro de las cuales también están ex combatientes de las guerras civiles en los países andinos y centroamericanos.

Palabras clave: violencia, dictadura, guerra civil, pobreza, informalidad, actores no estatales.

Abstract

Violence has always been a marking characteristic of Latin America in the 19th and 20th century. In the second half of the 20th century violence was a “normal” expression of state terror pro- duced by state agents, generally during the military dictatorships and the “dirty wars” against their own citizens. However, in the 1980s, when the military establishment withdraws from the

1 Realiza estudios de América Latina y el Caribe, especialmente relacionados a temas como exclusión

social, pobreza e informalidad, confl ictos étnicos, reconstrucción posbélica y reintegración étnica, relacio-

nes cívico-militares. Es profesor honorario de la Universidad de Utrecht. Entre 1994 y 1998 fue presidente de la Netherlands Association of Latin American and Caribbean Studies (NALACS) y profesor visitante en varias instituciones en Europa y América Latina. Hizo trabajo de campo en Brasil, varios países del Caribe, Centroamérica, Colombia, México, Paraguay, Perú y Suriname. Publicará como coautor un libro sobre

ciudades divididas en el sur. Su publicación más reciente es (2008). Guerrillas. War and peace in Central

America. London: Zed Books. [(2009). Guerrillas. Guerra y paz en Centroamérica. Guatemala: F & G]. Correo electrónico: [email protected]

Ur vio , Re vista Latinoamer icana de Se gur idad Ciudadana. No . 7, Quito , Ma yo 2009: © FLA CSO

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a historia de América

Latina ha estado, con oscilaciones, acom- pañada por la vio-

lencia.2 La conquista

ibérica, tanto de América hispánica y de Lusoamérica, llevó consigo la subyugación de Estados y socie- dades, la destrucción de estructuras econó- micas, sociales y políticas, y el uso sistemático de la violencia para incorporar la población indígena en nuevos moldes coloniales. La represión era esencial para la dominación de esclavos, campesinos, artesanos, trabajadores forzados y, en general, pueblos indígenas. Durante las décadas de la independencia en Hispanoamérica y en Haití —primer Estado independiente del continente—, la formación de Estados independientes fue adquirida tras violentas campañas militares. La violencia era también un mecanismo clave para decidir la victoria entre quienes combatían por el poder: jefes regionales, caudillos en Hispanoamérica y coronéis3 en Lusoamérica, facciones liberales

y conservadores, grupos insurgentes, élites y oligarquías pactadas con militares. Hacia i nales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, el número de guerras era muy reducido pero el uso de la violencia era marcado. La clásica expresión brasileña para admitir el uso de violencia para resolver problemas sociales y

2 En este texto nos referimos a argumentos de Alba y Kruijt (2007a, 2007b); Koonings y Kruijt (2004, 2007); Kruijt (2006, 2008a, 2008b, 2000c). Aquí seguimos la argumentación de Kruijt y Koo- nings (2002).

3 Plural de coronel, potentado político-militar

regional, globalmente el equivalente de caudillo.

sindicales era: “El problema laboral es un pro- blema policial”. Es decir que había violencia contra los enemigos del orden establecido, casi nunca enemigos externos sino “las clases peli- grosas”: artesanos, campesinos indígenas, tra- bajadores urbanos, o sea, enemigos internos.

El uso sistemático de las fuerzas del orden, tanto Fuerzas Armadas como Policía contra enemigos internos del Estado o del orden eco- nómico y social es una tradición que se integró en la cultura política de la mayoría de Estados en América Latina. Esta tradición culminó, en las últimas cuatro décadas del siglo XX, con la instalación de dictaduras militares de “seguridad nacional” o regímenes burocrático- autoritarios donde militares actuaron, en aso- ciación con tecnocracias civiles, para admi- nistrar sus respectivos países con mano dura, orientados a eliminar los enemigos del Estado. Desde Centroamérica hasta Argentina y Chile, estos regímenes dictatoriales declararon la guerra a sus adversarios internos para liberar la nación del “comunismo internacional” en nombre de la libertad y los valores de la civi- lización occidental. De hecho se organizaron “guerras sucias” contra sus propios ciudadanos. En esta contribución, analizaremos en detalle el proceso de cambio estructural en el uso de la violencia en la región. En el momento en que terminaron los regímenes militares y se retornó a la democracia con los gobiernos civiles y los presidentes elegidos, América Latina sufrió de una crisis económica aguda cuyas consecuencias fueron múltiples: ajustes económicos dracónicos, un acelerado aumento de la pobreza que afectó porcentajes considerables de la población nacional, un crecimiento seguido por la consolidación de la informalidad económica y social que afectó political arena and democracy is restored, a severe crisis af ects the region, producing long lasting ef ects in terms of mass poverty, informality and social exclusion. In this domain, and especially in territories where the representatives of law and order are relatively absent, new non-state vio- lence actors emerge, like narco-economy bosses, pandillas, maras, organised crime, and the “dark forces”, joined by former actors of the Andean and Central American civil wars.

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de un 30% hasta un 40% de la población en las economías mayores, y de un 60% hasta un 70% en las economías medias y pequeñas en la región. Una nueva constelación de clase, con segmentos fuertemente informales, el establecimiento masivo de poblaciones urbanas en barrios de miseria, sean favelas, barriadas, villas o comunas de pobres, infor- males y excluidos, se manifestó extensamente en las grandes metrópolis y las ciudades secun- darias del continente. Tanto el carácter de la violencia como la idiosincrasia de actores de la violencia se cambió en el transcurso de las últimos tres décadas. En el ocaso de los viejos actores de la violencia —asociados con las fuerzas del orden y las instituciones de segu- ridad paralelas que solían operar en la oscu- ridad—, se presentó una variedad de nuevos actores que empezaron a actuar en territorios donde el Estado no estaba marcadamente pre- sente o en vacíos de gobierno. A este cambio y al análisis de los viejos y nuevos actores se dedica la presente contribución.

Fuerzas Armadas y enemigos del Estado

En el siglo XX, quienes analizaban la vio- lencia en América Latina no tenían dii cul- tades con entender a los actores principales. Estos actores se movían en el conglomerado de organismos nebulosos relacionados con las Fuerzas Armadas, la seguridad del Estado y el sistema de contrainteligencia, controlados por los estamentos militares. Los gobiernos, en las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta eran en su mayoría dictaduras mili- tares de mano dura y de carácter represivo. Los conl ictos armados eran conl ictos polí- ticos internos. Los ejércitos latinoamericanos se especializaron en guerras de contrainsur- gencia, persiguiendo a sus propios ciuda- danos calii cados como “comunistas”. En estas décadas se combatía a los enemigos del Estado: al “comunismo nacional”, a la gue- rrilla y sus organizaciones político-militares, a los intelectuales y sacerdotes del centro y la

izquierda, a los líderes sindicalistas y campe- sinos, a los representantes de los profesores, de los maestros y los pobladores de barrios popu- lares, todos aquellos dei nidos como oposi- tores al régimen.

Durante este largo período, de lucha con- trainsurgente y contraterrorista expandió el sistema de inteligencia y de seguridad de tal modo que sus nexos de telarañas oi ciales y extraoi ciales fueron difícilmente distin- guibles. Inteligencia civil, inteligencia forense e inteligencia de seguridad eran incorporadas dentro de la inteligencia militar. También en los gabinetes cívico-militares de aquella época predominaba la inteligencia castrense, gene- ralmente cerebro de la dictadura militar. En casi todos los países militarizados, las fuerzas policíacas eran supervisadas por oi ciales del Ejército. El predominio militar sobre la Policía se expresaba por el nombramiento de ex militares como directores superiores de la seguridad pública o de ex generales como ministros de Gobierno o del Interior. La Policía dependía comúnmente de los datos y mandatos procedentes de inteligencia militar y no tenía capacidad investigadora en asuntos criminales o forenses. El crimen organizado era relativamente controlado. Bandas de la narco-economía operaban al margen de la ley; sin embargo, se podía detener la violencia de la narco-economía incipiente y clandestina relativamente bien. A veces se pactaba con ellos, como en el caso mexicano durante el régimen autoritario del PRI. Los actores de la violencia, con otras palabras, se encontraron en dos campos: las fuerzas militares y parami- litares y los (supuestos) enemigos del Estado (Bodemer y otros, 2001: 189-253).

Cuando se reinstitucionalizó la demo- cracia en el continente a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta, tanto los países del Cono Sur como los países andinos, centroamericanos y México tuvieron una severa crisis económica. En países como Brasil, Nicaragua y Perú, la crisis estuvo además acompañada por un considerable período de hiperinl ación. Casi todos los gobiernos de

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la región se vieron obligados a combatir la crisis con medidas draconianas de programas de “ajuste estructural” que entre otros efectos iniciaron y aumentaron la pobreza e informa- lidad en sectores de la población que hasta ese momento habían conocido más bien una modesta prosperidad o por lo menos esta- bilidad. Una drástica reducción del sector público acompañada por recortes formidables del presupuesto social en un período de des- pidos masivos y un aumento desmedido del subempleo y el desempleo. Entre 1985 y 2000 se transformó la estructura económica, social y política de los países de la región probablemente de forma más radical que en todo el período después de la independencia. En términos de la desigualdad, la región se afectó por una pobreza masiva, una infor- malización de la economía y de la sociedad, y un proceso de exclusión social de una gran

parte de la población.4 América Latina fue

durante la segunda mitad del siglo XX el con- tinente con la distribución de ingreso más desigual del mundo, incluso más desigual en comparación con el continente africano y asiático, con China e India. La crisis de los años ochenta y noventa consolidó esa des- igualdad.

Lo más difícil de entender es que este proceso tuvo lugar paralelamente con el retorno y la consolidación de la democracia. El regreso al orden democrático no fue un proceso fácil o uniforme. Al contrario, en muchos casos los militares que anteriormente habían ejercido un poder dictatorial no regre- saron inmediatamente a sus cuarteles. En Argentina, Brasil, Chile y Guatemala, la tran- sición a la democracia estuvo acompañada por un largo período de presencia de los militares como co-gobernantes entre bastidores, de diez hasta quince años. Gradualmente se diluyó la inl uencia política de los estamentos militares. Los servicios de inteligencia y de seguridad

4 Para estudios recientes, ver CEPAL, 2007; OIT, 2005; y Márquez y otros, 2008, en un estudio pu- blicado por el BID.

del Estado fueron reformados y en general también se reorganizaron los cuerpos de la Policía.

En este contexto, es interesante comparar las diferencias entre las Fuerzas Armadas y Policía. En los países del Cono Sur y en cierto modo en los países andinos y centroameri- canos, las Fuerzas Armadas se retiraron por i n de la arena pública para reformular sus objetivos institucionales, dejando de lado la ingerencia en la política y enfatizando la pro- fesionalidad militar.5 Las reformas a la Policía

dieron, no obstante, menos resultados. Se mantuvo un mayor énfasis en las tareas repre- sivas y hasta se crearon unidades especiales entrenadas en el combate subversivo. Los resultados de las reformas eran, en general, modestos en términos de competencia insti- tucional y servicio al público civil (Caruso y otros, 2007; Rico y Chinchilla, 2006).

Democracia con líneas de falla

La democracia latinoamericana restaurada llegó a tener líneas de falla estructurales.6

La primera línea de falla fue el problema no resuelto de la pobreza masiva en grandes seg- mentos de la población. La segunda línea de falla fue la violencia sistemáticamente presente en áreas urbanas, sobre todo en las metropoli- tanas y las megaciudades, tomando en cuenta que América Latina es la región más urba- nizada del mundo: un 70% de sus habitantes vive en ciudades grandes o menores.

El orden democrático se sustenta en un orden económico que está basado en un des- equilibrio, en una brecha profunda que tiene graves consecuencias para la estabilidad y para las posibilidades de desarrollo armónico de la región. En la actualidad, ningún gobierno latinoamericano ha encontrado una solución adecuada para cerrar la brecha entre los que

5 Ver (2006). The Latin American Military in the

New Milennium.

6 El término fue lanzado por primera vez por Agüero y Stark, 1998.

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llevan una vida confortable y quienes sufren de la marginalidad económica y social. De una manera u otra, la pobreza se presenta con un rostro de violencia. Sin embargo, la relación entre la pobreza transgeneracional y los altos niveles de violencia no es una relación simple. Se trata de un sistema complejo de factores cuyo potencial está en enmascarar la causa y la consecuencia, y que da lugar a articulaciones de diferente orden producidas por distintos actores. Existe una profunda desconi anza rela- cionada con la cultura de la pobreza y la orien- tación política de los excluidos —expresada en las diversas ediciones del Latinobarómetro— en las instituciones formales de la democracia, como el Parlamento, los partidos políticos, el sistema legal y las cortes, e incluso los sindi- catos laborales. En otras palabras, una de las principales consecuencias sociales y políticas de la pobreza y la exclusión social ha sido la gradual erosión de la legitimidad del orden civil, político y público.

Un segundo fenómeno es la manifestación de nuevas formas de violencia, esta vez no aso- ciadas con la existencia de dictaduras y regí- menes militares como en el pasado, sino con la presencia y la actuación de “nuevos actores armados”. La pobreza, la exclusión social y el incremento de la violencia han aparecido de forma simultánea, sobre todo en el entorno urbano. En este contexto se encuentra la mayor concentración espacial de grandes contingentes de pobres, conviviendo en terri- torios pequeños pero densamente poblados. Es allí donde se manii esta visiblemente la brecha social entre el bienestar de la élite y el segmento superior de las clases medias por un lado, y por otro la miseria de los habitantes de favelas, barriadas, villas o comunas, todas ellas expresiones locales para los barrios de miseria. En Lima Metropolitana, que en 2009 cuenta con nueve millones de habitantes, el 75% de la población vive en barriadas. En Río de Janeiro, con seis millones de habitantes y diez millones en su área metropolitana, la pobreza se concentra en la zona norte de la ciudad, pero en la zona sur se han ubicado,

entre la mayoría de los barrios protegidos de la élite y de las clases medias, un gran número de favelas en los mismos morros. Río cuenta en la actualidad con unas 600 favelas. La degra- dación de la pobreza “decente” en una pobreza “deprimente” y de la pequeña criminalidad callejera se expresa en el aumento explosivo de actores no estatales que protagonizan una violencia omnipresente que se percibe en su mayoría en territorios urbanos.

Desarticulación del orden legal y social

En la actualidad, América Latina es un con- tinente donde sectores signii cativos de la población, en algunos casos la mayoría, son a la vez pobres, informales y excluidos. Entre los mecanismos de sobrevivencia predominan los lazos de etnicidad y religión, las relaciones de familia (reales o simbólicas) y la cercanía en términos del lugar de nacimiento o de perte- nencia a los barrios populares. La economía y la sociedad informal están excluidas del empleo estable, del ingreso regular, de los sin- dicatos, de la legislación laboral y del acceso a las instituciones sociales que proveen la satis- facción de necesidades básicas como los ser- vicios de educación, salud pública y vivienda popular.

Recuadro 1. Expansión de la

informalización y desarticulación del orden económico, social y político

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Parece evidente que la desigualdad men- cionada tiene todas las características de una articulación complicada, que afecta altamente al orden económico, social, político y cul- tural latinoamericano. Se trata, de hecho, de una brecha multidimensional que se da en los diferentes ámbitos, que se vincula de distintos modos y que genera diversos actores entre la economía formal e informal, entre la sociedad de inclusión y exclusión, entre la legalidad, la alegalidad y la ilegalidad, entre lo lícito y lo criminal y, por último, entre lo “cívico” y lo “incívico”. En diferentes aspectos medulares del orden económico, social y político de América Latina, los derechos y deberes de la ciudadanía están fragmentados y son incon- clusos. Hay una gradual expansión de una zona gris que demarca la diferencia entre formal e informal, decencia e ilegalidad, respeto por la ley y la criminalidad, la sociedad civil y la sociedad incivil (recuadro 1). Es obvio que las estructuras y articulaciones económicas, sociales y políticas que se dan en paralelo contribuyen a conformar fronteras nebulosas entre lo formal e informal, entre integración y exclusión, entre legalidad e ilegalidad, entre lo decente y lo perverso, entre civilidad e inci- vilidad. Los derechos y obligaciones se pre- sentan de forma desarticulada, fragmentada e indei nida. Esta zona gris de indiferencia e indei nición genera formas híbridas de injus- ticia dentro de la legalidad, de inseguridad dentro del marco de la ley y de informalidad dentro de las instituciones del orden. Como consecuencia, se informaliza el orden legal.

Esta coni guración explica también el proceso de descomposición de clase y la rees- tructuración del orden social en toda América Latina. Sectores económicos paralelos, jerar- quías sociales paralelas y estructuras institucio- nales paralelas se originaron en la formalidad y la informalidad, la legalidad y la ilegalidad o la criminalidad —pequeña y grande—, teniendo como resultado un orden económico, social, político y cultural mucho más heterogéneo, que gira alrededor de la división de la riqueza y la pobreza, y de la integración y la exclusión.

Se desarrolló una institucionalidad desarti- culada y compleja además con racionalidades y sanciones propias.

Al mismo tiempo se presentan nuevas y profundas i suras demográi cas que afectan directamente la vida familiar y el tejido social en los países centroamericanos y andinos. El proceso masivo —y en parte disfrazado— de las migraciones hacia los Estados Unidos y la Unión Europea implica el incremento