CREO EN DIOS PADRE
I. E L HOMBRE COMO OBJETO DE LA TEOLOGÍA
4. El hombre es un ser libre
La libertad, como la razón, no es algo que el hombre tiene pero podría no tener. Es su mismo ser. Es su propio yo en cuanto se hace en la vida, en cuanto se realiza en la historia. La libertad es una realidad enormemente compleja que es difícil aprehender cabalmente. Como decía Agustín del tiempo, también se puede decir de la libertad que sabemos lo que es si no nos lo preguntan, pero, por el contrario, lo ignoramos si tenemos que pronunciarnos sobre ella. Más allá de los extremos que, o bien afirman el carácter absoluto de la libertad humana (idealismos y existencialismos) o bien la niegan absolutamente (determinismos y mecanicismos), pensamos que lo más razonable es reconocerla —como a la razón— dentro de sus justos límites.
En consecuencia, debemos decir que el hombre es una libertad finita. Es decir, realiza su vida, su biografía, como resultado de dos factores in- terdependientes que, sin embargo, convergen en y constituyen la misma realidad: aquello que condiciona su libertad —primer factor: su destino— y
aquello que la posibilita —segundo factor: su capacidad de autorrealiza- ción— se entrecruzan, justamente, en la ubicación concreta de todo hom- bre en el espacio tiempo, a saber: en su existencia histórica.
Dicho de otra forma: que el hombre sea una libertad finita implica que su vida acontece en la historia y, por lo tanto, está sujeta a los condiciona- mientos de toda existencia. Ahora bien, sin tal sujeción, sin tal concreción no hay ni libertad ni existencia histórica. El objeto puede quejarse de que la forma limita a la materia, pero hay que reconocer que sin forma no hay objeto. La materia informe, efectivamente, deviene objeto porque sobre- viene una forma. De igual modo, la libertad humana es, en tanto que tal, porque hay múltiples posibilidades de realización, pero un solo tiempo. El tiempo y el espacio actúan en la vida humana como la forma lo hace sobre el barro. Le da concreción, le confiere realidad. Ahorma la existencia, pero también la posibilita. Hace que el hombre sea lo que es: realidad histórica. El hombre elige su vida, conforme a los indicios de su razón, pero su elec- ción está condicionada por factores que le vienen dados y que, por tanto, no caen bajo su propio arbitrio. Los condicionamientos (su destino) son, sin embargo, la condición de posibilidad del ejercicio de su libertad (de su capacidad de autorrealización).
Se verá más claro con una simple concreción. Nadie decide sobre su nacimiento en el tiempo y en el espacio. Nadie sobre su condición sexual. Nadie sobre la capacidad de su entendimiento. Nadie sobre su tradición cultural. Todo esto es destino. Ahora bien, aquello que hace de un hombre lo que finalmente llega a ser es, justamente, su capacidad de creación con todo cuanto le viene previamente dado. Esto es autorrealización. La con- vergencia y reunión de ambas dimensiones es, justamente, el ejercicio de la libertad. De la libertad finita. De la libertad humana que se realiza a sí misma en los condicionamientos de la historia.
Nótese, además, que el ejercicio de la libertad exige siempre el sacrificio de lo real por lo posible, o el sacrificio de lo posible por lo real (Tillich). No otra es la dinámica de la tentación: ofrecer (engañosamente) como po- sible, la plenitud de lo real. En este sentido es claro que el ejercicio de la libertad exige deliberación, elección y responsabilidad. El hombre quiere aquello que hace, pero no siempre hace aquello que quiere (Rom 7,14ss). Experimenta su voluntad escindida y quebrada la dinámica de su obrar. Lo posible es siempre abstracto y plural. Por el contrario, lo real es siempre concreto y singular. Por eso, el ejercicio de la libertad es siempre dialéctico: de lo posible a lo real y de lo real a lo posible. La realización de la libertad pone al hombre ante su límite: ¿cómo alcanzar la vida plena? ¿Cómo conferir realidad a mi mejor yo posible? ¿Qué posibilidad he de rechazar como ten- tación embustera y qué posibilidad debo creer como camino de salvación? ¿Cómo actúa en mí la acción salvadora de Dios? La antropología teológica
nos hace mirar a la libertad finita de Cristo, a su experiencia neotestamen- taria de la tentación y a su realización paradójica en la cruz. Y desde Cristo, nos hace mirar, también, hacia la libertad de Dios. La libertad de Dios no puede entender de posibles: el ejercicio de su libertad es uno con el bien, la verdad y el ser. La libertad de Dios no es la elección entre posibilidades, sino el ejercicio del amor máximo que trasciende la muerte en la vida eter- na. Los problemas clásicos sobre el pecado, la gracia y la libertad (Pelagio, Agustín, Lutero, Erasmo, De Auxiliis, «Surnaturel») adquieren, desde aquí, un entronque certero con toda la tradición y, al mismo tiempo, una dimen- sión más completa y global. Véase, pues, que también la libertad humana, por ser, justamente, «humana» (y no divina) encierra en sí una inevitable condición trágica —el reverso de su camino hacia la gloria de Dios— que, en ella —a diferencia del resto de la creación— es «drama», a saber: lucha consciente entre el bien y el mal.