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HOMBRES Cifras

In document El Suicidio - Durkheim, Émile (página 168-179)

EL SUICIDIO EGOÍSTA (CONTINUACIÓN)

HOMBRES Cifras

de los suicidios Coeficiente de preservación con relación a los solteros MUJERES Cifras de los suicidios Coeficiente de preservación con relación a los solteros Solteros de 45 años Casados con hijos Casados sin hijos Solteros de 60 años Viudos con hijos Viudos sin hijos 975 336 644 1.504 937 1.258 2,9 1,5 1,6 1,2 Solteras de 42 años Casadas con hijos Casadas sin hijos Solteras de 60 años Viudas con hijos Viudas sin hijos 150 79 221 196 186 322 1,89 0,67 1,06 0,60

tado, sólo que no como marido o como mujer, sino como padre o madre, como elemento de la asociación familiar. Si la desaparición de uno de ellos acrecienta el riesgo de que el otro se mate, no es porque los lazos personales que les unían se hayan roto, sino porque de ello resulta una per- turbación para la familia y el cónyuge supérstite acusa el golpe. Estudia- remos después la acción concreta del matrimonio y veremos que la comu- nidad doméstica, al igual que la comunidad religiosa, es un poderoso remedio contra la tendencia al suicidio.

La protección es mayor cuanto más densa es la familia, o sea cuando comprende un mayor número de elementos.

Ya enunciamos y demostramos lo anterior en un artículo de la Revue

Philosophique, publicado en noviembre de 1888. Pero la insuficiencia de

los datos estadísticos de los que disponíamos entonces no nos permitió hacer la prueba con todo el rigor que hubiéramos deseado. En efecto, ig- norábamos cuál era la media real de los hogares con familia, tanto en Francia en general, como en cada departamento. Supusimos que la densi- dad familiar dependía únicamente del número de hijos, y hubimos de es- timar este número de manera indirecta, ya que no aparecía en el censo, sirviéndonos de lo que se llama en demografía el aumento fisiológico, es decir, el excedente anual de nacimientos sobre cada mil defunciones. Esta sustitución tenía su razón de ser, pues allí donde el aumento es elevado, las familias, en general, no pueden dejar de ser densas. Sin embargo, no siempre es una consecuencia necesaria. Donde los hijos acostumbran a dejar pronto a sus padres, ya sea para emigrar, para establecerse por su cuenta o por cualquier otra razón, la densidad de la familia no guarda re-

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lación con su número. La casa puede estar desierta por muy fecundo que haya sido el hogar. Esto es lo que ocurre en los medios cultos, donde se manda al hijo fuera muy joven para completar su educación, y en las re- giones miserables en las que es necesaria una dispersión prematura por las dificultades de la existencia. Y al revés, a pesar de una natalidad mediocre, la familia puede comprender un número suficiente y aun elevado de ele- mentos, si los solteros adultos o los hijos casados continúan viviendo con sus padres en una única comunidad doméstica. Por todas estas razones no se puede medir con exactitud la densidad relativa de los grupos familiares más que sabiendo cuál es su composición real.

El censo de 1886, cuyos resultados no se han publicado hasta finales de 1888, nos la ha dado a conocer. Si buscamos en él la relación existente entre el suicidio y la composición media de las familias en los diferentes departamentos franceses, hallamos los siguientes resultados:

GRUPOS

Suicidios por millón de habitantes

(1878-1887)

Composición media de hogares con familia sobre

100 hogares (1886) 1.° (11 departamentos) 2.° (6 departamentos) 3.° (15 departamentos) 4.° (18 departamentos) 5.° (26 departamentos) 6.° (10 departamentos) De 430 a 380 De 300 a 240 De 230 a 180 De 170 a 130 De 120 a 80 De 70 a 30 347 360 376 393 418 434

A medida que los suicidios disminuyen, la densidad familiar crece regularmente.

Si en lugar de comparar las medias analizamos el contenido de cada grupo, no hallaremos nada que desmienta esta suposición. En efecto, para el conjunto de Francia, la composición media es de treinta y nueve personas por diez fami- lias. Si buscamos cuántos departamentos están por encima o por debajo de la media en cada una de las seis clases, nos encontraremos con lo siguiente:

GRUPOS

En cada grupo cuántos departamentos hay (en porcentaje) Por debajo de la composición media Por encima de la composición media Primero Segundo Tercero Cuarto Quinto Sexto 100 84 60 33 19 0 0 16 30 63 81 100

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El grupo que cuenta con más suicidios sólo comprende departamentos en los que el promedio de miembros de las familias está por debajo de la media general. Poco a poco, la relación se va revirtiendo de manera muy regular hasta que nos hallamos ante una inversión completa. En el último grupo, en el que los suicidios son raros, todos los departamentos tienen una densidad familiar superior a la media.

Los dos mapas (véanse las páginas 170-171) tienen, por lo pronto, la misma configuración general. La región de menor densidad familiar cubre los mismos límites que la zona suicidógena. Ocupa también el norte y el este y se extiende hasta Bretaña por un lado y hasta el Loira por el otro. En cambio, en el este y en el sur, donde los suicidios son poco numerosos, la familia suele tener, por lo general, un elevado número de miembros. Esta relación se comprueba atendiendo a ciertos detalles. En la región septentrional hay dos departamentos que se distinguen por su mediocre tendencia al suicidio: el Norte y el Paso de Calais, y el hecho resulta más sorprendente si se tiene en cuenta que el norte es muy industrial y la gran industria favorece el suicidio. Idéntica particularidad hallamos en el otro mapa. En estos dos departamentos la densidad familiar es muy elevada, a diferencia de los que los circundan, donde es muy baja. Al sur encontra- mos en ambos mapas la misma zona oscura formada por las Bocas del Ródano, el Var y los Alpes Marítimos, y al oeste la misma zona clara, formada por la Bretaña. Las irregularidades constituyen la excepción y no son nunca muy perceptibles; teniendo en cuenta la multitud de factores que pueden influir en un fenómeno de esta complejidad, una coincidencia tan general es significativa.

Igual relación inversa hallamos en la evolución en el tiempo de estos dos fenómenos. Desde 1826 el suicidio no deja de aumentar y la natalidad de disminuir. Entre 1821 y 1830 aún había 308 nacimientos por 10.000 habitantes; cifra que descendió hasta los 240 durante el periodo 1881- 1888, siendo así que en el intervalo el descenso no se interrumpe. Al mismo tiempo, se observa cierta tendencia en la familia a fragmentarse y a dividirse cada vez más. Entre 1856 y 1886 el número de hogares creció en dos millones en números redondos; aumenta de forma regular y conti- nua de 8.796.276 a 10.662.423. Y, sin embargo, en el mismo intervalo de tiempo, la población no aumenta más que en dos millones de individuos.

De ahí que las familias consten de un número de miembros menor34.

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LÁMINA IV. Suicidio y densidad familiar IVa. Suicidios (1878-1887)

171 IVb. Densidad media de las familias

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Los datos, lejos de confirmar la concepción corriente según la cual el suicidio se debe a las cargas de la vida, la niega, ya que disminuye en sentido contrario al aumento de estas cargas. Esta es una consecuencia del malthusia- nismo que no previó su creador. Cuando recomendaba que se restringiera la extensión de las familias, creía que esta restricción era necesaria para el bien- estar general, al menos en ciertos casos. En realidad, tal restricción es una fuente de malestar que reduce en el hombre el deseo de vivir. No es cierto que las familias densas sean una especie de lujo del que sólo puede gozar el rico. Son, por el contrario, el pan cotidiano sin el cual no cabe subsistir. Por pobre que se sea, y aun desde el punto de vista del interés personal, lo peor que se puede hacer es transformar en capitales una parte de la descendencia.

Este resultado concuerda con el que acabamos de obtener. ¿De dónde proviene, en efecto, la influencia que tiene sobre el suicidio la densidad de la familia? No basta, para responder a esta pregunta, con aludir al factor orgánico, pues si la esterilidad absoluta es, ante todo, el resultado de causas fisiológicas, lo mismo cabe decir de la fecundidad insuficiente, que con frecuencia es voluntaria y tiene que ver con la opinión pública. Por lo de- más, la densidad familiar que nosotros evaluamos no depende exclusiva- mente de la natalidad: hemos visto que allí donde los hijos son más nume- rosos pueden influir otros elementos y al revés, que el número puede carecer de importancia si los hijos no participan de un modo real y continuo en la vida del grupo. Tampoco hay que atribuir la escasa tendencia al suicidio a los sentimientos sui generis de los padres por sus descendientes inmediatos. Estos sentimientos, para ser eficaces, requieren de cierto tipo de comunidad doméstica. No pueden ser fuertes si la familia está desintegrada. El número de elementos del que se compone la familia determina la inclinación al suicidio que varía según esta sea más o menos densa.

Ocurre, en efecto, que la densidad de un grupo no puede descender sin que su vitalidad disminuya. Si los sentimientos colectivos tienen una energía par- ticular es porque la fuerza con la que los experimenta cada conciencia indivi- dual se refleja en todas las demás y viceversa. La intensidad que alcanzan depende del número de conciencias que los sienten en común. De ahí que, que cuanto mayor es una muchedumbre, más susceptibles de degenerar en violen- cia son las pasiones que se desencadenan en su seno. Por consiguiente, en el seno de una familia poco numerosa los sentimientos, los recuerdos comunes, no pueden ser muy intensos, porque no hay bastantes conciencias para repre- sentárselos y reforzarlos participando de ellos. No podrían formarse esas fuer- tes tradiciones que sirven de nexo de unión entre los miembros de un mismo grupo más que sobreviviéndoles y uniendo a las generaciones sucesivas entre sí. Por otra parte, las familias pequeñas son necesariamente efímeras, y sin duración no hay comunidad trabada. En este caso, los estados colectivos son débiles y no pueden ser numerosos, pues su número depende de la actividad de intercambio de visiones e impresiones que circulan de un sujeto a otro; un intercambio tanto más rápido cuantas más son las personas que participan en

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él. En una comunidad lo suficientemente densa la circulación no se interrum- pe, porque siempre hay unidades sociales en contacto. Pero, si estas disminu- yen las relaciones sólo pueden ser intermitentes y hay momentos en los que se suspende la vida común. Cuando la familia es poco extensa siempre hay pocos parientes juntos; la vida doméstica languidece y llega un momento en que el hogar se queda desierto.

Pero decir de un grupo que hace menos vida común que otro es decir también que está menos integrado: el estado de integración de un agrega- do social no hace más que reflejar la intensidad de la vida colectiva. Es tanto más único y tanto más resistente cuanto más activo y continuo es el comercio entre sus miembros. La conclusión a la que hemos llegado pue- de resumirse así: la familia preserva muy bien de la tendencia al suicidio, tanto mejor cuanto mejor constituida esté35.

V

Si las estadísticas no fueran tan recientes podríamos demostrar, con el mismo método, que estas leyes también se aplican a las comunidades políticas. En efecto, la historia nos enseña que el suicidio suele ser raro en

sociedades jóvenes36 en vías de evolución y formación, mientras que se

multiplica a medida que estas se desintegran. En Grecia, en Roma, apare- ce cuando la vieja organización de la ciudad se tambalea y su evolución creciente marca las sucesivas etapas de decadencia. Lo mismo cabe decir del Imperio otomano. En Francia, en vísperas de la Revolución, las alte- raciones que afectaron a la sociedad tras la descomposición del antiguo sistema social se tradujeron en el brusco aumento de suicidios del que hablan los autores de la época37.

Pero, aparte de estos datos históricos, las estadísticas del suicidio, aun- que apenas se remonten más allá de los últimos setenta años, nos suminis- tran algunas pruebas a favor de esta teoría, que tiene la ventaja de ser más precisa que las anteriores.

35 Acabamos de emplear la palabra densidad en un sentido muy diferente al que solemos

darle en sociología. Generalmente definimos la densidad de un grupo en función no de un núme- ro absoluto de individuos asociados (esto es más bien lo que llamamos el volumen), sino del número de individuos que, en un mismo volumen, están relacionados entre sí (véase Regles de la

méthode social, p. 139). Pero en el caso de la familia, la distinción entre el volumen y la densidad

carece de interés, porque debido a las pequeñas dimensiones del grupo, todos los individuos asociados mantienes relaciones reales.

36 No hay que confundir sociedades jóvenes, llamadas a evolucionar, con sociedades inferiores;

en estas últimas, los suicidios son muy abundantes, como veremos en el capítulo siguiente.

37 Véase lo que escribía Helvétius en 1781: «El desorden financiero y el cambio de la cons-

titución del Estado sembraron una consternación general. Lo prueban tristemente numerosos suicidios en la capital». Tomamos esta cita de Legoyt, p. 35. Mercier, en su Tableau de Paris (1782), dice que en veinticinco años se ha triplicado el número de los suicidios en París.

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Se ha escrito muchas veces que las grandes conmociones políticas multiplican los suicidios. Pero Morselli ha demostrado, con toda razón, que los hechos contradicen esta opinión. En todas las revoluciones habidas en Francia a lo largo del siglo XIX, el número de suicidios ha disminuido. En 1830, el total de los casos desciende bruscamente de 1.904 en 1829, a 1.756, cerca del 10 por cien. En 1848, la regresión no es menos importan- te; el total anual pasa de 3.647 a 3.301. Después, durante los años de 1848-1849, la crisis que acaba de agitar a Francia recorre Europa; en todas partes, los suicidios disminuyen tanto más sensiblemente, cuanto más gra- ve y larga haya sido la crisis. Así lo demuestra la tabla siguiente:

Dinamarca Prusia Baviera Reino de

Sajonia Austria 1847 1848 1849 345 305 337 1.852 1.649 1.527 217 215 189 398 328 611 (en 1846) 452

En Alemania la conmoción ha sido mucho mayor que en Dinamarca y la lucha más larga que en Francia, donde enseguida se constituyó un nue- vo gobierno; la disminución en los Estados alemanes se prolongó hasta 1849. En este último año, es del 13 por cien en Baviera y del 18 por cien en Prusia; en Sajonia, entre 1848 y 1849, es igualmente del 18 por cien.

Ni en 1851, ni en 1852 se produce el mismo fenómeno en Francia; el número de suicidios se mantiene estacionario. Pero en París, el golpe de Estado produjo sus acostumbrados efectos, aunque se llevara a cabo en di- ciembre; la cifra de los suicidios disminuye, de 483 en 1851 a 446 en 1852 (8 por cien menos) y, en 1853, se mantiene en 46338. Esto probaría que la revo-

lución gubernamental conmovió mucho más a París que a unas provincias a las que parece haber dejado casi indiferentes. Por otra parte y en general, la influencia de estas crisis es siempre más sensible en la capital que en los de- partamentos. En 1830, en París la disminución ha sido de un 13 por cien (269 casos frente a los 307 del año anterior y los 359 del año siguiente); en 1848, de un 32 por cien (481 casos en lugar de 698)39.

Las mismas crisis electorales, por poco intensas que sean, pueden pro- ducir el mismo resultado. Así, en Francia, hallamos reflejada en los suici- dios la huella del golpe de Estado parlamentario del 16 de mayo de 1877 y de la efervescencia que produjo, así como de las elecciones que, en 1889, pusieron fin a la agitación boulangista. Para comprobarlo, basta con comparar la distribución mensual de los suicidios durante esos dos años con la de los años anteriores y posteriores.

38 Según Legoyt, p. 252.

175 1876 1877 1878 1888 1889 1890 Mayo Junio Julio Agosto Septiembre Octubre Noviembre Diciembre 604 662 625 482 394 464 400 389 649 692 540 496 378 423 413 386 717 682 693 547 512 468 415 335 924 851 825 786 673 603 589 574 919 829 818 694 597 648 618 482 819 822 888 734 720 675 571 475

Durante los primeros meses de 1877, el número de suicidios es supe- rior al de 1876 (1.945 casos, de enero a abril, frente a 1.784) y el alza persiste en mayo y junio. Sólo a finales de ese último mes se disuelven las Cámaras y se abre el periodo electoral, no de hecho, sino de derecho. Probablemente sea el momento en el que las pasiones políticas estuvieran más excitadas, antes de volver a calmarse un poco por efecto del tiempo y la fatiga. También en julio, los suicidios, en vez de seguir por encima de los del año anterior, descienden en un 14 por cien. Salvo un ligero estacio- namiento en agosto, la disminución continúa, aunque en menor grado, hasta octubre, cuando acaba la crisis. En cuanto se termina, el ascenso, suspendido un instante, vuelve a comenzar. En 1889, el fenómeno es aún más marcado. A principios de agosto se disuelve la Cámara; la agitación electoral comienza en seguida y dura hasta finales de septiembre, cuando se celebran las elecciones. En agosto se produjo, en relación al mes co- rrespondiente de 1888, una brusca disminución del 12 por cien que se mantiene en septiembre, pero cesa súbitamente en octubre, es decir, cuan- do la lucha se da por terminada.

Las grandes guerras nacionales tienen el mismo efecto que las pertur- baciones políticas. Cuando en 1866 estalla la guerra entre Austria e Italia, los suicidios disminuyen en un 14 por cien, en ambos países:

1865 1866 1867

Italia 678 588 657

Austria 1.464 1.265 1.407

En 1864 les tocó el turno a Dinamarca y Sajonia. En este último Esta- do los suicidios, 643 en 1863, descienden hasta 545 en 1864 (16 por cien), para volver a los 619 en 1865. Por lo que se refiere a Dinamarca, como no tenemos la tasa de suicidios de 1863, no podemos compararla con la de 1864, pero sabemos que el total de ese último año (411), es el más bajo desde 1852. Y como en 1865 los suicidios se elevan a 451, es muy proba- ble que esa cifra de 411 dé fe de una importante disminución.

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La guerra de 1870-1871 tuvo las mismas consecuencias en Francia que en Alemania: 1869 1870 1871 1872 Prusia Sajonia Francia 3.186 710 5.114 2.963 657 4.157 2.723 653 4.490 2.950 687 5.275

Se podría pensar que esta disminución se debe a que, en tiempos de guerra, parte de la población civil ha sido llamada a filas y a que, en un ejército en campaña, es muy difícil llevar la cuenta de los suicidios. Pero las mujeres contribuyen tanto como los hombres a esta disminución. En Italia, los suicidios femeninos pasan de 130 en 1864 a 117 en 1866; en Sajonia, de 133 en 1863, a 120 en 1864 y 114 en 1865 (15 por cien). En el mismo país, en 1870, el descenso es igual de significativo; de 130 en 1869, bajan a 114 en 1870 y se mantienen en ese nivel en 1871; la disminución es de un 13 por cien, superior a la de los suicidios masculinos en el mismo periodo. En la Prusia de 1869 se suicidaron 616 mujeres, en 1871 sólo 540 (13 por cien). Por otro lado se sabe que los jóvenes en estado de tomar las armas tienden poco al suicidio. La guerra sólo duró seis meses de 1870; en ese periodo y en tiempo de paz, un millón de franceses de veinticinco a treinta años habían arrojado, todo lo más, un centenar de suicidios40, y la disminución entre

1870 y 1869 se cifró en 1.057 casos menos.

Se ha preguntado también si este retroceso puntual no se debería a que, al estar estar paralizadas las autoridades administrativas, la compro- bación de los suicidios es menos exacta. Pero numerosos datos demues- tran que esta causa accidental no basta para explicar el fenómeno. En primer lugar está su gran generalidad. Se produce tanto entre los vence- dores como entre los vencidos, y por igual entre los invasores que entre los invadidos. Además, cuando el golpe ha sido muy fuerte, los efectos

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