I.A PAREJA QUE LEÍA iHOLA!
U
n inconveniente de las oficinas de gobierno, y lo digo con gran conocimiento de causa, es la obligación de frecuentar des- conocidos. Nada cansa tanto como saludar a diario a personas finalmente incomprensibles, las típicas sombras frente a las computadoras. Sí, se pueden memorizar los nombres y algunos detalles de la vida familiar, pero un desconocido, en el universo de las oficinas, es aquel que uno jamás quisiera llegar a cono- cer. Así de reiterativo. Y es que cada vez se dificulta más estar a gusto con quien sea.La verdad, jamás supuse que Teresa y José Ignacio se quisie- sen tratar. En seis años de ocupar escritorios contiguos, jamás les escuché un diálogo de más de cinco minutos, ni siquiera el de las famosas conversaciones entre autómatas, donde la inercia del lenguaje hace las veces de la voluntad de las personas. Por eso me sorprendieron en aquella comida hoy tan legendaria pa- ra ellos. Les tocó sentarse juntos y la primera media hora man- tuvieron ese silencio tan perfecto que no mancillan ni las frases de ocasión. Los vi de reojo, observé la indiferencia de siempre, emití alguna reflexión interna sobre las simplonerías del ser hu- mano, y me despreocupé. Pero al terminar la reunión hablaban apasionadamente a dúo, tanto que llamaban la atención. Días más tarde supe lo ocurrido por uno de los dos, no sé cuál, ya son indistinguibles. En un arranque que comentarían durante meses, José Ignacio le dijo a Teresa: "(fe has fijado cómo se parece el hijo del director a Carlos de Habsburgo?" Los demás fingieron no oír o no oyeron, porque era el turno de la secreta- ria que cada año les imponía sus versiones de José Alfredo Ji- ménez, la especialista en despedir a cada uno de los directores salientes con aquello de "Porque sé que de este golpe ya no voy
a levantarme..." El ruido era mortífero, pero Teresa oyó la frase y la repitió con asombro. ¿Qué tal? Un compañero de oficina, un burócrata cualquiera,
sabía
de Carlos de Habsburgo. El que me contó el episodio, cualquiera de los dos, todavía temblaba: "iFíjate! Aquí, en esta mugre Secretaría, hallé un alma gemela. i Un mellizo espiritual! iUn lector deiHola!!"
A mí, según creo, me tenían confianza por dos rasgos de mi carácter: la admiración que les profeso a Joan Collins y Demi Moore, y mi colección de fotos de Grace Kelly, princesa de Mó- naco. Gracias a estas virtudes logré atestiguar el romance. Al día siguiente de la comida, Teresa vio a José Ignacio y por tácti- ca le preguntó banalidades, algo sobre un fraude bancario, cual- quier bobería. Y luego aterrizó en lo fundamental: "Qué sabes de Gunilla von Bismarck, de Jaime de Mora y Aragón, de Isabel Preysler (y sus desmayos orgásmicos), del fabuloso Kashoggi, de Ira de Furstenberg, de S.M. la Reina Fabiola de Bélgica, de los Barones Rotschild, de la vida en Miami de Julio Iglesias, de la Faraona Lola Flores, del Emir de Qatar...?" Las respuestas con- vencieron a Teresa. Ella, más escrupulosa en la retención de los datos, se supo ante un experto, alguien para quien la aristocra- cia de la sangre y la aristocracia del dinero son espectáculos insuperables. Y ese día Teresa, con el aire de quien obsequia un tesoro, le explicó a José Ignacio una de sus técnicas: ella tenía en su departamento un pizarrón donde hacía "mapas del trato" que pasaba a cuadernos: quién visita a quién en el mun- do de
iHola!,
quién se divorció el mes pasado, qué rumores an- dan corriendo fuerte y cuáles se disipan, a qué restaurantes se puede ir en Madrid sin riesgo de la invasión de los paparazzi.El amor creció entre ellos, mientras a Teresa su disciplina de lectora le rendía dividendos. En uno de esos cocteles donde la conversación es el más muerto de los mares muertos, la mujer del director se le acercó, y Teresa, que ya le hallaba chiste
al
juego de las comparaciones, le comentó con osadía desarmante: "Señora, cómo se parece usted a Cayetana, la Duquesa de Al- ba". Diez segundos más tarde Teresa disponía de protectora, gracias a otro encontronazo de las almas gemelas. Desde
ese
con placer inocultable, le comentaba lo leído en el número más reciente de
¡Hola!:
las bodas y los noviazgos y los escándalos de algún duque aficionado a las ninfetas y las fiestas y las reconci- liaciones. Y la señora se interesó por el porvenir de Teresa: "Si te casas, te ayudo a que los bonifiquen para que pasen una lu- na de miel regia". Teresa, al final de una de las sesiones de intimidad prenupcial, le comentó a José Ignacio el ofrecimien- to, lo discutieron como si fuese noticia de¡Hola!
y a los dos meses se casaron, en una velada postnupcial caracterizada por el esfuerzo imaginativo. Todavía recuerdo la emoción que les causó su audacia escenográfica: Teresa convenció a sus padres y ellos les permitieron decorar la casa con ampliaciones enormes de portadas de¡Hola!
Y en una fiesta de mucho mundo los platillos se nombraron en honor de restaurantes y yates de Mar- bella. Ya en la madrugada, los dos me confiaron su proyecto de vida: trabajarían como enajenados de lunes a jueves, y consagra- rían los fines de semana a comentar las maravillas de la nobleza europea, sus castillos, sus árboles genealógicos, sus yates, sus chiefs, sus desgracias matrimoniales y patrimoniales, la calidad de la educación de sus hijos en escuelas particulares de Inglate- rra y Suiza, sus modistos, sus vestuarios, sus accidentes de auto- móvil.El viaje de luna de miel a España les resultó extraordinario. Ni vieron ni conocieron a nadie, pero deambularon por Sevilla y Granada, y en Madrid entonaron en un tablao las canciones de Agustín Lara. Lo más emocionante, según me contaron casi a gritos, fue la posibilidad frustrada de toparse a cada instante con sus héroes y heroínas en la Gran Vía, el Paseo de la Caste- llana, la Fuente de la Cibeles. Claro, reflexionaban a coro, sólo a nosotros se nos ocurre pensar que las celebridades se dejan ver en lugares plebeyos pero quién quita, ya ves que aseguran que Miguel Bosé va de incógnito al Café Gijón. Tardaron una semana (cinco cenas seguidas teniéndome de invitado único) en referirme sus decepciones y hallazgos, y su verificación de algu- nos sitios del "mapa del trato". A España, concluían, no se va al arrumaco sino a ubicar los escenarios de
¡Hola!
Ahora los veo poco porque se han intensificado sus exigen-
cias sociales en la privacidad. Sé que no quieren tener hijos por el costo que eso le acarrea a la vida de la imaginación. Pero un amigo me transcribió una de sus conversaciones. Teresa le dijo a José Ignacio: "dNo te dan ganas de ser una foto de verano en Biarritz? Cambiarte un rato por la imagen luminosa de un hall amplísimo, con nosotros en el centro, de traje blanco, viendo el horizonte mientras las marquesas y duquesas nos saludan". Y él respondió: "Sería bonito convertirse en foto, o en poster en la Costa del Sol, pero a mí lo que más me haría ilusión es ser un video-clip turístico". Celebraron sus hallazgos imaginativos y lle- garon a un acuerdo: jamás le podrían pagar a
¡Hola!
el estar juntos mirando a la gente que importa en barrera de primerafila. Y dice mi amigo que se veían tan felices que ni se dieron cuenta que él ya se iba.