La formación de la alta burocracia, de los funcionarios políticos, de los sectores dominantes, de la elite dirigente, ha sido una de las funciones más antiguas de la institución universitaria. Cuando se creó la Universidad de San Marcos en 1551, apenas dos décadas después de la fundación hispana de Lima, se pensó que en ella debían formarse la burocracia eclesiástica y los funcionarios del Estado colonial450. En el siglo XIX republicano se edificó a favor de los letrados, que eran
básicamente universitarios, un discurso sobre la aristocracia de la inteligencia consagrada a llevar las riendas de los destinos nacionales, el cual permitió legitimar la exclusión política de los militares pero también de los sectores populares ʹʹignorantesʹʹ. En este plano, el discurso universitario de inicios del siglo XX no marca cambio alguno. Más aún, en este periodo la misión de formar a la clase dirigente del país se convierte en una esencia del carácter universitario. ʹʹNadie duda ya —escribe en 1910 Guzmán y Valle— que la Universidad
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Citado en Alejandro Deustua: ob. cit., 1907; p. 362.
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Luis Antonio Eguiguren: Diccionario histórico-cronológico de la Real y Pontificia Universidad de San Marcos, Lima, 1951.
contribuye a formar las clases directoras del país, porque de ellas salen sus políticos, sus filósofos y sus sociólogos, sus abogados y sus médicosʹʹ451.
Lo que cambia sin embargo es la concepción de clase dirigente y por eso mismo los universitarios positivistas pretenden cambiar también las características de su formación en la universidad. La herencia del credo ilustrado es evidente en esta nueva concepción al cuestionar la estructura de gobierno fundada en leyes y jerarquías tradicionales, donde el peso de las costumbres y los dogmas religiosos se imponían. La Ilustración impuso un lenguaje político moderno que asume que el buen gobierno de las naciones se fundamenta en los designios de la razón. Se comenzó así a desbaratar todo el campo de conocimientos sobre los cuales se levantaban las antiguas formas de gobierno. No obstante, persistió al igual que en la Colonia la hegemonía de los letrados y jurisconsultos en la administración del gobierno, en tanto que la universidad peruana se convirtió en una institución profesionalista de la cual egresaban sobre todo doctores en leyes.
A fines del XIX se comienza a considerar insuficiente y hasta perjudicial el hecho de concentrar la formación de los universitarios en la enseñanza profesional. Este tipo de conocimientos de acuerdo al credo positivista no bastaban para ejercer eficazmente las tareas directivas. Como lo hemos visto, las críticas al respecto apuntaron básicamente hacia los hombres de leyes. Para Alejandro Deustua: ʹʹen el Perú los abogados sin preparación racional han gobernado el país. La política ha tenido los defectos que se nota en la psicología del abogado: ha sido rígida, de una sola pieza, forma, unilateral, abstracta. Ignora los matices y la evolución de las cosasʹʹ452.
Sin embargo, la influencia de los jurisconsultos no se restringió al campo político. La abogacía se había configurado en una especie de carrera matriz puesto que los poseedores del diploma de leyes se creían suficientemente capacitados para ejercer prácticamente cualquier labor. ʹʹEl abogado —escribe Villarán— se cree apto para enseñar en los colegios oficiales, para ocupar todos los puestos administrativos, para servir en los consulados y legaciones, para sentarse en las cámaras, para ser ministro, para ser periodista, para ser industrial y negociante. Parece que la práctica forense y el derecho civil tuvieran la virtud de suplir con ventaja a la pedagogía, a la preparación política y diplomática, a la práctica administrativa y económica, a los altos estudios industriales y mercantiles.ʹʹ453
La crítica a este tipo de profesional que asumía las tareas directivas de la sociedad se concentraba en su carencia de ciertos conocimientos considerados como necesarios para la efectiva tarea de gobierno. Si el abogado quería encaminarse por la carrera
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Enrique Guzmán y Valle: ''La influencia universitaria en la vida nacional. Discurso de apertura del año académico de 1912''. En: Revista Universitaria. Lima, Universidad Mayor de San Marcos, 1912, año 8; p. 427.
452 Alejandro Deustua: ob. cit., 1907; p. 388. 453
política debía quebrar los límites de su campo de conocimiento profesional. Por ejemplo, como anota Deustua: ʹʹla historia, la sociología, la filosofía, las ciencias de la educación, estudiadas en la Facultad de Letras darán al político del porvenir el sentido de lo relativo y de la complejidad de las cosas, sabrá la psicología que describe al hombre, sus móviles y sus necesidadesʹʹ454. Francisco García Calderón concuerda con
esa posición pero además percibe el tránsito iniciado en la relación existente entre la formación de la clase dirigente y la institución universitaria, precisamente en la facultad donde se enseñaba abogacía: [...] nuestra nación forma ahora para el porvenir espíritus más abiertos y más científicos. El espíritu jurídico, absoluto y formalista; la cultura unilateral y estrecha eran antes los defectos de esta hegemonía de defensores de pleítos y de hombres de foro. Se era político, fabricante de leyes, financista, porque se era abogado. En la preparación a los estudios jurídicos figuran hoy estudios de filosofía, de ciencia social y de historia. En la vieja Facultad de Derecho se han introducido en los programas estudios sociológicos, y no obstante la proximidad de la reforma, se nota ya nuevas direcciones en la juventud universitaria [...] En particular, en la vida peruana, la Universidad puede transformar las ideas de los hombres llamados a gobernar el país por una extensión de la ciencia pura sobre las especialidades profesionales455. En efecto, el discurso positivista insiste en que la elite dirigente debe ser formada en una sólida base científica. En ese sentido, la sociología —la ciencia social comteana— así como la historia y la economía, le brindarían a los gobernantes, conocimientos y métodos seguros sobre la dinámica social peruana. ʹʹEl político y el administrador funcionan en pleno campo de la realidad cuyos fenómenos deben apreciar con criterio práctico, es decir, como hechos, como acciones, cuyas causas y diversas finalidad necesitan conocer para determinar las formas adecuadas de la actividad nacional y legislar sobre ellas y su contenido. La política y la administración son ciencias reales, ciencia de hechos que se fundan en la sicología, la sociología, el derecho, la economía política y que necesitan el auxilio de todas las ciencias morales y sociales y de los métodos realistas para formular previsiones, determinar tendencias colectivas, fijar rumbos a la actividad nacional y elaborar la estructura y funciones de esta con materiales y fuerzas propias, sacadas de la sociedad misma y engrandecidas según normas originales.ʹʹ456
Entonces, los positivistas advirtieron prontamente que a pesar de sus apuestas modernizantes al estilo del Occidente europeo las reformas que se ejecutaran en la sociedad peruana debían de tener en cuenta la realidad de su medio social. El calco arbitrario de leyes y la puesta en marcha de políticas imitativas, tan usual en la elite dirigente del siglo XIX, fueron concebidas como una de las causantes del funesto derrotero de la nación peruana. De acuerdo a Javier Prado: ʹʹCada país representa una
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Alejandro Deustua: ob. cit., 1907; p. 388.
455 Ibíd.; p. 362. 456
síntesis real, concreta, y tiene su fisonomía, sus caracteres, sus problemas propios. Es este el punto de vista verdadero, y no el de la importación artificial de problemas y soluciones extrañas a nuestro medio y condiciones socialesʹʹ457. No obstante, la cultura científica, en su sentido moderno y positivista, no fue el único elemento que se quiso incorporar en la formación universitaria de la clase dirigente, pues se creyó necesario complementar este elemento con una gran dosis de valores cívicos y morales, así como de un patriotismo sincero. La educación superior debía transmitir a los futuros líderes de la nación: ʹʹcomunidad de ideales para el bien público, altos y vigorosos sentimientos de amor hacia el país en que han nacido; y fe enérgica y fecunda en el porvenir de la patriaʹʹ458.
Privilegiar en la formación universitaria de la clase dirigente el aspecto moral o el aspecto práctico y material fue, por otro lado, un asunto debatido con cierta intensidad por los universitarios de inicios de siglo, un debate que a fin de cuentas respondía a la fortaleza de las dos doctrinas imperantes en ese mundo académico: el positivismo y el idealismo. Para Alejandro Deustua, representante del idealismo, la universidad debía cumplir antes que nada un rol moral: ʹʹinfundiendo a nuestra clase dirigente sentimientos de justicia, de firmeza, de tolerancia, de amor a la verdad, de independencia y dignidadʹʹ459. Para el maestro universitario los males peruanos se
debían a una ʹʹviciada atmósfera moralʹʹ, que se manifestaba en un ʹʹegoísmo predominante en las clases que deberían dar el ejemplo de desinterésʹʹ460, un factor nefasto para el progreso del país pues solamente había producido ʹʹpobreza de ideas y de sentimientos nobles, el odio exclusivista, el desprestigio mutuo, el favoritismo, la concupiscencia de los políticos, la ambición inescrupulosa, el criterio extraviado de una juventud anhelada de riquezaʹʹ461. Manuel Vicente Villarán, desde la orilla positivista, sin negar la importancia del factor moral de la formación de la elite dirigente y del pueblo en general, postuló 457
Javier Prado: ob. cit., 1908; p. 54.
458
Luis Miró Quesada: ob. cit., 1909; p. 220.
459
Alejandro Desutua: El problema de la educación nacional. El Callao, 1905.
460
Ibíd.
461
Ibíd. Al respecto es elocuente también Luis Miró Quesada: ''Nuestra Universidad —escribe— debe educar ¿cabe dudarlo? La moralidad es la primera virtud y la primera fuerza de los pueblos ¿Y puede alguien negar que sea esto verdad para nosotros? La decadencia del Perú está ligada a su periodo de inmoralidad ¡Riqueza! Riqueza material hemos tenido siempre en abundancia de metales preciosos durante la colonia, guano y salitre durante la república; y aquella nos produjo la inicua servidumbre del indio que degeneró la raza; y ésta el despilfarro, la deshonestidad y la orgía, que llevaron al país a su desorganización y a su ruina ¿Y por qué? Porque no vale tanto tener riquezas cuanto poseer la aptitud para conservarlas. Ser morales, juiciosos, viriles y abnegados, he allí la base sobre la que descansa la felicidad de toda democracia que requiere nobles aptitudes en sus hijos ¿Y qué hace falta para alcanzar este resultado? Preparar al país por medio de una elevada educación, para el sentimiento y la práctica de la moralidad; de los ideales del bien público y de justicia social, en suma, sin los que ningún pueblo puede ser dichoso ni fuerte. Eduquemos así a nuestro país, y especialmente a la juventud que viene hoy a estos claustros y está destinada, por ley natural a dirigir mañana, con su acción y con su ejemplo, la marcha de la nación, desde las esferas del gobierno ejecutivo, del parlamento, de la magistratura, del profesorado y del periodismo. Sembremos en nuestros directores del porvenir la buena simiente, que ella fructificará en bien de la patria''. Luis Miró Quesada: ob. cit., 1909; p. 345.
que más urgente que la educación moral era la educación práctica, vital para generar la riqueza material. Al respecto argumentaba Villarán:
Los errores y flaquezas de las clases preponderantes tuvieron su raíz en una pobreza crónica y cercana a la mendicidad. Donde no hay campos abiertos para la actividad ni abunda el trabajo remuneratorio, aparece, como fatal sustitutivo, la industria de vivir a costa del Estado. La carencia de industrialismo desarrollado predispone a ganar por la revolución o por la intriga, negocios, favores, y posiciones, y esta inmoral práctica de convertir al Estado en instrumento de mezquinas ventajas personales, crea o aviva, al generalizarse, el odio entre los partidos y la común indiferencia por el bien general, como que rebaja a luchas de sórdido interés las más importantes cuestiones públicas. Por consiguiente, si el daño se origina en una situación económica, allí debe atacársele462.
Conforme avanzaron las dos primera décadas del siglo XX los discursos universitarios respecto a preponderancia de la educación moral o práctica en la formación de la clase dirigente alcanzaron un nivel de equilibrio, una postura que quedó bien sintetizada con la noción de realismo integral sustentada por Javier Prado en 1917, en su discurso ante los jóvenes universitarios de la Federación de Estudiantes. El realismo integral dice Prado: ʹʹconcilia el positivismo y el idealismo al fijar los problemas en las condiciones mismas de la realidad concreta y de los valores de la vidaʹʹ463. Resulta así una síntesis virtuosa entre el aspecto práctico y
material con el de los valores cívicos y morales.