³El corazón tiene razones que la razón no entiende. Esto es evidente en miles de FRVDV3LHQVRTXHHOFRUD]yQDPDSRUQDWXUDOH]DDOVHUXQLYHUVDO¶¶
PASCAL
³Tal parece que la existencia de Dios es evidente. Se dice que es evidente aquello cuyo conocimiento está implantado naturalmente en nosotros´.
TOMÁS DE AQUINO
³La predisposición a la creencia religiosa es la fuerza más compleja y poderosa de la mente humana, y con toda probabilidad, una parte indeleble de su naturaleza´.
E. O. WILSON
CAPÍTULO 7
L
AF
UNCIÓN³E
SPIRITUAL´
³Todas las civilizaciones de la humanidad han estado fundamentadas en la religión y en la búsqueda de Dios´.13
IVAR LISSNER
Todas las generaciones de todas* las culturas humanas, sin importar su
aislamiento, han tenido la capacidad para hablar y comprender una len- gua. Esto sugiere que dentro de nuestros cromosomas deben existir genes en los que se originan nuestras capacidades lingüísticas. Cuando nos es- tamos desarrollando en el útero materno, la función de estos genes del ³lenguaje´ es la de ordenarles a nuestros cuerpos que desarrollen cone- xiones neurofisiológicas especializadas en donde se generarán nuestras capacidades lingüísticas. De hecho, para toda conducta universal a toda especie, deben existir genes especializados que posibilitan el desarrollo de las zonas neurofisiológicas específicas en donde se generarán dichas conductas.
¿Qué pasaría si aplicáramos este principio a la espiritualidad humana? Así como todas han demostrado una tendencia a desarrollar un lenguaje, todas las culturas han demostrado claramente una propensión a desarro- llar una religión y una creencia en una realidad espiritual. Según E. O.
* Me gustaría definir el uso de la palabra todas cuando realizo una afirmación tan
contunGHQWHDOUHIHULUPHD³WRGDVODVFXOWXUDVGHOPXQGR´0HUHILHURH[DFWDPHQWH a todas las culturas del mundo que han sido propiamente observadas y registradas por los antropólogos culturales más reputados del mundo. Sin embargo, es necesa- rio decir que han existido muchas culturas que ya han desaparecido, y que no tuvie- ron contacto con forasteros o nunca fueron documentadas, por lo que no pueden tenerse en cuenta. No quiero sugerir tampoco que aunque la gran mayoría de las sociedades humanas seguramente corresponde a estas presunciones, es también pro- bable que pudieran haber existido anomalías culturales a través de nuestra historia, que desafiarían las supuestas reglas de la naturaleza humana.
Wilson, ganador del premio Pulitzer:
La creencia religiosa es una de las constantes universales de la con- ducta humana, la cual tiene una forma definid;! en cada sociedad, desde los grupos de cazadores hasta las repúblicas socialistas. Sus ru- dimentos se remontan por lo menos a los altares de huesos y ritos funerarios del hombre de Neandertal.14
Personas como Cari Jung, Joseph Campbell y Mircea Eliade, afirma- ron que todas las culturas han tenido siempre una interpretación dualista de la realidad y han considerado que la realidad consta de dos ámbitos o substancias distintas: la física y la espiritual. De este modo, los objetos que pertenecen al mundo físico son considerados como tangibles, corpó- reos, que pueden ser comprobados o experimentados empíricamente (es decir, que pueden verse, sentirse, saborearse, olerse o escucharse); tam- bién están sujetos a las fuerzas físicas del cambio (al nacimiento, a la muerte y la descomposición), y se considera, por lo tanto, que existen en un estado de cambio constante, que son temporales y fugaces.
Por otra parte, nuestra especie también percibe la existencia de un mundo espiritual, y como este trasciende la naturaleza física inmaterial del universo, todo lo que posea espíritu es inmune a las leyes de la natu- raleza física (al nacimiento, a la muerte y la descomposición). Por lo tanto, lo que pertenece al mundo espiritual es percibido como algo per- manente, fijo, eterno e imperecedero.
Algo que confirma la naturaleza transcultural de la interpretación dualista de la realidad que hace el hombre, es que todas las culturas, desde el comienzo de nuestra especie, han manifestado una creencia en la existencia de guardianes espirituales invisibles a los que llamamos dio- ses. Según el doctor Herbert Benson, ³No existe ninguna civilización co- nocida que no haya tenido fe en un dios o dioses´.15 El hombre, que es
un animal musical, matemático, y lingüístico, también es un animal espi- ritual. Ahora, si es cierto que todas las conductas transculturales repre- sentan rasgos genéticamente heredados, ¿no deberíamos suponer enton- ces que lo mismo es válido para la tendencia que tiene nuestra especie a creer en una realidad espiritual? El hecho de que todas las culturas hu- manas, sin importar su aislamiento, hayan creído en la existencia de un
ámbito espiritual, ¿no sugiere acaso que esta percepción debe constituir una característica propia de nuestra especie, es decir, que se trata de un reflejo?
Si heredamos nuestras creencias y tendencias espirituales, ¿no implica esto que debemos poseer genes a través de los cuales este instinto se trans- mite de una generación a otra? Adicionalmente, si heredamos la tenden- cia a creer en una realidad espiritual, ¿no debemos tener una zona fisio- lógica donde se generen estas percepciones, sensaciones y cogniciones? Ya que todas se originan en el interior del cerebro, se deduce que dicha conciencia ³espiritual´ debe generarse en ese mismo órgano. Por lo tanto, si la creencia en una realidad espiritual representa una característica transcultural de nuestra especie, esto supone que tenemos una función ³espiritual´ de origen neurofisiológico, o lo que yo llamaré informal- mente como la parte de ³Dios´ en el cerebro.
J
UNG
Cuando comencé a explorar la posibilidad de que los seres humanos heredamos nuestras inclinaciones espirituales, advertí que otros indivi- duos ya habían adelantado la misma búsqueda, y que yo podía valerme de sus investigaciones. El trabajo que consideré más pertinente fue el del psicoanalista Cari Jung. Sin embargo, fue su teoría del ³inconsciente co- lectivo´ la que me pareció más aplicable.
Sigmund Freud, quien fue su mentor, había introducido el concepto del consciente y del inconsciente. Según Freud, el consciente personal representa los pensamientos, sentimientos, recuerdos y deseos de los que somos conscientes, y en el fondo de este consciente existe una zona de conciencia aún más profunda, representada por el inconsciente de un individuo. Según Freud, los instintos o impulsos primarios, los compo- nentes de la personalidad, los recuerdos de la infancia, los recuerdos re- primidos y otros conflictos internos residen en el inconsciente.
Aunque es probable que no seamos conscientes de que estos elementos existen en nuestro interior, lo cierto es que juegan un papel importante en todo lo que hacemos, decimos y pensamos. Para Freud, el consciente y el inconsciente representan los dos componentes principales de la con- ducta humana.
Jung retomó los principios de Freud (por lo que supuestamente Freud nunca lo perdonó) y sugirió que había una zona consciente mucho más profunda que la del inconsciente. Jung sostenía que detrás del in- consciente había algo a lo que llamó inconsciente colectivo, el cual era la base del inconsciente.
Según Jung, mientras que el consciente y el inconsciente se derivan de las experiencias de un individuo, el inconsciente colectivo representa los componentes, conciencias e impulsos que heredamos y que constitu- yen, por lo tanto, una parte integral de la experiencia consciente, la cual es compartida mutuamente por todos los miembros de nuestra especie. Mientras que el inconsciente de un individuo surge de su experiencia y desarrollo personal, el contenido del inconsciente colectivo constituye esa parte nuestra que se formó durante el desarrollo de nuestra especie y que es, por lo tanto, común a toda la humanidad. En consecuencia, el inconsciente colectivo es una parte de nuestra naturaleza y ³tiene conte- nidos que son, más o menos, los mismos en todas partes y en todos los individuos. En otras palabras, es idéntico en todos los hombres y consti- tuye un sustrato físico común de una naturaleza suprapersonal que está presente en cada uno de nosotros... y que ha existido desde los tiempos más remotos´.16
Mientras que el filósofo John Locke creía que nacíamos como una tabula rasa o una hoja en blanco, y que sólo nos definían nuestras expe- riencias, Jung ²al igual que Kant² sostenía que nacíamos con un con- junto de modos de percepción preprogramados. Al igual que Kant, Jung pareció dirigir las respuestas al interior, a la naturaleza de la conciencia humana.
Jung llegó a muchas de sus conclusiones basándose en estudios com- parativos que hizo de las diferentes mitologías, y observó que cada una de estas constituía un conjunto similar de fábulas, leyendas y moralejas presentes en todas las culturas humanas desde el comienzo de nuestra especie. A través de la mitología, todas las culturas han codificado sus normas, ritos, costumbres, parámetros éticos, y creencias sociales y espi- rituales. Jung no sólo concluyó que todas poseían una mitología, sino que tenían similitudes muy notables. Tras estudiar el Antiguo y el Nuevo Testamento del judeocristianismo, el Avesta del zoroastrismo, las Eddas nórdicas, las sagas islandesas, el Corán islámico, el Libro tibetano de los
muertos, el Libro egipcio de los muertos, la Teogonía de Hesíodo, La
Ilíada y La Odisea de Homero, la Eneida de Virgilio, las sagas celtas, las
tablillas cuneiformes escritas en lengua urartia (Armenia), el Kojiki (rela- ción de cuestiones antiguas) y el Nihongi del Japón, los cuentos babilóni- cos, los mitos ugaríticos de Palestina y Siria, el Shi Ching (libro de historia) chino, el Rig Veda, el Mahabarata y el Ramayana de la India, el Thera- vada budista, los mitos de varias culturas de África, Polinesia, Centro y Sudamérica, o los manuscritos de los alquimistas medievales, Jung en- contró temas comunes en cada uno de los escritos.
Tras observar tantas semejanzas en los mitos de todas las culturas mundiales, Jung concluyó que su contenido tuvo que surgir de algún sus- trato físico propio que debía ser común a toda nuestra especie, y fue esto lo que denominó como nuestro inconsciente colectivo. Según Jung, nues- tra especie tiene un tipo de impulso que no sólo hizo que todas las cultu- ras crearan su propia mitología, sino que compartieran los mismos temas universales, a los cuales denominó arquetipos. Debido a la naturaleza universal de estos, Jung postuló que nuestra especie tenía una función religiosa inherente:
En el estudio de los arquetipos del inconsciente colectivo encontra- mos que el hombre posee una función religiosa, la cual influye en él de una forma tan poderosa como los instintos de la sexualidad y la agresión. El hombre primitivo estuvo tan ocupado con la expresión de esta función, de la conformación de los símbolos y la construcción de la religión, como de labrar la tierra, cazar, pescar y satisfacer todas sus necesidades básicas´.17
Inspirado en sus teorías, particularmente en la que propone que los humanos poseemos lo que definió como una ³función religiosa natural´, tuve razones para creer que nosotros heredamos nuestra sensibilidad es- piritual. Sin embargo, la mayor diferencia entre mi interpretación y la de Jung era que mientras él consideraba que la conciencia humana era una función de la mente, yo creía que era una función del cerebro. Y mientras que la existencia de la mente implica la posibilidad de que pueda existir un componente intangible y trascendental en nuestro interior, el cerebro no posee esta característica. Los defensores de la ³mente´ consideran la
cognición como una función del alma, pero los defensores del cerebro la consideramos como una función de la neurofisiología y como un reflejo mecánico.
A partir de lo que me habían enseñado las ciencias neurofisiológicas (las cuales no existían en la época de Jung) adopté una aproximación más racional y mecanicista ±científica± con respecto a las sensaciones, percep- ciones, emociones y cogniciones humanas, es decir, al contenido de la conciencia humana.
¿Qué pasaría si yo aplicaba las recientes ciencias neurofisiológicas no sólo a la conciencia, sino concretamente al principio del inconsciente colectivo de Jung? ¿Qué pasaría si fuera posible ³biologizar´ el incons- ciente colectivo y reducirlo a un proceso neuroquímico? ¿Qué pasaría si lo que él denominó como una función religiosa natural podía explicarse como una predisposición genéticamente heredada? Al aplicar las ciencias neurofisiológicas al estudio de la espiritualidad humana, me pareció que era posible adelantar una interpretación exclusivamente mecanicista (científica) de la espiritualidad humana y de Dios.
C
REENCIAS Y PRÁCTICAS ESPIRITUALES UNIVERSALES
La historia de la religión, desde la más primitiva hasta la más desarrollada, está conformada por un núPHURGHUHDOLGDGHVVDJUDGDV¶¶
MIRCEA ELIADE
A medida que estudiaba las diferentes culturas del mundo, cada una con sus propias creencias y prácticas, se hizo evidente que, aparente- mente, cada una había tenido una interpretación dualista de la realidad, y había considerado que estaba conformada por dos ámbitos diferentes: lo físico y lo espiritual. Si realmente existen pruebas sustanciales para respaldar el argumento de que la creencia espiritual es realmente univer- sal, entonces, según los principios de la sociobiología, se concluiría que es altamente probable que nuestra especie deba estar ³programada´ de este modo. Pero, ¿con qué frecuencia se manifiesta esta creencia religiosa y espiritual? ¿Existen pruebas contundentes para afirmar que es el pro- ducto de un reflejo heredado?
La universalidad con que percibimos la realidad espiritual se mani- fiesta en varias creencias y prácticas interculturales. Por ejemplo, todas las culturas han expresado una creencia en fuerzas o seres sobrenaturales. Esto se evidencia en el hecho de que todas han mostrado una tendencia a rezar, adorar y a elevar plegarias a esos seres conocidos comúnmente como dioses, un concepto para el que todas las culturas han tenido un símbolo o palabra. Esto se confirma también por el hecho de que todas las culturas han erigido sitios de adoración en donde los miembros de sus comunidades se reúnen para rezarles a sus dioses. Trátese de una mez- quita musulmana, una iglesia católica, una sinagoga judía, un santuario sintoísta, un zigurat babilónico, una stupa budista, o un templo azteca, griego o egipcio, todas las culturas han construido edificios especial- mente diseñados para rezar. Estos sitios son una prueba física de que todas las culturas han creído en la existencia de una realidad espiritual.
Adicionalmente, todas han creado obras de arte religioso. Los prime- ros ejemplos son las pinturas rupestres que se remontan a los comienzos del paleolítico, alrededor de 40.000 a 12.000 años a.C. Varias de estas pinturas son representaciones de escenas de cacería en las que diversos animales tienen heridas de jabalinas resaltadas con ocre rojo. Como los dibujos de las lanzas están superpuestos en muchos casos, se cree que estas pinturas eran renovadas constantemente para efectos mágico-reli- giosos, con el fin de que la presa fuera cazada. Todas las culturas que desarrollaron una escritura, la utilizaron para exponer sus creencias espi- rituales por medio de textos sagrados y de su mitología. De hecho, los sumerios, quienes desarrollaron uno de los primeros sistemas de comu- nicación escrita (alrededor del 2800 antes de la era común), consistente en inscripciones conocidas como cuneiformes, tenían un símbolo (³an´) para representar el cielo. Que todas las culturas hayan tenido obras de arte y textos tangibles representa una prueba adicional de que, en térmi- nos transculturales, el animal humano considera y cree en una realidad espiritual.
Adicionalmente, todas las culturas han creído que los seres humanos tenemos un componente espiritual en nuestro interior, conocido como alma, otro concepto para el que todas las culturas han tenido un símbolo o una palabra. ³El alma es un concepto universal´.19 Según nuestra creen-
constituidos por una combinación de materia y espíritu. Aunque consi- deramos que nuestro cuerpo está constituido de materia, al mismo tiempo consideramos que la conciencia está constituida de espíritu, una sustancia intangible a la que llamamos alma. De este modo, proyectamos nuestra percepción dualista de la realidad sobre nuestra propia existen- cia.
Así como consideramos que las cosas que tienen espíritu son indes- tructibles, eternas e imperecederas, también consideramos que nuestra alma posee estos atributos. Por consiguiente, creemos que gracias a nues- tra alma también somos eternos e imperecederos. En consecuencia, cree- mos que aunque nuestro cuerpo físico perecerá algún día, nuestro ³yo´ espiritual ²espíritu o alma² vivirá por toda la eternidad. Gracias a esta creencia universal en el alma, los seres humanos obtienen su sentido de inmortalidad. Como dijo el antropólogo Branislaw Malinowski:
A través de la religión, el hombre afirma su convicción de que la muerte no es real ni definitiva, y que estamos dotados de una perso- nalidad que perdura incluso después de ella.20
Esta universalidad por medio de la cual todas las culturas han creí do en el alma inmortal está respaldada por el hecho de que todas han expresado una creencia en una vida posterior, ³una existencia nueva, con- tinuada o transformada después de la muerte, creencia que se ha obser- vado virtualmente en todas las culturas y civilizaciones´.21 Trátese del
cielo, del purgatorio, del infierno, del Valhalla, niflheim, nirvana, tár- taro, de los Campos Elíseos, del hades, la oscuridad, del reino de los muertos, del Te Reinga (la tierra de los espíritus), del jardín místico, del paraíso, de la reencarnación o transmigración de las almas, todas las cul- turas ²orientales y occidentales² han expresado la creencia de que nues- tro ser espiritual o alma persiste después de que nuestro cuerpo físico ha perecido.
Esta creencia universal en una vida después de la muerte se mani- fiesta físicamente en los rituales funerarios o de entierro practicados por todas las culturas. En esta práctica universal, el cuerpo del difunto es des- pedido (generalmente enterrado, aunque existen otros procedimientos) con un rito que pretende enviar el espíritu del individuo a otro mundo.
Otra prueba adicional es que muchas culturas entierran a sus muertos con artefactos que tienen el propósito de facilitar la transición del di- funto de este mundo al otro, lo que nos ofrece una confirmación adicio- nal acerca de la creencia de que el ³yo´ consciente o alma perdura des- pués de la muerte física.
Mientras que el entierro representa el último de una serie de rituales transculturales por medio de los cuales santificamos nuestra existencia ante los dioses, todas las culturas reciben a los recién nacidos en su co- munidad espiritual por medio de un rito de nacimiento. Algunos ejem- plos de estos ritos son la circuncisión entre judíos y musulmanes, la in- mersión de los recién nacidos en la pila bautismal que realizan los católi- cos, o mecerlos en medio del humo purificador producido por ramas quemadas de Carissa lanceolata, como lo hacen los aborígenes australia- nos. El antropólogo cultural Mircea Eliade expresó, en su libro Lo sagrado
y lo profano: ³Cuando nace un niño, sólo tiene una existencia física; aún
no es reconocido por su familia ni aceptado por su comunidad. Es sólo gracias a los ritos realizados después de su nacimiento, que es incorpo- rado a la comunidad de los vivos´.22
El ritual de iniciación también tiene una connotación espiritual en términos transculturales. Generalmente celebrado con la aparición de la pubertad, este ritual representa el paso de la infancia a la edad adulta y