• No se han encontrado resultados

IDblica desde 1884 y lanza cada año una palabra que anuncia o da sentido

In document Jóvenes y política marzo 2017 issn (página 133-135)

a una tendencia. En 2016 fue post-truth.

Según el editor, la «palabra del año» 2016 «denota las circunstancias en las cuales los hechos objetivos tienen menos influencia en el estado de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales». Y sustenta la afirmación en una gráfica que registra un crecimiento del uso del término entre mayo y octubre de 2016, referido, según el propio editor, al referéndum del brexit en el Reino Unido y al proceso preelectoral en los Estados Unidos. Asimismo, señala y remite a un antecedente de doce años, en el libro de Ralph Keyes, de 2004, The

Post-truth Era, quien habría acuñado inicialmente la expresión.

La evidencia es incuestionable; el término posverdad se emplea con fuerza redundante y ligereza abrumadora. Sin embargo, de esa consta- tación, amplificada por la eminencia de la fuente emisora, no debería colegirse que efectivamente se haya establecido un escenario irreversible. Por ahora no es más que un desajuste momentáneo de las formas en que circulan los textos en Occidente desde hace más de dos siglos.

Admitir el arribo a un hipotético estadio de posverdad equivale a resignarse ante quienes acusan al voleo a lo que en su neolengua lla- man los medios, como si se tratara de un todo indiviso y homogéneo que funciona al unísono. Es la falsedad primordial y sobre ella se asien- ta el resto del mecanismo falacioso detrás del cual probablemente no haya otra cosa que nihilismo. El eslogan antimedios parece fácilmente inteligible para audiencias masivas y podría afectar, si acaso prospe- rara, al propio ecosistema occidental cuya construcción demandó dos siglos, y varios siglos más de antecedentes preparatorios.

Este artículo se propone discutir el equívoco diagnóstico que ubica esta crisis en el campo del periodismo, bajo el rótulo fake news, y esta- blecer algunos criterios para evaluar qué hay de verdad en la presun- ción de que la verdad haya dejado de importar.

La verdad en Occidente

Quizá haya escasa conciencia social acerca de cómo la corriente de los hechos de interés público se concreta como propuestas de sentido en los espacios gráficos, sonoros y audiovisuales. Y cómo estos procedi- mientos habituales y naturalizados hace siglos modelan las formas de vivir la libertad individual en Occidente.

Según el brasileño Muniz Sodré (1998), la sociología trabaja desde hace décadas con la hipótesis de que los hechos sociales carecen de una ontología propia al margen de los medios.

El acontecimiento (o hecho) y la noticia no son lo mismo. Des- de el punto de vista del medium (diario, radio, televisión), el aconte- cimiento es la materia prima para el producto noticia que, a su vez, puede convertirse en acontecimiento para el público. Inclusive se su- giere la hipótesis de que los hechos sociales —objeto de estudio de la sociología desde sus comienzos en el siglo pasado— ya no tienen una ontología propia, exterior a los medios de comunicación (pp. 138-139). El gran abanico de medios, que la sociedad abierta admite y pro- mueve, favorece precisamente la diversidad de interpretaciones. Es del uso libre e imprevisible que las audiencias hacen de las distintas cabe- ceras de donde deviene la legitimación de los miembros del ecosiste- ma. Es una paciente construcción de siglos, profundamente imbricada en las formas occidentales de vivir lo que da marco a los procesos com- plejos de la mediatización. Obviamente no es un proceso a prueba de errores, exageraciones y aun falsificaciones, pero el propio ecosistema se dio históricamente los mecanismos para premiar o castigar a las ca- beceras según su eficacia y lealtad con los propósitos para los cuales sus públicos las legitiman.

Un rotundo ejemplo de deslegitimación fue el escándalo de escuchas telefónicas que condujo al cierre del periódico de Rupert Murdoch, News

of the World, en 2011. Era un brillante negocio fundado en 1843, que debió

cerrar abruptamente y sobre el cual hay abundante información en la web. Otro ejemplo de cómo funciona el ecosistema de medios son las disculpas que debieron pedir medios de referencia de los Estados Uni- dos como The New York Times, The Washington Post y la revista The

New Republic, por equivocar el rumbo e informar según la convenien-

cia del gobierno en la guerra de Irak (marzo de 2003), olvidando que su lealtad es con las audiencias y no con el poder.

Es decir que cuando la mediatización se realiza con relativa norma- lidad, el propio escrutinio de las audiencias suele forzar la aplicación de correctivos; el ecosistema se basta a sí mismo para resolver sus dificul- tades. En cambio, en la crisis que nos ocupa intervienen circunstancias anómalas que interfieren en la circulación de textos y alteran mecanis- mos vitales como la credibilidad y la confianza colectivas. Si mentiras flagrantes se viralizan en el ámbito favorecedor de las redes sociales y apenas unas horas después se admiten como falsedades, nos encontra- mos frente a la utilización perversa de mecanismos ante los cuales la sociedad queda desarmada, sin que sus mecanismos históricos de acu- mulación y resolución de problemas resulten operativos. Es obvio que el daño ocasionado en unas horas por la mentira viral supera exponen- cialmente el alcance del modesto desmentido, generalmente ineficaz.

ID

In document Jóvenes y política marzo 2017 issn (página 133-135)