Capítulo II. Las formas contemporáneas de la guerra: múltiples interrogantes para la disciplina
1. La idea del cambio en el desarrollo de la guerra: ¿son nuevas las guerras de hoy?
Una lectura llamó particularmente nuestra atención; James N. Rosenau (1997) en su ensayo preparado para la conferencia inaugural del programa de maestría en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, planteaba la necesidad de clarificar en los programas de estudios, una serie de conceptos, relaciones y procesos alrededor de los cuales se pueda desarrollar un currículo teórico, innovativo y relevante para las políticas públicas. Uno de los conceptos que menciona y que le
da título a su trabajo ―Cambio y complejidad. Desafíos para la comprensión en el campo de las Relaciones Internacionales‖, es precisamente el de cambio. El nos invita a cuestionarnos acerca de ¿Qué significa el cambio? ¿Cómo se mide? y ¿Cuándo tiene consecuencias? porque según él, estas preguntas son cruciales para nuestro análisis, pero demasiadas personas las toman por dadas.
Para Rosenau (1997:111), los cambios que deben interesarnos son aquellos que implican diferencias de tipo más que de intensidad; la distinción entre estos dos refleja grandes mudanzas en el número, la escala, el alcance, y la rapidez con la cual se desarrollan las relaciones colectivas; cuando las diferencias a lo largo de estas dimensiones discrepan con los patrones del pasado se considera que ha ocurrido un cambio de tipo; siendo estos, aquellos que representan un reto real para quienes buscan desarrollar teorías adecuadas en los asuntos globales. Cuatro diferencias de tipo, según él, revisten de importancia; una, la que se refiere a las estructuras que sostienen la política global; otra, la de las estructuras de la economía globalizada del mundo; una tercera, al margen de tiempo dentro del cual se desarrollan los eventos y las tendencias y una última, a lo que llamamos la revolución de las capacidades y consecuencias de la acción colectiva.
De manera que, dentro del universo de cambios que pueden experimentar las sociedades y sus estructuras, aquellos que representan un salto cualitativo más que cuantitativo con relación a patrones anteriores, son los que permiten dilucidar la presencia de nuevos modelos, mejor aún, de nuevas formas de una estructura, o de un relacionamiento. Es importante, no dejar de lado esta premisa cuando
41 distinguir los cambios de tipo, que nos permitan advertir la presencia de nuevos patrones y en segundo, para llegar a una comprensión integral de la naturaleza, la conducta y los propósitos de la guerra de hoy.
Comencemos con algunos otros cuestionamientos que nos ayudaran a dar un orden a nuestra exposición y a la elaboración de nuestro conocimiento y principalmente, a dilucidar asuntos importantes y urgentes en el debate actual de la disciplina, especialmente en la agenda de estudios específicos; resulta ambicioso intentar de golpe dar respuestas, y respuestas acertadas a todos ellos; sin embargo, nuestro propósito va más allá de esta tarea, y se inserta en la dinámica de una reflexión constante e inacabada. Empecemos por preguntarnos ¿son nuevas las formas de la guerra de hoy? ¿qué es lo nuevo? ¿es lo nuevo o diferente de estas formas, a diferencia de las anteriores, lo que las hace que sean de difícil conclusión?
Partamos de un primer supuesto, la guerra por definición es un acto único; existen si múltiples formas de conducirla, pero todas exhiben los elementos clásicos que nos permiten diferenciarla de cualquier otro acto de violencia; Hedley Bull (1977:184) nos aporta instrumentos para la explicación;
según él, la guerra ―es la violencia organizada llevada a cabo entre unidades políticas‖; para que un
acto de violencia constituya una guerra, es necesario que ésta sea ejecutada por y en nombre de una unidad política, contra otra unidad política, en principio estados; decimos en principio, porque no obstante ser una definición elaborada sobre la base del modelo de Westfalia, no por ello inexorable y exclusivamente atada a la idea de un único actor, por demás estatal; veamos en detalle. En primer lugar, la guerra es un acto de violencia64 calificada; no cualquier violencia puede catalogarse como tal; es necesario que incorpore en su ejecución cierto grado de espectacularidad, de magnitud y principalmente de organización, esto la diferencia de una simple revuelta, escaramuza, o levantamiento. En segundo lugar, se encuentra el elemento político, que tanto Clausewitz y Bull, prestan especial atención; el acto de violencia debe ser ejercido por y en nombre de un ente político o con pretensión de serlo, a través del uso de la fuerza; siendo el tercer elemento de la trinidad, el aleatorio –que corresponde al mando-, percibido como necesario para el desarrollo de los dos primeros. El viejo
linkage entre lo político y el estado, no es una condición excluyente para que nuevos y diferentes
64 Entendida con el alcance que Johann Galtung (1975) le atribuye al concepto, en sus tres variables: violencia directa, violencia estructural y violencia cultural; esta última ubicada en el mundo de lo simbólico y que permite la legitimación de la dos primeras; la estructural, referida a las formas de dominación interestatales o entre estados y ciudadanos y la primera al plano personal.
42 actores reivindiquen parte de sus prerrogativas, o por lo menos, la que hace al ejercicio de lo político; ni lo político fue siempre del estado, ni es más de su entera exclusividad. De la misma manera, el monopolio exclusivo de la violencia, está cediendo terreno a otros actores -con una base social importante-, que disputan y controvierten su legitimidad.
De manera que, al obtener una conclusión preliminar acerca de que la guerra cuenta con una entidad única, volvemos a la pregunta ¿Qué es lo nuevo? ¿Qué representa un cambio de tipo? Esta respuesta nos llevará gran parte del desarrollo de este capítulo; sin embargo, su descubrimiento además de apasionante, nos abrirá el camino para la comprensión de la violencia actual, fenómeno al que
muchos analistas consideran como ―nuevas guerras‖.
La metamorfosis es de la violencia y con ello de las amenazas y por conclusión necesaria, de la guerra; al mismo tiempo que la violencia se transforma, la amenaza evoluciona y se desplaza hacia nuevas formas (De la Maisonneuve, 1998: 151); este proceso se encuentra ligado a otro que involucra los movimientos del mundo, las formas y patrones de interacción entre los actores sociales, políticos, económicos, de entre otros, y la forma como se establecen los equilibrios; pero ¿qué significa esta metamorfosis? ¿cómo se expresa?; la transformación más importante y a su vez preocupante se observa al interior de nuestras sociedades, en su descomposición; para De la Maisonneuve (1998) todo converge hacia una conflictividad latente, todo parece mostrarse como una amenaza, incluso lo que no estamos acostumbrados a designar como tal: era extranjera, es interna, era militar, es civil, era a menudo visible y burda, es vaga e insidiosa, estaba perfectamente localizada, no está en ningún lado y está en todas partes, nos reforzaba y nos unía, nos debilita y nos divide. Esta amenaza se expresa, según él, de distintas maneras, pero esencialmente en el debilitamiento del poder y la pérdida de credibilidad de las elites, y también, a nuestro entender, de las instituciones. No obstante, lo más grave es la descomposición de la sociedad per sé, la fractura social, la segregación, la pérdida de los valores y principios comunes, así como de la necesidad de un sentimiento compartido de comunidad. Las amenazas también son externas y se observan en un plano general, en la descomposición del mundo y de un orden, y más específicamente, en el surgimiento de organizaciones de nuevo tipo, redes, bandas y mafias cuyo objetivo no se encuentra más allá del poder material inmediato (De la Maisonneuve, 1998: 151). Pero la evolución hacia nuevas formas de amenaza, también se desplaza al plano de los conflictos; es por esto que los modelos analíticos del pasado se presentan inadecuados para entender la realidad de los conflictos actuales. Ese desplazamiento nos lleva a pensar en nuevas formas de las
43 guerras de hoy. El salto cualitativo, es decir de tipo, se observa en lo que Mary Kaldor (2006:11) llama, las relaciones sociales de la guerra; si bien las guerras del pasado fueron libradas en el contexto de la emergencia del estado-nación, y tenían como objetivo su consolidación; las de hoy se presentan en el panorama opuesto; según Kaldor, estas son guerras que ocurren en el contexto de su erosión o desintegración65 (cuyo ejemplo en el hemisferio lo representa en buena manera Colombia) y son luchadas por redes de actores estatales y no estatales, cuyos patrones de agrupación y obediencia discrepan sustancialmente de los del pasado y se insertan en la dinámica de la materialidad y la sociedad de consumo contemporáneas. De igual manera, son guerras que exacerban la desintegración del estado, y lo más preocupante, socavan el sentido de una comunidad política compartida –recrean uno nuevo a partir de nuevas líneas divisorias, mediante la promoción del miedo y el odio- cimientan nuevas identidades sectarias, -en muchos casos este su propio sentido- y establecen nuevos patrones para la distinción entre amigo-enemigo (Kaldor, 2006:13). Sin duda las guerras de hoy se muestran más que antes, como una manifestación febril producto de los desequilibrios sociales (Verstrynge, 2005:23). Otras manifestaciones de este cambio, también se observan en los patrones, las normas y los principios que regían la conducción de la guerra; la distinción entre combatientes y no combatientes o entre violencia legítima y criminal se difuminan (Kaldor, 2006:13).
Las relaciones económicas de la guerra, también sufrieron las consecuencias de la mudanza; si bien, el esquema tradicional en el que el estado maquinaba la economía de guerra, a través de su aparato productivo, no ha sido reemplazado, surge otro a la par, en el cual actores no estatales se sirven de los recursos y las fuentes de riqueza de un territorio, así como, de la vía criminal para movilizar su andamiaje bélico.
Más preocupantes son los efectos de estas profundas tendencias en el terrorismo66. El terrorismo
en sí no es nuevo, pero la ¨democratización de la tecnología‖ de las últimas décadas volvió a los
65 Propiciada por una caída en los niveles de gobernabilidad que en algunos casos lleva a un virtual colapso estatal,
configurando lo que conceptualmente se conoce como ―estado fallido‖; esto es, aquel en el que se mantienen escasas instituciones estatales en funcionamiento; ofrecen pocos o no ofrecen servicios públicos; carecen de la autoridad necesaria para adoptar decisiones que alcancen a todos los ciudadanos; no pueden ejercer el control físico efectivo sobre su territorio; ven disputado su monopolio legal de la fuerza, y son incapaces de contener la fragmentación social, es decir, no cuentan con la capacidad para resolver sus propios problemas sin ayuda administrativa o presencia militar exterior (Bartolomé, 2006: 230).
66 El terrorismo suele definirse como los actos perpetrados en contra de una categoría de victimas con la finalidad de
sembrar el terror, esto es, miedo excesivo entre quienes pertenecen a la categoría de victimas. Se realiza con la pretensión de que modifiquen su conducta futura (Wallerstein, 2005:112).
44 terroristas más ágiles y letales, y todo indica que esta tendencia continuará. En el siglo XX, un individuo patológico (un Hitler o un Stalin) necesitaba el poder de un gobierno para ser capaz de matar a millones de personas. Si los terroristas del siglo XXI consiguen hacerse de armas de destrucción masiva, este poder devastador estará por primera vez a disposición de grupos e individuos extraviados (Nye, 2003:2).
De manera previa, podemos extraer dos conclusiones básicas: la primera, que los cambios que implican una verdadera transformación en los asuntos mundiales, son aquellos que involucran una variable cualitativa respecto de antiguos patrones, salvando la presencia de otros que moldean el contexto del objeto de estudio; teniendo en cuenta esto, surge una segunda, el cambio más importante en el escenario actual se presenta en la transformación en la naturaleza de la violencia, por ende de los conflictos, y en particular de la guerra; la mudanza es al interior de las formas, patrones y principios que regían las relaciones sociales, político-militares y económicas de la guerra. Habiendo rescatado estas dos conclusiones preliminares, damos paso al debate acerca del análisis teórico-conceptual con que el que desde la disciplina ha sido abordada dicha transformación.