Demos un paso más en nuestro proceso formativo, y subamos del nivel 3 al nivel 4. Dentro del nivel 3 nos desarrollamos plenamente cuando asumimos los grandes valores de modo incondicional. Con razones meramente humanas parece imposible explicar cómo podemos ser incondicionalmente buenos con quien responde al bien con mal. Para fundamentar esta nobilísima actitud hemos de elevarnos al nivel 4, en que aparece la figura de un Ser infinitivamente bueno, justo y veraz que nos creó a los hombres a su imagen y semejanza, y nos dio así una dignidad que no podemos perder aunque nos empeñemos en ello con una conducta desarreglada. Al encontrarnos con el Ser que es la bondad, la verdad, la justicia y la verdad por excelencia, podemos obtener energía suficiente para amar a otra persona por encima de cualquier vicisitud, por negativa que sea. De ahí la posibilidad de practicar formas de perdón que rayan en lo heroico.
Naturalmente, los no creyentes pueden también optar por la bondad incondicional y lograr un pleno desarrollo de su persona. Lo que no está a su alcance es conceder a su actitud una fundamentación última, absoluta, definitiva.
Cuando asumimos los grandes valores del nivel 3 como canon de vida y purificamos nuestro sentimiento de todo interés egoísta, hacemos la experiencia plenificante de la pura bondad, la pura justicia, la pura belleza. Vivir de esta forma los más altos valores supone la meta de nuestro proceso formativo. Si tomamos como regla de nuestro actuar estos valores en toda su pureza, vemos que el ideal nos transforma y lleva a la felicidad, por darnos plenitud. Entonces nos vemos instados a subir de nivel y realizar una experiencia sutil de trascendencia. Recordemos que todo nivel positivo de realidad y de
conducta alcanza su perfección en el nivel superior[11]. Al subir al grado más alto del nivel 3 –el de la pura belleza, pura bondad, pura justicia…–, sentimos que nuestro ser más elevado pugna por dar el salto definitivo hacia el nivel 4.
Esto nos ayuda a comprender la profunda razón por la que un espíritu sensible a estas cuestiones del espíritu, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, tras oír una buena interpretación de una admirable cantata de Bach, le susurró al oído a un obispo luterano: «Todo aquel que ha escuchado esto sabe que la fe es verdad»[12]. A primera vista, parece un salto en el vacío. Si conocemos el dinamismo interior de la vida humana y sus distintas lógicas, advertimos que es un salto, pero no en el vacío. La lógica del nivel 3 me dice que, al ascender al plano más alto de este nivel, deseo pasar más allá, pues una ley de dicha lógica parece instarme a ello. Benedicto XVI explica su afirmación con estas palabras:
«En esa música se percibía una fuerza extraordinaria de Realidad presente, que suscitaba, no mediante deducciones, sino a través del impacto del corazón, la evidencia de que aquello no podía surgir de la nada; solo podía nacer gracias a la fuerza de la Verdad, que se actualiza en la inspiración del compositor»[13].
Si asumimos el espíritu de la lógica de cada nivel de realidad, advertimos que la lógica del nivel 1 nos insta a subir al nivel 2, y la lógica de este nivel nos anima a ascender al nivel 3, a elevarnos a su plano más alto, y esperar a que el contacto con lo más elevado nos transporte a lo sumamente perfecto. Si no se tiene esto en cuenta, el paso realizado por el Cardenal Ratzinger de la belleza suma de la música de Bach a la existencia de Dios puede parecer infundado. De hecho, muchas obras de arte las vemos como sublimes, como insuperables logros del hombre, pero las situamos dentro de los límites de lo humano. Puede también ocurrir que una experiencia privilegiada nos sumerja plenamente en ese mundo de suma elevación estética –que nos pone en sintonía interior con las otras cumbres que son la pura unidad, la pura bondad, la pura verdad, la pura justicia–, y de
repente nos veamos instalados en el mundo de lo absolutamente perfecto, en que todo lo grande se fundamenta. Nos situamos así en el nivel 4.
A esta experiencia aludió el mismo Benedicto XVI en la Audiencia General celebrada en Castel Gandolfo el 31 de agosto de 2011. En ella advirtió que el gran arte «hace crecer en nosotros el deseo de acudir a la fuente de toda belleza».
«El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. Incluso es como una puerta abierta al infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto».
Dentro ya del nivel 4, los cristianos tenemos el privilegio de saber que el ideal de la unidad presenta un rostro concreto y responde a un nombre excelso: Jesús, el Cristo, que se anonadó por nosotros y vive ahora, resucitado, en medio de quienes no retienen para sí la vida, antes la entregan, para crear –a ejemplo suyo– modos relevantes de unidad y configurar Su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, la Ecclesía o reunión de quienes han adoptado como canon de vida el precepto del amor mutuo.