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La gente ha tratado de matarme desde que nací, un hombre le dice a su hijo, tratando de explicar la sabiduría de aprender una segunda lengua.

Es la misma vieja historia del siglo pasado acerca de mi padre y yo.

Es la misma vieja historia de ayer por la mañana acerca de mi hijo y yo.

Se llama “Estrategias de Supervivencia y la Melancolía de la Asimilación Racial”.

Se llama “Paradigmas Psicológicos de las Personas Desplazadas”,

llamada “El Niño Que Preferiría Jugar antes que Estudiar”.

Practica hasta que sientas

el lenguaje dentro de ti, dice el hombre. Pero, ¿qué sabe de adentro y de afuera mi padre, que no se libró de nada a pesar de los lenguajes que usaba?

Li-Young Lee, “Immigrant Blues” Parto, porque en el exilio he sido obligado a desplazarme. Pero la palabra “parto” en español también significa nacimiento. Cuando se hace del partir una situación del tipo “estar en el umbral”, no pocas veces a golpes contra sí mismo, apelándose al arte de interrumpirse, se convierte el partir en un parir: parto al que seré, al que puedo construir aun en condiciones adversas. En el exilio, ¿tengo que volverme, entonces, mi propia partera?

— Carlos Pereda, Los aprendizajes del exilio

El yo narrador: entre novela y autobiografía

Si se tiene un conocimiento básico de las biografías de Sandra Cisneros y Chimamanda Ngozi Adichie, establecer una conexión entre sus experiencias de vida y su literatura en el momento de la lectura es inevitable. Por un lado, el tema de la migración y la diáspora es central en varios de sus libros, aunque se manifiesta de maneras distintas. Por otro, la mayoría de sus personajes son niñas y mujeres de su misma etnia, y la particularidad de la experiencia femenina

asume un papel importante dentro del desarrollo de la narrativa. Pero, ¿cómo dibujar el límite entre realidad e invención cuando leemos obras como La casa en Mango Street y Algo alrededor de tu cuello, ambas clasificadas bajo la categoría de ficción, pero que aun así presentan varios elementos autobiográficos que remiten a las vidas de sus autoras? Mi propuesta de lectura, como he indicado en el capítulo anterior, no se preocupa por buscar la “realidad” o “verdad” de las experiencias o las identidades migrantes, sino que busca más bien penetrar en las subjetividades de cada autora y desentrañar la forma en que han construido, a través de su escritura, una imagen de su realidad.

La casa en Mago Street es una novela narrada en fragmentos cortos que juntos forman una sola historia coherente: la vida en un barrio predominantemente latino en Chicago, vista desde los ojos de Esperanza, una niña chicana al borde de la pubertad. En su introducción a la edición de 1993 de este libro, Sandra Cisneros habla de su vida durante el posgrado en Escrituras Creativas que completó en la Universidad de Iowa, que ella señala como el momento en el que, por primera vez, se volvió consciente de su “otredad”. Allí, Cisneros se dio cuenta de que sus experiencias se diferenciaban hondamente de las de sus compañeros, y que no podía relacionarse de la misma manera que ellos a los libros sobre memoria e imaginación que les habían sido asignados en clase. Entre estos libros se encontraba Poetics of Space, de Gaston Bachelard, en el cual el autor sugiere que el hogar de infancia de un escritor sería revisitado por éste en su adultez como un lugar seguro y acogedor para el libre desarrollo de su “yo” creativo. Sin embargo, Cisneros nunca había vivido en una casa como la que describe Bachelard, amplia y confortable, y, como una mujer de color que aspiraba a dedicarse a la escritura, se rehusaba a aceptar la imagen blanca y de clase medía que Bachelard pintaba como la única verdad:

Cuando regresé a mi casa esa noche y me di cuenta de que mi educación había sido una mentira—que había hecho presunciones sobre lo que era “normal”, lo que era [Norte] Americano, lo que era valioso—quise renunciar a la universidad en ese mismo momento, pero no lo hice. (…) Me pregunté a mi misma qué podía escribir que mis compañeros de clase no pudieran. (…) No quería seguir imitando a los escritores que había estado leyendo. Sus voces estaban bien para ellos, pero no para mí. (Cisneros 1993, xiv)

En La casa en Mango Street, Cisneros encontró su voz cediéndosela a Esperanza, la narradora de la novela y, en consecuencia, el ‘yo’ mediador entre el argumento y el lector. En la introducción

citada anteriormente, Cisneros afirma que Esperanza es y no es sí misma. Las historias que atraviesan la novela y, por consiguiente, la vida de Esperanza, son un collage de las vidas que han interceptado la de Cisneros durante su infancia y adolescencia en el barrio y sus años trabajando en diversas universidades como profesora y consejera. La historia de Esperanza transciende de esta forma la historia personal de Cisneros para convertirse en la historia de una colectividad que muchas veces se ha visto silenciada. Cisneros lo explica así:

El escenario es fáctico. La sensación de vergüenza es fáctica. Pero muchos de los personajes los recogí de diferentes momentos y lugares. Cuando empecé el libro, se asemejaba más a un memoir. Pero cuando lo terminé, se tornó en ficción porque le empecé a agregar estudiantes de mi salón—era una profesora de alumnos que habían abandonado la escuela secundaria—y a insertarlos en el barrio de mi pasado. (Miambiance)

Con lo anterior no quiero decir que este tipo de “autobiografías colectivas” logran (o incluso pretenden) dar una visión definitiva de alguna situación o cultura, sino que abren un espacio para discutir aquellas experiencias o identidades que han sido silenciadas hasta el momento por el poder hegemónico, o incluso dentro de los grupos marginados a los que pertenecen. Por ejemplo, la dicotomía racial “blanco/negro” de Estados Unidos ha ejercido una dificultad epistemológica para concebir identidades “exteriores” a ella, como lo son las

identidades latinoamericanas (cuyo mestizaje racial hace más evidente la imposibilidad de categorizar un grupo humano en una sola raza). Así mismo, esta dicotomía ha forzado un gran número de identidades bajo la bandera de lo “negro”, incluyendo sujetos afrocaribeños, afrolatinoamericanos y africanos, entre otros, al mismo tiempo que ha homogenizado lo “blanco”, borrando cualquier rastro histórico de mestizaje y llevándolo a un concepto de “pureza”.

La hibridez desde la que Chimamanda Ngozi Adichie se posiciona como escritora le permite no sólo desestabilizar los discursos hegemónicos de la cultura estadounidense que giran en torno a la raza, sino hacerlo desde su interior, como habitante del país, y desde el exterior, como inmigrante. Esta “multi-localización” (por utilizar un término de Avtar Brah) en diferentes planos culturales, lingüísticos, geográficos y psíquicos que caracteriza las identidades diaspóricas sitúa al sujeto en un espacio liminal en relación a los discursos dominantes. La posición desde la que escribe un inmigrante está inscrita en un vínculo entre ambas culturas: es un “Tercer

Espacio” (Bhabha, 2007) en el que se realiza una traducción constante y simultánea de cualquier enunciado cultural. Aunque esto involucra inevitablemente una mediación, establece aun así un puente entre ambos sistemas lingüísticos que presupone una transformación, creando una disrupción en el sistema cultural dominante. Bhabha desarrolla el tema de la mediación en la traducción cultural de la siguiente forma:

La diferencia lingüística que conforma toda performance cultural es dramatizada en la común rendición de cuentas semiótica de la disyunción entre el sujeto de un enunciado [enoncé] y el sujeto de la enunciación, que no es representado en la afirmación pero que es el reconocimiento de su inserción e interpelación discursiva, su posicionalídad cultural, su referencia a un tiempo presente y un espacio específico. El pacto de interpretación nunca es simplemente un acto de comunicación entre el Yo y el Tú designado en el enunciado. La producción de sentido requiere que estos dos lugares sean movilizados en el pasaje por un Tercer Espacio, que representa a la vez las condiciones generales del lenguaje y la

implicación específica de la emisión en una estrategia performativa e institucional de la que no puede ser consciente “en sí misma”. Lo que introduce esta relación inconsciente es una ambivalencia en el acto de la interpretación. El Yo

pronominal del enunciado no puede ser obligado a dirigirse [address], en sus propias palabras, al sujeto de la enunciación, pues éste no es personificable, sino que queda en una relación espacial dentro de los esquemas y estrategias del discurso. Literalmente, el sentido de la emisión no es ni el uno ni el otro. Esta ambivalencia se hace más notoria cuando comprendemos que no hay modo de que el contenido del enunciado revele la estructura de su posicionalidad; no hay modo en que el contexto pueda ser leído miméticamente fuera del contenido. (Bhabha 2007, 57)

Con esta cita espero ilustrar no sólo la dificultad (e inevitable fracaso) de hablar de una cultura distinta a la propia, ya que cada enunciado es reproducido (es decir, es producido nuevamente) por el sujeto que lo enuncia, sino además la inestabilidad inherente dentro de cada cultura, supuestamente “homogénea”, en sí misma. Si el posicionamiento del sujeto está implícito en el enunciado como tal, y consideramos que este sujeto es a su vez un proceso, un “convertirse en”, entonces la calidad ambigua y múltiple de la cultura (supuestamente unitaria) se vuelve evidente.

Así, trabajar desde el concepto de hibridez nos permite acercarnos al texto no sólo en cuanto a las identidades culturales periféricas que representa, sino también en relación a los discursos hegemónicos cuyas ambigüedades e inconsistencias pone en relieve.

Históricamente, la existencia y manifestación de las identidades híbridas que se forjan en las fronteras (físicas y culturales) nos ha llevado a reformular y reestructurar nuestro propio concepto de identidad. Cada uno construye una identidad, consciente o inconscientemente, a partir de las herramientas conceptuales que le brinda su contexto. No se trata sólo de identificarse como mujer, por ejemplo, sino de definir para sí misma qué abarca la categoría de mujer. ¿Cómo afecta mi ser hispanoamericana la forma en que me defino como mujer? ¿O viceversa? ¿Y cómo afecta esto mi clase? ¿Mi educación? ¿Mi posición política? ¿El color de mi piel? Sin embargo, construir una identidad no es sólo un movimiento hacia adentro, sino también hacia fuera, pues mi “yo” es la base sobre la cual me relaciono con el otro, y es en oposición al otro como yo me construyo en un principio. El auto-identificarse es también una forma de agrupación y

resistencia, y aunque puede resultar reduccionista, agruparse conlleva una fuerza política que el individuo no posee por sí mismo. Cómo nos agrupamos es determinado por nuestro contexto sociocultural, aunque en ciertos casos estos grupos son considerados esenciales: por ejemplo, aquellos que defienden la institución del racismo proclaman que la existencia de las razas (y sus supuestas características físicas y mentales claramente delineadas) se da en la naturaleza y es por lo tanto incuestionable, pero ignoran que la “raza” como sistema de categorías es una

interpretación cultural que se ha hecho de las diferencias fenotípicas entre los seres humanos.

Americanah, la última novela de Adichie, narra la vida de dos amantes nigerianos, Ifemelu y Obinze, su separación, y los dos caminos distintos que cada uno sigue hasta su

reencuentro. Aunque la narración se enfoca alternativamente en ambos, el personaje principal es sin duda Ifemelu, quien se muda a los Estados Unidos para estudiar y permanece allí por 13 años antes de regresar a Nigeria. A partir de sus experiencias con la raza en este nuevo país, Ifemelu comienza a escribir un blog titulado “Raza o Diversas observaciones acerca de los negros estadounidenses (antes denigrados con otra clase de apelativos) a cargo de una negra no estadounidense”, el cual interrumpe la narración con frecuencia y presenta reflexiones críticas sobre muchos aspectos de la vida en aquel país para un inmigrante africano, desde la

conformarse a los estándares de belleza) hasta el poder homogeneizante de la palabra “negro” sobre inmigrantes de diferentes culturas y nacionalidades.

Las entradas del blog de Ifemelu, que suelen aparecer al final de algunos capítulos, actúan como una especie de reflexión metacrítica sobre la temática de la novela, en la que se hacen explícitas las problemáticas raciales que toca la autora en el argumento. Por ejemplo, uno de los escenarios más importantes de Americanah es la peluquería africana a donde Ifemelu acude al principio de la novela para trenzarse el cabello. El tema del cabello recorre el libro, incluyendo una escena en la que Ifemelu consigue una entrevista de trabajo y se alisa el pelo para “ofrecer una imagen profesional”. Más adelante en el libro aparece una entrada de su blog

titulada “Un mensaje a Michelle Obama, más El pelo como metáfora racial”, en el que escribe: O sea: ¿soy yo o he ahí la metáfora perfecta de la raza en Estados Unidos? El pelo. ¿Os habéis fijado alguna vez en cómo aparecen las mujeres negras en los programas de belleza de la televisión? En la foto fea de «antes» la negra sale con su pelo natural (áspero, acaracolado, crespo o muy rizado), y en la foto bonita de «después», alguien ha cogido un metal caliente y le ha alisado el pelo a la fuerza de chamuscárselo. Algunas mujeres negras, [Negras Estadounidenses y Negras No Estadounidenses], preferirían correr desnudas por la calle antes de mostrarse en público con su cabello natural. Porque, haceos cargo, no es profesional, sofisticado, o lo que sea; sencillamente no es normal. (Adichie 2014, cap. 13) El lenguaje pseudo-académico que Adichie a veces utiliza en el blog de Ifemelu, como cuando ésta escribe sobre “los privilegios de los blancos” y el “racismo inverso”, revela el conocimiento que tiene esta autora de las discusiones actuales en los círculos críticos

estadounidenses referentes a la raza, por lo que nos encontramos con una novela que se basa tanto en la experiencia personal de su autora (quien, como especifiqué en la introducción, se mudó de Nigeria a Estados Unidos a los 19 años para recibir una educación universitaria), como en las teorías y crítica cultural que se han desarrollado alrededor de los temas de raza y género en este país. El blog abre un espacio para la intervención casi explícita de la voz autoral en la

narración. En su artículo “Writing «so raw and true»: Blogging in Chimamanda Ngozi Adichie’s Americanah”, Serena Guarracino se refiere a las ventajas de que el personaje principal sea una blogger dentro de la narrativa:

hecho a su personaje una blogger, Adichie respondió: «Quería que esta novela fuera también un comentario social, pero lo quería decir en formas que son diferentes de lo que uno supuestamente debería decir en la ficción literaria». Escribir en blogs, o blogging, se destaca en la novela como tal espacio, insertado en ella pero también por fuera de la escritura creativa, y como un lugar donde las realidades sociales de la raza pueden ser discutidas sin la manifestación de personajes o acción. (2)

Formalmente, la novela es un objeto híbrido que surge de los géneros de la ficción, la

autobiografía y la crítica cultural, así como de dos culturas: la nigeriana y la estadounidense.

En La casa en Mango Street, todo lo que acontece en la novela es narrado desde las percepciones y juicios de una niña chicana en búsqueda de un hogar propio—un lugar en el que finalmente pueda sentir que pertenece. Como indiqué en la sección sobre la historia de los mexicanos en Estados Unidos, la búsqueda por la identidad—asociada en este caso al hogar—es un tema recurrente en la literatura chicana del siglo XX. En su tesis sobre esta novela, Adriane Ferreira Veras cita a Bhabha, quien recurre al concepto de “unhomely” para describir este sentirse fuera de lugar característico de las experiencias migrantes:

[La palabra unhomely] “captura algo de la sensación de enajenamiento que conlleva la relocalización del hogar y del mundo en un lugar profano”. Ser unhomed no significa no tener hogar, “ni puede el unhomely ser acomodado fácilmente en aquella familiar división de la vida social entre una esfera privada y una pública. El momento unhomely te llega de repente” (p.445), y luego te sientes incómodo y fuera de lugar donde deberías sentirte como en casa. Esperanza experimenta este sentimiento “unhomely” de no pertenecer en su hogar. (27) Las identidades de los sujetos que habitan las borderlands son a su vez zonas ambiguas, oscilantes e indefinidas de una forma mucho más perceptible que las identidades normalizadas de aquellos que se perciben a sí mismos como puramente nativos del lugar que habitan. El extrañamiento que provoca el ser y no ser (soy nacional de aquí pero no nací aquí, o soy norteamericano de nacimiento pero culturalmente me alejo de la norma) es precisamente el sentimiento unhomely; es el sentimiento de existir simultáneamente en dos lugares que muchas veces han sido construidos como opuestos (por ejemplo, la oposición Primer Mundo/Tercer

Mundo). En su libro The future is mestizo, Virgilio Elizondo lo resume así: “el mestizo se convierte en el que es rechazado por todos, el verdadero “nada” de este mundo” (80).

En una entrevista con la Johns Hopkins Magazine, Chimamanda Ngozi Adichie habla sobre su concepción de “hogar”:

Mi hogar es Nigeria. Nsukka es el hogar de mi corazón—donde crecí y a donde quiero volver y establecer una colonia de escritores bohemios. Siempre sentiré que no pertenezco [en los Estados Unidos] por completo. Aunque también siento que soy una observadora en Nigeria, nunca cuestiono mi lugar. Estoy más cómoda allá.

La diferencia clave entre ambas concepciones de hogar—Cisneros claramente posiciona su hogar en Estados Unidos, y no en México—tiene que ver mayormente con la generación de inmigrantes a la que cada autora pertenece. Adichie emigró a los Estados Unidos cuando tenía 19 años, mientras que Cisneros nació y creció en este país. Lo mismo sucede con las protagonistas de sus relatos: Esperanza, al igual que Cisneros, se crió en Chicago, mientras que Ifemelu (Americanah) y Akunna (“Algo alrededor de tu cuello”), entre otros personajes, dejaron Nigeria y cruzaron físicamente las fronteras de Estados Unidos, como lo hizo Adichie en su juventud. Como resultado, la conciencia de la propia hibridez es algo que los personajes chicanos de Cisneros han tenido toda su vida, debido a la tensión entre la cultura en la que fueron criados y la cultura dominante que habitan como nacionales de los Estados Unidos, mientras que los

personajes de Adichie pasan de una identidad híbrida que han heredado de su pasado colonial a experimentar el extrañamiento y el impacto de la migración después de realizar el acto de cruzar la frontera.

En realidad, la nacionalidad de Esperanza es un poco ambigua. En “Risa”, se vuelve evidente que retiene algún recuerdo de México:

Un día íbamos pasando una casa que se parecía, en mi mente, a las casas que he visto en México, no sé por qué. Nada en la casa se parecía exactamente a las casas que yo recordaba. Ni siquiera estoy segura de por qué pensé eso, pero

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