Si Descartes sentó la bases del pensamiento racional a nivel filosófico, otros muchos factores socio-culturales y políticos fueron también conformando lo que se ha venido en llamar la modernidad. Uno de los más importantes fue la Reforma Protestante.
Este hecho no sólo debemos entenderlo desde su dimensión intra-eclesial, teológica y del rol que jugaron los reformadores -que sin duda es relevante-, pues da cuanta antes que todo, de la profunda crisis que venía experimentando la Iglesia Católica Apostólica Romana como institución sacralizada, y en consecuencia, como núcleo de sentido central en la cultura europea de su tiempo.68
68Para autores como Albérigo, Lutero “veía claramente dentro de sí la violencia del
pecado y no encontraba en cambio, la eficacia saludable y purificadora de la gracia divina en los sacramentos, ni siquiera de la confesión. Parecíale que después de cada absolución, todo volvía a empezar igual que antes: el pecado la asediaba con renovada fuerza y dentro de él la satisfacción del bien efectuado provocaba un sentimiento penoso y peligroso de complacencia que lo envenenaba todo”. En ALBÉRIGO, GIUSEPPE. “La Reforma Protestante”. Ed. Uteha, México, 1961, pág. 7.
En el siglo XVI, la organización eclesiástica comenzó a suscitar toda oposición y preocupaciones ante la mundanización de los eclesiásticos, el fiscalismo centralizador de la curia
romana, el abandono -según se decía- en que yacía la cura de las almas, la decadencia moral de los conventos y monasterios, el privilegio social y económico que había conseguido el gremio clerical durante la Edad Media y sobre todo, el cobro por la expiación de los pecados, como justificativo para la recaudación de fondos para “la obra del Señor”.
La situación se desbordó cuando el Papa León X publicó una nueva gran indulgencia, con el objeto de recaudar fondos para la construcción de la nueva basílica de San Pedro. Encargado de la recaudación en suelo germánico fue el arzobispo de Maguncia Alberto de Brandeburgo, quien aseguraba una correspondencia mecánica entre el perdón de los pecados y el pago del donativo por parte de los fieles.
Concomitante con el malestar popular que ocasionó este hecho, Lutero publicaría en octubre de 1517, las 95 tesis de Württemberg contra las indulgencias, generando un movimiento crítico de impugnación, a partir de su malestar teológico y político, que fraguaría en una serie de consecuencias culturales. Algunas de las tesis de Lutero, descontando su contenido teológico, tendrían un impacto político y sociocultural en las bases de legitimación de la Iglesia, como por ejemplo:
“ Tesis tercera:(...)La penitencia interior es nula, si no produce varias mortificaciones de la carne.
Tesis cuarta: O sea, que perdura la expiación hasta que perdura el odio de sí mismo (que es la verdadera penitencia interior), o sea, hasta el ingreso en el reino de los cielos.
Tesis quinta: El papa no quiere ni puede condenar pena alguna, sino impuesta por voluntad propia o de los cánones.
Tesis Sexta: El papa no puede condenar culpa alguna, como no sea declarando y aprobando que ha sido condonada por Dios, o
condonando en los casos a él reservados, fuera de los cuales la culpa subsistiría sin duda alguna.”69
Pero Lutero no fue el único que con su crítica teológica y política al estilo eclesiástico romano, provocaría una ruptura total con Roma, su iglesia y la conformación de una nueva teología, socavando de paso su legitimidad.
Si Lutero fue el iniciador de la ruptura, la segunda generación de reformadores, influida por Calvino, fundaría también otra Iglesia separada de Roma. La iglesia de los predestinados, según la cual “Todos aquellos, en efecto, que el
Señor ha escogido y ha considerado dignos de su consorcio, han de
prepararse para una vida dura, laboriosa, atormentada y llena de muchos males de todo género”70.
Pero estos hechos no sólo traerían como consecuencia la pérdida de legitimidad de la Iglesia Romana y el socavamiento de sus bases como núcleo de sentido; sino también una transformación cultural que daría paso a un nuevo tipo de organización social. Con el protestantismo comienza a concebirse el trabajo como vocación y mandato divino, como destino que hay que aceptar y conformarse, lo que asociado al coste psicológico de no saberse en el libro de los elegidos, obligaría a los individuos a volcarse al mundo a través del trabajo, con el fin de reconocer su estado de gracia: “Quien no trabaja, que no coma: Se aplica incondicionalmente a todos; sentir disgusto en el trabajo es prueba de que falta el estado de gracia”71.
69
IBID..
70
CALVINO, JUAN. “De la Soportación de la Cruz, que Constituye una parte de la renuncia de Nosotros mismos”.Texto completo reproducido en IBID.
71
En consecuencia, la valoración ética del trabajo incesante, continuado y sistemático en la profesión, pasó a ser un medio ascético superior y un medio de comprobación absoluta, segura y visible de regeneración y de auténtica fe. “La vida profesional del hombre, debe ser un ejercicio ascético y consecuente de la virtud, una comprobación del estado de gracia en la honradez, cuidado y métodos que se pone en el cumplimiento de la tarea profesional; Dios no exige trabajar por trabajar, sino el trabajo racional en la profesión. Es éste el carácter decisivo de la idea puritana de profesión, no el conformarse con lo que, por disposición divina, le toca a uno a su suerte”72.
De este modo en la cultura occidental, que a diferencia del cosmocentrismo oriental en que la contemplación busca su huida del mundo rehusando en lo posible toda acción, “la áscesis, se basa en la actividad y en su dimensión intramundana, busca transformar activamente el mundo de acuerdo con los ideales religiosos. La salvación queda así vinculada a una conducción de la vida según normas éticas, produciéndose con ella una sistematización y racionalización en el modo de conducir la vida”73.
72
IBID. Pág. 222-223.
73
COUSIÑO, CARLOS. “Razón y Ofrenda”. Cuadernos del Instituto de Sociología. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 1990.
En consecuencia, se comienza a asistir a un proceso de secularización del ámbito sagrado-religioso, el que no puede ser entendido exclusivamente como proceso creciente de racionalización social, ya que lo que ocurre en realidad es un doble proceso; en primer lugar, el debilitamiento de algunos aspectos del ámbito sagrado-religioso, como el cristianismo católico institucional, que se desacraliza en tanto deja de ser el exclusivo dotador sentido, y, en segundo lugar se sientan las bases para la aparición de otras sacralidades provenientes del ámbito laico-secular, que tendrán su manifestación en las instituciones y organizaciones conformadas por el predominio de la racionalidad con arreglo a fines, tales como el Mercado autorregulado y el Estado Racional-Burocrático. Y llamamos a éstos sacralidades, por la legitimación cultural que alcanzan en la sociedad moderna, en tanto núcleos dotadores de sentido, que no necesitan de ninguna referencia externa, más que su propia autoafirmación para llegar a constituirse en ejes de la reproducción social moderna74.
La interrogante a resolver ahora, es saber cuál y cómo se ha sido desarrollando, en los límites de nuestra investigación, este proceso legitimador de las nuevas sacralidades de la modernidad.