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infancia de los niños emocionalmente adaptados. ¿Podrán acaso los sentimientos intensos y placen- teros estimular también este desarrollo? En una cárcel estadounidense se comprobó que los delin- cuentes peligrosos a los que durante el día se les hacía cuidar pequeños animales en sus celdas sólo reincidían en el 20 por ciento de los casos, mientras que los otros, carentes de este «entre- namiento de las emociones», presentaban un índice de reincidencia del 80 por ciento. Esta esta- dística muestra, entre otras cosas, que esas per- sonas que antes habían vivido separadas de sus sentimientos, destruyendo así su propia vida y la ajena, podían desarrollar ahora, en su interior, sentimientos hacia un ser vivo. Esta experiencia les permitió no seguir rechazando su necesidad de amor, recuperar una parte de su autoestima y, de ese modo, tomar decisiones más humanas. Este tipo de datos relativizan la hipótesis que yo compartí durante un tiempo: que sólo la vivencia de los dolores tempranamente reprimidos puede anular los bloqueos emocionales. La experiencia no ha corroborado de forma incondicional esta suposición. Lo cierto es que, hasta ahora, no se han investigado de manera realmente sistemá- tica los otros accesos a las emociones.
Hay personas que han tenido la suerte de po- der formar una feliz relación de pareja y, o bien curarse, o bien, gracias a ella, encontrar la fuerza necesaria para exponerse conscientemente a las privaciones de su infancia y vivir el duelo por
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ellas. Pero también hay otras personas que no han conseguido encontrar una pareja sincera y, sin embargo, han podido vivir y expresar emocio- nes intensas y placenteras en una actividad crea- tiva. Poder expresarse —a través del canto, la mú- sica, la escritura, la pintura o la cerámica— es siempre placentero. Tras leer el libro de Dama- sio, pienso que el enfrentamiento con los traumas reprimidos no es la única, sino una de las mu- chas posibilidades de descubrir la intensidad del mundo afectivo personal y familiarizarse así con él. La ventaja de los otros descubrimientos radica en que pueden cumplir una función constructiva y nutricia, que posibilita por primera vez la inte- gración de las antiguas experiencias dolorosas en caso de que aún sea necesario. Sin embargo, los viejos traumas se desvanecen la mayoría de las veces, pierden importancia en un presente que ofrece al afectado la posibilidad de expresarse li- bremente y, sobre todo, de mantener un estrecho contacto con sus sentimientos y necesidades ac- tuales.*
Nuestro cerebro se asemeja a un ordenador con innumerables programas. ¿Cómo podríamos pretender dominarlos todos y afirmar que un mé- todo terapéutico sería capaz de borrar todos los programas de nuestra educación anterior? Eso me parece hoy prácticamente imposible, incluso
* No me ocuparé aquí de las principales diferencias entre las emo- ciones primarias y secundarias pues rebasaría el marco de este epílogo. 175
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después de cien años de terapia primaria. Pero tal vez sí podremos averiguar cuáles de esos progra- mas trabajan para nosotros y cuáles, en contra. El niño no podía hacerlo, el adulto puede intentarlo. Tal vez lo consiga si busca su autonomía y si, en virtud de su educación, no quiere convertirse en una marioneta de intereses ajenos.
Un refrán dice: «Todos los caminos conducen a Roma». Me he pasado años buscando estos ca- minos porque quería llegar a toda costa a Roma, y una y otra vez perdía el rumbo. Entretanto he descubierto que no hace falta que todos llegue- mos a Roma, sobre todo porque ésta ha sido, desde siempre, la sede del poder sobre el alma hu- mana. Errando el camino también es posible des- cubrir nuevos lugares, en los que valga la pena permanecer más tiempo sin darse prisa. Para mí, «Roma» significaba la posibilidad de descubrir enteramente la historia de mi infancia, que, en- tretanto, he reconocido como una hibris. Sólo desde que renuncié a la idea fija de llegar a una «resolución total», me ha sido posible efectuar nuevos descubrimientos que, aunque quizá sólo valgan para mí misma, me demuestran que tam- bién otras personas pueden hacer sus propios des- cubrimientos y que yo puedo confiar tranquila- mente en que lo harán.
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