• No se han encontrado resultados

IMÁGENES ENCADENADAS

In document Hesse Hermann - Relatos (página 30-52)

En el acogedor salón con las ventanas que miraban al norte y a través de las cuales se veía un falso lago con fiordos armados, me parecía que perdía inmensas horas, lentísimas. De ese paisaje sólo me interesaba la dama de aspecto dudoso que me parecía una pecadora.

Aunque alguna vez desee ver su cara nunca lo logré. La tapaban los cabellos sueltos y sólo se vislumbraba su palidez. Se podía presentir el color castaño oscuro de los ojos. Yo pensaba que debían ser así aunque no concordaran con la cara. Yo aspiraba a descubrirlos en esa palidez y luego guardar en mí en algún lugar secreto de mi recuerdo el orden de sus facciones.

Hasta que ocurrió aquello. Entraron dos muchachos que la saludaron con mucha amabilidad. Me los presentó. Unos pisaverde, y me enojé enseguida porque a uno de ellos le admiraba la delgadez y el corte de su traje. ¡Qué asqueroso es envidiar a los pulcros, los educados, los amables! "¡Contiénete!", me dije en voz baja. Me dieron la mano sin demasiado interés —no sé por qué se las di— y pusieron cara irónica.

Y supe que algo en mí no era normal y me estremecieron unos temblores internos. Al palidecer bajé los ojos y vi que no tenía zapatos sino sólo medias. ¡Siempre sufriría esos accidentes tontos, penosos, mínimos! A nadie le pasaba encontrarse en una reunión a medio vestir frente a gente impecable. Traté aunque sea, con apuro, de tapar el pie izquierdo con el derecho. Y en ese momento, de casualidad, mire por la ventana. A través de ella se veían las costas irregulares del lago con tonos supuestamente aterradores. Miré a los recién llegados sintiéndome humillado, odiándolos y odiándome. Nada me salía bien, todo me era ajeno. Y además ¿qué tenía que ver con ese lago tonto? Pero si yo sentía una responsabilidad era porque la tenía… Miré con fijeza al joven de traje bien cortado. El saco era color arena, las mejillas brillaban y yo sabía que mi examen no le interesaba. No sentiría nada, ya lo sabía.

Justo en ese momento él estaba mirando mis pies con sus burdas medias color verde oscuro. Yo sólo rogué que no estuvieran rotas. El se sonrió con sorna. Tocando el brazo de su amigo le mostró mis pies. El otro se rió con menos disimulo.

— ¡Miren el lago! —les dije señalando la ventana.

El del traje bien cortado ni se dignó mirar, sólo se encogió de hombros. Yo no entendí qué le dijo al otro pero se refería a mi porque oí algo como "ese tipo de medias" y que "cómo lo toleraban en una reunión como ésa". Y esa palabra "reunión" volvió a evocarme, como cuando era joven, un aire de mundo y de elegancia.

Estuve a punto de llorar y miré mis pies tratando de hallar algún remedio. Me di cuenta de que al resbalar había perdido las pantuflas y una de ellas aparecía allí, inmensa, cómoda, color rojo. Traté de agarrarla por el talón pero se me resbaló. Logré

agarrarla antes de que cayera al suelo, en ese momento era más grande, y la sujeté de la punta.

Y en esa liberación interior que experimentaba descubrí el valor inmenso de una pantunfla, cuyo taco la hacía un poco pesada para mi mano. ¡Qué suerte, una zapatilla colorada, mullida, y con cierto peso! La sacudí en el aire y sentí un estremecimiento de placer. Nada era comparable a ella. La llamé por nombre italiano, calziglione.

Cuando le pegué con el calziglione en la cabeza al joven del traje bien cortado y éste se derrumbó a los tumbos, todo lo demás, hasta el lago, dejaron de tener influencia sobre mí. Era libre y tenía fuerza. Con el segundo joven el pisaverde perdió hasta los asomos de defensa y no hubo ni un simulacro de lucha, sino sólo la alegre voluntad del más fuerte. Y no lo odiaba, para mí era importante y hasta querido. Eso sí yo era su amo, porque cada golpe de mi pantufla daba nuevas formas a su cabeza cuidada, la recreaba, la volvía a armar. Y con cada golpe era cada vez más mía, cada vez se acercaba más a ser mi obra. Con un golpe de gracia le hundí la sien. Había terminado. Me agradeció estrechándome la mano.

—Muy bien —señaló con un gesto. Cruzó las manos y dijo con suavidad: —Mi nombre es Pablo.

Mi pecho se ensanchaba de placer y el espacio que me rodeaba crecía. El cuarto — basta de "salón"— desapareció un poco humillado. Y yo estaba al lado del lago azul casi negro. Las montañas atraversaban nubes grises y bajas. El agua de los fiordos, también negra, hervía. Y el viento de sur hacía bailar sus remolinos. Con un gesto di la orden para que empezara la tempestad. Y un relámpago brilló en la oscuridad del azul. Se desencadenó un huracán mientras el cielo transformaba sus nubes en mármoles veteados. El castigado lago hacía subir sus olas amenazadoras de las que la lluvia hacía brotar espuma y gotas de agua que salpicaban. Las oscuras montañas miraban aterradas.

Se amontonaban unas contra otras y parecían pedir algo. Mientras la tormenta cabalgaba inmensos caballos fantasmagóricos una voz muy débil dijo a mi lado: "¡Yo no te he olvidado pálida mujer de cabellos oscuros!" Me incliné y oí con su voz infantil:

—Si vene el lago no se pode quedar aquí…

Miré con emoción a la pecadora, su rostro era la serenidad en medio de una cabellera oscura. Las olas me golpeaban las piernas, el pecho y la pecadora iba a la deriva, indefensa, entre las olas. Me sonreí y tomándola de las rodillas la alcé hasta mí. Otra cosa más bella y redimible. La mujer era muy pequeña, con una tibieza de recién nacida. Me miraba un poco asustada con sus ojos crédulos y así supe que no era una pecadora ni una dama dudosa y lejana. No había pecado ni cosas ocultas: sólo era una criatura.

La saqué del agua, primero la llevé hasta las rocas y después a través de los árboles amenazadores hasta el lugar donde no llegaba la tormenta. Los inmensos árboles trasmitían la dulce belleza de una tranquila naturaleza: poesía y música, pálpitos y alegrías, árboles pintados con la dulzura de Corot, música de Schubert —tan serena— para instrumentos de madera: cosas que con el estremecido soplo de la evocación me atraían a ese santuario tan amado. No sé si ilusoriamente o no el mundo resuena en mil voces y el alma dispone de instantes para cada una de ellas.

Nadie sabe cómo fue la separación, dónde dejé a la pecadora, al niño, a la mujer de negra cabellera. Por allí había alguna escalinata, alguna verja, lacayos, pero todo como

esfumado, como visto detrás de una niebla. Unas figuras como ráfagas iban y venían y un tono de queja contra mí terminó por volverme odioso remolino de siluetas. Todo ese aturdimiento desapareció y sólo quedó Pablo, mi amigo e hijo. Y su rostro demostraba que había que buscar un nombre para esa cara tan conocida. Era la cara del amigo de la escuela, de la niñera con todas las amables y definitivas impresiones del maravilloso primer año.

Se aclaran las sombras interiores, el espíritu muestra sus secretos, se delinea la patria lejana, la existencia desdibujada, el ardor primigenio del manantial en el que duerme el pasado ancestral al lado de los sueños del paraíso primero. ¡Alma, sólo puedes intentar, equivocarte, buscar como ciega en las fuentes agotadas que son el despertar de los sentidos! Y te comprendo alma temerosa: ¡y no hay alimento o agua, premura o ensueño superior al de volver a tu principio! Allí en el agua eres agua, en el bosque, bosque, no hay afuera ni adentro y el aire te ve como ave y las olas como pez, eres rayo de luz en la luz, y sombra en la sombría oscuridad. Y podemos nadar, volar, y caminar y con sonrisas volver a unir las hebras quebradas. Los sonidos rotos vuelven a vibrar. No hay que buscar a los dioses porque somos los dioses. Y el mundo. Y todo lo hacemos a la vez, la muerte y la vida, la creación y la resurrección de nuestros ensueños. Y todos y cada uno de ellos son nuestros mejores sueños: las olas azules, el cielo, la noche cuajada de estrellas y el pez y la voz argentina y feliz y la luz feliz: todos ellos son nuestros sueños, cada uno de ellos el más hermoso de todos. Apenas morimos estamos de nuevo en el mundo. Descubrimos recién la risa y ordenamos las constelaciones.

Y todas las voces son la voz materna. El susurro de los árboles es el susurro que oímos en nuestra cuna. Se abre la rosa de los caminos y todos nos devuelven al hogar.

Aquel a quien le decían Pablo, mi obra y mi amigo, ha vuelto y es tan viejo como yo. Era igual a mi compañero de juventud, pero no sabía con exactitud de quién de todos aquéllos, por eso lo trataba con simpatía y amabilidad para disimular mi confusión. Y él se aprovechaba. Y el mundo pasó de mis manos a las de él. Por eso todo lo anterior ha desaparecido, avergonzado por su nuevo amo que era él.

Estábamos en un lugar llamado París, ante mí se erguía una altísima columna de hierro con peldaños, como una escalera, por los que uno podía trepar. Pablo quiso hacerlo y yo lo seguí. Cuando empezamos a ver los techos y la copas de los árboles más abajo, empecé a angustiarme. Más arriba estaba Pablo que no tenía miedo y se burlaba del mío. Durante un instante casi reconocí su cara y recordé su nombre. El pasado abrió su puerta y a través de ella llegué hasta una época tan lejana como la de la escuela cuando yo tenía esa edad maravillosa que son los doce años. Todo era nuevo y fragante, olía a pan recién horneado y todo estaba envuelto en el halo de la aventura. A los doce años Jesucristo confundió a los doctores. Y nosotros nos sentíamos más sabios y perfectos que nuestros maestros. Todo desfiló caóticamente. Viejos cuadernos con los deberes escolares, los castigos, algún pajarito que mataron con la honda, un bolsillo pegoteado por las ciruelas robadas, los juegos en el agua, los desgarrones en la ropa nueva, las culpas, las oraciones del atardecer, la necesidad de ser héroes que les provocaba cierto verso de Schiller... Pero sólo fue un instante, un brillo fugaz, un torbellino de imágenes y otra vez la cara de Pablo angustiosamente desconocida. Ya ni sabía cuantos años teníamos, a lo mejor éramos jóvenes. Y allá abajo, muy lejos de nuestra escalera el entrecruzamiento de calles al que llamaban París. Cuando superamos todas las torres apareció una pequeña plataforma. Parecía

inabordable. Pero Pablo trepó a ella con toda calma y yo me vi obligado a hacer lo mismo. Me acosté boca abajo sobre ella y miré hacia la calle, como si estuviera sentado en una nube Miré en línea recta hacia abajo sin encontrar ningún objeto que cortara el recorrido. Mi compañero hizo un gesto y pude ver la magnífica visión que se tenía suspendido en el aire. En una calle amplia, a la altura de los techos más altos había una comparsa de lo más heterogénea Parecían malabaristas y a uno de ellos se lo podía ver haciendo equilibrio en una cuerda. Eran muchos y sobre todo muchas jóvenes, creí que eran gitanos. Se movían, se sentaban sobre ese escenario aéreo que parecía un emparrado. Allí vivían. Más abajo se veía la calle y desde allí subía hasta los pies de los que parecían saltimbanquis una niebla volátil.

Pablo dijo algo.

—Sí... —contesté—, todas esas chicas, qué lindo...

Aunque yo estaba mucho más alto que ellas me adhería a mi lugar con miedo mientras ellas revoloteaban seguras; yo sentía que estaba muy arriba y en una posición difícil. En cambio ellas estaban a la altura correcta, ni en el suelo ni tan alto como yo. No mezcladas con todo el mundo pero tampoco muy solas. Y eran muchas. Me di cuenta de que era la paz que yo no conocía.

Sabía que en cualquier momento tenía que empezar a bajar por la escalera y me daba tanto terror que sentí deseos de vomitar: no quería quedarme un minuto más. Desesperado y aterrado busqué los escalones con el pie —ya que no podía verlos— y me quedé colgado en el vacío, a esa altura terrible, durante un terrible momento. Pablo había desaparecido.

Yo me sacudía dominado por el espanto hasta que supe que era la altura y los mareos lo que debía sufrir, las cosas que debía afrontar. Y todo se borró, se esfumó. Me veía colgado en el vacío, me arrastraba por pasadizos subterráneos, me hundía en pantanos y me sentía ahogado por el barro. Todo era sombras y magia. Moverse seriamente, pero con sentido oculto. Estremecimientos, palpitaciones, torbellinos. Terrible tanto la muerte como el renacer.

¡Qué oscuridad nos rodea! ¡Qué extraños y duros senderos recorremos! Hundido en las profundidades vaga confundido nuestro espíritu, pobre alma como eterno Ulises. Pero seguimos el camino, nos deslizamos, nos ahogamos en pozos o corremos al lado de paredones desnudos. Llanto y miedo, temor y quejas. Y seguimos en medio de los sufrimientos y avanzamos golpeando y mordiendo.

De esa niebla demoníaca volvieron a nacer los símbolos. Otra vez el camino, la nostalgia empezaba a iluminarla, el alma se hundió en el dominio de las épocas.

¿Dónde estaba todo? Las cosas y el aire volvieron a ser conocidos. Un cuarto a oscuras, con una lámpara que era mi lámpara, una mesa, algo que podía ser un piano. Estaban mi hermana y su marido. No sabía si ellos en mi casa o yo en la de ellos. No hablaban y se notaba que pensaban en mí preocupados. Yo estaba parado, o caminaba envuelto en una atmósfera de pena, casi una asfixia penosa. Fue entonces cuando empecé a buscar no sé qué, tal vez un libro, pero no podía encontrarlo. Levanté la lámpara pero pesaba mucho sobre todo para mi cansancio. Quise seguir la búsqueda sabiendo que era inútil. Lo único que conseguiría sería crear una confusión peor. Esa lámpara se me caería, su peso era una tortura, y seguiría vagando infinitamente por esa habitación.

El marido de mi hermana me miraba con atención y con cierto reproche. "Se han dado cuenta de que mi locura avanza", pensé mientras trataba de volver a sostener la

lámpara. Mi hermana rogándome con la mirada, mostrándome su amor se me acercó. Sentí que mi alma se desgarraba. Sólo pude estirar mis manos, defenderme, en realidad hubiera querido decir: "¡Basta, basta! ¡Ni sospechan mi dolor, mi profundo desgarramiento!" y volver a repetir. "Déjenme!"

La lámpara iluminaba toda la habitación con una luz tenuemente granate. Se escuchaba la queja de los vientos entre los árboles. Creí que podía percibir la oscuridad de afuera, agua, olor penetrante de hojas caídas, otoño, ¡otoño! Y perdí mi rostro y me vi como otra imagen: era un músico, delgado, sin color, de ojos llameantes, me llamaba Hugo Wolf y esa noche rozaba la locura.

Pero debía continuar mi búsqueda sin futuro, debía llevar la lámpara hasta la mesa, hasta el sofá, hasta un anaquel de libros... Y tenía que defenderme de las miradas tristes de mi hermana que me rogaban y que quería venir en mi ayuda. La tristeza crecía tanto en mí que iba a estallar. Todo lo que me rodeaba tenía una claridad aterradora, mucho más luminosa que la misma realidad. Entre las flores de un vaso estallaba el color granate de una dalia, magníficamente aislada... hasta el pie de la lámpara brillaba tanto, las cosas flotaban en una soledad tan última, como en las telas de los grandes maestros.

Vi con claridad mi destino. Otra sombra, otra vez mi hermana con su pena, la luz de las flores, esas flores tan hermosas... y todo se borró y me hundí en el delirio. "¡Déjenme, qué pueden saber...!" El piano estaba iluminado por un haz de luz y la madera lucía con tanto secreto y hermosura, con tanta nostalgia...

Mi hermana fue hasta el piano. Yo quería defenderme con toda cortesía pero no podía. Mi inmovilidad nada podía trasmitir. ¡Y yo sabía qué iba a pasar ahora! Conocía esa música que diría todo, había llegado su momento, todo caería hecho añicos por ella. Mi alma estaba en tensión y envuelto en lágrimas caí sobre la mesa y escuché con todos mis sentidos y aún más, la letra de la melodía de Wolf:

¿Qué sabéis vosotros, oscuras frondas, de los hermosos tiempos idos?

La patria, tras de las cumbres, ¡cuán lejos está, cuán lejos!

Y para mí todo el mundo se hundió en llanto y música. ¡No se puede decir con cuánto dolor y benevolencia! ¡Llanto, suave hundimiento, gloriosa unión! Todo lo escrito en el mundo no es nada comparado con un instante de sollozos cuando todos los sentimientos son un torbellino y el alma se reencuentra. El frío del alma se derrite y se convierte en llanto y los bienaventurados acompañan al que llora.

Lloraba olvidado de razonamientos mientras desde la terrible opresión me deslizaba con dulzura hacia el sentir de todos los días, anónimo. Y en medio de todo eso un cadáver en su féretro, alguien que me había sido muy querido pero a quien no conocía. Tal vez era yo mismo. Y desde una confusa lejanía llegó otra imagen. ¿En otra vida o hacía mucho tiempo acaso no había visto a un grupo de jovencitas etéreas que revoloteaban en el aire envueltas en las notas de instrumentos de arco?

El tiempo que había corrido borró esa imagen. ¡Y tal vez todo el sentido de mi existencia estaba resumido en ver a aquellas niñas que volaban y lograr ser igual a ellas! Ahora ya estaban perdidas, inalcanzables, insalvables, hartas de girar en torno de deseos sin futuro.

Como una nevada había pasado el tiempo y todo estaba cambiado. Yo caminaba triste hacia una casa muy pequeña, no quería hacerlo porque tenía miedo por algo que pasaba en mi boca. Toqué suavemente con la lengua un diente quebrado y se cayó. El de al lado también. Un médico joven que encontré, ante mi súplica y mi preocupación me dijo: "No tiene importancia —se burló— pasa todos los días." Me dijo mostrando con una mano mi rodilla izquierda: "Ese es problema, así no se puede jugar." Me toqué la rodilla preocupado, pero. . . estaba en su lugar. Tenía un agujero grande como un dedo a través del que se podía palpar una masa blanda y fofa como algo seco. ¡Había empezado la muerte y la putrefacción!

—¿No hay nada que hacer? —le dije con estudiada cortesía. —Ya es tarde —dijo el médico y se fue.

Fui hasta la casita menos desesperado de lo que pensaba y muy cansado. En esa pequeña casa estaba mi madre y yo debía llegar hasta ahí. . . Ya la había oído y había vislumbrado su rostro. Había unos escalones absurdos muy empinados, verdaderos abismos y cuestas cada uno de ellos... Seguro que había llegado tarde... ¿No estaría,

In document Hesse Hermann - Relatos (página 30-52)

Documento similar