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La gran cantidad de técnicas y herramientas de las que actualmente dispone la antropología física generan la ilusión de poder obtener más y mejores resultados que los ofrecidos por un análisis morfológico y antropométrico tradicional.

Además de técnicas físicas como las radiografías (Ferembach et al., 1980; Aufderheide y Rodríguez-Martín, 1998; Keats y Sistrom, 2002), la microscopía óptica y electrónica (Thillaud, 1992; Campillo, 2001), la tomografía y el análisis de la imagen computarizados (Vila, 2003; Sánchez, 1993), los huesos pueden estudiarse mediante técnicas químicas y bioquímicas, que permiten obtener la composición de oligoelementos, colágeno, isótopos estables, o analizar el material genético (Sánchez, 1993; Martínez-Labarga y Rickards, 1999; Kaestle y Horsburg, 2002; González-Ruiz et al., 2013). Sin olvidar la ayuda que proporcionan los programas estadísticos (Robles, 1997; Tremblay et al., 2009; Vacca y Di Vella, 2012) y de tratamiento de imágenes digitalizadas o modelos virtuales (Morse et al., 2013; García-Martínez et al., 2016), se incorporan también a las herramientas disponibles técnicas muy actuales como la morfometría geométrica (Bookstein et al., 2004; Pretorius et al., 2006; Candelas et al., 2016) o la histología (Tamarit, 2003; Cambra-Moo et

al., 2012; García et al., 2016). Más recientemente se han incrementado las posibilidades a nuestro alcance, porque los restos óseos pueden ser digitalizados, modelizados e incluso reproducidos en tres dimensiones de un modo tan exacto que la copia puede ser estudiada casi como si se tratase del hueso original (Vidal et al., 2014).

Pero no solo se han incorporado herramientas y técnicas, sino que la interdisciplinariedad con otras materias ha aumentado notablemente: antropólogos, paleontólogos, tafónomos, arqueólogos, historiadores, médicos, físicos, químicos, matemáticos, informáticos... no hay investigación en la que no participen expertos de dos, tres o más disciplinas. Son muchas las áreas del conocimiento que pueden y deben aportar sus capacidades conjuntamente a los estudios de las poblaciones del pasado.

Las posibilidades que las técnicas y el enfoque multidisciplinario nos ofrecen es enorme, sin embargo, todos los estudios sobre restos óseos, aunque se aborden desde distintos puntos de vista, utilicen distintas metodologías o pretendan objetivos variados, presentan un principio común. Este punto de partida es básico e imprescindible y en muy pocos casos puede ser evitado. Se trata de la identificación del individuo esqueletizado mediante la estimación de su edad de muerte y la determinación de su sexo (Angel, 1969; Masset, 1973; Krogman e Isçan, 1986; Kjellström, 2004; Bruzek et al., 2005, entre otros muchos). Una vez identificado el sujeto o sujetos de estudio, el antropólogo (o el arqueólogo, médico, historiador...) podrá hacer uso de cualquiera de las múltiples herramientas que tiene a su alcance para llevar a cabo su estudio, responder a la pregunta que se haya planteado o comprobar una hipótesis en el contexto de una investigación.

Si bien la estimación de la edad es importantísima y suele estudiarse y realizarse de manera conjunta con la determinación del sexo, ambos son temas suficientemente amplios y complejos para ser abordados de manera independiente. Esta investigación se ha centrado en el estudio de la determinación del sexo, que resulta crucial en todos los estudios antropológicos

sobre restos óseos adultos (Sutherland y Suchey, 1991; Meindl y Russell, 1998; Bruzek, 2002; Kjellström, 2004; Murail et al., 2005).

Para ilustrar la gran importancia de la clasificación sexual de los restos óseos, se han escogido algunos ejemplos relacionados con ámbitos y épocas distintas. Así, en el contexto de la paleoantropología surgió hace unos años un debate muy interesante: la famosa A. afarensis Lucy, ¿fue “Lucy o Lucifer”? (Tague y Lovejoy, 1998). El esqueleto hallado por Don Johanson en 1974 en Afar (Etiopía), cuyas características permitieron concluir que se desplazaba sobre sus pies ostentando desde entonces el título de primer homínido bípedo (Johanson et al., 1978), se identificó desde un principio como femenino (Johanson y Edey, 1981). Casi dos décadas después de su descubrimiento se cuestionó la determinación del sexo realizada (Häusler y Schmid, 1995), aunque la duda fue rápidamente disipada: el esqueleto de Lucy presenta características femeninas (Tague y Lovejoy, 1998).

Algunos trabajos sobre restos óseos prehistóricos han dado lugar a conclusiones que tendrían que ser replanteadas si la determinación del sexo no fuera correcta. A partir de la identificación de los seis esqueletos recuperados del yacimiento neolítico de Châtelliers du Vieil-Auzay (Vendée), del estudio del contexto funerario y del patrón de lesiones identificadas sobre cada uno de ellos, los investigadores concluyen que se trata de un enterramiento ritual con intención de honrar o castigar a seis guerreros masculinos muertos o ejecutados durante un combate (Birocheau et al., 1999). La interpretación de los enterramientos habría sido completamente diferente de haberse determinado sexo femenino para los sujetos.

En estudios de restos óseos referidos a épocas más recientes, concretamente a la Edad Media, se presume una mayor mortalidad femenina ligada al periodo reproductor (Masset, 1973; Bernis et al., 1989; Ortner y Aufderheide, 1991; Campillo, 1995; de Miguel, 2016, entre muchos otros). Esta afirmación, que bien puede ser cierta, ha sido puesta en duda por algunos autores (Wells, 1975; Sullivan, 2004) quienes manifiestan que relacionar la

mortalidad femenina de manera directa con los riesgos asociados a la reproducción es una explicación demasiado sencilla para una cuestión mucho más compleja (Stone y Walrath, 2006; Stone, 2016). En cualquier caso, esta presunción solo puede ser estudiada si la determinación del sexo de los esqueletos se realiza con la máxima fiabilidad posible mediante la aplicación de metodología de eficacia probada (Bruzek et al., 2005; Bruzek y Murail, 2006). Esta afirmación puede aplicarse también a los estudios de género, de interés creciente en arqueología y antropología. El estudio de patrones de actividad de poblaciones pretéritas no puede basarse en el sexo estimado a partir de los materiales hallados junto a los restos óseos, sino que resulta imprescindible el conocimiento del sexo biológico del esqueleto (Sofaer, 2006).

Acercándonos más a la actualidad, en 2001 fueron hallados en Vilnius, además de osamentas de caballos, los esqueletos de más de 3000 individuos esqueletizados que conservaban aún restos de uniformes que les identificaban como miembros de la Gran Armada de Napoleón I. Los estudios realizados conjuntamente por historiadores y antropólogos concluyen que el hallazgo coincide con la retirada de las tropas napoleónicas desde Rusia hacia Francia, a su paso por Lituania, donde murieron en diciembre de 1812. La investigación publicada no concreta de qué manera se ha determinado el sexo de los esqueletos (Signoli et al., 2004), y no se pretende dudar de las conclusiones obtenidas, sino plantear una incógnita: ¿Y si los esqueletos hallados no fueran hombres casi en su totalidad?, ¿cambiaría la historia del s. XIX en Europa?

Por último, en lo que respecta a la paleopatología, el conocimiento del pasado de la enfermedad (Campo, 2015), es imprescindible estudiar la distribución de los signos identificados en los restos óseos por grupos de edad y sexo (Malgosa, 2003a). La interpretación del agente causal de una enfermedad y su desarrollo precisa necesariamente iniciar la investigación realizando lo que en clínica se conoce como anamnesis, que obligatoriamente implica conocer la edad y el sexo del individuo estudiado (Thillaud, 1992; Campo et al., 2013).

Ejemplificada muy brevemente la importancia de la determinación del sexo podemos afirmar que afortunadamente no es una tarea imposible, porque tenemos a nuestra disposición muchas herramientas que permiten distinguir el sexo de un resto óseo, aunque la tarea no está exenta de dificultades. Pero para seguir avanzando en nuestra investigación es necesaria una reflexión desde el punto de vista de la biología, porque ¿qué es lo que pretendemos estudiar? Si hay diferencias en los esqueletos de mujeres y hombres ¿a qué responden? O quizá, más concretamente, ¿qué es el sexo?