CAPÍTULO I. UNA REFERENCIA TEÓRICO CONCEPTUAL
1. El cambio cultural y el proceso de liberación femenina
1.3 La incursión de la mujer en el mercado de trabajo
En el apartado anterior he mencionado cómo, a través de los años, la participación femenina ha alcanzado un número importante dentro de las IES, esto representa el acceso al campo laboral y, con esto, la masificación de la participación femenina en este espacio.
Con la irrupción en el campo laboral, la condición de la mujer se vio modificada. Si bien es cierto, inició ocupando puestos de servicio y/o mano de obra, pero con el paso del tiempo fue alcanzando puestos de mayor jerarquía. Como he mencionado antes, su incursión a los estudios universitarios les ha ofrecido mejores oportunidades de desarrollo y ascenso dentro del espacio laboral.
En el avance hacia la modernidad, la mujer poco a poco deja de lado las tareas que tienen que ver con el rol tradicional de madre-esposa para ocupar parte de su tiempo en múltiples actividades que tienen que ver más con su desarrollo personal que con el bienestar de los otros. Así se va diluyendo el rol tradicionalista para dar lugar al rol moderno del sexo femenino. Como señalan Montesinos y Martínez V. (2002), esta nueva identidad de género proyecta en el imaginario colectivo un nuevo estereotipo femenino: la mujer moderna. Y, sin lugar a dudas, alcanzó el éxito que tradicionalmente se le atribuía al varón.
La mujer desempeña entonces el papel de: mujer-madre-esposa, mujer-estudiante y mujer-trabajadora y busca su superación fuera del espacio privado pasando de ser mujer-
mujer a ser súper-mujer ya que tendrá que cumplir con dobles o triples jornadas para conseguir sus propósitos; la mujer multidimensional, la llama Castells (2007).
Por este desempeño múltiple de actividades es que “El hecho de que el trabajo doméstico de la mujer no tenga una equivalencia monetaria contribuye a devaluarlo, incluso ante sus propios ojos, […]” (Bourdieu 2000:122). Por tanto, la mujer toma conciencia de que el trabajo doméstico no le ofrece retribución económica y busca las vías para acceder al campo laboral. Muchas veces esta decisión se ha visto apoyada por los momentos de crisis que ha pasado nuestro país, en los cuales la mujer se ve obligada a ayudar económicamente para poder solventar los gastos que representa en mantenimiento de la familia. Así, en muchos de los casos, deberá cumplir con el trabajo doméstico y, al mismo tiempo, trabajar fuera del espacio privado para colaborar con el gasto familiar.
En este sentido, las mujeres inician su incursión al campo laboral y, por ende, a la remuneración económica por sus actividades. Esto representa una evolución en el desempeño del rol femenino pues, como menciono en la explicación de las posibles identidades femeninas, el hecho de tener acceso al dinero retribuye poder y, por tanto, decisión en las actividades que se dan dentro y fuera del hogar, ya que “el hecho de colaborar en el ingreso familiar le permitió, poco a poco, participar en las decisiones sobre el gasto familiar, en la condición de la educación de sus hijos, etcétera” (Montesinos 2002:38).
De hecho, las mujeres han venido aumentando su participación en la vida económica de México de manera constante desde hace varios años. A pesar de esto, la diferencia entre hombres y mujeres sigue siendo amplia: en el 2008 encontramos que 42 de cada 100 mujeres mayores de 14 años participaba en actividades económicas, mientras que 78 de cada 100 hombres del mismo rango de edad lo hacen (INMUJERES, 2008).
El que las mujeres ocupen cada vez más puestos de trabajo representa un avance en las oportunidades que las feministas abogaban desde los años setenta; sin embargo, a pesar de que han tenido mayor acceso a este campo, no han logrado el ideal de equidad planteado en los objetivos de la lucha por obtener la igualdad tanto en el espacio privado como en el público.
A la fecha “una de las manifestaciones más claras de discriminación es cuando las mujeres, teniendo la misma capacidad, nivel de estudios y experiencia que los hombres,
reciben un salario menor por hacer el mismo trabajo. En promedio, el salario que se les paga a las mujeres por su trabajo debe incrementarse en 9.5% para lograr la equidad salarial con los hombres” (INEGI 2009).
En este aspecto Bourdieu sostiene que:
La mejor demostración de las incertidumbres de estatuto que se concede a las mujeres en el mercado de trabajo es, sin duda, el hecho de que siempre están peor pagadas que los hombres, en igualdad de circunstancias, y que consiguen unos puestos menos elevados con títulos idénticos, y, sobre todo, que están más afectadas, proporcionalmente, por el paro y la precariedad de empleo, además de frecuentemente relegadas a unos empleos a tiempo parcial, lo que tiene efecto, entre otras cosas, de excluirlas casi infaliblemente de los juegos de poder y de las perspectivas de ascenso ( 2000:115).
La dinámica del ejercicio del poder es un problema que aun no se ha podido erradicar por completo. Haciendo un análisis sobre este problema Olviera y Ariza destacan que ”el cambio en la naturaleza del trabajo a extradoméstico (de actividades asalariadas a por cuenta propia, de tiempo completo a tiempo parcial), como un mecanismo para armonizarlo con las responsabilidades domésticas refuerza la segregación de las mujeres en actividades mal pagadas y con menores oportunidades de ascenso” (Oliveira y Ariza, 2001: 143).
Las mujeres encuentran en su ingreso al espacio laboral, un problema que tiene que ver con la valoración de su trabajo. Se han detectado diversas problemáticas asociadas con la segregación y discriminación dentro del espacio laboral. No se puede negar que en el país contamos con destacadas figuras femeninas que han logrado posicionarse en cargos ejecutivos, no obstante el número de mujeres que han obtenido estos logros aún es mínimo.
Para Montesinos, “De cualquier manera es posible advertir que la mujer «aparece» progresivamente en todas y cada una de las actividades económicas. Lo mismo se las encuentra en la industria manufacturera que en la de la construcción, pero también en los niveles de dirección y mandos medios. Lo mismo como ejecutiva que como funcionaria pública” (2002:37).
Es importante destacar que los puestos ejecutivos son relativamente pocos comparados con el gran número de mujeres obreras que existen en nuestro país, y basta con echar un
vistazo a las ciudades fronterizas del norte del país, donde las mujeres sostienen la industria maquilera por sueldos muy bajos.
En el caso de Veracruz, Estado al que recurrimos para concretar el trabajo de campo, la percepción de los salarios de los hombres es mayor que la percepción de salarios de las mujeres, como se puede ver en la siguiente tabla:
Percepción de salarios en Veracruz por sexo
TOTAL HOMBRES MUJERES
Nivel de ingresos 2,867,437 1,855,470 1,011,967
Hasta un salario mínimo 431,899 217,613 214,286
Más de 1 hasta 2 salarios mínimos 752,913 470,086 282,827 Más de 2 hasta 3 salarios mínimos 498,722 352,518 146,204 Más de 3 hasta 5 salarios mínimos 328,597 233,548 95,049 Más de 5 salarios mínimos 255,681 188,651 67,030 No recibe ingresos 312,901 191,393 121,508 No especificado 286,724 201,661 85,063 Fuente: IVM (2007)
El problema derivado de la percepción de salarios está basada en las afirmaciones de Olveira y Ariza (2001) y el Instituto Nacional de la Mujer, quienes afirman que aún se viven múltiples manifestaciones de discriminación dentro del espacio laboral; y una de las más visibles es la percepción inequitativa de sueldos entre hombres y mujeres aunque estos realicen el mismo trabajo.
Como nos muestra la tabla anterior, la mayor parte de las mujeres económicamente activas recibe hasta un salario mínimo. Si la cantidad de salarios va en aumento, el número de mujeres que perciben un salario mayor cada vez son menos. De las mujeres veracruzanas que trabajan, el 21.1 por ciento recibe un salario mínimo por su trabajo, mientras que el 15 por ciento de los hombres recibe una remuneración igual. Las mujeres que alcanzan a percibir más de cinco salarios mínimos representan al 6.6 por ciento mientras que los hombres representan al 8.9 por ciento.
De esta forma se puede afirmar que todavía distamos de lograr una equidad completa dentro del espacio laboral, pues en este se suscitan manifestaciones de discriminación que apuntalan hacia la violencia simbólica (Bourdieu, 2000a) que se vive en nuestra sociedad.
Una de las desventajas que viven las mujeres que se desempeñan dentro de alguna organización es que deben adaptarse al sistema androcentrísta que las caracteriza, es por ellos que se ven obligadas a adoptar cualidades, comportamientos y/o actitudes masculinas como mecanismo de defensa para no perder su puesto.
Al respecto, Montesinos menciona que:
[…] aquellas mujeres que pueden ser caracterizadas a partir del éxito, necesariamente tienen que incorporar a su identidad todas a aquellas cualidades o rasgos asociados a lo masculino. Como es el caso de la inteligencia, por tanto la razón, la experiencia profesional que eleva su capacidad de competencia, la capacidad de liderazgo, el don de mando que refleja el acceso al poder, así como el hecho que a su personalidad se le asocie la autonomía necesaria para llevar a cabo un proyecto de vida autónoma de la influencia de otros (Montesinos, 2005:43).
Esto nos ha llevado a un problema serio, ya que en muchos de los casos, las mujeres ejecutivas viven tan de cerca el proceso de masculinización en el trabajo que terminan reproduciendo acciones de discriminación en contra de otras mujeres.
Es de esta forma como el espacio laboral se convierte en un espacio de competencia. Las mujeres luchan por mantenerse y ascender en la escala jerárquica mientras que los hombres defienden el espacio que por tradición les pertenece. Esto dará como resultado diversas manifestaciones de discriminación y de violencia dentro del espacio laboral.
Para Martínez V.
El conflicto para el hombre acontece cuando una o más mujeres desarrollan capacidades suficientes para ganar en la competencia mejores posiciones jerárquicas a los hombres. En muchas ocasiones, este resultado provoca por parte de los hombres la acusación de que las mujeres recurren a su sexualidad para obtener los ascensos […] usan este tipo de agresiones para desvalorizar los logros de las compañeras de trabajo (2007:64).
Esta acusación sobre el uso de la sexualidad para obtener mejores cargos nos es de uso exclusivo de los hombres, las mismas compañeras de trabajo recurren a este tipo de acusaciones para estigmatizar a las mujeres que destacan profesionalmente. Así las mujeres, también contribuyen en la construcción del cristal, una cultura machista que
resguarda la máxima esfera de poder para acceso exclusivo los varones (Martínez V., 2001, 1996,1995).
No obstante, se puede observar que las mujeres que tienen mayor participación dentro del espacio laboral, son aquellas que tienen mayor nivel de instrucción. Esto, de alguna forma podría indicar que a mayor nivel de instrucción, mayor conocimiento de sus derechos y obligaciones y, por tanto, mayor respeto a las demás personas; sin embargo, las manifestaciones de violencia que se viven dentro del espacio laboral hacia las mujeres provienen tanto de hombre como de las mismas mujeres.
Para el año dos mil, las mujeres con mayor nivel de instrucción ocupaban un porcentaje mayor, en comparación con los niveles más bajos de instrucción, en la participación en el mercado de trabajo.
Participación económica por nivel de instrucción en México Nivel de
n
instrucció Mujeres Hombres Total
Sin instrucción 27.3 74.6 46.6 Primaria incompleta 28.6 74.6 46.4 Primaria completa 33.2 79.5 54.0 Secundaria 32.8 73.3 53.7 Medio superior y superior 52.3 80.4 66 Medio superior 47.5 77.6 60.9 Superior 62.0 83.9 74.3
Fuente: INEGI, Encuesta Nacional de Empleo 2000.
Se puede observar que 62 de cada cien mujeres con educación superior se encuentra inserta en el mercado de trabajo, mientras que sólo 27 de las que no terminaron la primaria han logrado colocarse dentro de un empleo. Con esto se puede afirmar que la educación superior es el factor que facilita a las mujeres obtener empleo.
Como menciona Bustos:
[en] la participación de mujeres en el trabajo por nivel de instrucción, se observa que el porcentaje mayor corresponde a aquellas con un nivel de instrucción medio superior y superior […]. Sin embargo, al analizar las cifras respecto al rubro de ingresos, lo
que se encuentra es que el rubro con el porcentaje más alto corresponde a las mujeres que perciben menos de 1 salario mínimo al mes […] (2003: 143)
A pesar del alto porcentaje de mujeres que son trabajadoras, el número de hombres económicamente activos las supera en gran medida. Esto puede darse porque “los más altos niveles de escolaridad se asocian con una mayor permanencia de las mujeres en las fuerzas de trabajo, y que las esposas, con o sin hijos pequeños, presentan menor propensión a permanecer en la fuerza de trabajo que las jefas de hogar y las solteras sin hijos” (Oliveira y Ariza, 2001: 136).
Esto se debe a que las mujeres inciden cada vez con mayor fuerza en el mercado de trabajo, impulsadas, en gran medida, por su participación en el sistema educativo superior y, con esto, en el trabajo intelectual. Con esto han logrado posicionarse y ganar espacios que garantiza, de alguna forma, su estabilidad económica; sin embargo, los procesos de violencia vividos dentro del espacio laboral, propiciados por los hombres y por las mismas mujeres, le han impedido lograr un equilibrio en comparación los hombres
Respecto a este punto, Bustos cuestiona:
cómo lograr que el trato sea justo al insertarse en el mercado laboral, donde muchas veces tienen que aceptar cualquier trabajo, con remuneraciones injustas, o bien se les siguen imponiendo obstáculos para frenar su desempeño laboral y llegar a cargos de toma de decisiones, a pesar de que estén en igualdad de condiciones en cuanto a conocimientos, experiencia, etc. , y donde queda claro que la decisión en detrimento de las mujeres obedece a los prejuicios y discriminaciones fincados en los estereotipos y roles de género que colocan en desventaja a las mujeres, en relación con los hombres. (2003:144)
Es indiscutible que, si bien, no puede esperarse un equilibrio entre la participación femenina y la masculina, conforme nuestra sociedad avanza hacia la modernización, la división sexual del trabajo tiende a desaparecer, por ello pareciera que la desigualdad entre hombres y mujeres ya no es válida si se justifica desde esta perspectiva, no obstante, el trabajo de la mujer sigue desvalorizado en relación con el del hombre (Montesinos, 2002).
A pesar de las desventajas que viven miles de mujeres mexicanas en el espacio laboral, su incursión en este espacio es cada vez más una razón más para continuar en el mercado de trabajo pues, después de participar en éste les es muy difícil regresar al pasado donde
El mercado de trabajo representa una opción de mejorar la calidad de vida no solo de las mujeres, sino también de sus dependientes económicos, por lo que es de esperarse que con el paso del tiempo las mujeres seguirán incorporándose dentro del espacio laboral e irán modificando su situación hasta lograr una participación equitativa que represente la transición total de un país tradicional a un país moderno y, con ello, el rol de las mujeres también dará un salto de la tradición a la modernidad.
1.4 La mujer profesionista.
Como he mencionado en los apartados anteriores, la incursión de la mujer en el espacio educativo superior y en el espacio laboral constituye una forma de superación dentro de la sociedad para el género femenino. Sin embargo, las mujeres que han logrado ingresar a estos espacios y mantenerse en posiciones de igualdad son pocas.
Si bien es cierto, las mujeres han logrado un ingreso casi igual al de los hombres en las diversas carreras universitarias y su índice de titulación es más efectivo en relación con ellos: “De acuerdo con datos del informe Eficiencia Terminal de las Instituciones Mexicanas de Educación Superior, EIMES 2000 de la SEP, en 1999 la eficiencia terminal de las mujeres (49%) fue superior cuatro puntos porcentuales a la de los hombres (45%)” (INMUJERES, 2003:10). En el año 2000 se titulaban 46 mujeres por cada 40 hombres y en el 2001, 54 de cada 46 (SEP, 2005).
La eficiencia terminal de las mujeres se ve reflejada en el número de profesionistas que se encuentran insertas en el campo laboral, ya sea trabajando por su propia cuenta o dentro de organizaciones tanto privadas como de gobierno.
Esta entrada al mercado laboral como profesionistas les da la oportunidad de realizar trabajos intelectuales que le ofrecen una mejor remuneración económica y, por lo tanto, un mejor estatus social. Esto quiere decir que son las profesionistas quienes mejores oportunidades de trabajo encuentran dentro del mercado laboral.
El hecho de que un título profesional brinde la oportunidad de un mejor empleo es una variable significativa para analizar el proceso de transición de las mujeres y el cambio
cultural en México, pues estos se relacionan siempre. El hecho de que mujeres desempeñen trabajos intelectuales bien remunerados en lugar de trabajos manuales con sueldo mínimo significa un posicionamiento social importante para la concepción del género femenino, pues muchas mujeres han dejado de lado el título de amas de casa para nombrarse profesionistas, mujeres exitosa, mujeres que acceden al poder.
Este cambio de títulos trae consigo un cambio en la identidad de las mujeres y, por tanto, en sus comportamientos y en la manera de ejercer el nuevo rol femenino. Ya que las profesionistas son quienes, de alguna forma, están más cercanas al rol moderno y alejadas cada vez más del rol tradicional femenino (Véase tabla de Cambio cultural). Constituyen por tanto, los símbolos femeninos, más referidos por la cultura moderna, así sea en la expresión social mexicana, donde se vive cotidianamente la coexistencia simbólica del pasado y un tiempo socialmente nuevo.
El hecho de realizar un trabajo profesional, brinda también a las mujeres la posibilidad de considerarse independiente del hombre, económicamente, y partícipe de la toma de decisiones dentro y fuera del hogar, por lo cual, se les atribuyen mayores responsabilidades. Asimismo, no se puede negar que han adquirido más derechos que las mujeres que no han podido, por múltiples razones, incursionar en las IES y, por lo tanto, en el desempeño del trabajo intelectual.
Si bien es cierto, muchas mujeres profesionistas no han logrado conseguir empleos relacionados con la carrera que estudiaron, también es cierto que el hecho de contar con un título profesional les brinda la oportunidad de ocupar mejores puestos dentro de los espacios laborales, ya que la educación universitaria significa mayor preparación y, por tanto, mayor capacidad para desempeñar el trabajo, obviamente, profesional.