montan a los primeros años de la expansión árabe en el siglo VIII, cuando, tras atravesar Irán, las tropas árabes llegaron al Indo y al valle del Pujab, en el actual Pakistán. Pero se trataron de meras incursiones que no se tradujeron en una pre- sencia estable y organizada. Hubo que esperar al siglo XI, con la expansión de la dinastía gaznaví, para ver cómo una dinastía musulmana extendía su poder de- finitivamente al Punjab. Conforme la dinastía gaznaví fue perdiendo espacio en su territorio de origen, Afganistán, a manos de los selyuquíes, se fue recluyendo cada vez más en sus territorios del subcontinente indio, llegando a establecer su capital en Peshawar. En 1149 los Gaznavíes vieron como su capital de origen, Gazna, caía en manos de los guríes, que, más tarde, se hacían con todo el territo- rio de los gaznavíes en el Punjab.
Muhammad Ibn Sam Guri (1160-1206) fue el principal de los gobernantes Guríes, y el que emprendió una decidida política de expansión en el norte de la India, primero acabando con las últimas resistencias de los Gaznavíes y, más tarde, atacando a los señores hindúes que dominaban en el norte de la India, los rajputs. Tras ello, el poder gurí llegó hasta Bengala, en el extremo nororiental de la India. Sin embargo, a la muerte de Muhammad Ibn Sam Guri, la dinastía gurí llegó a su fin. Los esclavos turcos que el sultán gurí había estado utilizando como fuerza de elite en su ejército se hicieron con el poder y pusieron las bases del sultanato de Delhi.
Cuatro dinastías se sucedieron en el control del sultanato de Delhi. La pri- mera fue conocida como la “de los esclavos” (1206-1290). Le siguió la dinastía
jalyí (1290-1320), seguida de la tugluquí (1320-1412), la sayyidí (1414-1451) y, finalmente, la lodhi (1451-1526).
El primero de los sultanes esclavos fue Qutbuddin Aibak, que fue elegido por sus compañeros tras arrebatar el poder a los Guríes. Qutbuddin Aibak sólo llegó a gobernar cuatro años. Le sucedió su hijo, que, debido a su incapacidad para asu- mir el poder, fue sustituido por un pariente de Aibak, Iltutmish (1210-1236), que fue el sultán más importante de esta dinastía. Iltutmish logró someter a todos los líderes de los antiguos esclavos turcos y hacerse con el control del territorio con- quistado por Guri. Con los sultanes esclavos el sultanato de Delhi llegó a hacerse con todo el norte de la India. La casta de los antiguos esclavos, los chihlgan, que habían adquirido mucho poder y participaban, por medio de un consejo, en la toma de decisiones y dominaban el Ejército, suponían un peligro constante para el poder del sultan. El sultán Balbán optó por sustituirlos en el Ejército por gene- rales leales a su persona, unos fueron ejecutados y otros fueron expulsados del territorio del sultán. Durante el sultanato de Balbán los mongoles empezaron a asomar en las fronteras, por lo que decidió crear un sistema de defensa fronterizo que resultó muy eficaz. Tras la muerte de Balbán sobrevino una crisis sucesoria que terminó con la toma del poder por parte de los nobles turcos, los jalyíes.
Durante los treinta años en los que los sultanes jalyíes ocuparon el poder, el sultanato de Delhi se extendió hasta ocupar gran parte del centro del subconti- nente indio. Tras la muerte de Ala al-Din Jalyi, el segundo de los sultanes jalyíes, el sultanato entró en un periodo de desorden en el que incluso llegó a gobernar un sultán que apostató del islam. Tras este periodo, un noble encargado de la de- fensa de las fronteras, Giyat al-Din Tugluq (o Gazi Malik), tomó el poder, iniciando con él la dinastía tugluquí.
Ibn Battuta (1304 - c. 1368) ante el sultán de Delhi Muhammad ben Tugluq
«Al entrar yo, encontré al sultán en la azotea del alcázar, reclinado en el trono; junto a él se encontraban el visir Jawaya Yihan y el gran “rey” Qabula. Saludé y me dijo Qabula, que estaba en pie: “Presenta tus respetos al señor del mundo, pues te ha nombrado cadí en Delhi, la capital del reino, fijando tus honorarios en doce mil dinares por año y asignándote tierras que dan igual rendimiento. Ha ordenado que se te paguen asimismo doce mil dina- res al contado, que podrás recoger del tesoro mañana, si Dios quiere. Se te entregarán además un caballo con silla y brida y una vestidura maharibi”;
Entre la dinastía tugluquí y el final del sultanato de Delhi, pasando por las dinastías sayyidí y lodhi, se vivió una época de continua decadencia en la que el poder central fue perdiendo progresivamente su capacidad para mantener uni- das las distintas provincias que componían el sultanato. De esa forma, éste se
así llaman al vestido de honor que lleva en el pecho y en la espalda la imagen de un mihrab. Hice una profunda reverencia y Qabula me llevó de la mano ante el sultán, que dijo: “No pienses que el cadiazgo de Delhi es un cargo poco importante, entre nosotros lo es más que ningún otro”. Entendí sus palabras pero no sabía responderle correctamente en persa; el sultán, por su parte, comprendía el árabe aunque no lo hablaba bien. Así pues, le dije: “¡Oh, nuestro señor, yo profeso el rito malikí y los habitantes de Delhi son
hanafíes, además de ignorar su lengua”. Me respondió el sultán: “He elegi-
do ya como ayudantes tuyos a Baha’ ad-Din al-Multani y a Kamal ad-Dín al-Biynawri, que te ayudarán a deliberar, siendo tú el que dictamine los jui- cios; ocuparás el lugar de un hijo para mí”. Contesté entonces: “Seré vuestro esclavo y servidor”, a lo que el sultán replicó en árabe: “Muy al contrario, tú eres nuestro dueño y señor”, demostrando así su humildad, bondad y cor- tesía. A continuación, dirigiéndose a Saraf al-Mulk Amir Bajt, dijo: “En caso de que lo asignado no le baste, debido a sus muchos gastos, le daré además una zagüía, si es que puede atender los asuntos de los faquires”. Y añadió: “Díselo en árabe”, pensando que Amir Bajt lo hablaba bien. Pero no era así. Comprendiéndolo, el sultán le dijo: “Marchad los dos por hoy y dormid jun- tos en algún lugar; hazle comprender mis palabras; mañana, si Dios quiere, regresa y comunícame su respuesta”. Partimos pues. Todo esto acontecía en el primer tercio de la noche, habiéndose tocado ya cubrefuego. En la India, nadie sale después de esta señal: así pues, esperamos a que saliera el visir para irnos con él. Las puertas de Delhi estaban cerradas, por lo que pasamos la noche en casa de Sayyid Abu-l-Hasan al-Ibadi al-Iraqui, en la calle Sirapur Jan. Este jeque comerciaba en nombre del sultán, comprando armas y mer- cancías en el Iraq y el Jurasán. Al día siguiente, el sultán nos mandó llamar y recibimos el dinero, los caballos y las ropas de honor. Cada uno de nosotros tomó la saca de los dinares, se la echó al hombro y entró así a saludar al sultán. Trajeron caballos y, tras besar sus cascos, previamente cubiertos con trapos, los condujimos a la puerta del palacio y allí montamos. En la India es necesario observar todas estas ceremonias.»
Ibn Battuta: A través del Islam, traducción y edición de Serafín Fanjul y Federico Arbós, Madrid, Alianza Editorial, 2006, pp. 633-634.
fue dividiendo poco a poco en multitud de pequeños principados independientes que lucharon entre sí para lograr el control sobre el territorio. Durante los prime- ros años del siglo XV la influencia del emperador turco Timur-lang (Tamerlán) se dejó sentir en la India, hasta el punto de que la misma Delhi fue conquistada por sus tropas, que la ocuparon durante un corto espacio de tiempo. Los sayyidí gobernaron en parte bajo la protección de Timur-lang, pero su gobierno no con- siguió devolver su antiguo esplendor al sultanato.
Una dinastía de origen afgano, la lodhi, sucedió a los Sayyidí tras conquistar sus territorios. Sin embargo, tampoco esta dinastía supo solidificar su poder so- bre el sultanato de Delhi, y los enfrentamientos sucesorios se reprodujeron tras la muerte del sultán Sikandar. El enfrentamiento entre los sucesores de Sikandar permitió que un señor mogol (descendiente de los mongoles y los turcos de Ti- mur-lang), Zahiruddin Babur, desde sus posesiones en Asia Central, emprendiera la conquista del sultanato de Delhi, cosa que consiguió en 1526.
La dinastía mogol construyó sobre la mayor parte del subcontinente indio un verdadero Imperio que se mantuvo prácticamente inalterable en sus dimensio- nes hasta que los británicos se hicieron con el control del mismo en la segunda mitad del siglo XVIII. Babur, el primero de los emperadores mogoles, estableció su poder sobre la mayor parte de lo que había sido el sultanato de Delhi, con parte del norte de la India, Pakistán y parte de Afganistán, desde donde Babur había partido para conquistar el sultanato. Babur estableció en el sultanato un sistema de tolerancia religiosa que trataba de evitar los enfrentamientos entre la población hindú y la población musulmana. Para ello, una de las primeras medi- das que tomó como soberano fue la prohibición de matar vacas, ya que resulta- ba una práctica ofensiva para los hindúes. Babur también promovió el comercio con el resto del mundo islámico, sobre todo con Persia, lo cual contribuyó a que la influencia cultural persa se extendiera aun más por el subcontinente indio. También tuvo que hacer frente a la amenaza de Rana Sanga, un rajput hindú que trató de imponer su dominio sobre toda la India. Babur consiguió vencerlo en la batalla de Janwa (1527), lo que significó un duro golpe para las aspiraciones de otros rajputs que, con el tiempo, también tuvieron que someterse al poder mo- gol. Sin embargo, a la muerte de Babur, pareció como si todo su trabajo se fuera a venir abajo, ya que su hijo, Humayun, no supo hacerse con las riendas del Impe- rio y tuvo que ver cómo éste era invadido desde Afganistán por las tropas de Sir Kan, un noble afgano. Humayun tuvo que refugiarse en la corte del sultán safaví de Irán hasta que consiguió reunir fuerzas suficientes para volver a la carga y recuperar su Imperio perdido. Lo consiguió en parte, pero murió al poco tiempo, dejando su trono en manos de su hijo Akbar.
El reinado de Akbar (1556-1605) marcó el periodo de mayor esplendor del Imperio mogol. En primer lugar, consiguió recuperar el territorio que había ocu-
pado el Imperio de Babur, y más allá, llegando a dominar sobre la mayor parte de Afganistán, Pakistán y la India central y septentrional. Por otro lado, con Akbar se pusieron las bases de la administración imperial, mediante la descentralización en provincias, pero manteniendo el control imperial sobre las acciones de los go- bernadores provinciales. Sin embargo, en la cuestión del derecho Akbar dejó gran autonomía a cada comunidad religiosa. Durante su reinado, los hindúes pudieron regular su vida conforme a las normas de su confesión y no estuvieron obliga- dos a obedecer la Ley islámica. Y es que, en materia religiosa, Akbar mostró una gran tolerancia, inusual para su tiempo. Aunque iletrado, la espiritualidad estuvo muy presente en su vida. Empeñado en adquirir un gran conocimiento religioso y profundizar en su espiritualidad se rodeó de un buen número de sabios hindúes, musulmanes y, incluso, cristianos. Tal variedad de visiones le proporcionó una actitud de tolerancia inusual hacia cualquier forma de credo. Para Akbar, hindúes y musulmanes debían ser iguales en derechos, y él mismo se sirvió tanto de unos como de otros para ocupar los puestos de su Administración. Igualmente, para acabar con una discriminación legal que venía de lejos, eliminó el impuesto de capitación que debían de pagar los no musulmanes, la yizya. Akbar se convirtió en un librepensador en materia religiosa, abierto a todas las influencias, hasta el punto de que él mismo encabezó un movimiento espiritual sincretista que se alejaba del islam a la vez que recogía cosas del hinduismo y del cristianismo.
El sucesor de Akbar, su hijo Yahangir, abandonó ese movimiento espiritual de su padre y volvió a la ortodoxia islámica, aunque, al igual que su padre, man- tuvo una política de tolerancia hacia las demás confesiones religiosas. Durante su reinado el Imperio mogol se expandió hasta las estribaciones del Himalaya e in- tensificó la importación de modas iraníes, sobre todo en la vestimenta, la pintura y en la arquitectura. Con él comenzaron a construirse algunas de las más grandes obras monumentales del periodo mogol, con sus magníficos jardines, tendencia que llegó a su cenit con su hijo Yahan (1627-1658), que mandó construir el Taj Mahal, en Agra.
Durante el reinado de Yahan, el Imperio se expandió más hacia el sur. Sin embargo, durante un periodo en el que Yahan cayó enfermo, el Imperio se vio envuelto en una terrible lucha sucesoria entre sus hijos. De la lucha salió vence- dor su hijo Awrangzib, que eliminó la oposición de sus hermanos y depuso a su padre enfermo.
El reinado de Awrangzib (1658-1707) supuso un gran paso atrás en el man- tenimiento del sistema de convivencia que había instaurado Babur y que encotró en Akbar su más importante defensor. Con Awrangzib la tolerancia religiosa no tuvo lugar. Extremista en sus concepciones religiosas, Awrangzib trató de im- ponerlas al resto de la población, por lo que inició una política de acoso a la po- blación hindú, destrucción de templos y reinstauración de la yizya. Esta política
dio al traste con la relativa armonía que había presidido las relaciones entre mu- sulmanes e hindúes durante los reinados anteriores, de forma que la población hindú se fue sintiendo cada vez más incómoda dentro de un Imperio donde no era tratada con equidad. Este sentimiento estuvo en el origen de gran número de revueltas que se reprodujeron durante todo el reinado de Awrangzib. A la misma vez, en el Decán, la meseta central de la India, el pueblo marata se levantó contra el gobierno mogol. Awrangzib tuvo que luchar contra los maratas, sofocar las revueltas hindúes y, a la misma vez, continuó con una política de expansión territorial que le llevó a ocupar las zonas cercanas a Birmania, con lo que el Im- perio mogol llegó a ocupar su mayor extensión. La guerra continuada terminó por extenuar las arcas imperiales, lo que contribuyó a que la administración se deteriorara, y ciertas zonas del Imperio, sobre todo el norte, entraran en un pe- riodo de gran decadencia.
Tras la muerte de Awranzib, el caos se apoderó del Imperio, que se dividió en una serie de principados independientes, mientras el emperador, desde Delhi, no podía hacer nada por remediarlo. Surgieron algunos señores militares que utili- zaron a los siguientes emperadores mogoles como marionetas para sus propias ambiciones. Esta situación de inestabilidad fue aprovechada por los comercian- tes europeos, que desde hacía tiempo venían realizando contactos comerciales en los puertos indios, para mejorar sus posiciones. La británica East India Com- pany se introdujo en el subcontinente comprando el apoyo de algunos príncipes y, tras la batalla de Plassey (1757) se hizo con el control en Bengala, desde donde puedo iniciar su estrategia para apoderarse de toda la India.