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Individualidad y pluralidad: la idea de un “universo abierto” de William James

La influencia que tuvo la obra teórica de William James, y especialmente sus Principles of Psychology, sobre el desarrollo del pensamiento filosófico de John Dewey no es cuestión disputada. Aunque algunos pudiesen pretender minimizarla, ésta es no sólo evidente, sino explícita. Dewey no sólo consideraba que la obra de James era la más importante contribución a la psicología que se hubiese hecho en mucho tiempo, sino que él mismo se propone revisar a la luz de ella su propia versión preliminar de una teoría ética y psicológica todavía muy marcadas por una metafísica y una teología de marcado corte neohegeliano. Su concepción biológica de la psique representa, para Dewey, el más importante avance en el plano biológico y psicológico desde la antigüedad. Sobre la inmensa influencia que sobre él ejercieron la psicología y la filosofía de James, Dewey es explícito en su texto autobiográfico más conocido:

Hasta donde puedo vislumbrar, éste fue un factor filosófico específico que entró en mi pensamiento para darle una nueva dirección y cualidad. Decir que esta influencia procede de su Psychology más que de los ensayos recogidos en el volumen llamado The Will to Believe, o de su Pluralistic Universe, o de su

Pragmatism, es decir algo que requiere explicación. Pues hay, creo yo, dos rasgos no reconciliados en la

Psychology de James. Uno se encuentra en la adopción del tenor subjetivo de la tradición psicológica anterior. […] el punto de vista dominante siguió siendo el de un reino de la conciencia contrapuesta a sí del Este y del Oeste, en la gente de todos los Estados-; dicho genio se muestra a través de su tremenda generosidad. La grandeza de esta nación sería una cosa monstruosa si a ella no le correspondiera la grandeza y generosidad de espíritu de sus

misma. El otro rasgo es objetivo y tiene sus raíces en un retorno a la más primitiva concepción biológica de la psyche, pero un retorno poseído de una gran fuerza y valor debido al inmenso progreso hecho por la biología desde los tiempos de Aristóteles. Dudo si aún hemos comenzado a comprender todo lo que debemos a William James por la introducción y uso de esta idea; como ya lo he insinuado, no creo que ni él mismo lo haya comprendido completa y consistentemente. De todos modos, esto obró cada vez más en todas mis ideas y actuó como un fermento para transformar viejas creencias (From Absolutism to Experimentalism, LW 5: 157).

El tono de lo aquí dicho por Dewey muestra muy claramente que, aunque él tenga algunas reservas con respecto a la psicología y filosofía de William James, sin embargo no niega en ningún momento que éstas fueron de suma importancia en su propia formación, pues modificaron sus creencias anteriores y dieron una dirección y una cualidad específica a su propio pensamiento. Habría que poner de presente, por otra parte, que no se trató en este caso de una influencia meramente externa o impersonal, sino de la modificación del propio pensamiento a través de una relación amistosa77. Dewey profesa hacia William James una profunda admiración como persona y en cuanto filósofo y psicólogo. La mejor prueba de ello se encuentra precisamente en los dos artículos que escribió a propósito de su muerte, el 26 de agosto de 1910, para The Independent (el 8 de septiembre de 1910) y

The Journal of Philosophy (el 15 de septiembre de 1910)78. Allí, tras hacer una breve semblanza de su vida y obra, destaca Dewey tanto las cualidades personales de James (su generosidad, su amabilidad y su tesón) como cualidades filosóficas más específicas; por ejemplo, su sentido de las realidades individuales y concretas, su capacidad de expresión literaria y su sinceridad filosófica.

Se trata, sin embargo, de algo más que de admiración personal o de reconocimiento de su influencia intelectual. Para Dewey, William James representa la expresión más valiosa de un determinado momento de la vida norteamericana: la época pionera. Fue en ese contexto que James introdujo algunas de sus ideas fundamentales (la del derecho a creer en ciertas cosas aún bajo el riesgo de equivocarse, la de un mundo que es el resultado de nuestros propios esfuerzos, pues se encuentra siempre abierto a la novedad y el cambio) que, aunque resultaron intrépidas, e incluso escandalosas, para su tiempo, terminaron por convertirse en un patrimonio común del pueblo norteamericano. Dice Dewey, en un artículo de 1926 en que intenta pensar lo que significa en ese momento la figura de William James para los norteamericanos, lo siguiente:

77 Para comprender el pensamiento de James, y su relación con Dewey y con la cultura norteamericana en general, resulta

muy útil el texto de Raplh Barton Perry El pensamiento y la personalidad de William James (Cfr. Perry, 1973). Para ilustrar la relación existente entre James y Dewey, es particularmente relevante el capítulo XXXIII de dicho libro.

78Estos textos fueron luego reproducidos, junto con un texto que tiene por título “William James in the Nineteen Twenty-

Six” (publicado inicialmente en New Republic, de Junio 30 de 1926) en Characters and Events, ed. Joseph Ratner, pp. 107- 122. Los dos textos arriba indicados se encuentran en LW 6: 91-102.

Sus ideas a propósito de un universo abierto -de un universo que no está aún finalizado y que se mueve en direcciones plurales, en donde hay irregularidades y riesgos, y en donde hay lugar para las novedades y una serie de movimientos en contravía-, aunque parezcan gratuitamente heréticas, han llegado a convertirse, aunque no hayan sido aceptadas por todo el mundo, en lugares comunes de la discusión, aunque apenas hayan pasado veinticinco años. Una cosa es segura: James fue un profeta del futuro. Todas las corrientes vitales de la ciencia y la filosofía se han movido en la dirección que él había señalado. Tiene ya un lugar seguro en la filosofía en general, pues es bastante cierto su lugar como pensador entre los pensadores del mundo. Lo que aún parece incierto es si será un vocero permanente de los Estados Unidos o si sólo será la síntesis de una época, la época pionera, la cual este país ha venido dejando atrás hasta llegar al escenario actual (William James in Nineteen Twenty-Six, LW 2: 158-159).

Es claro que, para Dewey, si bien fueron las ideas psicológicas de James las que tuvieron un influjo más directo sobre su filosofía, es algo mucho más fundamental que sus ideas psicológicas lo que cree aportó James a la vida norteamericana79. ¿De qué se trataba? Sin duda, de una cierta capacidad para pensar el mundo, y para expresarlo, mediante categorías distintivas de carácter vital. James nos enseñó, pensaba Dewey, a percibir el mundo como un inmenso organismo en permanente flujo y movimiento; no sólo nos enseñó que el mundo era algo vivo y dinámico, sino que nos enseñó a

percibirlo y comprenderlo de esa manera. “No es una tautología -dice, de nuevo, Dewey refiriéndose a James- decir que su sentido de la vida era él mismo vital. Tenía un profundo sentido, de origen artístico

y moral, quizá mucho más que „científico‟, de la diferencia entre las categorías de lo vivo y de lo

mecánico; alguna vez, creo yo, alguien podrá escribir un ensayo que mostrará cómo la mayoría de los factores distintivos de su punto de vista filosófico general (pluralismo, novedad, libertad, individualidad) están todos conectados con su sentimiento hacia las cualidades y peculiaridades de aquello que está vivo. Muchos filósofos han tenido mucho qué decir acerca de la idea de organismo; pero lo han concebido estructuralmente y, por tanto, estáticamente. Se reservó para James el pensar en

la vida en términos de vida en acción” (From Absolutism to Experimentalism, LW 5: 157-158).

Es claro, entonces, que el modo como las ideas de James influyen en el pensamiento deweyano no es a la manera de unos cuantos enunciados que fueron tomados por verdaderos por un cierto lector, sino de una forma tal que modifican el conjunto de su pensamiento. Tal vez lo que Dewey acaba de

79 No hay que separar, sin embargo, las ideas psicológicas de James de otros aspectos de su filosofía; por ejemplo, sus ideas

sobre cuestiones religiosas y morales; y, mucho menos, de las implicaciones que dichas ideas psicológicas tienen para una más adecuada comprensión de la democracia como modo de vida. En las conferencias que ofrece Dewey en 1919 en Pekín (seis en total, de las cuales dedica las dos primeras a James), se esfuerza por mostrar el vínculo que existe entre la formación artística y la visión que de la filosofía tiene James; y, sobre todo, cómo la noción psicológica de “corriente de conciencia” es la base misma a partir de la cual elabora algunas de sus tesis filosóficas más atrevidas: aquellas que tienen que ver con “la voluntad de creer”, su noción pragmática de la verdad y, especialmente, su idea de un universo abierto y pluralista. Para el

texto de estas conferencias sobre James, véase “Three Contemporary Philosophers. A Series of Six Lectures Delivered in Peking” (MW 12: 205-220).

llamar “categorías distintivas” (pluralismo, novedad, libertad, individualidad) nos ofrezca la clave para

entender de qué forma la filosofía y la psicología de James resultan fundamentales a la hora de comprender los supuestos más fundamentales de un individualismo democrático al estilo del planteado por Dewey. El estilo de James no es el de un científico que nos ofrece sus conclusiones como verdades establecidas, sino el de un artista que nos sugiere escenas posibles de lo que podría ser el mundo si nos atreviésemos a pensarlo de una cierta manera. Lo que busca no es imponernos una verdad o un punto de vista definidos, sino ofrecernos múltiples posibilidades que pueden ser asumidas de acuerdo con condiciones y necesidades diversas y por individuos que, en cuanto diferentes, pueden perseguir fines distintos.

Desde el punto de vista de un individualismo democrático, la categoría clave que James nos ayuda a elaborar es la de pluralidad. Pero, ¿de dónde y cómo surge esta idea jamesiana de un universo pluralista? En primer lugar, sin duda, de su crítica a las filosofías clásicas (materialismo e idealismo), que, a pesar de sus supuestas diferencias ideológicas, comparten, un mismo presupuesto común: su tendencia hacia el absolutismo. Dicha tendencia las lleva a considerar lo que James llama, con una

bella imagen, “un universo en bloque”, es decir, un mundo en donde todo tiene sólo una faceta, un

mundo de una sola pieza. En ese mundo, desde luego (y es ésta la consecuencia más grave que de ello se sigue), no hay lugar alguno para una auténtica novedad, para el cambio real, para la aventura, para lo vago y lo incierto, para la elección y la libertad; en último término, no hay lugar alguno para el desarrollo de una individualidad distintiva. En dicho mundo, toda diferencia, por pequeña que sea, debe ser sacrificada a una unidad preexistente: la de la Materia o la del Pensamiento constituidos como nociones absolutas.

Toda la filosofía de James, considera Dewey, es en cierto modo una protesta contra todas las formas de monismo, es decir, contra todo intento de reducir las partes a un todo único e indiferenciado, contra toda pretensión de que lo que es real existe necesariamente como algo de carácter final, fijo e inalterable. En esta tendencia dogmática hacia el absolutismo incurren por igual teólogos, filósofos y científicos cuando pretenden subordinar cualquier manifestación particular a un propósito único del universo. Dice al respecto James en un pasaje de su más conocida obra, Pragmatism:

Quien quiera que sea que pretenda afirmar que existe una unidad teleológica absoluta, diciendo que hay un único propósito al que todos los detalles del universo están subordinados, lo que está haciendo es establecer dogmas a riesgo propio. Los teólogos, que proceden de forma tan dogmática, encuentran, sin embargo, cada vez más imposible, a medida que nuestro conocimiento de los intereses enfrentados de las distintas partes del mundo se hace más concreto, imaginar a qué pueda siquiera parecerse ese propósito último. Es claro que vemos que ciertos males terminan por servir a bienes ulteriores, que un cierto sabor amargo hace mejor un coctel y que un poco de peligro y dificultad hace más agradable nuestro triunfo. Podemos incluso hacer una vaga generalización y decir que todo mal en el universo no es más que un

instrumento para que éste alcance su mayor perfección. Sin embargo, la dimensión del mal que tenemos efectivamente a la vista desafía toda tolerancia humana; y el idealismo trascendental, tal como aparece en las páginas de los libros de Bradley o de Royce, no nos lleva más lejos que el libro de Job. Los caminos de Dios no son nuestros caminos, de tal manera que no podemos hacer otra cosa que llevarnos las manos a la boca. Un Dios que pueda disfrutar con cosas tan superfluas y horribles no es un Dios al que puedan apelar los seres humanos. Su ferocidad es demasiado grande. En otras palabras, lo “Absoluto”, con su propósito único, no es el Dios que se parece a los hombres en el que cree la gente común (James, Pragmatism. A New Name for Some Old Ways of Thinking, 1949, pp. 142-143).

Este pasaje de James es contundente: es simple dogmatismo pretender subordinar todo lo que ocurre en el universo a un propósito único. Dewey sabe apreciar este punto de vista, pues, además, coincide plenamente con lo que nos enseñan los resultados de las ciencias naturales, con lo que han establecido los nuevos desarrollos de la biología evolucionista o la física cuántica. Ni visiones teleológicas del mundo ni determinismos tienen lugar cuando se acepta la idea de un universo abierto en donde las posibilidades no son singulares sino plurales. La diversidad de la vida en el universo, que nos enseña nuestro conocimiento cuidadoso del mundo, nos impide imaginar un propósito único o necesario. El hecho empírico, experimental -y, por tanto, el punto de partida de todo nuestro intento por comprender el universo-, es la variedad, la diversidad, la pluralidad, es decir, el hecho de la individualidad. No se trata de buscar una causa última del universo o, lo que es lo mismo, una explicación última a nuestro sufrimiento. Se trata, más bien, de reconocer la pluralidad como asunto positivo y de indagar las posibilidades inmensas que ésta nos abre cuando nos comprometemos en su examen.

Las consecuencias que se siguen de esta idea de un universo abierto y plural para una comprensión del individualismo democrático saltan a la vista. Dewey nos las resume en estos términos:

“El mecanicismo y el idealismo le resultaban [a James] abominables puesto que ambos sostenían la idea de un universo cerrado en el cual no hay lugar para la novedad y la aventura. Ambos sacrificaban la individualidad y todos los valores, morales y estéticos, de los cuales depende la individualidad, para que se acomodasen o a un idealismo absoluto o a un materialismo mecanicista, de tal forma que la individualidad fuese simplemente una parte determinada por el todo del cual forma parte. Únicamente una filosofía de pluralismo, de auténtica indeterminación y de un cambio que es real e intrínseco le da significado a la individualidad. Sólo así se justifica la lucha por medio de la actividad creativa y se da

oportunidad para la emergencia de lo auténticamente nuevo” (Time and Individuality, LW 14: 101). La opción por el pluralismo, en contra del monismo, es, en el caso de James, una opción pragmática, es decir, algo que se hace después de haber examinado las posibles consecuencias de uno y otro punto de vista. Pensar el universo como uno implica concebirlo como algo rígido y cerrado, como

algo en donde cada cosa tiene un lugar fijo y predeterminado. Esa, por cierto, es una manera de ver el mundo muy apropiada para cuando se pretende sostener que hay algunos pocos que, por un destino sobrehumano, están llamados a ejercer el poder y el control sobre los demás. Pensar el universo como múltiple y diverso, como abierto y plural, es, por el contrario, dejar el campo abierto a la indeterminación, a la novedad, a lo imprevisto; y, por tanto, es dejar lugar para la elección humana.

Tal vez no vayamos a saber nunca en definitiva si el universo es uno o múltiple; pero, ¿eso qué importa? Lo único que es realmente importante y definitivo, en términos de una vida más rica y mejor, es que resulta preferible la idea de un universo plural en que hay lugar para la diversidad; y que es

mucho más satisfactoria la idea de un “universo de tapa abierta” (la imagen es del propio James)

porque deja mayor lugar a nuestra inventiva y creatividad y porque, en vez de ofrecernos la promesa incierta de un conocimiento seguro o de una salvación que nos viene de un poder superior, nos permite

el reconocimiento de nuestra propia finitud y contingencia. “La hipótesis […] de un mundo todavía

imperfectamente unificado -nos dice James-, y que quizás siempre haya de permanecer así, debe ser abrigada con toda sinceridad. Esta […] es la doctrina del pluralismo” (James, Pragmatism. A New Name for Some Old Ways of Thinking, 1949, p. 161).

Tal vez convenga destacar aquí que, si -como lo propone James- debemos abrazar el pluralismo, no es porque éste sea una visión más exacta o una teoría más correcta sobre lo que es el universo que, por ejemplo, una teoría monista; sino porque, una vez imaginamos las posibles consecuencias de una y otra teoría, nos resulta claro que es una mejor hipótesis, puesto que sus consecuencias nos resultan más deseables. Lo que se propone James no es defender una doctrina pluralista (en el sentido de un conjunto

sistemático de ideas que prueban “la verdad” del pluralismo), sino una actitud pluralista ante el mundo, ante la sociedad, ante los otros seres, ante nosotros mismos. Dicha actitud pluralista no deja de reconocer, por otra parte, que la tendencia a unificar, a buscar unidad, tan propia de los esquemas mentales monistas, posee un profundo valor; más bien, acepta que ella hace parte de toda búsqueda pluralista. El pluralismo no se afirma porque rebata, invalide o deseche el monismo, sino porque lo integra en una unidad más amplia. Dice James en un pasaje de sus conferencias sobre el pragmatismo:

Dejando por fuera de nuestra consideración, por el momento, la autoridad que las visiones místicas puedan eventualmente tener, tratemos el problema de lo Uno y lo Múltiple de un modo puramente intelectual; y veremos entonces con bastante claridad qué es lo que el pragmatismo sostiene. Con su criterio de que son las diferencias prácticas las que determinan el valor de las teorías, vemos que debemos igualmente abjurar tanto del monismo absoluto como del pluralismo absoluto. El mundo es Uno en cuanto sus partes se hallan vinculadas entre sí por alguna conexión definida. Pero es múltiple también en cuanto ninguna conexión definida queda plenamente establecida. Y, finalmente, se va haciendo, de forma gradual, cada vez más unificado por medio de aquellos sistemas de conexión que la energía humana va estructurando a medida

que el tiempo avanza (James, Pragmatism. A New Name for Some Old Ways of Thinking, 1949, pp. 155- 156).

El pluralismo jamesiano es, pues, no la afirmación de una verdad, sino de una actitud. Tal vez sería más exacto decir que de una creencia, si le damos a este término el significado que tiene en la filosofía de James: el de una tendencia, e incluso el de una voluntad de actuar. Creer algo es estar