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El individualismo en su matiz de liberalismo y capita-

D. Juan Jacobo Rousseau (1712-1778)

9. El individualismo en su matiz de liberalismo y capita-

El siglo XX nos ha presentado multitud de opciones sociopolíticas que han ido perdiendo su fundamento, o no han tenido tiempo para desa- rrollar plenamente sus capacidades, o han sido sustituidas violentamente por otras, o han reaparecido después de algún tiempo con otros ropajes. El desfile comenzó en las primeras décadas del siglo, con la democracia liberal, de corte roussoniano y jeffersoniano. Era la democracia de tipo clásico, inspirada en la filosofía del individualismo y del liberalismo, configurada jurídicamente en un Estado de derecho liberal-burgués. Era la ‘‘bella época’’ de Europa y los regímenes constitucionales de los países europeos, junto con el de los Estados Unidos, eran el modelo para todos los pueblos que se sentían o querían ser progresistas y civilizados.

Al tratar de entender y justipreciar la renovación social de nuestros días, es bueno volver la mirada al pasado inmediato y buscar las raíces de los problemas que hoy se plantean en forma tan aguda y dramática en la vida de los pueblos. Esta visión de lo que sucedió en otros tiempos es muy saludable e ilustrativa, porque nos permite hallar el origen de los males actuales y descubrir sus causas.

El liberalismo, es una corriente de pensamiento y de acción que se empezó a manifestar con gran fuerza desde mediados del siglo XVIII. Sus raíces más profundas, sin embargo, estaban en el siglo XVI, desde la reforma protestante. La rebelión contra la autoridad de la Iglesia católica y el principio del libre examen de la Sagrada Escritura, trajeron una espe- cie de desbordamiento de la libertad humana que se fue manifestando más tarde, en diversos campos de la cultura.

Las revoluciones inglesas de 1648 y 1688, realizadas como una rei- vindicación de las libertades del pueblo inglés contra el absolutismo de los reyes, contribuyeron también a esa expansión de la libertad. El Estado absolutista había predominado en el mundo occidental desde el siglo XVI. Pero su predominio se debilitó y llegó a perderse cuando los pue- blos fueron adquiriendo mayor conciencia de sus derechos. Y aquí tam- bién no fueron tanto los cambios económicos y políticos o las guerras y movimientos internacionales los que determinaron el paso del régimen del absolutismo a un régimen democrático, sino más bien la gran influen- cia que ejercieron pensadores distinguidos con sus obras decisivas.

35 González Uribe, Héctor, El individualismo, liberalismo y capitalismo, documento inédito;

El primero que atacó duramente al absolutismo estatal fue el inglés John Locke, quien en su Ensayo sobre el gobierno civil demostró como la fuente y el origen del gobierno político era la voluntad de los ciudadanos y no los pretendidos derechos monárquicos. Más tarde en Francia ----bas- tión del absolutismo en el siglo XVII---- el barón de Montesquieu, inspi- rándose en el pensamiento y en las realidades inglesas, expuso en su obra

El espíritu de las leyes el esquema de un Estado en el que el poder estaba

limitado por el poder mismo, desde dentro, por una sabia división de po- deres y un sabio equilibrio de funciones. En Francia también, en la segun- da mitad del siglo XVII, Juan Jacobo Rousseau, el inconforme, crítico agudo de la sociedad de privilegios y desigualdades de su tiempo, publicó en 1762 El Contrato social, que contenía principios de derecho político y trató de fundamentar el derecho a una sociedad de hombres libres e igua- les. Sus ideas habrían de revolucionar el ambiente francés y manifestar incluso en las obras que prepararon de inmediato, la Revolución de 1789, como la sugerente del abate Emmanuel Siéyès, llamado ¿Qué es el tercer

Estado?, en la cual quería mostrar cómo el estamento popular, que hasta

entonces no había sido nada y sin embargo, era todo en el reino de Fran- cia, aspiraba a ser algo. Este pequeño libro de Siéyès preparó el ambiente para la transformación de los Estados generales en la asamblea constitu- yente, que abolió los privilegios feudales y aprobó la ‘‘Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano’’.

Con la Revolución Francesa y las constituciones políticas que de ella emanaron cambió totalmente la fisonomía del Estado: de un Estado abso- lutista, basado en el poder omnímodo de los monarcas y en los derechos prevalentes de unos cuantos privilegiados, se pasó al Estado democrático, fundado en la soberanía popular y en la igualdad jurídica de todos los ciu- dadanos. Estas ideas inspiraron, durante todo el siglo XIX y comienzos del XX, las nuevas constituciones políticas de los Estados, que abrieron los cauces de una vida democrática y libre para los pueblos.

Estas concepciones del hombre y de la sociedad eran fuertemente in- dividualistas y liberales. Frente a la opresión política del absolutismo re- gio y los privilegios feudales de determinadas clases de la sociedad, se quiso acentuar el valor del hombre como hombre, como simple individuo perteneciente a la raza humana. Y frente a la multiplicidad y complejidad de las leyes, reglamentos y ordenanzas, que regían el mundo de los tribu- tos, finanzas, industria y comercio, se trató de abrir un amplio campo para la libertad de la iniciativa privada y del desarrollo personal.

Pero fueron, sobre todo, los avances de la ciencia y de la técnica y el gran desarrollo de la industria y del comercio en las Islas Británicas, los que activaron el advenimiento de la época del liberalismo en el conti- nente europeo y más tarde en América y otras partes del mundo. Desde Inglaterra se transmitieron las nuevas ideas liberales a Norteamérica y a Francia.

Los economistas ingleses Adam Smith, David Ricardo y Tomás Ro- berto Malthus pugnaron por un desarrollo económico libre y sin trabas. Y en Francia un grupo de pensadores llamados ‘‘fisiócratas’’ entre los que se encontraban Turgot y Quesnay, luchaban por volver a la naturaleza y al cultivo de la tierra, en un afán por romper los artificios y convenciona- lismos de una vida excesivamente ordenada y reglamentada.

Estas ideas encontraron un vehículo apropiado para su difusión en los medios cultos en un gran diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios que se publicaba en Francia desde 1750 con el nombre de La

Enciclopedia. Lo dirigían dos hombres muy empeñosos Diderot y D’A-

lembert y colaboraban con artículos hombres de ciencia y filósofos, eco- nomistas y juristas, literatos y teólogos, como Buffon, Helvetius, D’Hol- bach, Quesnay, Turgot y hasta los célebres Rousseau y Voltaire.

Todos ellos eran partidarios, de un modo o de otro, del pensamiento liberal, que en un mundo lleno de autoritarismo, restricciones y ordenan- zas anticuadas pugnaba por la libertad así de las ideas, como de la vida política, religiosa, comercial, industrial, profesional y agrícola. El libera- lismo, fruto de la ilustración racionalista europea, parecía la mejor solu- ción para un mundo civilizado, tolerante, pacífico y progresista. Se divi- dió, según sus campos de acción, en liberalismo político, económico, religioso e ideológico. Se manifestó también en el campo jurídico e influ- yó grandemente en la reforma de las legislaciones del siglo XIX.

Pero el liberalismo, inspirado en las grandes ideas utópicas y liberta- rias del Siglo de las Luces, encerraba grandes sorpresas que poco a poco se fueron manifestando. Con la libertad de industria y de comercio y con el crecimiento acelerado del maquinismo industrial, se fue desarrollando el espíritu de lucro, y con él la acumulación del capital en unas cuantas ma- nos. Los pequeños talleres artesanos no pudieron competir con las gran- des fábricas y se fueron cerrando. Los trabajadores, que antes habían vivi- do en un régimen cuasifamiliar con los maestros de los talleres, se vieron, de pronto, desprotegidos y lanzados al mercado de trabajo como piezas aisladas que no contaban con más ayuda que la fuerza de sus brazos. Na-

ció así, el capitalismo industrial que como un gran pulpo lanzó sus tentácu- los sobre todos los campos de la actividad económica.