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Influencia de la edad, el género y el nivel socioeconómico sobre el autoconcepto

La influencia que determinadas variables sociodemográficas tienen sobre el autoconcepto/autoestima ha suscitado el interés de muchos investigadores. Las variables que han acaparado la mayor atención han sido la edad, el género y el estatus socioeconómico.

La investigación realizada no ha quedado exenta de los problemas metodológicos y de conceptualización del autoconcepto/autoestima hasta hace un par de décadas, y son los resultados obtenidos desde entonces los que nos permiten extraer algunas conclusiones.

A continuación haremos un breve repaso de la investigación realizada acerca de la relación que la edad, el género y el nivel socioeconómico mantienen con el autoconcepto/autoestima en la adolescencia temprana.

5.1. INFLUENCIA DE LA EDAD

Al margen del desarrollo evolutivo que tiene lugar en la estructura y en el contenido del autoconcepto, el interés de muchos investigadores se ha centrado en la influencia de la edad sobre la evaluación que se hace de dicho contenido.

En general, la literatura refleja un aumento de la autoestima con la edad (Butcher, 1989; Cairns, McWhirter, Duffy y Barry, 1990; Crain y Bracken, 1994; Hirsch y Rapkin, 1987; O’Malley y Bachman, 1983; Simmons y Blyth, 1987; Tashakkori, Thompson, Wade y Valente, 1990; Wade, Thompson, Tashakkori y Valente, 1989). Sin embargo, en la adolescencia temprana se produce un descenso: a los 11 años la autoestima empieza a bajar, llegando a su nivel más bajo a los 13 años aproximadamente (Rosenberg, 1986). Este declive de la autoestima puede deberse a los cambios de la pubertad, así como al cambio del ambiente escolar que tiene lugar a esta edad (Eccles, Wigfield, Flanagan, Miller, Reuman y Yee, 1989). Una vez que el individuo se adapta a estas transformaciones la autoestima aumenta de nuevo (Simmons y Blyth, 1987).

Se han realizado menos estudios que hagan referencia a la influencia de la edad sobre los dominios del autoconcepto y algunas conclusiones son contradictorias. Por ejemplo, Eccles y colaboradores (1989) encuentran que la competencia física percibida disminuye entre los 11 y los 12 años. Por el contrario, Nottelman (1987) encuentra un aumento en estas mismas edades. Van der Berg y Marcoen (1999), utilizando el Perfil de Autopercpción para Niños (SPPC) de Harter (1985) con niños de 4º, 5º y 6º grado1, encuentran que los niños más pequeños tenían puntuaciones más altas en las subescalas de apariencia física y comportamiento/conducta. En la misma línea, Bolognini, Plancherel, Bettschart y Halfon (1996) encuentran que la percepción de la apariencia física y de la aceptación social a los 12 años es mayor que a los 14. Sin embargo, estos autores encuentran que la percepción de la competencia académica es mayor a los 14 años que a los 12. Marsh (1989, 1991), basánsose en sus múltiples estudios transversales y en la revisión de la literatura (Dusek y Flaherty, 1981; Marsh, Parker y Barnes, 1985; Marsh, Smith, Marsh y Owens, 1988; O’Malley y Bachman, 1983; Piers y Harris, 1964; Simmons, Rosenberg y Rosenberg, 1973), sugiere un efecto en forma de U en la evolución de los dominios del autoconcepto durante la adolescencia. En general, al inicio de la adolescencia las puntuaciones en las dimensiones bajan debido a los cambios que tienen lugar en esta etapa y empiezan a ascender durante la adolescencia media (O‘Malley y Bachman, 1983). Esta tendencia tiene lugar en ambos géneros y en las diferentes dimensiones del autoconcepto (Marsh, 1989, 1991).

5.2. INFLUENCIA DEL GÉNERO

Gran parte de la investigación coincide en que las chicas tienen menor autoestima que los chicos en la adolescencia temprana (Balaguer, 1998; Block y Robins, 1993; Brack, Orr y Ingersoll, 1988; Burns, 1979; Hagborg, 1993a; Harter, 1985, 1988a; Kawash, 1982; Marsh, 1989; Rosenberg y Simmons, 1975; Skaalvik, 1986; Trent, Rusell y Cooney, 1994). Por otra parte, respecto a las diferencias de género en las dimensiones del autoconcepto, podemos decir que algunas de estas diferencias favorecen a los chicos y otras a las chicas. El dominio del autoconcepto en el que aparece un mayor efecto del género es el dominio físico. Los resultados de las investigaciones revelan que en la adolescencia los chicos tienen percepciones más positivas acerca de su competencia deportiva y de su apariencia física (Balaguer, 1998; Bolognini et al., 1996; Crain y Bracken, 1994; Eiser, Eiser y Havermans, 1995; Feltz y Petlichkoff, 1983; Hagborg, 1993b; Harter, 1988a; Lintunen, 1995; Marsh, 1989; Marsh, Barnes, Cairns y Tidman, 1984; Mboya, 1994; Moreno, 1997; Nottelman, 1987; Rodríguez-Tomé et al., 1993; Trent et al., 1994). Sin embargo en el caso de las competencias sociales y cognitivas las chicas tienen autopercepciones más positivas que los chicos. Así pues, distintos trabajos han encontrado autopercepciones más positivas de las chicas en los dominios de amistad íntima (Eiser et al., 1995; Hagborg, 1993b; Harter, 1988a), de competencia académica (Marsh et al., 1994; Marsh, 1989; Mboya, 1994) y de

comportamiento (Balaguer, 1998; Eiser et al., 1995). Hay autores que dentro del dominio académico distinguen entre distintos tipos de competencias. Estos estudios han informado que los chicos tienen mayor autoconcepto que las chicas en el dominio de las matemáticas, mientras que las chicas tienen mayor percepción de competencia en el dominio verbal y de lectura (Marsh, 1989; Meece, Parsons, Kaczala, Goff y Futterman, 1982; Stevenson y Newman, 1986).

5.3. INFLUENCIA DEL NIVEL SOCIOECONÓMICO

Hasta finales de los 70, en general, el estudio de la relación existente entre la clase social y la autoestima ha estado lleno de contradicciones, y el estudio de dicha relación en la adolescencia no quedó exento de tales incoherencias. Mientras que autores como Bachman (1970), Rosenberg (1965) y Jensen (1972) encontraban relaciones positivas, aunque débiles, entre la clase social y la autoestima en adolescentes, otros autores como Epps (1969) y Coopersmith (1967) no encontraron relación alguna entre estas variables, y otros como Soares y Soares (1972) y McDonald (1968) encontraron relaciones negativas, de forma que los adolescentes de clases sociales más bajas tenían mayor autoestima que los adolescentes de clases sociales superiores. Rosenberg y Pearlin (1978) atribuían tal falta de concordancia en los resultados a las diferentes medidas de autoestima y de clase social utilizadas, a los diferentes tipos de muestras y a los diferentes análisis estadísticos empleados, lo cual hacía que los resultados no pudieran compararse entre sí. No obstante, estos autores defienden que existe una relación positiva entre la autoestima y la clase social que se fortalece con la edad y, para ello, se apoyan en cuatro teorías: la teoría de los procesos de comparación social (Festinger, 1954), la teoría de las evaluaciones reflejadas (Mead, 1934; Sullivan, 1953), la teoría de la autopercepción (Bem, 1965, 1967) y el principio de centralidad psicológica (Véase Brissett, 1972; Franks y Marolla, 1976; Gordon, 1968, 1976; Kuhn y McPartland, 1954; Rosenberg, 1976). Basándose en los procesos de comparación social, postulan que los niños viven en ambientes relativamente homogéneos en términos de estatus socioeconómico y no perciben diferencias entre ellos y sus pares, luego no es posible la comparación en términos de clase social y, por tanto, ésta no afectará su autoestima. A medida que nos adentramos en la adolescencia se gana consciencia de las diferencias sociales, esto favorece la relación entre autoestima y estatus socioeconómico. Además, conforme aumenta la edad es más probable que las evaluaciones reflejadas –esto es, las creencias acerca de cómo nos evalúan los demás– estén basadas, al menos en parte, en la clase social. La teoría de la autopercepción también proporciona un elemento de apoyo a su hipótesis de que la relación entre autoestima y clase social aumenta con la edad, ya que la autoestima proviene de los logros personales y, mientras que en la edad adulta el estatus socioeconómico puede considerarse un logro personal, no ocurre lo mismo en la infancia, ni siquiera en la adolescencia. Por último, desde el principio de centralidad psicológica se predice que la estratificación social llega a ser más destacada con la edad. Es decir, para los

niños la clase social es algo periférico y sin importancia; a medida que aumenta la edad las personas se identifican con su posición socioeconómica y eso influye sobre su autoestima.

Desde principios de los 80 hasta la actualidad, la mayoría de los estudios realizados han defendido que los adolescentes de niveles socioeconómicos más elevados tienen una autoestima más elevada. Así, Miyamoto y colaboradores (2000) encuentran que en adolescentes de entre 14 y 18 años la autoestima –medida con la escala de autoestima de Rosenberg (Rosenberg, 1965)– está positivamente asociada al estatus socioeconómico (operacionalizado como el nivel académico del miembro de la familia que aporta el principal salario). Housley y colaboradores (1987), utilizando el mismo instrumento para evaluar la autoestima y la renta per capita para evaluar el estatus socioeconómico, obtienen resultados que indican que las chicas de 14 a 16 años de un estatus socioeconómico alto tienen una autoestima más alta que las chicas de un estatus más bajo. Francis y Jones (1996) obtienen resultados que van en la misma línea con adolescentes de 16 años. Estos autores evalúan la autoestima con tres instrumentos: el Inventario de Autoestima de Coopersmith (Coopersmit, 1967), la Escala de Autoconcepto de Lipsitt (Lipsitt, 1958) y la Escala de Autoestima de Rosenberg (Rosenberg, 1965), pero sólo encontraron relaciones significativas entre la clase social y la autoestima evaluada mediante los instrumentos de Coopersmith y de Rosenberg. La clase social estaba operacionalizada a través del empleo paterno. Por otra parte, Mullis, Mullis y Normandin (1992) evalúan la autoestima de una muestra de adolescentes de 14 a 19 años con el Inventario de Autoestima de Coopersmith y el estatus socioeconómico lo evalúan a través de los siguientes indicadores: ocupación del padre y de la madre, nivel educativo del padre y de la madre y renta familiar. Los resultados de estos autores indican que, únicamente se establece una relación significativa entre la autoestima y el nivel de renta familiar. Otros resultados de investigaciones menos actuales también revelan una relación positiva y significativa entre la autoestima y el nivel socioeconómico en la adolescencia (Bledsoe, 1981; Demo y Savin-Williams, 1983; Osborne y LeGette, 1982). Sin embargo, algunos estudios no han encontrado relación alguna entre la autoestima y la clase social en la adolescencia (Filsinger y Anderson, 1982; Hong, 1982; Weller y Levi, 1981).

Han sido menos los trabajos que han estudiado la relación entre el nivel socioeconómico y los dominios del autoconcepto, pero los resultados parecen indicar una ausencia de relación; únicamente el autoconcepto en el dominio académico muestra, en algunos trabajos, una relación significativa y positiva con la clase social. Así, Ridley (2001) encuentra en la renta familiar (como indicador de la clase social) un fuerte predictor del autoconcepto en el dominio académico –evaluado con la Escala de Autoconcepto para Niños de Piers-Harris (Piers, 1984; Piers y Harris, 1964). Estos resultados van en la misma dirección que los obtenidos por Hoare, Elton, Greer y Kerley (1993) con una muestra de 8 a 15 años. Estos autores evalúan las dimensiones del autoconcepto mediante una versión modificada del Perfil de Autopercepciones para Niños o SPPC (Harter, 1985) y encuentran que únicamente la percepción de la competencia académica en los chicos está relacionada con la clase social (operacionalizada a través de la ocupación de los padres), de manera que

a medida que disminuye la clase social, disminuye la competencia académica. Sin embargo, en la literatura también aparecen trabajos que no encuentran diferencias en ningún dominio del autoconcepto entre grupos de diferente nivel socioeconómico, como el llevado a cabo por Kalanek (1997) con el Cuestionario de Autoestima (SEQ) de Dubois, Felner, Brand y Phillips (1996), el cual evalúa el autoconcepto en los dominios académico, deportivo, general, de iguales y de imagen corporal.