Pilar Armanet Desde el punto de vista de los medios de comunicación se está produciendo un debate muy importante sobre la calidad de la información. Es una discusión que recién comienza y que se relaciona con el rol que deben jugar los medios en el desarrollo político, económico y social. Este tema está vinculado con las obligaciones de servicio público que, especialmente en Europa, han estado ligadas a las concesiones de televisión. Esta concepción perdió pie durante unos diez años, con el proceso de privatización e internacionalización de los medio de comunicación, pero ha vuelto a cobrar fuerza la idea que los medios deben contribuir a la formación de los grandes consensos políticos, económicos y sociales que requiere una sociedad democrática.
Este debate está también presente en América Latina y su relevancia es indudable cuando se comprueba que, en un país como Chile, el 78% de los chilenos y chilenas declaran que se informan exclusivamente a través de la televisión. Ello es especialmente significativo cuando algunos exitosos hombres del medio han declarado que el público medio, al que se refieren cuando programan, equivale a una persona que tiene un nivel emocional, intelectual y de alfabetización de un niño de unos 12 años de edad. Esta afirmación cobra particular importancia en la perspectiva
que señalaba Lechner en relación con la simplificación y la pérdida de riqueza del lenguaje. Esta característica de simplificación y pobreza que se percibe en la sociedad es particularmente seria en el ámbito de la televisión. Algunos optimistas, entre los cuales me cuento, ven en Internet una recuperación del lenguaje escrito y de la complejidad. Sin embargo, en nuestros países la conexión se produce sólo en algunos segmentos de la sociedad, por lo que sus efectos no serán percibidos a niveles masivos, a menos que se adopten medidas concretas para evitar nuevas y graves diferencias entre los que tienen y los que no tienen acceso a la sociedad de la información. Entretanto, la televisión vaciada del peso de las ideologías que entregaban un mapa cognitivo y simple para la interpretación de los hechos, ha llenado ese vacío con prejuicios. La información internacional difunde un cúmulo de prejuicios y ello puede percibirse especialmente cuando los hechos no transcurren de la manera esperada. Los prejuicios no explican, por ejemplo, que México y Estados Unidos hayan suscrito un acuerdo de libre comercio, ni que Paraguay haya podido superar su conflicto político reciente en forma razonable. En el terreno económico, por ejemplo, en nuestros países la crisis asiática no ha sido mostrada, ni mucho menos explicada. En los hechos vivimos con el fantasma de una crisis que la mayoría de la gente no tiene idea qué significa ni por qué se produjo. El prejuicio mayoritario que comparte la gente es que los asiáticos lo hacen muy bien en su manejo económico y que si se han equivocado, se han equivocado poco. Por el contrario, parece mucho más fácil, desde los prejuicios, pensar que los que verdaderamente nos hemos equivocado hemos sido nosotros, que en materia de fracasos económicos somos bastante reiterativos.
Otro elemento central de la noticia y su contribución en momentos de crisis tiene que ver con su focalización en el conflicto, lo que nos hace ver los procesos políticos, sociales y económicos sólo desde la coyuntura y el conflicto. Esta particularidad de la información obliga a los actores políticos a actuar en la coyuntura desde la reacción y no desde la propuesta. Es un papel sumamente ingrato para un político no haber previsto, ni menos propuesto nada respecto de esa coyuntura, sino solamente haber reaccionado intentando explicar por qué no se pudo hacer lo que no se hizo oportunamente.
Otra particularidad de la televisión que, una vez más, dificulta su contribución a la construcción de los consensos democráticos se relaciona con la dificultad del lenguaje televisivo para dar cuenta de la complejidad de los problemas actuales. En el proceso del desarrollo político y económico, especialmente en el ámbito de las libertades, la televisión resulta insuficiente para explicar la complejidad y gradualidad en la ampliación de estas libertades. La televisión no es capaz de dar, con los tiempos que maneja y con las características propias de su lenguaje, debida cuenta de las complejidades de los procesos sociales, de manera que se produce una sobresimplificación de los problemas y, consecuentemente, de las posibles soluciones.
Por último, en el tema de la regionalización, la construcción de América Latina como región o la de cualquier otra parte del mundo, se describe desde un punto de vista ritual. Es decir, lo que las personas ven en su casa es el rito de las reuniones, que la gente de a pie percibe como un placer que se dan los gobernantes. No existe una conexión efectiva entre la ritualidad de esos acuerdos y la vida común de las personas. Hay un formalismo en la información y no hay capacidad, o no ha habido capacidad, para vincular los procesos de integración y la vida cotidiana, por ejemplo, la posibilidad de circular y trabajar en otros países, la capacidad para moverse y viajar, son cosas que podrían destacarse en los medios de comunicación y no se destacan. De allí que los procesos de regionalización sigan desvinculados afectivamente de la preocupación de las grandes mayorías.
América Latina y las crisis
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