niños cristianos, cosa que una comisión imperial demostró
ser completamente insostenible. En 1257 y 1267 fueron ani-
quiladas las comunidades judías de Londres, Canterbury, Northampton, Lincoln, Cambridge y otras ciudades. En 1283 los judíos de Castilla —presumiblemente 300 comunidades— fueron encarcelados exigiéndoseles, mediante extorsión, unas tributaciones insólitas: aparte de la expulsión, método al que se recurría en numerosas ocasiones, un obispo o un dignatario secular ansiaban más dinero. Entre 1182 y 1322 los judíos de Francia fueron expulsados y expoliados cinco veces sucesivas. En 1290 un pogrom costó la vida a 10.000 judíos de Bohemia.
En 1298, tras la acusación de haber practicado un asesi- nato ritual, parecen haber sido exterminadas 146 comuni- dades judías de Franconia y de Austria siendo la de Würzbur- go, Franconia, la primera comunidad en caer víctima de aquella persecución: 900 judíos muertos. La católica Bam- berg mató entonces a 137 judíos. La católica Nuremberg a 628 entre hombres, mujeres y niños. En 1328 fueron liqui- dadas, casi al completo, las comunidades judías de Navarra. En 1337 una ola de asesinatos que partió de Deggendorf se extendió por Baviera, Bohemia, Moravia y Austria, afec- tando a 51 localidades. En 1348 los judíos de Basilea fueron quemados en una isla del Rhin; los de Estrasburgo en el cementerio.
En el año 1349 la casi totalidad de los judíos de 350 ciudades y aldeas alemanas fueron exterminados. Casi todos ellos quemados vivos. En ese solo año los cristianos asesi- naron un número de judíos muy superior al número de cris- tianos que cayeron otrora en las persecuciones de que fueron objeto en la Antigüedad. Muchos judíos podrían haberse salvado a través del bautismo, pero prefirieron casi siempre el martirio a vivir como católicos. Estos últimos asesinaron en Maguncia a la comunidad judía más numerosa de Ale- mania, a 600 personas. Tras el asesinato de los judíos de Nuremberg, sus casas fueron confiscadas, sus bienes incau- tados y el obispo de Maguncia se embolsó de ahí 800 guldas. En Bamberg mismo una parte de los judíos fue degollada. Otros se suicidaron incendiándose con todo su ajuar. El
obispo Federico retuvo la casi totalidad de las casas para sí y la sinagoga fue transformada en capilla de María. En Würzburgo, casi toda la comunidad judía se quemó a sí misma en sus domicilios.
En España, las grandes masacres de judíos del siglo XIV se iniciaron con horribles orgías de sangre en Gerona y Bar- celona. En 1391, en Sevilla y por determinación del arzo- bispo Martínez fueron eliminados 4.000 judíos y unos 25.000 vendidos como esclavos. El pogrom se extendió a conti- nuación a numerosas otras ciudades en las que las juderías fueron reducidas a cenizas y sus habitantes despedazados o expulsados.
El 1 de noviembre de 1478 una bula de Sixto IV autorizó a los soberanos españoles a constituir un tribunal de la In- quisición, encargado, el 17 de septiembre de 1480, de iniciar su «trabajo» en Sevilla. A raíz de ello las quemas se cele- braron en público, como auténticas fiestas populares. Vi- viendo aún Sixto la Inquisición quema en Toledo, en sólo tres días, a 2.400 «marranos», denominación aplicada a los judíos convertidos al cristianismo. En poco tiempo parecen haber sido ejecutados casi 30.000.
En Praga, en una sola noche del año 1398 se inmola a 3.000 judíos y en 1420, en Austria, a 1.300. Después que el general de los capuchinos, Capestrano —un furibundo an- tisemita y predicador de cruzadas, inquisidor y santo de la Iglesia, que sigue celebrando su festividad el 28 de marzo—, agitase Silesia en 1453, todos los judíos fueron ejecutados. En Polonia matan a unos 200.000 en 1648. Estas cifras son sólo una parte del total.
La Reforma no alteró en nada el antisemitismo cristiano. Al revés. Tras una fase filosemita en la que los judíos, entu- siasmados por Lutero, anunciaron la alborada del tiempo mesiánico, el Reformador recomendó en panfletos de la peor especie «dura misericordia»y asumió, elocuente, casi seductor, todas las mentiras y fábulas de atrocidades del catolicismo, tanto la de los supuestos envenenamientos de fuentes, como la de los asesinatos rituales de niños. Equiparó los judíos a
los cerdos; los consideró peores que «una puerca»; requirió la pena de muerte en caso de que ejerciesen su culto divino; exigió la prohibición de sus escritos, la destrucción de sus casas, el arrasamiento a fuego de sus escuelas y sinagogas para que «nadie pueda ver en toda la eternidad ni una piedra ni un cascote de las mismas. Hay que proceder así en honor a Nuestro Señor y de la cristiandad, para que Dios vea que somos cristianos».
Hasta poco antes de su muerte, incluso, Lutero aguijo- neaba a los soberanos para que expulsasen a los judíos cuan- do, por lo demás, ya habían sido expulsados de casi todas las ciudades importantes alemanas.
La Contrarreforma, que arrancó en 1540 con la funda- ción de los jesuítas —éstos exigían de cada uno de sus can- didatos la inexistencia de sangre judía de su árbol genealó- gico hasta la quinta, más tarde hasta la tercera generación— se dirigió de modo especialmente fanático contra los judíos. Siendo todavía cardenal Carafa, Pablo IV había ordenado quemar ante sus propios ojos todos los ejemplares del Tal- mud que se pudieron hallar —algo que hizo rápidamente escuela en Italia— quema efectuada en 1553 en el Campo dei Fiori (allí donde unas décadas después quemaron tam- bién a Giordano Bruno, uno de los mayores genios de la Edad Moderna). Este papa renovó todo un repertorio de leyes medievales antijudías, obligando a los judíos a llevar gorros amarillos; prohibiéndoles poseer bienes inmuebles y tener empleados cristianos; excluyéndolos de todos los ran- gos académicos —disposiciones que, con apenas alguna ex- cepción, han estado vigentes en Italia hasta el siglo XIX. Además hizo quemar públicamente en Ancona a 24 hombres y una mujer, todos ellos «marranos». Cuando muchos de éstos, tras el descubrimiento de América, emigran rápida- mente al Nuevo mundo, el viejo les siguió al punto con sus espantosos Autos de Fe.
El destino de los judíos mejoró en Francia gracias a la Revolución y los acontecimientos de 1848 lo mejoró también en casi todos los estados alemanes, aunque no en Baviera.
En Rusia, sin embargo, donde en el siglo XIX vivían dos tercios de la totalidad de los judíos del mundo, descendientes en su mayoría de los que en la Edad Media huyeron de los cruzados y otros piadosos, se produjeron pogroms provo- cados por la doctrina, la conducta o la instigación directa del clero ortodoxo. No es casual que los desmanes antijudíos de 1881 comenzasen en la Pascua. En los años siguientes se les mata a golpes o se les expulsa. En 1903 se les echa de 284 ciudades rusas a una señal dada por el repique de cam- panas o, en ocasiones, a la dada por un pope portador de una bandera con el Cristo crucificado. Unos 50.000 fueron asesinados con la aquiescencia del gobierno.
También en el Occidente persiste el antisemitismo, pro- duciéndose nuevas acusaciones de asesinatos rituales, nuevos suplicios y derramamientos de sangre. El Estado Pontificio restablece el sistema de ghettos hasta el último detalle. En Alemania se funda a finales del siglo XIX una liga antisemita cuyo dirigente será A. Stoecker, el predicador protestante de la corte de Berlín. La revista protestante Kreuzzeitung (El Periódico de la Cruz) y la católica Germania, ejercen de modo especial su papel de libelos de agitación antisemita. Accionista principal de la última: el futuro lugarteniente de Hitler y camarero papal, Franz von Papen.
Siguiendo el ejemplo alemán, también en Austria se fun- dó un «Partido Antisemita»cuyos dirigentes, el príncipe Licch- tenstein y K. Lueger obtienen el placet papal antes de las elecciones. Lueger sería alcalde de Viena por muchos años y el antisemitismo el único punto firme del programa de la Austria «cristianosocial», cuyo «engendro inmediato» (ajui- cio del católico F. W. Foerster en una publicación de la editorial católica Herder) sería A. Hitler.
Cuando ést& recibió el 26 de abril de 1936 en Berlín al obispo Berning acompañado del Vicario general, el prelado Steinmann, les dijo: «Se me ha atacado por el modo de abordar la cuestión judía. La Iglesia Católica ha visto en los judíos, a lo largo de 1.500 años, a unos parásitos. Los ha confinado en ghettos etc. Ha comprendido bien lo que
son. Yo retomo la línea de lo hecho en esos 1.500 años... En los representantes de esa raza yo veo parásitos del Estado y de la Iglesia y con ello presto tal vez el mayor de los servicios al cristianismo.»
Los prelados no replicaron ni con una sola palabra. Era cabalmente el mismo mes en el que el teólogo editor de la revista mensual Seele (Alma) se quejaba al cardenal muni- qués Faulhaber de que «en estos días en que se atiza un odio radical contra los conciudadanos judíos, de los que más de un 99% son con seguridad inocentes, no hay, por lo que veo, ni una sola publicación católica que tenga el valor de proclamar la doctrina del catecismo católico, que no per- mite odiar o perseguir a ningún hombre, menos aún a causa de su raza». Faulhaber replicó perplejo, irritado, irónico, declarando que todo cristiano debía hacer frente a la perse- cución de los judíos, pero que los «altos organismos de la Iglesia», por el contrario, tenían que habérselas con «pro- blemas actuales mucho más importantes» y no querían dar pie «a que el gobierno trocase la insidia contra los judíos en una insidia contra los jesuítas».
Pero era la Iglesia Católica, justamente, la que había fomentado y practicado a cada paso la insidia contra los judíos. Todavía un papa del siglo XX, Pío X, hizo una manifestación literal como ésta: «La religión judía fue la base de la nuestra, pero fue reemplazada por la doctrina de Cristo y no podemos adjudicarle su pervivencia ulterior». Hasta el papa de la Segunda G. M., Pío XII, era por ello resueltamente contrario al establecimiento del Estado de Is- rael. Una vez fundado, apremió «una y otra vez en pro... de la internacionalización de Jerusalén y de los Santos Lugares en toda Palestina. El Vaticano no ha reconocido nunca a ese Estado y, consecuentemente, no tiene relaciones diplo- máticas con él» (G. Stemberger).
Durante el período hitleriano la Iglesia Católica sacó a menudo provecho del antisemitismo y de las teorías racistas de los nazis.
Cristo y el hombre alemán, aparecido en 1935, figura todo
un capítulo sobre El Cristianismo y la raza que trata la cuestión con enfoques científicos, políticos e ideológicos. Entre las apreciaciones científicas hallamos lo siguiente: «Des- de el punto de vista de la Iglesia no hay nada que objetar al nuevo planteamiento de la cuestión, pues la Iglesia bendice toda aspiración a la verdad, de forma que también saluda esta nueva ciencia...». En el enfoque político se censura, incluso, «con desolación» el que «bajo la agobiante penuria económica muchas personas con una herencia biológica sana tienen que permanecer solteros o con escasa prole mientras que personas hereditariamente enfermas se multiplican sin trabas, lastrando a nuestro pueblo con hombres mental y físicamente inferiores».
El tercer enfoque, el ideológico, nos adoctrina así: «De hecho ha sido precisamente la raza judía la que desde un principio se opuso al cristianismo con suma hostilidad. En el evangelio actual es el mismo Salvador (!) quien proclama el repudio de Israel... Dice el Salvador '...pero los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores, donde será el llanto y crujir de dientes'». La Iglesia Católica es ensalzada como «Iglesia de los pueblos paganos». Todos los valores raciales son reputados como buenos y realzados pero «según documenta la teoría racial... el espécimen más noble del hombre nórdico que haya aparecido hasta ahora en el mun- do es el estamento caballeresco de la época medieval de los Hohenstaufen» siendo así que «precisamente ese estamento se configuró bajo la influencia de la Iglesia cristiana».
El libro de sermones del teólogo K. Metzger Predicación
viva publicado en 1936 con lmprimatur nos brinda un ca-
pítulo para el Domingo de la Pasión titulado Acerca de la
superioridad de los cristianos de raza que incluye, a su vez,
la sección «La sangre de Cristo superó la religiosidad judía». Tras poner de relieve la «racialidad», los «cristianos de raza», los santos, se dice sumariamente: «La religión judía debía ser superada. Cristo puede preciarse de haber consumado esa obra sobrehumana... Quien vive en la sangre de Cristo
supera paulatinamente en sí mismo el espíritu y las formas de una religiosidad judía meramente externa».
Todavía en 1941 el jesuíta P. Browe documenta detalla- damente en el Archivo del Derecho Canónico Católico la situación jurídico-canónica de los judíos bautizados y sus descendientes, los «vastagos de judíos», como se reitera a cada paso. Pues si bien éstos no fueron discriminados ni de iure ni de facto en las edades antigua y media, el devastador menosprecio de los judíos por parte de los cristianos, espe- cialemente los de España y Portugal, acabó por afectar a estos «cristianos nuevos».
Desde los años de la transición del siglo XV al XVI estos «vastagos de judíos» fueron excluidos de la mayoría de las órdenes militares, por ejemplo, de la de Alcántara y de la de Santiago. Fuera de la Península Ibérica se les ex- cluyó de la Orden de Caballeros de San Juan, de los Cava- lieri de San Stefano. Pero también las otras órdenes proce- dieron en la época postmedieval a actuar contra los cristianos de sangre judía tales como los canónigos regulares, los tri- nitarios y los mercedarios, los carmelitas, los benedictinos, los cirtercienses, los eremitas de San Jerónimo, los francis- canos, los teatinos, los dominicos. Lo hicieron ante todo «para poder entrar al servicio de la Inquisición». Evidente- mente, los inquisidores debían tener una sangre especial- mente limpia.
El fundador de los jesuítas se mostró ciertamente reser- vado en la admisión de «vastagos de judíos», pero manifestó en dos ocasiones que él reputaba como un gran favor por parte del Señor la descendencia de judíos, pues «¿cómo no considerar un gran favor el estar emparentado con Nuestro Señor y nuestra amada Señora?». No pasó mucho tiempo, sin embargo, y los superiores de los jesuítas de la península excluyeron ya en 1592 a personas de linaje no limpio de sangre... pues tenemos que mantener a la Compañía limpia de aquéllos, ya que sólo son una carga, acarrean perjuicios y escandalizan a muchos círculos serios y, en especial, al Santo Oficio». Un año más tarde, en 1593, la Quinta Con-
gregacion General reunida en Roma extendió la prohibición, por voto cuasi unánime, a toda la compañía, sin que el propio general de la misma pudiera bajo ningún concepto impartir dispensa al respecto. Los generales jesuítas resol- vieron en numerosas ocasiones que no fuesen admitidos can- didatos cuya ascendencia judía era conocida «incluso cuando sus antepasados hasta la decimosexta generación, o más atrás aún, hubiesen sido buenos cristianos... ni siquiera cuan- do de entre ellos hubiesen salido dos cardenales».
El jesuíta Browe concluye su investigación el año 1941: «Según el derecho común actual este obstáculo vinculado a la sangre ha desaparecido. Sólo para los recien bautizados persiste según el Cap. 9876 un plazo de prueba que ya exigió el Concilio de Nicea. Todavía hoy, sin embargo, los des- cendientes de judíos cuyo linaje es conocido no lo tienen sin más tan fácil como otros candidatos, cuyos padres y antepasados fueron «cristianos viejos», a la hora de ser ad- mitidos en el clero o acceder a las dignidades más eleva- das».
La Iglesia Evangélica de Alemania, que ya en 1933 había establecido en sus estatutos una disposición proaria y anti- judía, publicó en 1941 la siguiente notificación (firmada por
los obispos o, en su caso, por los presidentes de las iglesias de los Estados de Sajonia, Hesse, Mecklenburg, Schleswig- Holstein, Anhalt, Turingia y por el presidente de la Iglesia Evangélico-luterana de Lübeck) acerca de la situación ecle- siástica de los judíos evangélicos:
«La autoridad alemana nacionalsocialista ha demostrado irrefutablemente con numerosos documentos que esta guerra de dimensiones mundiales ha sido maquinada por los judíos. Es por ello por lo que tanto en el interior como hacia el exterior ha adoptado aquellas decisiones y medidas contra el judaismo, necesarias para garantizar la vida de los ale- manes.
Como miembros de la comunidad del pueblo alemán, las iglesias evangélicas alemanas de los distintos Lander in- fraescritas están en la primera línea de este histórico combate
de defensa que, entre otras cosas, ha hecho necesaria la Orden Policial del Reich con su calificación de los judíos como enemigos natos del mundo y del Reich, al igual que el Doctor M. Lutero, después de amargas experiencias, plan- teó la exigencia de adoptar las medidas más rigurosas contra los judíos y expulsarlos de los territorios alemanes.
Desde la crucifixión de Cristo hasta nuestros días, los judíos han combatido el cristianismo o bien han abusado de él o lo han falsificado siguiendo propósitos egoístas. El bautismo cristiano en nada modifica la peculiaridad racial, la pertenencia étnica o la naturaleza biológica de un judío. Una Iglesia Evangélica alemana ha de cultivar y promocio- nar la vida religiosa de los miembros de la etnia alemana.
Los cristianos de etnia judía no tienen en ella cabida y no pueden poseer derecho alguno.
Las iglesias evangélicas infrascritas y sus dirigentes han disuelto por ello cualquier nexo comunitario con los cris- tianos judíos. Estamos resueltos a no transigir con ninguna influencia del espíritu judío en la vida religiosa y eclesiástica alemana».
He aquí el camino que conduce directamente a las cá- maras de gas de Auswitz, camino preparado por millares de tratados, sermones, cartas papales y resoluciones conci- liares.
Los obispos y los santos cristianos confiscaron y que- maron, ya en la Antigüedad, incontables sinagogas. Ya en esos tiempos escribieron que el padre de los judíos es el demonio, afirmación repetida después por Streicher 2. En
el s. IX se anticipa literalmente la consigna que después repetirían los nazis: «No compréis nada a un judío». También la estrella judía de Hitler halla su precedente en la Edad Media y la pertinente disposición conciliar fue declarada parte integrante del derecho canónico. Fue la Iglesia la que
2 J. Streicher era el director del semanario nazi Der Stürner, especialmente
virulento y repulsivo en su antisemitismo. Streicher fue condenado a muerte y ahorcado en Nuremberg.
privó ya de derechos a los judíos, la que los despojó, recluyó en juderías, la que los expulsó de innumerables municipios y países y la que los masacró a cientos de miles.
Como quiera que la Iglesia combatió contra todo y todo lo explotó, así lo ha hecho y no en grado ínfimo con su