Ricardo Antoncich, S.J.
La ascesis ha sido considerada en la espiritualidad como el camino arduo del
autodominio, de purificación de las inclinaciones que nos arrastran hacia lo material y nos bloquean la vida espiritual. Es clásica la visión del neoplatonismo que consideró la ascesis como la virtud purificadora que nos aleja de la materia y nos introduce en el mundo del espíritu.
La tendencia de proyectar hacia afuera lo que es obstáculo en nuestra vida espiritual se manifiesta por el menosprecio del cuerpo, de la materia. Nos olvidamos que el mundo material es un mundo también creado y como tal, aunque puede convertirse en
obstáculo de santidad, es fundamentalmente una ayuda e instrumento para la misma. Aves y flores, para Jesús son enseñanzas de confianza en la bondad y providencia del Padre; y el pan que se vuelve objeto perverso cuando es arrebatado de la boca del pobre, es sacramento del amor cuando es compartido con él, desde el fondo del corazón. No es el pan sino la manera de acumularlo egoístamente o de compartirlo fraternalmente lo que nos aleja o acerca al proyecto del Reino de Dios. El “hambre de pan” puede ser signo del “hambre de Dios” cuando lo buscamos fraternalmente, en la feliz expresión de Juan Pablo II, en Lima, en una de sus visitas pastorales.
Por eso la ascesis ignaciana no es simplemente renuncia (no tener) sino disponibilidad, es decir “tener para” de modo que se vuelva signo del “ser” que de igual manera es “ser para”. Creados... “para” nos recuerda Ignacio en el Principio y Fundamento. Es nuestra libertad la que “destina” las cosas en función de los “para’ que son nuestros fines. El núcleo de la ascesis ignaciana es la disponibilidad, es decir, el “tener y el ser” ordenados por la medida del amor y del servicio. ”En todo amar y servir” : esta
consigna no es un acto voluntarístico aislado; es un proyecto de disponibilidad ganado por años de práctica de la ascesis; de la indiferencia ignaciana.
Si es parte de nuestra naturaleza humana tener “pulsiones” del psiquismo, es también tarea de nuestra persona humana, tenerlas en forma racional. Si esas “pulsiones vitales” las traducimos con el neologismo de “ferencias” nos será permitido entrar en un manejo rico del lenguaje que ilumina desde una perspectiva original lo propio de la indiferencia ignaciana.
Nuestras tendencias o “ferencias” buscan lo bueno para nosotros. La diversidad de “estratos” de nuestro propio ser, somático, psíquico, noético, neumático, es decir la totalidad de nuestro cuerpo, psiquismo y espíritu, está orientada hacia bienes que son propios de cada estrato, pero que pueden entrar en conflicto entre sí. Es la exigencia del “orden” la que impresionó a Ignacio. Las “ferencias” son buenas cuando están
“ordenadas”. La libertad de escoger supone pluralidad de opciones; es decir “ferencias” que se “diversifican” porque hay bienes “diferentes” Escoger entre lo diferente es ejercitar una opción de prioridad, es decir una “preferencia” que determina ante lo “diferente” hacia donde encaminamos nuestra “ferencia”.
La ascesis de la disponibilidad es la expresión de la “indiferencia ignaciana” El criterio de la “preferencia” no es tanto “lo que a mí me agrada”, “lo que para mí es útil” sino
aquello que en las cosas, en las personas, en las situaciones me acerca o aleja de mi Creador y Redentor. Antes de hablar de la libertad de preferir hemos sido colocados ante un gran horizonte: la Creación como gesto de gratuidad de Dios, que nos pone a cada ser humano en medio de todo el conjunto de las cosas creadas. La pregunta más sensata, más racional, más importante, es : ¿en qué medida este objeto, esta relación con estas personas, esta situación que vivo se vuelve para mí el campo de una libertad que escoge, que decide, que opta y se autodetermina? ¿Cómo acomodo mi propia voluntad con la voluntad de Dios?
El camino de la ascesis que es saber renunciar a preferencias secundarias, irrelevantes, para elegir “lo que más conduce” revela al final de todo una vocación mística sobre la que debemos volver. En todo deseo hay una “flecha” que nace de nosotros hacia el bien que apetecemos y que expresa por un lado la carencia de ese bien todavía no poseído (y por eso lo deseamos) y que expresa también la presencia, la posesión, de ese bien expresado en la alegría y el gozo.
Esta circularidad del deseo y del gozo que denotan la ausencia y presencia del bien, se da en todo deseo humano que es esencialmente “egocéntrico” aunque no
necesariamente egoísta. La experiencia del amor entre las personas se revela como un egocentrismo que se “descentra” hacia la alteridad. Se da, por decirlo así, un “cruce”de estas flechas, de modo que “mi-deseo” no sólo se vuelve mi-gozo cuando lo deseado por mi es alcanzado en una circularidad ego-céntrica, sino que “mi-deseo” se
“descentra”por la alteridad cuando mira hacia “tu-gozo”, porque lo que deseo es tu felicidad. Solo en el amor interpersonal es posible entender este cruce de flechas; hay mi-deseo y tu-deseo, mi-gozo y tu-gozo, pero en forma cruzada es decir deseo tu gozo y tu deseo es mi gozo; deseamos hacernos felices mutuamente. Ordenar el deseo por la ascesis, culmina en hacer lo que agrada a la persona amada, se vuelve amor y mística. La “disponibilidad” termina por hacer “lo dispuesto” por la persona amada. Ascética y mística en Ignacio forman una unidad integrada y expresada por la obediencia, como una evocación del mandamiento del Señor de la ley del amor; ley que exige
ascéticamente una disponibilidad, amor que se vive místicamente en cumplir la voluntad del ser amado.
Ignacio nos enseñó a rezar: “Tomad Señor y recibid....” El plan apostólico nos pone ante la ascesis de la disponibilidad personal, pero también la colectiva. Como provincias, como comunidades, debemos saborear el decir a Cristo: “Toma...nuestra memoria, nuestra libertad, nuestra voluntad; lo que tenemos y somos; nuestros colegios y nuestras parroquias, nuestros centros de espiritualidad y nuestros centros de promoción y acción social; estamos disponibles a dejarlos, a mantenerlos, a reformarlos buscando solamente tu mayor gloria, el mayor servicio al Reino. Danos solamente tu amor y tu gracia porque esto nos basta; porque allí en nuestra disponibilidad amorosa se unirá la ascesis de la renuncia con el gozo de hacer “lo que tú dispones”.
La disponibilidad, por tanto, no nos deja “vacíos” sino “llenos” porque con ella “hacemos lo que Dios dispone”. La ascesis, expresión de lo penoso de un caminar, se vuelve mística por la anticipación de la alegría que se proporciona al que se ama cuando su voluntad es realizada.
La integración de ascesis y de mística como una característica de la espiritualidad ignaciana nos remite al tema de nuestra próxima reflexión sobre la mística ignaciana.