establishment
de centro en el cual el Partido Socialista y sus asociados eran poco diferentes de los gaullistas, la división entre izquierda y derecha sedesdibujó cada vez más. Sin embargo, la necesidad de un voto radical de protesta permaneció, y como los significantes de la izquierda habían abandonado
el campo de la división social, este campo fue ocupado por significantes de la derecha. La necesidad ontológica de expresar la división social fue más fuerte que su adhesión óntica a un discurso de izquierda. Esto se tradujo en un movimiento considerable de quienes fueran votantes comunistas hacia el Frente
acional. En palabras de Mény y Surel:
En el caso del Fre nte N acion al Francés, mucho s t rabajos han i ntent ado mostrar que la transferencia de votos a favor del partido de la extrema derecha ha seguido lógicas profundamente atípicas. Así, las nociones de «lepenismo de izquierda» ( gaucho-lepénisme) y «lepenismo obrero» ( ouvriero-lepénisme ) se derivan de comprobar que una proporción considerable de los votos del Frente Nacional provienen
de votantes que «pertenecieron» antes al electorado de la izquierda clásica, esp ecialmente del P artido Comun is ta[18].
Pienso que el actual resurgimiento del populismo de derecha en Europa occidental puede explicarse en gran medida siguiendo líneas similares[19]. Dado que nos estamos refiriendo al populismo, hemos presentado esta asimetría entre la función ontológica y su satisfacción óntica en relación con los discursos de cambio radical, pero también puede hallarse en otras configuraciones discursivas. Como he argumentado en otro trabajo[20], cuando la gente se enfrenta a una situación de
anomia radical, la necesidad dealguna clase de orden se vuelve
más importante que el orden óntico que permita superarla. El universo hobbesiano constituye la versión extrema de este vacío: como la sociedad se enfrenta a una situación de desordentotal
(el estado de naturaleza), cualquier cosa que haga el Leviatán es legítima —sin importar su contenido—, siempre que el orden sea su resultado.Existe una última dimensión importante en la construcción de las fronteras políticas que requiere nuestra atención. Tiene que ver con la tensión que hemos
detectado entre la diferencia y la equivalencia dentro de un complejo de demandas que se han vuelto «populares» a través de su articulación. Para cualquier demanda democrática, su inscripción dentro de una cadena equivalencial constituye un arma de doble filo. Por un lado, esa inscripción sin duda otorga a la demanda una corporeidad que de otra manera no tendría: deja de ser una ocurrencia fugaz, transitoria, y se convierte en parte de lo que Gramsci denominó una «guerra de posición», es decir, un conjunto discursivo- institucional que asegura su supervivencia en el largo plazo. Por otro lado, el «pueblo» (la cadena equivalencial) posee sus propias leyes estratégicas de movimiento, y nada garantiza que estas últimas no conduzcan a sacrificar, o al menos comprometer sustancialmente, los contenidos implicados en algunas de las demandas democráticas particulares. Esta posibilidad es aún más real porque cada una de estas demandas está ligada a las otras
solo a través de la cadena
equivalencial, la cual resulta de una construcción discursiva contingente y no de una convergencia impuestaa priori
. Las demandas democráticas son, en sus relaciones mutuas, como los puercoespines de Schopenhauer a los que se refiere Freud[21]: si están demasiado alejados, sienten frío; si se acercan demasiado con el fin de calentarse, se lastiman con sus púas. Sin embargo, no es solo eso: el terreno dentro del cual tiene lugar esta incómoda alternancia entre frío y calor — es decir, el «pueblo»— no es simplemente un terreno neutral que actúa como una cámara de compensación para las demandas individuales, ya que en la mayoría de los casos se torna una hipóstasis que comienza a tener demandas propias. Volveremos luego a algunas de las posibles variaciones políticas de esteuego inconcluso —e interminable— de articulaciones diferenciales y equivalenciales. No obstante, nos referiremos ahora solo a una de ellas, que constituye una posibilidad real aunque extrema, porque implica la disolución del pueblo: a saber, la absorción de cada una de las demandas individuales, como diferencialidad pura, dentro del sistema dominante —con su resultado concomitante, que es la disolución de sus vínculos equivalenciales con otras demandas—. Así, el destino del populismo está ligado estrictamente al destino de la frontera política: si esta última desaparece, el «pueblo» como actor histórico se desintegra.
Vamos a tomar como ejemplo el análisis de la desintegración del cartismo británico realizado por Gareth Stedman Jones en un trabajo pionero ya
cartismo como movimiento
social
, que habría respondido a las dislocaciones resultantes de la Revolución Industrial. Según Stedman Jones, lo que esta imagen del cartismo no toma en cuenta es su discurso (lenguaje, utilizando sus palabras) específico, que lo sitúa dentro de la principal corriente del radicalismo británico. Esta tradición, que tiene sus raíces en la oposicióntory en el
siglo XVIII a la oligarquía
whig
, experimentó un giro hacia el radicalismopolítico en la época de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. Su
leitmotiv dominante consistió en situar los males de la sociedad no en algo
inherente al sistema económico, sino, al contrario, en el abuso de poder de los grupos parasitarios y especulativos que detentaban el control del poder político, «vieja corrupción», en palabras de Cobbet.Si fue po sib le so cializa r la tierr a, liq uid ar la deuda nacional, y abo lir el control d el mon op ol io d e banqueros so bre la s rese rvas de dinero, ello se debió a que todas estas formas de propiedad compartían la caracterís tica común de no ser prod ucto del t rabajo. F ue po r est a razón que el rasgo más fuertemente resaltado de la clase dirigente fue su ocios idad y p arasiti smo[23].
Como este era el discurso dominante que dividía a la sociedad en dos campos, las demandas de los trabajadores solo podían ser un eslabón más en la cadena equivalencial, aunque la secuencia de eventos les daría una importancia creciente. De toda maneras, lo que es característico de ese discurso es que no constituía un discurso
sectorial
de la clase trabajadora, sino un discursopopular
dirigido, en principio, a todos los productores contra los «ociosos». «La distinción no era principalmente entre las clases dirigentes y las clases explotadas en un sentido económico, sino más bien entre los beneficiarios y las víctimas de la corrupción y el monopolio del poder político. La yuxtaposición era en primer lugar moral y política, y las líneas divisorias podían trazarse más dentro de las clases que entre ellas.»[24] Los temas dominantes en la denuncia del enemigo fueron la consolidación del poder de los terratenientes a través de una secuencia histórica cuyas etapas fueron la ocupación normanda, la pérdida del derecho de sufragio durante la época medieval, la disolución de los monasterios y los cercamientos del sigloXVIII; el aumento de la deuda nacionaletcétera. Aunque después de 1832 hubo, como señala Stedman Jones, una creciente identificación del «pueblo» con las clases trabajadoras y también una extensión de la noción de «antigua corrupción» a los mismos capitalistas, el carácter político y moral de la denuncia y las esperanzas de recuperar a las clases medias nunca se abandonaron.
Existieron en esta saga dos momentos cruciales para la cuestión teórica que estamos considerando. El primero fue la ola de reformas administrativas centralizadoras que tuvo lugar en la década de 1830. En un breve período de tiempo hubo una sucesión de medidas que rompieron todas las estructuras de poder local heredadas del siglo XVIII. Esta centralización autoritaria se enfrentó a
una violenta reacción, y el discurso antiestatista del cartismo aparentemente hubiera sido ideal para galvanizar y amalgamar la protesta social. Sin embargo, esto no ocurrió. El motivo es que la fractura en el campo popular después de 1832 se volvió insalvable. Las clases medias prefirieron buscar alternativas dentro del marco institucional existente antes que arriesgar una alianza con fuerzas que percibían como una amenaza creciente
[25] .
Sin embargo, lo que ocurrió luego fue aún más revelador. La política estatal de confrontación de la década de 1830 fue interrumpida en la década siguiente. Por un lado, hubo una legislación de tipo más humano ocupándose de temas tales como la vivienda, la salud y la educación; por el otro, hubo un creciente reconocimiento de que el poder político no debería interferir en el funcionamiento efectivo de las fuerzas de mercado. Esto socavó las dos bases del discurso político cartista. Los actores sociales debían ahora discriminar entre un tipo de medida legislativa y otra. Esto significa, en nuestros términos, que había cada vez menos una confrontación con un enemigo global, en tanto las demandas aisladas tenían más posibilidad de prosperar en sus negociaciones con un poder que ya no era inequívocamente antagónico. Sabemos exactamente lo que esto significa: el relajamiento de los lazos equivalenciales y la disgregación de las demandas populares en una pluralidad de demandas democráticas. Pero ocurrió algo más: la oposición entre los productores y los parásitos, que había sido el fundamento del discurso equivalencial cartista, perdió sentido una vez que el Estado relajó su control sobre la economía —de una manera no completamente diferente de la que habían defendido los cartistas— y ya no podía ser presentado como la fuente de todos los males económicos. Aquí tenemos, como ha señalado Stedman Jones, el comienzo de esa separación entre Estado y
economía que se convertiría en la marca característica del liberalismo del período medio victoriano.
Si la retórica cartista era idealmente adecuada para organizar la oposición a las medidas whig de 1830, por la misma razón estaba mal preparada para modificar su posición en respuesta al carácter diferente
de la actividad estatal de la década de 1840. La crítica cartista al Estado y a la opresión de clase que este había engendrado era una crítica totalizadora. No se adecuaba a la discriminación entre una medida l egisl ativa y ot ra, ya que esto hu biera sign ificado con ceder que no todas las medidas aplicadas por el Estado tenían propósitos de clase obviamente malignos y que las reformas beneficiosas podían ser aprob adas po r una legi slatura egoí st a en un si stema no reformado[26].
Podemos percibir, a partir de esta última cita, dónde se encuentra el patrón de desintegración del «pueblo». No solo en el hecho de que lo político (la instancia del Estado) dejó de desempeñar su rol totalizador como personificación discursiva del enemigo, sino también en el hecho de que ninguna otra instancia podía desempeñar el mismo rol. La crisis popular fue algo más que un simple
fracaso del Estado para funcionar como eje que mantenía unido un sistema de dominación. Fue más bien una crisis en la capacidad del «pueblo» para totalizar, ya fuera la identidad del enemigo o su propia identidad «global». La creciente separación entre la economía y la intervención estatal no era en sí misma un obstáculo insalvable para la construcción de una frontera política y un pueblo: era solo cuestión de otorgar menos peso a los «ociosos» y a los
«especuladores» y más a los capitalistas como tales —una transición que el discurso cartista de todos modos ya había comenzado—. Sin embargo, esto hubiera presupuesto que la situación estructural del «pueblo» dentro de la oposición nosotros/ellos hubiera sobrevivido a la progresiva sustitución de sus contenidos concretos. Y esto es exactamente lo que no ocurrió. Como hemos señalado, la brecha entre las clases medias y los trabajadores se volvió más profunda, varias medidas estatales lograron satisfacer demandas sociales