Capítulo 2. La pieza como género dramático
2.3 Los frutos caídos como pieza
2.3.2 La interioridad del personaje
Son seis los personajes de Los frutos caídos, cuatro femeninos: Celia, Paloma, Magdalena y Dora, y dos masculinos: Fernando y Francisco Marín. Si se toma en cuenta la relación de los personajes con el desarrollo de la acción dramática en la obra, es posible clasificarlos en principales, secundarios y terciarios. Para determinar de qué tipo de personaje se trata, es necesario observar la influencia que cada uno tiene en el conflicto central de la pieza.
En ese sentido, identifico que hay tres caracteres que participan activamente en dicho conflicto, por un lado, Celia y Fernando quienes son los que más poder ostentan en la obra. Celia, de entrada, vive en la ciudad, y parece que ese hecho la dota de características que no tienen los demás personajes. Celia se atrevió a casarse por segunda vez, tiene hijos y también trabaja, es una mujer con autonomía económica que no depende en absoluto de un hombre. Y a lo anterior hay que sumarle el hecho de que Celia es la propietaria de la casa y las huertas en las que viven los otros personajes. Fernando, por otro lado, es una especie de
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patriarca. Ha construido en la casa su propio reino y no hay nadie que ponga en cuestión su autoridad. Además, está Francisco Marín que es el tercer personaje principal. Aunque no tiene mucha presencia en el drama, su aparición es crucial para entender el conflicto. Como se verá más adelante, este hace las veces de agente desencadenante del conflicto, por lo tanto su participación es de vital importancia.
De los tres personajes restantes, uno es secundario, Paloma, y dos son terciarios, Magdalena y Dora. La tía Paloma puede entenderse como un personaje secundario ya que interviene en el enfrentamiento entre Celia y Fernando y de alguna manera motiva el desarrollo del conflicto, mientras que Magdalena y Dora son personajes que se mantienen al margen del enfrentamiento; no obstante, su presencia es indispensable en el desarrollo de la acción dramática ya que sirven de apoyo a la autora para desplegar el conflicto central.
Ahora bien, aunque los personajes de Los frutos caídos no tengan el mismo peso, están construidos de manera similar. Como se señaló en el apartado anterior, el personaje de pieza se caracteriza por estar sustentado en su interioridad. Es decir, en la pieza los personajes se determinan no tanto por lo que hacen sino por lo que piensan, por lo tanto, estos personajes no despliegan grandes acciones externas, contrariamente, el mayor movimiento que estos registran es el interior. El personaje más allá de “ser lo que hace”, es lo que piensa y siente. Y si nos situamos en el terreno del teatro, donde todo, incluso el universo interior de los personajes, debe externarse con fines de la escenificación, queda para el personaje una vía principal para expresar sus pensamientos y sentimientos: la palabra.
En el drama de Hernández se pone de manifiesto la ponderación de la palabra en la construcción de los personajes. La palabra, los diálogos, son el principal medio de caracterización. Lo que dicen los personajes sobre sí mismos y lo que dicen otros
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personajes sobre ellos será el principal mecanismo para que el lector/espectador “conozca” a los personajes del drama. No obstante, Hernández, aunque escasamente, también echa mano de las acotaciones. La autora utiliza las acotaciones para caracterizar a los personajes solo al principio del drama, haciendo una especie de presentación y a su vez marcando ciertas pautas actorales para el momento de la representación.
En estas acotaciones iniciales se dan datos sobre las características físicas o externas de los personajes, por ejemplo: Dora, “una muchacha de 18 años, delgadita” (126), recibe a
Celia, “una mujer de 27 años. Vestida con decencia, sin alardes de coquetería, viene arreglada con cierto gusto y muy a la moda, más por costumbre que por deseo de agradar.
Su rostro sin estar envejecido se ve trabajado, gastado; da un poco la impresión de
juventud marchita”, o Magdalena “de 50 años, muy gorda, habla con cierta languidez, y uno siente que sus palabras son demasiado claras. Su vestido es de algodón y deja ver los
brazos. No lleva medias y calza chanclas” (127). Hay que destacar cómo se establece un
contraste entre la imagen de Celia y la de Magdalena, pero también se asoma la idea de que Celia pronto va a ocupar el lugar de Magdalena. Su juventud se está marchitando rápidamente y la distancia entre las dos mujeres se acorta. Por otro lado, está Fernando “un hombre pálido pero no delgado, da la impresión de que su carne está inflamada. Parece
hablar seguro de sí y de su inteligencia; su voz es incisiva, precisa; su mirada profunda.
Comienza a escasearle el pelo y tiene la cara rasurada. Viste una camisa blanquísima y
corbata negra, un pantalón de casimir claro y zapatos muy bien lustrados. No parece
capaz de perder el dominio de sí” (139). Es necesario señalar que con estas acotaciones
Hernández no solo pone de manifiesto características externas (edad, complexión, etc.), sino que también hace alusión al mundo interior de cada personaje. Expresiones como “da la impresión de juventud marchita”, “uno siente que sus palabras son demasiado claras” o
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“no parece capaz de perder el dominio de sí” buscan informar sobre el estado emocional o psicológico de los personajes.
De esta manera, la autora apunta características esenciales de cada personaje que serán más precisas y visibles conforme avanza la ficción. Ahora bien, sabemos que Luisa Josefina Hernández se vale principalmente de la palabra para proyectar el mundo interior de estos personajes, pero hay que señalar que lo hace de una manera particular.
Los de Los frutos caídos son personajes multifacéticos que se van haciendo más complejos conforme avanza el drama, van revelando sus distintas caras, se van quitando las “máscaras” con las que se ocultan debido a la presión social. Son personajes complejos en la medida en que el carácter que los determina no es unidimensional, sino que se va diversificando a través del tiempo ficcional. José Luis García Barrientos denomina a este tipo de personajes múltiples: un personaje “plural y contradictoriamente caracterizado”
(170). Este carácter plural del que habla García Barrientos está relacionado con la idea de presentar personajes cuyas conductas se asemejen al discordante comportamiento humano. Y es justamente esa necesidad de asemejar a los personajes con la condición humana uno de los propósitos de la autora. Para conseguirlo Hernández opta por el paulatino “desenmascaramiento” del mundo interior de sus personajes, un mundo que está lleno de contradicciones y contrastes. Por lo tanto, este “descubrir” a los personajes se vuelve una experiencia significativa para el lector/espectador quien vive este proceso expectante. Se crea en torno a él un suspenso constante que se ve alimentado por el lenguaje lleno de subtextos e intenciones ocultas. Un ejemplo de eso está en el diálogo que antecede al momento en que Celia confiesa a Fernando que pretende vender las propiedades:
FERNANDO.– Lo que más me alegra, Celia, aparte de tenerte aquí, es saber que de nuevo tienes a tu familia construida.
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FERNANDO.– Me preocupaba pensar en ti como en una mujer sola y con un hijo. CELIA.– Vivía con mi madre.
FERNANDO.– No tiene importancia, en ese caso. La posición de la mujer sola es dudosa. Los hombres que la conocen no saben qué clase de mujer es hasta que la tratan a fondo, la ponen a prueba.
CELIA.– Si eso pasó alguna vez no me di cuenta.
[...] FERNANDO.– De manera que, salvados todos los problemas posibles, tu vida es perfecta y por eso has decidido tomarte estas vacaciones en compañía de tu familia y en la tierra donde nacieron tus antepasados.
CELIA. – (Seria.) Te equivocas.
FERNANDO. – ¿No es perfecta tu vida?
CELIA.– Casi perfecta. Pero no he venido de vacaciones, es un viaje de negocios. He venido a notificarte algo (418-420).
Elegí este fragmento porque en él los personajes comienzan a atacarse sutilmente, y con ello, se perfila el conflicto central de la obra. Además, estos diálogos tienen una función dramática muy clara: demostrar que los personajes no dicen lo que en realidad piensan, tanto Celia como Fernando escudados en la ironía dejan entrever su verdadero sentir; no obstante, el lector/espectador debe ir descifrando lo que se esconde detrás de las palabras de cada uno. Este mecanismo se repite durante todo la obra, la autora también se apoya en este recurso para lograr que los personajes no se muestren como son hasta llegado el tiempo del climax.
Como se ha visto, Luisa Josefina Hernández va construyendo a los personajes frente a la mirada del lector/espectador. La autora va presentando pequeños trozos, imágenes inacabadas del personaje, imágenes que se van completando a través de los diálogos conforme transcurre la ficción. Los personajes de Los frutos caídos, como si se quitaran una capa tras otra, se van descubriendo lentamente frente el lector/espectador hasta llegar a exhibir sus motivaciones más profundas.
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