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y para la Internacional Comunista

Fue mediante el análisis de la experiencia, de los errores y de las tenden- cias de la Revolución de 1905 como se constituyeron defi nitivamente el bol- chevismo, el menchevismo y el ala izquierda de la socialdemocracia alemana e internacional. El análisis de la experiencia de la Revolución china tiene hoy la misma importancia para el proletariado internacional.

Sin embargo, este análisis, lejos de haber comenzado, es prohibido. La literatura ofi cial se ocupa de ajustar inmediatamente los hechos a las resolu- ciones del CE de la IC, cuya inconsistencia se ha manifestado plenamente. El proyecto de programa redondea todo lo posible las aristas vivas del pro- blema chino, pero, en lo esencial, avala la política funesta seguida por el CE de la IC. Se sustituye el análisis de uno de los más grandes procesos de la his- toria por un alegato literario en defensa de los esquemas que han fracasado.

1. Sobre la naturaleza de la burguesía colonial El proyecto de programa dice:

“Los acuerdos provisorios [con la burguesía nativa de los países colonia- les] sólo son admisibles en la medida que no sean un obstáculo para la organización revolucionaria de los obreros y los campesinos y que lleve [la burguesía] una lucha efectiva contra el imperialismo”.

Esta fórmula, aunque está intercalada a sabiendas dentro de una propo- sición subordinada, es una de las tesis fundamentales del proyecto, al menos para los países de Oriente. La proposición principal habla, evidentemente, de “liberar [a los obreros y los campesinos] de la infl uencia de la burguesía nativa”. Sin embargo, no juzgamos desde lo gramático sino desde lo político; utilizando nuestra propia experiencia, decimos: la proposición principal sólo tiene aquí un valor secundario, mientras que la proposición subordinada contiene lo esencial. Considerada en su conjunto, la fórmula es el clásico nudo corredizo menchevi- que, que se cierra aquí alrededor del cuello de los proletarios de Oriente.

¿De qué “acuerdos provisorios” se habla? En política, como en la natu- raleza, todo es “provisorio”. ¿Quizás se trata aquí de “ententes” circunstan- ciales estrictamente prácticas? Es evidente que no podemos, para el futuro, renunciar a acuerdos semejantes, rigurosamente limitados y sirviendo cada vez a un objetivo claramente defi nido. Este es el caso, por ejemplo, cuando se trata de un acuerdo con los estudiantes del Kuomintang para la organización de una manifestación antiimperialista, o bien de la ayuda prestada por los

comerciantes chinos a los huelguistas de una empresa concesionaria extran- jera. Tales fenómenos no pueden ser excluidos de ninguna manera para el futuro, ni siquiera en China. Pero entonces qué hacen aquí condiciones polí- ticas de orden general: “En la medida en que [la burguesía] no se oponga a la organización revolucionaria de los obreros y los campesinos y lleve una lucha efectiva [¡!] contra el imperialismo”. La única “condición” de todo acuerdo con la burguesía, acuerdo separado, práctico, limitado a medidas defi nidas y adaptado a cada caso, consiste en no mezclar las organizaciones ni las bande- ras, ni directa ni indirectamente, ni por un día ni por una hora, en distinguir el rojo del azul, y en no creer jamás que la burguesía será capaz de llevar una lucha real contra el imperialismo, que no será un obstáculo para los obreros y los campesinos o que no esté dispuesta a serlo. La otra condición nos resulta absolutamente inútil para los acuerdos prácticos. Por el contrario, sólo podría ser dañina, al quebrar la línea general de nuestra lucha contra la burguesía, lucha que no cesa durante el breve período del “acuerdo”. Desde hace mucho tiempo se ha dicho que los acuerdos estrictamente prácticos, que no nos atan de ninguna forma y no nos crean ninguna obligación política pueden, si ello resulta ventajoso en el momento considerado, ser efectuados con el mismo diablo. Pero sería absurdo exigir al mismo tiempo que en esta ocasión el diablo se convirtiese totalmente al cristianismo, y que se sirviese de sus cuernos, no contra los obreros y los campesinos, sino para hacer obras piadosas. Al plan- tear semejantes condiciones, actuaríamos ya, en el fondo, como los abogados del diablo, pidiéndole que nos dejase convertir en sus padrinos.

Planteando estas condiciones absurdas, embelleciendo de antemano a la burguesía, el proyecto de programa dice, con una nitidez y una claridad perfectas (a pesar del carácter diplomático subordinado de la proposición), que se trata precisamente de coaliciones políticas duraderas y no de acuerdos ocasionales concluidos por razones prácticas. Pero entonces, ¿qué signifi ca esa exigencia de que la burguesía luche “efectivamente” y “no sea un obs- táculo...”? ¿Imponemos esas condiciones a la misma burguesía y exigimos que haga públicamente una promesa? Hará todo lo que queramos. Incluso enviará sus delegados a Moscú, se adherirá a la Internacional Campesina, se unirá como simpatizante a la IC, guiñará el ojo a la Internacional Sindical Roja; en una palabra, prometerá todo aquello que le permita (con nuestra ayuda) engañar mejor, más fácil y más completamente a los obreros y los campesinos, echándoles arena a los ojos... hasta la próxima ocasión (siguien- do el modelo de Shangai).

¿Tal vez no se trata aquí de promesas políticas de la burguesía que, repitá- moslo, las hará inmediatamente, asegurándose de este modo nuestra garan- tía ante las masas obreras? ¿Es posible que se trate de una valoración “obje- tiva”, “científi ca”, referida a la burguesía nativa, de una especie de medición “sociológica” de las aptitudes de esta burguesía para combatir y “no ser un obstáculo”? Pero, ¡lamentablemente!, como lo testifi ca la experiencia más

reciente, habitualmente resulta de tales mediciones que los expertos quedan como unos imbéciles. Esto no sería nada si sólo se tratase de ellos…

Pero no cabe la menor duda: en el texto se trata precisamente de blo- ques políticos de larga duración. Sería superfl uo incluir en un programa el problema de los acuerdos prácticos circunstanciales; sería sufi ciente con una resolución sobre la táctica “en el momento actual”. Pero se trata de justifi car y consagrar la orientación seguida hasta ayer con respecto al Kuomintang, que hizo sucumbir a la segunda Revolución china y es capaz de hacerla su- cumbir todavía más de una vez.

De acuerdo con el pensamiento de Bujarin, verdadero autor del proyecto, se trata precisamente de una apreciación general de la burguesía colonial, cuya capacidad para combatir y “no ser un obstáculo” debe ser probada, no por su propio juramento, sino por medio de un esquema estrictamente “sociológico”, es decir, el mil y un esquema estrictamente adaptados a esta obra oportunista.

Para que la demostración sea más clara citaremos aquí el juicio emitido por Bujarin sobre la burguesía colonial. Después de una referencia al “fondo antiimperialista” de las revoluciones coloniales y a Lenin (totalmente fuera de lugar), Bujarin declara: “La burguesía liberal ha ejercido en China, du- rante toda una serie de años, y no de meses, un papel objetivamente revo- lucionario, y después se ha agotado. No se trató de ninguna manera de una ‘jornada gloriosa’ comparable a la revolución liberal rusa de 1905”.

Aquí todo es erróneo desde el principio hasta el fi nal. Efectivamente, Lenin enseñaba que hay que distinguir rigurosamente la nación burguesa oprimida de la que la oprime. De ahí se desprenden dos consecuencias de excepcional importancia; por ejemplo, en el caso de una guerra entre países imperialistas y coloniales. Para un pacifi sta, esta guerra es como cualquier otra; para un comunista la guerra de una nación colonial contra una nación imperialista es una guerra burguesa-revolucionaria. Lenin elevaba así los movimientos de liberación nacional, las insurrecciones coloniales y las guerras de las naciones oprimidas al nivel de las revoluciones democráticoburguesas, en particular el de la rusa de 1905. Pero Lenin no planteaba de ninguna manera, como lo hace en la actualidad Bujarin, después de su giro de ciento ochenta grados, a las guerras de liberación nacional por encima de las revoluciones democra- ticoburguesas. Lenin exigía distinguir entre la burguesía del país oprimido y la del país opresor. Pero en ninguna parte ha presentado Lenin este problema (y no hubiera podido hacerlo) afi rmando que la burguesía de un país colonial o semicolonial, en la época de la lucha por la liberación nacional, fuera más progresista y más revolucionaria que la burguesía de un país no colonial en el período de la revolución democrática62. Nada exige que sea así en el plano

62 “Existen en los países oprimidos dos movimientos que se separan cada vez más: el primero es el movimiento burgués democrático y nacionalista, que tiene un programa de independencia

teórico; la historia no lo confi rma. Por muy digno de lástima que sea el libera- lismo ruso, aunque su mitad de izquierda –la democracia pequeñoburguesa, los socialistas revolucionarios y los mencheviques– haya resultado un aborto, no es posible demostrar que el liberalismo y la democracia burguesa chinos hayan mostrado más altura y capacidad revolucionarias que sus homólogos rusos.

Presentar las cosas como si el yugo colonial asignase necesariamente un carácter revolucionario a la burguesía colonial es reproducir al revés el error fundamental del menchevismo, que creía que la naturaleza revolucionaria de la burguesía rusa debía desprenderse de la opresión absolutista y feudal.

La cuestión de la naturaleza y de la política de la burguesía está deter- minada por toda la estructura interna de las clases en la nación que lleva a cabo la lucha revolucionaria, por la época histórica en que se desarrolla esta lucha, por el grado de dependencia económica, política y militar que liga a la burguesía nativa al imperialismo mundial en su conjunto, o a una parte de este, y fi nalmente (esto es lo principal), por el grado de actividad de clase del proletariado nativo y el estado de sus relaciones con el movimiento revo- lucionario internacional.

Una revolución democrática o la liberación nacional pueden permitir a la burguesía profundizar y extender sus posibilidades de explotación. La inter- vención autónoma del proletariado sobre la arena revolucionaria amenaza con arrebatarle todas las posibilidades.

Veamos los hechos de cerca. Los dirigentes actuales de la IC repiten sin descanso que Chiang Kai-shek hizo la guerra al “imperialismo”, mientras que Kerensky marchó mano a mano con los imperialistas. Conclusión: ha- bía que entablar una lucha implacable contra Kerensky, pero había que apo- yar a Chiang Kai-shek.

La ligazón entre el kerenskismo y el imperialismo es indiscutible. Nos podemos remontar más lejos y señalar que la burguesía rusa “destronó” a Nicolás II con la bendición de los imperialistas ingleses y franceses. No solamente Miliukov y Kerensky apoyaron la guerra de Lloyd George y Poin- caré, sino que Lloyd George y Poincaré apoyaron la revolución de Miliukov y Kerensky, primero contra el zar y después contra los obreros y los campe- sinos. Este es un hecho indiscutible.

Pero sobre este punto, ¿cómo ocurrieron las cosas en China? La “Re- volución de Febrero” se produjo en China en 1911. Esta revolución fue un

política y de orden burgués; el otro es el de los campesinos y los obreros, ignorantes y pobres, que luchan por liberarse de todo tipo de explotación. El primero intenta dirigir al segundo y, en cierta medida, lo logra con frecuencia. Pero la IC y los partidos que adhieren a ella deben combatir este intento y buscar desarrollar el sentimiento de pertenencia a una clase independiente en las masas obreras de las colonias. Una de las tareas más grandes para este fi n es la formación de partidos comunistas que organicen a los obreros y campesinos y los conduzcan a la revolución y al estableci- miento de una república soviética” (Tesis sobre las cuestiones nacional y colonial, II Congreso, 1920. Lenin fue el principal redactor de estas tesis) [NdEF].

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