II. Enfoque analítico para el estudio de los espacios conmemorativos dedicados a víctimas de la violencia
II.2 Eje analítico 2 Estudios sobre lugares conmemorativos en el campo de los estudios sobre la memoria
II.2.1.1 Interpretaciones sobre el boom de memoria como signo de un cambio epocal
Por un lado, encontramos lecturas nostálgicas un tanto pesimistas como las de Choay (1992), revisadas más arriba. En esta línea, quizás la interpretación más conocida dentro del campo historiográfico fue la formulada por Pierre Nora (2009) en las décadas de los 1980s y 1990s. Estas reflexiones las desarrolló en el marco de una disputa disciplinar entre
memoria e historia. Memoria se entendía como la construcción narrativa que descansaba en las trasmisiones orales, míticas y de carácter subjetivo, en contraposición con la historiografía positivista y supuestamente objetiva. Este debate surgió en Francia alrededor de la constatación algo conservadora de un grupo de historiadores articulados en torno a Pierre Nora, quienes indicaban que la tradicional memoria histórica alojada, en las comunidades se había perdido, y que en la actualidad diferentes grupos legos le disputaban a la Historia la construcción de las narrativas nacionales. El autor proponía que la emergencia de la memoria en el espacio público en la actualidad se debía justamente a la pérdida de la memoria colectiva de las comunidades nacionales, desde la Revolución Francesa en adelante. Enfatizaba que el carácter de los ejercicios de memorialización tienen en la actualidad un marcado carácter reflexivo, muy diferente a las formas pasadas de memoria, las que tenían un carácter ritual o “natural”, inscritas en las transmisiones generacionales en las comunidades que portan estas memorias. Pero que ello lleva justamente al peligro de caer en relativismos históricos, en la disolución de las identidades nacionales asentadas en firmes memorias compartidas que no se cuestionaban, y por cierto en la pérdida de hegemonía sobre el relato histórico de la academia historiográfica. Como dice elocuentemente Nora (2009):
“Los lugares de memoria son, ante todo, restos, la forma extrema bajo la cual subsiste una conciencia conmemorativa en una historia que la solicita, porque la ignora… Hay lugares de
memoria porque ya no hay ámbitos de memoria. [milieux de
mémoire]”. (Nora 2009, p. 24-25).
En este sentido, Nora (2009) asumía un malestar similar al de Choay (1992) y que lo inspiró a embarcarse en el estudio de los lieux de memoire.31
Por otro lado, la creación de memoriales oficiales a víctimas de eventos políticos de gran violencia ha sido interpretada como una búsqueda de las sociedades por forjar anclajes espacio-temporales en contextos de hipermodernidad o postmodernidad, caracterizados por la contracción del tiempo así como por la pérdida relativa de la capacidad de imaginar futuros (Huyssen 2003). Es decir, muchas veces se espera encontrar en el pasado fundamentos éticos sólidos y de validez universal para sustentar proyectos de presente o futuro. En esta clave analítica, la declaratoria del “Nunca Más” a la base de las conmemoraciones a víctimas de Estados totalitarios, de actos de violencia política y de terrorismo, se vinculan con el fundamento ético de carácter universal para la construcción de un nuevo acuerdo moral de convivencia democrática, asentado en el respeto irrestricto a los Derechos Humanos. Por ejemplo, la reunificación de Alemania trajo aparejada un planeamiento urbano del sector céntrico de Berlín y de las sedes del gobierno central, incorporando elementos conmemorativos que reafirmaban un mea culpa del anterior Estado alemán, Nazi, por el genocidio cometido durante la Segunda Guerra Mundial.
Siguiendo esta línea interpretativa, se ha propuesto que en nuestra región uno de los elementos de mayor relevancia para entender la importancia de la memoria será la centralidad que ha cobrado el paradigma de los Derechos Humanos en la izquierda política (a nivel discursivo e institucional) y entre activistas por verdad, justicia y memoria (Jelin, 2004). Con ello los Estados ya no han logrado, como antes, cerrar los procesos de violencia institucionalizada con leyes de amnistía y afines, y las movilizaciones por verdad y justicia han sobrevivido en la esfera pública, quedando la resolución de los crímenes como una materia pendiente por largo tiempo (Lira, 2005). Junto con ello, el reconocimiento al dolor infligido por el Estado a las víctimas, entendido como una manera en que éste ha tenido que hacerse cargo de la violencia, ha significado el apoyo a iniciativas memoriales como nunca antes, bajo la perspectiva del paradigma de la Justicia Transicional.
Sin embargo, este tipo de argumentaciones han sido convincentemente criticadas por el sociólogo de la memoria colectiva, Jeffrey Olick (2007), quien considera que ni paradigma de la Justicia Transicional ni el discurso
31 Este debate se zanjó a favor del reconocimiento que no es posible establecer una separación tajante
entre memora e historia, al tiempo que el discurso de la memoria no ha cesado de vibrar en la academia y en la sociedad.
de la Derechos Humanos permiten explicar el auge actual de la memoria sobre traumas históricos pasados. A partir de una discusión de las propuestas de Andreas Huyssen y de Pierre Nora, entre otros, el autor ha provisto una interpretación sociológica muy interesante para explicar la importancia que tiene en la actualidad esta memoria reflexiva, y en particular las políticas oficiales32 de los Estados tendientes a movilizar un perdón y una reparación frente a los daños causados por un evento altamente traumático causado por el mismo Estado; a las que llama “políticas del arrepentimiento” (politics of regret). Olick (2007) argumenta que la manera actual en que nuestras sociedades occidentales conciben la memoria está al centro de la concepción temporal de nuestra época. En primer lugar, el advenimiento de una concepción lineal del tiempo durante el Renacimiento y la Ilustración, que se desenmarcó de las concepciones cíclicas previas propias de la Edad Media y del mundo rural, conllevó a que el pasado fuera un elemento que no iba a volver de manera natural (luego de un ciclo) sino que tenía que ser activamente recuperado y preservado si se lo quería mantener como parte del presente. Asimismo, el surgimiento de una esfera pública, aquel espacio discursivo propio de la configuración del mundo moderno (Habermas, en Olick, 2007), también permitió la existencia de un espacio en donde el pasado pasó a ser tema de debate. Es decir, el debate sobre el pasado solo puede existir en este nuevo mundo urbano en donde efectivamente hay varios puntos de vista y posiciones sobre el mundo (Olick, 2007). Como plantea el autor:
"… somos capaces de conceptualizar la memoria colectiva -un público con una memoria- solo en el contexto de la interacción de intereses y visiones de mundo múltiples. Ya que para que exista una memoria colectiva, debe haber diferentes memorias que reunir; los relatos de las sociedades tradicionales no son memorias colectivas en este sentido porque están siempre presentes para todos. El problema de la memoria colectiva es por ello sinónimo del problema de las identidades colectivas en sociedades complejas, y al menos en las sociedades democráticas, el espacio donde esta reunión existe ocurre en la esfera pública, donde lo privado y lo oficial se reúnen de formas novedosas y donde la disputa es la regla." (Olick, 2007: 188, traducción propia del original).
En este sentido el autor propone que el auge de la memoria es un fenómeno propio de la temporalidad moderna, y que se condice con aquel proceso sociohistórico que el autor denomina "diferenciación crónica", consistente
32 También, artistas, activistas y organizaciones de memoria y derechos humanos se han volcado a la
creación de marcas urbanas que perpetúan o desafían el recuerdo de hechos y víctimas de dictaduras y autoritarismos (Huyssen, 2003; Young, 1994 ), en una relación muchas veces en conflicto con las narrativas oficiales sobre el pasado.
en la continua proliferación de narrativas históricas alternativas en disputa entre sí. Con ello, los Estados Nacionales en la actualidad, si bien continúan ofreciendo narrativas oficiales, lo hacen con la consciencia y deferencia hacia otros marcos interpretativos. (Olick 2007). Así al decir de Olick (2007), las disputas por la memoria y los conflictos inherentes a este nuevo ciclo conmemorativo son aparentemente parte de nuestro vivir contemporáneo en el mundo.
II.2.2 Crítica a las deficiencias en el análisis espacial de los