locura Witold Jacorzynsk
1. Introducción a las angustias de un barbero
Durante la segunda salida de Don Quijote de su hacienda, él y su amigo Sancho tropezaron con un barbero cubierto por una bacía. En calidad de segundo narrador de
Don Quijote, Cide Hamete Benengeli comenta lo siguiente:
y quiso la suerte que, al tiempo que venían, comenzó a llover, y porque no se le manchase el sombrero, que debía de ser nuevo, se puso la bacía de sobre la cabeza; y como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y ésta fue la ocasión que a don Quijote le pareció caballo rucio rodado, y caballero, y yelmo de oro384.
Don Quijote tomó la bacía por el yelmo de Mambrino, persiguió al barbero, le quitó la bacía y “se la puso luego sobre la cabeza”. Sancho se contentó con aparejos de su asno. Cuando Sancho argumentó que el almete “no se asemeja sino una bacía de barbero, antiparada”, Don Quijote dio su versión de lo visto:
Que esta famosa pieza deste encantado yelmo por algún estraño acidente debió de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices.
Pero sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación385.
La historia del yelmo de Mambrino continúa en los capítulos XLIV y XLV cuando Don Quijote, Sancho y sus amigos –el cura, el barbero Nicolás, Cardenio, don Fernando y don Luis– se juntan con el “sobrebarbero”, el legítimo dueño de la bacía, en una venta que don Quijote imaginó ser un castillo. El caballero de la Mancha sostiene con firmeza que la bacía es el yelmo, mientras que la albarda, de la cual hizo un regalo a Sancho, su escudero, quizá sea el jaez. El “sobrebarbero” lo acusa, con igual firmeza, de robo: “–¡Ah, don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis aparejos que me robastes”386. Don Quijote le responde:
–¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se le quité yo en buena guerra, y me hice señor de él con legítima y lícita posesión! (...) de haberse convertido de jaez en albarda no sabré dar otra razón si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se den en los sucesos de la caballería; para confirmación de lo cual, corre, Sancho, hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice ser bacía387.
Los amigos de don Quijote deciden “llevar adelante la burla” y deliberadamente se ponen de parte de don Quijote. Nicolás, el amigo de don Quijote que comparte con el dueño de la bacía su oficio y por lo tanto es experto “en cuestiones de bacías”388, así
como el cura, Cardenio, don Fernando y sus camaradas confirman este veredicto. El dueño de la bacía pierde la paciencia:
–¡Válame Dios! –dijo a esta sazón el barbero burlado–. ¿Qué es posible que tanta gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece ésta que puede poner en admiración a toda una Universidad, por discreta que sea. Basta; si es que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta albarda jaez de caballo, como este señor ha dicho389.
Pero la broma continúa y el barbero oye decir a don Fernando: “a nosotros toca la definición deste caso; y porque vaya con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destos señores, y de lo que resultare daré entera y clara noticia”390. Las palabras
385 Ib., p. 190. 386 Ib., p. 463. 387 Ib., p. 464. 388 Ib., p. 466. 389 Ib., p. 466. 390 Ib., p. 467.
de don Fernando siembran la duda en el barbero, el cual era de todos los presentes el que “más se desesperaba”. El veredicto de don Fernando resulta ser definitivo: “éste es jaez, y no albarda, y vos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte”391. En el
segundo comentario del “sobrebarbero” no sólo se advierte cierto tono de desesperación, sino también de resignación:
No la tenga yo en el cielo –dijo el sobrebarbero– si todas vuestras mercedes no se engañan y que así parezca mi ánima ante Dios como ella me parece a mi albarda, y no jaez; pero allá van leyes... etcétera... y yo no digo más; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de pecar no392.
En auxilio del barbero resignado vienen un grupo de personas que no participaban en la intriga de Nicolás –don Luis, sus cuatro criados y tres cuadrilleros que visitaron incidentalmente la venta–: “Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote era todo esto materia de grandísima risa; pero para los que le ignoraban les parecía el mayor disparate del mundo, (...)”393.
La historia del yelmo de Mambrino mata dos pájaros de un tiro: por una parte, aclara una confusión desde la epistemología wittgensteiniana y, por otra parte, arroja luz sobre ella misma desde el caso concreto de la confusión mencionada. Empecemos nuestro análisis con una pregunta: ¿En qué consiste la confusión, real o hipotética, en el caso descrito por Cervantes? ¿Acaso es posible esbozar una epistemología wittgensteiniana de la confusión? Y por último: ¿Cómo relacionar la confusión con la locura en el contexto de la sociedad multicultural?