Sergio Balar
2. Introducción: el mito de la especificidad
El año 2002 suele citarse como un hito para una parte importante de los investigadores que han hecho suyo el término biolingüística y que participan, por tanto, del sentimiento de que dicho término describe de forma adecuada la disciplina dentro de la cual desarrollan su trabajo.1 Tanto consenso al respecto de la fecha se debe a que esta coincide con la publicación de un artículo firmado por Marc Hauser, Noam Chomsky y Tecumseh Fitch (Hauser et al. 2002; en adelante HCF) que—para bien o para mal, eso ya depende de cada uno—sienta las bases de lo que ha sido la biolingüística hasta hoy.
Dada su posición central dentro del imaginario biolingüístico, HCF es, por tanto, también un buen punto de partida para el desarrollo de este artículo. No voy a entrar en detalles, ya se ha escrito mucho a favor y en contra de los argumentos e ideas expuestos por HCF, pero sí me interesa poner de relieve lo que, en mi opinión, son sus principales virtudes y, sobre todo, sus más destacables defectos.2 En cuanto a las primeras, no cabe duda de que HCF consiguieron poner orden allí donde reinaba el caos; con respecto a los segundos, como veremos, HCF no fueron capaces de evitar caer en la trampa
1 En muchos sentidos, quien esto escribe es una de esas personas, a pesar de no compartir el entusiasmo por un término que, no obstante, utilizaré aquí para evitar generar más confusión terminológica de la necesaria. Se suele aceptar que la biolingüística, como tal, nace en 1967, con la publicación del aclamado—y, me temo, poco leído—texto de Eric Lenneberg Biological Foundations of Language (Lenneberg 1967), aunque no puede decirse que nadie siguiera realmente el camino que el propio Lenneberg trazara ya en el prefacio de su libro. Más allá de meras declaraciones de (buenas) intenciones al respecto del proyecto de naturalización del lenguaje que allí se esboza, todo siguió siendo “business as usual” (Boeckx & Grohmann 2007). Hasta 2002, claro. Para un breve examen de la historia y la sociología del campo de la biolingüística, así como de la diversidad de perspectivas que el término a menudo oculta, véase Balari (2011, 2012).
2 Para el lector interesado, en Balari & Lorenzo (2013: 51 ss.) se articula un análisis pormenorizado del texto de HCF y en él me baso aquí para desarrollar mis argumentos.
que una aplicación coherente de las recomendaciones de Lenneberg habría permitido eludir.
En alusión a los rasgos de diseño del lenguaje que Charles Hockett propuso en su momento como base de aplicación del método comparativo en el análisis evolutivo del lenguaje humano y de los sistemas de comunicación en general (Hockett 1960, 1966), Lenneberg escribe:
A study of design features may give us insight into some of the biases that enter into the process of natural selection, into the biological usefulness of certain features of animal communication but it is not relevant to the reconstruction of phylogenetic history. For the latter we are only interested in the relation of types of anatomical structure (including molecular structure) and physiological function (including motor coordination and sensory acuity), but we disregard the usefulness or efficiency of these features to the contemporary form. (Lenneberg 1967: 234; cursiva en el original)
Como vemos, Lenneberg subraya la irrelevancia de fijarse en aspectos funcionales en el momento de aplicar el método comparativo al estudio evolutivo de los rasgos biológicos, al tiempo que hace hincapié en la importancia de dirigir nuestra atención hacia los aspectos formales (anatómicos, fisiológicos, moleculares, etc.) del rasgo. La advertencia de Lenneberg resulta aún más significativa si cabe cuando nos percatamos del poco caso que le ha hecho nadie desde que fue escrita. HCF no son una excepción.3 Volviendo, pues, a HCF, es innegable que el trabajo representa un importante avance con respecto a (casi) cualquier cosa que se hubiera publicado antes sobre el asunto, en la medida que en el texto se fija, por primera vez, una definición estable de lo que podríamos considerar el fenotipo lingüístico y, por tanto, del objeto natural que debería ser el foco de atención de la biolingüística. Me refiero, claro está, al modelo tripartito de la Facultad del Lenguaje (FL), compuesto por un Sistema Computacional (SC), un Módulo de externalización Sensorimotor (SM) y un Módulo Conceptual- Intencional (CI); Figura 1.
3 Para un estudio detallado de la modernidad del pensamiento de Lenneberg frente al anquilosamiento intelectual que por lo general caracteriza a la biolingüística contemporánea, véase Boeckx & Longa (2011).
FIGURA 1: El fenotipo lingüístico con sus tres componentes básicos; Balari & Lorenzo (2015:3)
Si bien es cierto, por una parte, que por lo menos desde los primeros momentos del Programa Minimista (PM; Chomsky 1995) existe un cierto acuerdo en el momento de asumir que la arquitectura “mínima” del lenguaje incluye estos tres componentes, no es por otra parte menos cierto que hasta la publicación de HCF esta idea no había tenido una traducción directa y explícita en forma de referencia a una entidad orgánica, susceptible de ser tratada como un verdadero carácter biológico, sorteando así, definitivamente, lo que para muchos había sido el principal obstáculo para avanzar en el estudio evolutivo del lenguaje (Bolhuis et al. 2014). Recordemos, sin embargo, que la caracterización propuesta por HCF del fenotipo lingüístico incorporaba un supuesto adicional, a saber, que la FL debía analizarse desde dos perspectivas diferentes en función del carácter único o compartido de sus componentes. Así, hablaríamos de FL en un sentido amplio (FLA) al referirnos al conjunto de los tres componentes, en la medida en que dos de ellos, las interfaces SM y CI, probablemente tendrían su origen en estructuras neurobiológicas ya existentes en otros organismos y con funciones probablemente muy parecidas sino idénticas. Hablaríamos en cambio de FL en un sentido estricto (FLE) al referirnos al SC, para HCF un componente específicamente humano y sin parangón en el mundo natural.4 Este último supuesto se basaba en la
4 Quizá la postura de HCF no sea tan tajante al respecto de este punto, como ocurre también en algunos trabajos posteriores centrados en el análisis comparativo del canto
observación de que la FLA, en tanto que sistema de comunicación animal, posee propiedades que la convierten en algo totalmente nuevo y distinto de lo que hallamos en otras especies. Dichas propiedades, según HCF, serían directamente atribuibles al SC, por ser este un sistema capaz de construir expresiones mediante una operación recursiva, lo que, atendiendo a su condición de “puente” entre ambas interfaces, tendría repercusiones muy significativas tanto en el ámbito de la externalización (comunicación) como en el del pensamiento. Se explicaría así que, a pesar de existir continuidad evolutiva funcional, exista en la práctica una discontinuidad insalvable entre la especie humana y cualquier otra especie animal. Dicha discontinuidad tendría, por lo demás, una traducción en términos orgánicos y sería directamente atribuible a la presencia del mencionado SC en los humanos y a su total ausencia en las mentes/cerebros de los organismos no humanos. Nos hallaríamos, por tanto, en presencia de una verdadera novedad evolutiva, un salto tanto cuantitativo como cualitativo, que nos permitiría afirmar que el lenguaje “has no equivalent in any non-human species” (Bolhuis et al. 2014: 1).
Conviene detenerse en este punto ya que podría afirmarse que las palabras de Bolhuis et al. (2014) citadas más arriba, resumen lo que podría calificarse como el Dogma Central de la Biolingüística Minimista. Efectivamente, no es difícil dar con afirmaciones similares en muchos trabajos recientes: Tattersall (2008: 99), Hauser (2009: 192-193), Tattersall (2010: 199), Berwick et al. (2013:8), Chomsky (2013: 33), Hauser et al. (2014: 7), Tattersall (2014: 199ss.), Watumull et al. (2014: 2), Berwick & Chomsky (2016: 53ss.), Chomsky (2016: 39), por citar algunos. La cuestión, evidentemente, es en qué medida estas afirmaciones están justificadas.
Si analizamos el contexto en que los diferentes autores arriba citados expresan su convencimiento de que el lenguaje es un carácter único, algo sin precedentes en el mundo natural, veremos que todos ellos se adhieren, de un modo más o menos explícito, a la idea original de HCF de que el lenguaje, en
de algunos pájaros y la sintaxis humana (Berwick et al. 2011, 2012). No obstante, no cabe duda de que actualmente los dos primeros autores de HCF sí mantienen esta postura más radical. En cualquier caso, el argumento principal del texto no se ve afectado por cuál sea la exégesis última de HCF; de todos modos, véase Balari & Lorenzo (2015) para una breve reflexión al respecto.
tanto que sistema de comunicación, no tiene parangón en el mundo animal. Alternativamente, dicha afirmación, cuando se circunscribe al ámbito estricto de la paleoantropología, suele tomar una forma ligeramente distinta en la que el carácter único o excepcional se asocia a lo que generalmente se denomina conducta simbólica.5 De un modo u otro, por tanto, el carácter único o la excepcionalidad suelen afirmarse desde una posición que ignora o, en todo caso, minimiza cualquier consideración de orden biológico más allá de las diferencias cualitativas observables al comparar el lenguaje con otras conductas animales funcionalmente equiparables como la de la comunicación. Ello no ha sido óbice, sin embargo, para realizar afirmaciones, algunas muy rotundas, cuyo contenido biológico es innegable. Así, por ceñirnos a las más recientes, Berwick & Chomsky (2016:53) se preguntan “why are there any languages at all, evidently unique to the human lineage—what evolutionary biologists call an ‘autapomorphy’?”; Chomsky (2016: 39) concluye que “there is nothing homologous known in the animal world”; y, finalmente, Tattersal (2016), tajante, liquida el asunto manifestando que “there is no comparative basis on which to approach [language]”.
No hay nada de malo ni de erróneo en proclamar que el lenguaje sea un carácter único, porque, aunque en un sentido trivial, el lenguaje es, efectivamente, una autapomorfia6. El problema radica en derivar de este
5 Como ejemplo, véanse los trabajos de Ian Tattersall citados en el texto. El término “conducta simbólica” se refiere a un conjunto heterogéneo de rasgos culturales como el arte parietal, la existencia de evidencias irrefutables de ritualismo en los enterramientos, el uso de pigmentos y otro tipo de ornamentos corporales y el uso de símbolos en general. El supuesto es que tales conductas constituirían la evidencia irrefutable, aunque indirecta, de la presencia del lenguaje por ser este el sistema simbólico por excelencia. Pese a ser esta una idea comúnmente aceptada por la mayoría de paleoantropólogos, las bases teóricas sobre las que se sustenta son muy débiles; para una aproximación crítica a la idea de “conducta simbólica”, véase Balari et al. (2008, 2011, 2013).
6 El término “autapomorfia” (o “autapomorfía”) es un término técnico propio del análisis filogenético basado en los principios de la sistemática cladística, que designa un carácter único cuya presencia se circunscibe a un único grupo, generalmente una sola especie. Las autapomorfias son, por tanto, un caso especial de “apomorfias” o caracteres únicos presentes en una familia y todas las especies que la componen, como sería el caso de las alas (o la capacidad de volar) en los murciélagos con respecto a la
hecho conclusiones ilegítimas como la de la inexistencia de caracteres homólogos y, por tanto, la de la imposibilidad de aplicar el método comparativo al análisis biológico del lenguaje, ya que estas inferencias se basan en una interpretación incorrecta del concepto de autapomorfia.
Como apuntaba en la nota 6, el término pertenece al campo del análisis filogenético, en el que los principios de selección de caracteres para el establecimiento de relaciones filogenéticas son muy poco restrictivos. Por ejemplo, en este contexto, es admisible apelar a caracteres negativos, como la pérdida de los dientes en los monotremas; a simples modificaciones en la forma de un órgano, como la cóclea en espiral de los mamíferos; o a la presencia efectiva de estructuras totalmente nuevas, como el cuerpo calloso en el cerebro de los mamíferos placentarios (Müller & Wagner 1991, para una tipología completa de caracteres apomórficos). De esta breve lista se deduce que la identificación de apomorfias/autapomorfias tiene valor y sentido en el análisis filogenético o en el estudio de dichos caracteres en tanto que
adaptaciones, lo cual no nos legitima sin embargo para concluir que los
caracteres en cuestión carecen de homólogos (Müller & Wagner 1991; Minelli & Fusco 2005; Müller & Newmann 2005; Pigliucci 2008; Wagner & Lynch 2010). La confusión tiene su origen en la controvertida noción de “novedad evolutiva” que algunos autores han efectivamente considerado como sinónimo de apomorfia/autapomorfia (p. ej., Arthur 2000; Hall 2005), aunque siempre con el debido cuidado, evitando sacar conclusiones sobre la presencia/ausencia de homólogos del carácter identificado como novedad. Como argumentaré en la sección siguiente, probablemente sea imposible fijar una definición única y comprehensiva de novedad evolutiva y sea necesario adoptar una postura pluralista al respecto de esta cuestión (Brigandt & Love 2010, 2011), pero sea cual sea la perspectiva que se adopte será siempre fundamental declarar de forma explícita en qué contexto se califican determinados caracteres como novedades. Por ejemplo, un carácter puede ser calificado de novedad desde el punto de vista de la aptitud y del análisis funcional propio de una perspectiva adaptacionista, lo cual en ningún momento significará que dicho rasgo carezca de homólogos. El caso de las
clase de los mamíferos. Para una breve exposición, redactada por su fundador, de los principios y métodos propios de la cladística, véase Hennig (1965).
alas/el vuelo en los murciélagos ilustra perfectamente este tipo de situación, ya que desde el punto de vista filogenético las alas, en tanto que órganos aptos
para volar, son, sí, una apomorfia en los quirópteros dentro de la clase de los
mamíferos, pero, en tanto que extremidades, las alas de los murciélagos son homólogas con las extremidades de todos los vertebrados tetrápodos (i.e., son una plesiomorfia). No podemos descartar que en el caso del lenguaje nos hallemos en una situación parecida.