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1. ASPECTOS HISTÓRICOS

1.4 Introducción al estudio de la Luna

Existen pruebas que confirman que varios pueblos han tenido a nuestro satélite natural por un ser vivo que compartía con ellos sus alegrías y tristezas. Entre estos pueblos existen poblaciones actuales en Polinesia, Melanesia, tribus del Amazonas y africanas. Los papúes la llamaban Bimbaio. En el cercano oriente cobró gran importancia el culto a la Luna: en la ciudad de Uruk adoraban a Nik y en algunos templos se le rendía culto a Bilquis-Ilumquh, el dios lunar. En la patria de Abraham, la ciudad de Ur, existía un ser llamado Nannar al que se le rendía culto (Figura 1-4). En Egipto, en el imperio antiguo, existió un dios llamado Khonsu (Figura 1-5), cuyo sobrenombre era el navegante, al que suponían recorriendo el cielo en una barca. Más tarde Thoth, dios Luna, era considerado como el padre de las matemáticas y otras ciencias. Posteriormente es desplazado por Isis, símbolo lunar y diosa del amor. En Fenicia la diosa Astarte, de origen Sumerio acadio, se convierte en la homónima de Isis. En la mitología greco-latina Selene, hija de Hiperión, tomó el lugar de diosa lunar, para más adelante cederlo a Artemisa en Grecia y Diana, la diosa cazadora, en Roma.

En el pueblo tolteca, tenemos al dios lunar Metzi. En Perú encontramos a la capital del imperio Chimu a la que se llamaba Chanchan o Chimorr, que se traduce como Ciudad de la Luna. Como se puede observar, la Luna ha influido notablemente en la cultura y el comportamiento de los pueblos antiguos, afirma Violat & Sánchez (1996), los cuales utilizaban su aparición como inicio de rústicos calendarios y un fiel instrumento de medida del tiempo. Un ejemplo de esto son los pueblos nativos de Norteamérica que solían medir sus acontecimientos en lunas.

Posteriormente, a medida que la civilización se hizo más sedentaria al depender de la agricultura (con el perfeccionamiento de herramientas y sistemas de regadío), el hombre avanzó más en el conocimiento de la naturaleza y comenzó a

preguntarse de los porqués de su aparición y desaparición, además de su crecer, menguar y como presentaba los mismos rasgos al observador.

Figura 1-4. La estela de Ur. Figura 1-5. El dios Khonsu, llamado el Navegante.

Los pueblos asirios y babilonios, reconocidos por ser excelentes observadores y matemáticos, determinaron el tiempo en su órbita alrededor de la Tierra, llegando a afirmar que el tiempo que empleaba entre dos pasos sucesivos (mes sidéreo) era más corto que el mes lunar. Los babilonios idearon una semana de siete días, tal vez por existir siete astros errantes: cinco planetas y dos grandes dioses, el Sol y la Luna. De estos pueblos se conservan los datos de los eclipses lunares y solares, el más antiguo de los cuales puede remontarse al eclipse solar del 15 de junio del 763 a. C.

Con el nacimiento de la Escuela de Alejandría, uno de sus directores, Eratóstenes de Cirene (h. 275 – 149 a. C.), dejó una obra en la que se describen sus cálculos para establecer la medición de la circunferencia de nuestro planeta (cálculos que difieren de los actuales en aproximadamente 90 km). Eratóstenes también midió la oblicuidad de la Eclíptica, compiló un catálogo con 700 estrellas y calculó datos de la Luna. Determinó la distancia Tierra-Luna en aproximadamente 1/3 del valor verdadero. Hiparco de Nicea (190 – 125 a. C.), el astrónomo más importante de la época, realizó cálculos que le permitieron estimar la distancia Tierra-Luna con

valores más exactos que los de Aristarco de Samos (310 – 230 a. C.). Con sus estudios consiguió determinar el fenómeno del paralaje, que consiste en el desplazamiento aparente de un determinado objeto con respecto a una referencia más alejada y que se produce al observarlo desde dos puntos distintos. Otra de sus obras importantes fue la elaboración de un catálogo con 1080 estrellas, las cuales dividió en seis grupos por sus magnitudes de brillo. Tres siglos después, Claudio Tolomeo (s. II) representó con bastante exactitud la teoría lunar de Hiparco, haciendo que el centro de la órbita lunar girase alrededor de la Tierra dando una vuelta completa cada nueve años. Tolomeo descubrió una segunda irregularidad lunar que actualmente recibe el nombre de evección, una perturbación periódica en el movimiento de la Luna causada por la atracción solar, cuyo valor es de 31,5 días. Sus cálculos situaban a la Luna a una distancia de 59 radios terrestres y pudo medir el diámetro lunar con bastante precisión. Desde la antigüedad ya se conocía la variabilidad del diámetro aparente de la luna, lo afirma Violat & Sánchez (1996); los babilonios lo habían descrito en sus tablillas (Figura 1-6), esto gracias a la astronomía observacional y aritmética de sus mediciones.

Figura 1-6. Piedra de Mesopotamia fechada en el siglo XI a. C.

Tales de Mileto (h. 640 – 546 a. C.), consideraba que la Luna estaba más cerca de nosotros que el Sol y que carecía de luz propia. Se dice que suponía que la Luna tenía forma aplanada y flotaba en un inmenso mar. Anaxágoras de Clazomene (500? – 428 a. C.) y Anaxímedes de Mileto (¿611 – 546 a. C.?) imaginaban la Tierra flotando en el espacio. Anaxágoras suponía que la Luna era una gran masa pétrea, con posibilidad de ser habitada, mucho mayor en extensión que la Grecia

continental y que poseía una orografía similar a la de la Tierra. Pitágoras de Samos (580 – 500 a. C.), calculó la distancia que separaba a nuestro planeta de la Luna en 126000 estadios (aproximadamente unos 23000 km) y Demócrito de Abdera (460 – 370 a. C.), atribuyó a las manchas visibles el origen de sombras de grandes montañas y cordilleras.

Aristarco de Samos (310 – 230 a. C.) fue el primero en situar al Sol en el centro del universo. La Tierra y los planetas giran a su alrededor, a excepción de la Luna, que se mueve en torno a la Tierra. Este modelo no prosperó y es hasta Copérnico con quien el heliocentrismo se asienta de manera definitiva. Aristarco atribuye a la Tierra movimientos tanto de rotación como de traslación y efectuó las primeras mediciones de las distancias Tierra – Luna y Tierra – Sol.

Durante un eclipse de Luna, Aristarco observó que, a la distancia a que se halla la Luna, el cono de sombra proyectado por la Tierra tiene una anchura equivalente al doble del diámetro aparente de la Luna. Esta observación, junto con el hecho de que la Luna y el Sol muestran discos casi del mismo diámetro angular aparente, le permitió a Aristarco trazar un diagrama que se muestra en la Figura 1-7. Mediante este esquema, Aristarco pudo determinar que el diámetro de la Tierra, DT, era tres

veces mayor que el diámetro de la Luna, DL:

𝐷

𝐿

=

𝐷𝑇

3

.

En realidad, la relación correcta es DL = DT/3.67. Para Aristarco, el diámetro

angular aparente de la Luna es de 2° (el valor correcto es de 0.52°). Si se acepta que la órbita lunar es circular, su longitud corresponde a Lorb = 2πdTL, donde dTL

representa la distancia Tierra – Luna. Entonces, si 2° corresponde a DT/3, los 360°

de la órbita completa equivaldrán a 60 DT. Por lo tanto:

𝑑

𝑇𝐿

=

60𝐷

𝑇

2𝜋

≅ 9.5𝐷

𝑇

.

Si se emplean los valores correctos para el diámetro de la Luna y para su tamaño angular aparente, se obtiene dTL ≈ 30 DT. Si consideramos el diámetro de la Tierra,

DT = 12756 km, obtendremos para la distancia Tierra – Luna el valor dTL ≈ 382680

Figura 1-7. Cono de sombra proyectado por la Tierra durante un Eclipse de Luna.