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Capitulo 1: México: la transformación de la violencia: 1910-2010

1.1 Introducción

i bien el uso de la violencia es una constante histórica, México es particularmente ejemplar en este aspecto. Su territorio, marcado por la huella de la violencia, da testimonio del arduo recorrido en la mirada esquiva que ha ido forjando en los diferentes rostros de la opresión. Los pasajes que nos llevan del impacto erosionante con el mundo europeo, a la colonia y el posterior ingreso a una modernidad tardía, desde las supresiones y exclusiones hechas en nombre de una identidad nacional construida ahí donde era impensable, para luego, ya que era posible, disolverla en las fuerzas libres del mercado mundial, pasando por lapsos de tiempo en donde el uso la violencia terminó por sustituir a la política misma, hasta la ―guerra‖ librada contra el narcotráfico en los últimos años, han hecho de la violencia un criterio ineludible para el análisis histórico y político de México.

El hecho de que la violencia sea un protagonista principal en la historia mexicana no quiere decir que no hayan existido transformaciones en su uso y en los sentidos a los que se apela cuando se le invoca. No es lo mismo hablar del proceso de evangelización o conquista espiritual que acompañó a la colonización del territorio por la monarquía europea (con la destrucción del ―mundo prehispánico‖ y su consecuente resistencia, en forma, sobre todo, de sincretismo religioso), que de la exclusión casi total de grandes sectores de la sociedad en el reparto del excedente económico de la actual política neoliberal, aún cuando el espectro de la violencia ronde sendos acontecimientos de igual manera.

Acorde con la tendencia global, en las últimas décadas en México hemos asistido a una transformación en las formas en la que emerge la violencia, así como en los sentidos y las implicaciones que se le atribuyen. Estas transformaciones corren a la par de otros cambios de mayor profundidad y que en términos generales se caracterizan por constantes procesos de despolitización. En este sentido, en los últimos años podemos

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señalar una nueva matriz de identificación del enemigo que nos arroga un tránsito de un enemigo político, que dominara en las décadas de los sesenta y setenta, a un enemigo policial que ahora puebla las agendas de seguridad nacional de distintos países. Este desplazamiento de lo político por la criminalística, que lleva incluso a considerar a la desigualdad social como una potencial amenaza para la seguridad en los países,21 tiene a

su vez, algunas derivaciones importantes para la dinámica social.

Mientras que el enemigo político implica una temporalidad social específica, en tanto parte de la posibilidad de proyectar un futuro diferente de la situación actual (ya sea para revivir el pasado o para encontrar el futuro) al ―criminal‖ se le inscribe en el puro presente de la sociedad; ya no es un antagonista que se opone al orden social, sino que es situado cómo por fuera del orden, desarraigándolo del cauce social. Es por ello que el crimen encuentra su lugar típico dentro del discurso periodístico del ―día a día‖, en fragmentos noticiosos que no logran articular una causalidad lógica. En una sociedad con pretensiones de estabilidad temporal, es decir, que se concibe a sí misma como orden logrado, consolidado y a conservar, el crimen es mostrado como un problema infra social que no pasa dentro de la dinámica del tiempo delimitado colectivamente (restringiendo por lo tanto, las capacidades transformativas del orden colectivo), sino como consecuencia –hasta cierto punto natural, dicen- del claro establecimiento jurídico de los límites de la sociedad. Estos límites marcan claramente la frontera entre lo social interior, y lo que pasa por fuera, como un espacio a-social. El criminal es situado en este no-lugar y por lo tanto se vuelve atemporal.

El fin de la ―Guerra fría‖ y del mundo bipolar marca la emergencia hegemónica del discurso de la ―seguridad‖ a nivel global. El guerrillero da paso al ―terrorista‖ como enemigo del orden establecido, y este tránsito está habilitado por una constelación de significados que imagina el triunfo del capitalismo y de la democracia liberal acotada a lo electoral como fin de la historia. Si el conflicto alguna vez fue interpretado como el motor de la historia, el fin de los grandes relatos utópicos (y su semilla revolucionaria)

21 Por ejemplo ver la declaración sobre seguridad hemisférica de la Organización de Estados Americanos

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es interpretado ahora como el fin del conflicto político y el arribo de una sociedad consumada. En este contexto el advenimiento del ―criminal‖ es reflejo de esta estabilidad imperturbable. La política de la dialéctica entre revolución-contrarrevolución que definió décadas pasadas es desplazada por la policía y su combate contra el crimen organizado.

Además del ―terrorista‖, que en su versión mexicana adopta la forma del ―narco‖, la otra figura subjetiva que resulta emblemática del tránsito del enemigo político al enemigo policial es el ―inmigrante‖: intruso no deseado de las sociedades de la comodidad y el lujo, pero también hijo no reconocido de estas, es producto de una anti- política que opera desconectando causas y consecuencias. Los inmigrantes son también colocados por fuera de la dinámica social, negándoles su estatus político bajo la rúbrica de la agenda que impone la noción abstracta de ―seguridad nacional‖ y la preservación de un modo de vida cultural. Es por ello, como afirma Balibar (2001), que la lucha de los inmigrantes es una lucha por el derecho de lucha; el ―derecho a tener derechos‖ debe verse como un mínimo reconocimiento del status político de una alteridad y sobretodo, como un derecho (político) que define el ingreso un campo de lucha social.

Cómo veremos, este proceso en el cual el enemigo político se convierte en un fantasma -en una ausencia que es ocupada por la figura del criminal- , como veremos, resulta funcional a las condiciones materiales existentes y al proyecto político hegemónico. Es por ello que dicho tránsito tiene como correlato necesario la erosión del campo político y la despolitización de las categorías subjetivas disponibles para la lucha. Si el ―terrorista‖ (o ―narco‖, ―mara‖, o ―pandilla‖) y el ―inmigrante‖ son figuras subjetivas emblemáticas de dicho paradigma, la ―maquiladora‖ puede pensarse como su heterotropo. La maquiladora como enclave básico de una economía global transnacional (es decir, cuya acumulación de capital no se da en un ámbito estatal-nacional, sino en la fragmentación de la cadena de producción a lo largo de distintos espacios del sistema económico mundial) se asemeja más a un campo de concentración que a su antepasado, la fabrica moderna, y que se había logrado convertir en un importante espacio de disputa entre el capital y la fuerza de trabajo. La ―nueva cultura laboral‖, eje bajo el cual el

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marketing político traduce a un lenguaje ―políticamente correcto‖ la desarticulación de un actor político importante (el proletariado como organización de la fuerza de trabajo), esconde tras la ―flexibilización‖ de la mano de obra, no sólo la pauperización económica del trabajo sino su disolución como categoría política. El desempleo –frente al cual la maquila se presenta como una solución en los países no desarrollados- aumenta la rentabilidad del capital a costa de la desarticulación política de los trabajadores. Tal vez sea ahí donde deba buscarse la relación observada entre la proliferación de las maquilas y los altos índices de criminalidad: en su rol disolvente del lazo social.

En México, el encumbramiento del discurso de la seguridad converge con el endurecimiento de la política neoliberal. Este endurecimiento es la exclusión de grandes sectores de la población, que terminan siendo desplazados a posiciones marginales respecto de los verdaderos centros de representación política. Esto ocurre al mismo tiempo que los actores ven progresivamente acotados los medios con los que disponen para expresar sus demandas. El paradigma político que relaciona libre mercado con democracia acotada a lo electoral y que se hace ciega a sus propias instituciones (por lo que deviene en un institucionalismo intransigente que niega toda reflexión hacia el ―acuerdo‖ político que reproducen o favorecen) esconde tras abstracciones técnicas- gubernamentales la profunda asimetría en la distribución del poder en el país y la incapacidad de este proyecto de tramitar el reclamo por dicha distribución desigual de posiciones. De esta manera, al presentar bajo una unidad insoluble libertad política e intercambio comercial, este paradigma hace que el reparto de los costos y beneficios sociales que la economía de mercado conlleva recaiga sobre una estructura desigual que no encuentra elementos para ―negociar‖ las posiciones que el actual orden social dictamina, mismo orden que se preserva dentro de los límites jurídicos y que hace del ―Estado de derecho‖ un elemento importante de su discurso. He aquí el verdadero rostro del conservadurismo de la política contemporánea: blindaje de la estructura de poder actual sin posibilidad de re-articularse.

La funcionalidad y la pertinencia del ―discurso de la seguridad‖ para sostener una hegemonía ha sido ingeniosamente ilustrada por Ernest Mandel en ―Crimen delicioso‖

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(1986). Ahí toma como dato la producción popular literaria y sus cambios e intenta explicar las condiciones materiales que subyacen al hecho de que las novelas del ―bandido bueno‖, tipo Robin Hood, fueran cediendo su espacio a la literatura policiaca y de misterio como Sherlock Holmes. Para Mandel, este cambio se relaciona con dos momentos diferentes de la hegemonía burguesa. De esta manera, mientras que las novelas del primer tipo obedecían a un momento en donde la burguesía aparecía como revolucionaria frente a la estructura de poder feudal, en el relato policiaco la burguesía se habría vuelto reaccionaria y defensora del orden consolidado. Mientras que tras la idea del ―bandido bueno‖22 se apela a una noción negativa de la justicia, en tanto los

personajes que actúan al margen de la ley, lo hacen desafiando un conjunto de normas calificadas como injustas, permaneciendo así dentro de los límites de una moralidad (generalmente campesina) que se opone al sistema feudal, con la emergencia del relato policiaco sin embargo, ocurre: ―un vuelco dialéctico: el héroe bandido de ayer se ha convertido en el villano de hoy, y el villano representante de la autoridad de ayer, el héroe de hoy‖ (Mandel, 1986: 11).

Los relatos policíacos obedecen entonces a la ―necesidad objetiva de la burguesía de reconciliar la conciencia del ―destino biológico‖ de la humanidad, de la violencia de las pasiones, de la inevitabilidad del crimen, con la defensa y apología del orden social existente. La rebelión en contra de la propiedad privada se individualiza ya que, al no gozar de un estímulo social, el rebelde se vuelve ladrón o asesino. De esta manera, la criminalización de los ataques a la propiedad privada hace posible la transformación de estos ataques en apoyos a la propiedad privada‖ (Mandel, 1986: 20).

¿Qué significa entonces que en la actualidad la novela policíaca se haya transformado en la política de Estado prevaleciente? ¿A qué presiones responde esta

22Aquí, Mandel recurre desde luego a Robin Hood (cuya figura es, creo, arquetípica en tanto se repite en

las más disímiles regiones del mundo) entre otros, y aunque no conforma parte de la muestra tomada por Mandel en su estudio (posiblemente debido a que sea injusto para Lope de Vega calificar su obra teatral ―irreflexiva‖) no podemos dejar de pensar en ―Fuenteovejuna‖, obra a tres actos en donde el pueblo encuentra su comunión tras ejercer un acto violento contra una figura de la autoridad feudal (el encomendado).

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necesidad compulsiva del Estado de afirmar reiteradamente su monopolio del derecho y sus instrumentos coactivos? Podemos aventurar una respuesta: en la repetición del relato policíaco puede ir oculta la incapacidad del proyecto político hegemónico de (auto)transformar sus propias condiciones de existencia: su intolerancia a la construcción de sujetos políticos -que implica por supuesto la capacidad de construir el enemigo político que se ubica de la sociedad misma, señalando los espacios y posiciones que ocupa ahí- y que sólo es sostenible reproduciendo y refuncionalizando al crimen como un subproducto social sobre el cual se puede apoyar gran parte de la legitimidad del orden existente, que opera en forma disuasiva, exhibiendo la asimetría en los medios político. Si aceptamos al menos en principio lo anterior, tendríamos que establecer que el actual ―discurso de la seguridad‖, en tanto aplazamiento del conflicto social, sólo es sostenible a través de la perpetuación de ciclos de violencia para hacer valer su legitimidad. Un escenario en donde esta escalada de violencia no sólo se sostiene sino se incrementa, es plausible.

El objetivo de esta primera parte es reconstruir este tránsito de la violencia política al paradigma de la seguridad, recurriendo a una lectura particular de la historia mexicana. Buscando ver proceso largos que nos permitan señalar continuidades, transformaciones y rupturas, hemos seleccionado un periodo de cien años, que se inaugura con la Revolución Mexicana y nos lleva en una compleja trama de omisiones y complicidades al año 2010, en plena ―guerra contra el narco‖. Cabe decir que la finalidad de esta reconstrucción histórica no es el de la precisión cronológica, ni el de mostrar nuevas evidencias que confirmen esclarecedoras tesis sobre el transcurrir de los hechos, sino su utilidad analítica. No es historiografía de la violencia en México (aunque se apoya en ella). Es más cercana a la ―Histórica‖ analítica de Koselleck, que se avoca a señalar las condiciones formales para analizar la historia, así como la transformación de los conceptos y los sentidos incorporados a los conceptos que permiten y que figuran en el relato histórico. Es por ello que será necesario hacer algunas precisiones de índole metodológico para aclarar la relación entre Historia y violencia, así como algunos criterios para el posterior análisis histórico.

35 1. 2.- Historia y violencia

1.2.1 El uso de la violencia en la historia

La Historia es fundamentalmente escritura. Y para ambas la violencia, la fuerza requerida para inscribir el signo en el material del tiempo, juega un papel fundamental. En un texto de 1973, Pierre Clastres aborda el problema de la tortura ritual en las sociedades primitivas; ahí, se ayuda del cuento de Kafka la ―Colonia penitenciaria‖ para introducir la relación que establece entre el signo, la escritura, la ley y el cuerpo. En el relato de Kafka que Clastres refiere, es fundamental la figura del viajero, elemento intrusivo que llega a la Colonia penitenciara y al que hay que explicar el funcionamiento de lo que para los naturales del lugar pasa ya sin excepcionalidad alguna. El oficial explica ahí la sencillez del procedimiento de sanción para quien viola la Ley de la colonia: ―Se graba simplemente, con ayuda del rastrillo, el párrafo violado sobre la piel del culpable‖ -así, posteriormente agrega Clastres- ―la ley escrita en el cuerpo es un recuerdo inolvidable (…) La marca es un obstáculo para el olvido, el mismo cuerpo lleva impresas las huellas del recuerdo, el cuerpo es una memoria‖ (1978: 183).

Señalar el carácter violento de la palabra escrita no es una novedad sino un argumento de larga data. En la crítica que hace Platón a la escritura en contraste a la oralidad, abierta a la impugnación directa por parte del público, se encuentra ya presente esta discusión. Ahí, la textualidad no sólo elimina al sujeto en tanto sitúa el pensamiento fuera de él, sino también destruye la memoria. Alain Badiou (2008) se ha empeñado en

…dura como es, la ley es al mismo tiempo escritura. La escritura

es para la ley, la ley habita la escritura; y conocer una es ya no poder desconocerla otra. Toda ley es, pues, escrita, toda escritura es índice de ley…‖

-Pierre Clastres La sociedad contra el estado

...la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen.

-Ronald Barthes. La muerte del autor

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ver en estos argumentos de Platón -pese la declarada desconfianza del maestro griego a la democracia- una crítica al elitismo que imperaba en las artes escritas que eran presentadas como la verdad develada. En este sentido para Platón, mientras que los signos son convencionales, no pasa así con ―las afecciones del alma (lo que hoy llamaríamos significado), porque estas poseen idéntica referencia, a saber, la esencia de las cosas‖ (Balasch, 1990: 9). Hay efectivamente para Platón ―otra cosa que cuerpos y lenguajes. Porque la Idea no es un cuerpo en el sentido de lo dado inmediato… ni tampoco un lenguaje o un nombre (como dice en el Cratalio: nosotros filósofos, partimos de las cosas y no de las palabras)‖ (Badiou, 2008: 26). Hay pues, algo más allá de la dictadura de la letra y el lenguaje.

Más recientemente Ronald Barthes ([1968], 1994) en el epitafio titulado ―La muerte del autor‖ describe el imperio de la ley-escritura de la siguiente manera: ―en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, el autor entra en su propia muerte, comienza la escritura [de tal manera que] es el lenguaje, y no el autor, el que habla23 la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más

que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente‖ (Barthes, 1994: 81). Tal vez, la cuestión ahí sería preguntarse ¿cómo es que un alfabeto finito y limitado por las reglas gramaticales pertinentes, produce significados infinitos? ¿Será posible que algún día existan más cosas que palabras?

En algunos lugares se le adscribe pues, un carácter violento a la palabra escrita: nombrar es matar a la cosa, el lenguaje borra al sujeto y es un tirano que impone su dictadura, ―nos habla‖. La fuerza con la que se escribe la letra es parte constitutiva de esta, sin embargo, como decía Foucault, ahí donde se observa poder se encontrara

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―Escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castradora del novelista realista – ese punto en el cua1 sólo e1lenguaje

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también resistencia. Es por ello que el significado, aquello que el símbolo quiere asfixiar, normalizándolo, es un objeto de lucha.

Si la impresión del símbolo en la superficie textual implica una fuerza que deja huella, como la cicatriz que deja la ley escrita sobre el cuerpo de los penitenciaros en la novela de Kafka, la emergencia de los objetos de reflexión histórica también está marcada por la violencia derramada en los acontecimientos que dan forma a la cronología histórica. De ahí que la ―violencia‖ sea una categoría útil para organizar el relato histórico. Pensemos por ejemplo en ―América Latina‖ como un elemento del pensamiento histórico. Su origen, su emergencia como objeto histórico, esta signada por la violencia, por el acontecimiento que provocó el ―choque de dos mundos‖. La idea de

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