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2.3. Historia y descripción de los bosques del Bulubulu

2.3.2. De los inviernos

La naturaleza hostil y paradisíaca a la vez de la Antigua Provincia de Guayaquil, fue descrita ya desde inicios del siglo XVIII en las primeras crónicas que se registran con fines tanto administrativos como científicos por autores como Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1736-1744), Antonio de Alcedo y Herrera (1741), Francisco Requena (1774), y Arcadio Pineda (1790) entre otros.

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que estuvieron por estas regiones entre 1736 – 1744 formando parte de la Misión Geodésica Francesa, a su vez describen el invierno como “aguas continuas de noche y de día, las tormentas de truenos y rayos frecuentes y furiosas (...) las aguas hinchando aquél río y los demás que le entran, anegan todo el territorio y lo dejan impracticable;...” (Min. Defensa, 1996: 44)

Arcadio Pineda, científico naturalista, quien estuvo en Guayaquil formando parte de la Expedición Malaspina, “se dedicó a recoger testimonios de los habitantes de la ciudad, campesinos e indígenas con lo cual pudo recrear para sí un cuadro del invierno, con todo lo que acontecía entre diciembre y mayo” (Min Defensa, 1996: 32). Quería comprobar lo que se decía de los inviernos en estas regiones15, “sobre los efectos de las

aguas, las inundaciones y el mundo de vivientes nocivos que surgían de su interior o que emanaban de las putrefacciones de los pantanos y los charcos.” (Ídem). Experimentar por sí mismo lo que podía brindar este mundo desconocido, “buscando algo más sobre los efectos del agua desbordada, en un mundo inmaduro, húmedo y frío” (Ídem). Reino de las aguas, la humedad y el calor para Requena (1774). Diluvio buffoniano, “aire y

14 Las viviendas asentadas a orillas de los ríos es una costumbre que se habría mantenido hasta la construcción de las carreteras a mediados del siglo XX, en que los ríos son reemplazados como vías de comunicación y de movilidad de personas y productos.

15 En una descripción que realiza de la vegetación que encontraba a su paso, mientras se dirigía al Tungurahua, menciona que en los terrenos por los que pasaba las inundaciones eran anuales, quedando estos bajo las aguas.

44 tierra cargados de vapores húmedos, no se benefician del sol, seres húmedos, plantas, reptiles, insectos, hombres fríos y animales endebles...” (Ídem).

Pero ningún diluvio es eterno, una vez que las lluvias amainaban y las aguas se recogían, daban paso a un paisaje placentero, así lo describe Arcadio Pineda:

A la escena horrible y uniforme de las aguas, de los insectos, de los calores y de la soledad, sucede rápidamente otra sumamente deliciosa: las aguas se retiran, las campiñas se cubren de una agradable vegetación en gradaciones diversas, los gamalotes, las gramas y las arboledas, que al mismo tiempo que varían los colores, se pueblan de infinitos pájaros vistosos que los animan, y forman de cada grupo la perspectiva más halagüeña, los insectos disminuyen, los ganados recobran sus antiguos pastos y querencias; hasta los animales silvestres permiten que se les acerque el hombre y producen una ilusión majestuosa de paraíso (Min Defensa, 1996: 33).

La siguiente crónica de Arcadio Pineda aparece en su obra Apuntes de Guayaquil de 1790. La siguiente descripción, pese a ser una exaltación del mundo natural, en tanto desconocido... sobrecogedor, alejado del referente europeo que regía para la época, nos permite imaginar cómo han sido los inviernos desde tiempos históricos en el Ecuador y la forma como los habitantes de estas regiones habían adaptado sus rutinas vitales a la naturaleza de su entorno. Empieza la descripción precisando los lugares “... en la Provincia de Guayaquil...”:

... empiezan las lluvias en Diciembre y son tan copiosas y crecidas, que engrosados los ríos sin fácil salida al mar, sus cauces se expanden por las llanuras que están casi a su nivel; salen de madre y extendiéndose por los campos forman un mar en figura oval de 20 leguas en su mayor diámetro, el cual es perviviente hasta Mayo: los bosques frondosos desaparecen, los campos lozanos se sepultan bajo las aguas, las copas de los árboles muy empinados aparecen como balsas en la misma superficie... las ramazones desgajadas, los troncos sueltos y los demás cuerpos extraños forman bancos en la margen de los ríos... (Min. Defensa, 1996: 32-33).

Al indicar un mar de 20 leguas en su diámetro mayor nos remite a una extensión de aproximadamente 100 Km. El Cantón El Triunfo está ubicado a 58 Km. de Guayaquil, y el sitio donde específicamente se recolectó la información a 40 Km. por lo que se infiere que la descripción de Pineda bien puede alcanzar hasta ese punto y probablemente más allá. Cuando se refiere a los ríos engrosados sin fácil salida al mar, es de observar que el río Bulubulu, no sale al mar al igual que otros ríos de la región, sino que luego de adoptar distintos nombres en su recorrido deposita sus aguas en el Guayas, tal como lo

45 registró Malaspina (1790) en su Carta Plana. Al utilizar la definición de campos para referirse al lugar donde ocurre este fenómeno, está ubicándonos en zonas principalmente cubiertas de vegetación, de lo contrario habría indicado poblados, lo que se refuerza al precisar que los bosques frondosos desaparecen (bajo las aguas, la acotación es mía), y para afirmar aún más la imagen de la fuerza y volumen que debían tener los caudales recogidos por los ríos durante estos inviernos, nos dice que las ramazones desgajadas, los troncos sueltos y demás cuerpos extraños forman bancos en la margen de los ríos... sin embargo, la imagen descrita en ningún momento se puede asociar a una catástrofe, puesto que del estudio realizado por Kolberg (2000) se conoce que los registros de las catástrofes se hacían únicamente sobre los que tenían impactos importantes sobre las comunidades y asentamientos. Por tanto, asombroso sí, desconcertante también, pero no un desastre. Para Pineda este era un fenómeno natural que ocurría en un espacio natural con su propia lógica natural. Y continúa describiendo lo que serían adaptaciones culturales de la gente al entorno, y de sus viviendas:

.... Las colinas que se elevan sobre el llano son el refugio de los

ganados... Los pueblos y las alquerías quedan aislados… cada

habitación es un remedo de aquel arca primitiva en que vivió la especie humana, gatos, perros, puercos, gallinas, cada especie de animales, se refugian con los hombres en los pisos altos de las casas, las que son antípodas desaparecen y se anegan... (Ídem).

El uso de colinas elevadas para mantener a salvo el ganado en un terreno llano indicaría una tarea que se realiza con anticipación a la llegada de las lluvias, implica movilizarse varios kilómetros y en jornadas de varios días. Esta costumbre que todavía puede verse en las tierras del interior de la costa donde los granjeros y finqueros organizan su ganado llevándolo a tierras más altas en temporada invernal. Queda claro que las casas se construyen previniendo estas condiciones climáticas y que la experiencia les indicaría que de no ser así corrían con el riesgo de quedarse sin techo que los proteja de la intemperie o que por lo contrario debían salir del lugar antes de que las lluvias llegaran. Pues una vez presentado el invierno, quedarían aislado por una larga temporada. La influencia del invierno sobre las relaciones sociales también fue observada por Pineda cuando dice:

Los míseros habitantes de estas regiones se divorcian por largo tiempo del trato con todos sus familiares, y solo la costumbre inveterada desde que nacen puede hacer soportable esta vida e inacción y las

46 calamidades que la acompañan. Pero ellos ven con indiferencia

anegarse y volver a ver a aparecer el suelo que las sustenta y que casi por encanto reverdece con una momentánea y pujante vegetación... (Min Defensa, 1996: 32-33).

La descripción del invierno que hace Pineda habla de lluvias que desbordan ríos, aguas estancadas en bosques; pueblos y haciendas aisladas; nos remite a la imagen de un desastre, “calamidades” provocadas por el exceso de aguas. Su descripción bien puede decirse que es otra más de las noticias publicadas en la prensa sobre el invierno pasado (2008). Sin embargo las cosas de las que habla son las que sucedían en el S. XVIII en la región litoral del Ecuador.

Más allá del tiempo en que se produce este relato, dos puntos que cabe analizar de esta descripción son: en primer lugar la imagen dicotómica que Pineda ofrece de los inviernos, a la vez que muestra un “ambiente hostil, humedad, regiones inundadas”, también describe entrañables paisajes, de seducción indescriptible por lo extraño, ideas de un mundo diluviano por un lado y por el otro paradisíaco, derivada de los preconceptos que regían las ciencias y cultura occidental y su forma de mirar la Naturaleza desconocida de América, que fueron impuestos por Bufón y Rousseau ya desde el siglo XVIII y que continúan influenciando la forma de intervenirla. En segundo lugar, la descripción de las personas y la forma cómo respondían estas situaciones que debían ser de carácter recurrente… el ganado se refugiaba en las partes altas de las colinas, las personas y sus animales de granja en las casas altas para resguardarse de este mar de aguas dulces prevalecientes durante más de cuatro meses. Adaptaciones culturales que cumplían el objetivo de proteger la integridad física de las personas, sus bienes y medios de vida.

A los expedicionarios de Malaspina llamaba la atención, respecto a cómo los habitantes se habrían habituado a convivir en estos parajes, que de la tormenta furiosa y aguas pútridas pasaban a la calma y a la explosión de vida y colores:

la relación de las gentes con la naturaleza; parecían no sólo emerger de ella, sino ser apenas su parte humana, estaban tan compenetrados en un mundo único, que las plantas o los animales o la misma tierra, eran una parte de sí mismos. Sobre esto se podían dar muchos ejemplos, pero uno de los más sorprendentes era el que se observaba a la terminación del invierno, tiempo en el cual las gentes abandonaban toda relación social, era como si no existieran, pero al disminuir las aguas, aparecían de pronto tal como los nuevos pastos y las flores. (Min Defensa, 1996: 37).

47 En estas circunstancias, como dice Arcadio Pineda:

se les ve correr de unas a otras casas en sus débiles canoas, cada individuo distinto de sexo y edad las manejan diestramente y atraviesan con agilidad los ríos más caudalosos... Algunos ágiles nadadores suelen pasar sin canoas de unas a otras barracas, sorteando los avances continuos de los caimanes (Ídem).

El invierno como puede verse, con su característica de lluvias torrenciales y los efectos derivados del fenómeno meteorológico, es recurrente de esta región, como lo expuse anteriormente, la diferencia para que en las últimas décadas sea considerado como el origen de desastres, está en que anteriormente la región litoral en toda su extensión estaba escasamente poblada y preferentemente dispersa, y lo más probable es que las antiguas montañas del Bulubulu fueran inexploradas en gran parte. Su condición boscosa hace presumir que en el imaginario colectivo de la colonia, no era motivo de preocupación que las aguas inunden y permanezcan estancadas en estos parajes por casi seis meses consecutivos, pues la forma cómo sus pocos habitantes les hacían frente a estos inviernos, habla de actitudes de relación empáticas con el ambiente natural.

2.4. La Expedición Malaspina y su aporte a la Historia Natural de la Región: La