Brenda explica algunas de las innumerables hazañas de su hijo y sus jóvenes amigos: “Ellos son de la calle. Empezaron a andar en los tranques apoyando, haciendo, tornando, dando de todo lo que ellos hu- manamente podían dar y lo que la gente daba de provisión. Y, como te digo, cuando Masaya estuvo bastante atacada, ellos lograron entrar y entregarles las provisiones. Sacaron a los que estaban heridos en Ma- saya, que muchas veces no podían salir porque los paramilitares los te- nían rodeados. Cuando el ataque del día de las madres [que se saldó con 18 muertos], ellos iban al frente, según ellos protegiendo a las madres. Y cuando cayeron los primeros muertos, ellos estaban ahí. Inclusive hubo uno de ellos que cuando lo subieron a la moto, el muchacho ya había perdido la vida. Mi hijo estaba con ese muchacho y lo agarró en el aire cuando caía. Esa muerte para mi hijo fue un impacto emocional fuerte porque dijo que nunca había visto a alguien morir así. El mucha- cho llevaba toda su cabeza desprendida. Y mi hijo se sintió al mismo tiempo impotente y vulnerable. No tenía nada que lo protegiera y veía cómo caía uno y caía otro y otro más. Ellos sentían que ese día toditos iban a quedar ahí. Sin embargo, ellos comenzaron a sacar heridos, a sa- car a los muertos, a sacar familiares… Les tocaba buscar agua para los familiares porque caían desmayados a ver a sus hijos ahí ya sin vida.”
“A ellos también los tuvieron que ayudar porque andaban tras ellos por ser líderes. Y para guardarles sus vidas los sacaron y los llevaron a la catedral. Ahí estuvieron escondidos. Después un vehículo los sacó de ahí y se los llevó a Masaya y de ahí a otro sitio para que no estuvieran en los lugares que estaban siendo más golpeados porque parecía que andaban detrás de ellos. Estos tres chavalos también estuvieron en Ticuantepe y Estelí cuando esos tranques fueron atacados, siempre apoyando a los heridos, siempre llevando medicamentos. Hasta que llegó el desenlace: cuando veían de Masaya hacia Managua, después de dejar allá bastantes víveres porque Masaya tenía ya 10 ó 15 días en paro y no habrían las tiendas, Masaya estaba barrida, nada había y por eso ellos recogieron y llevaron bastantes provisiones, y cuando ellos ya venían de regreso fue- ron capturados en la rotonda de Nindirí. Les revisaron el vehículo. Ahí ya no traían nada. Sin embargo, cuando la policía los presentó cuatro días después, les pusieron un montón de armas. Les pusieron AKs, fusiles y las famosas armas nuevas que nunca se habían visto aquí en el país. Les pusieron municiones y pistolas. Y dijeron que ellos venían con un arsenal de armas. Los registraron. No traían dinero. Sólo Marlon traía alrededor
de 40 dólares. Rodrigo no traía más que 140 córdobas. Les quitaron dos teléfonos a cada chavalo. A punta de golpes les quitaron las contraseñas. Y después fueron trasladados de la estación de Nindirí a El Chipote.”
“Ya en El Chipote empezaron las torturas físicas. Le vi que el dedo gordo del pie ya estaba como reventado y lo primero que yo le pregunté fue ‘¿Te arrancaron la uña?’ Porque por ese tiempo ese tipo de torturas eran las que estaba haciendo. Él me dijo ‘Sólo me tropecé, yo soy bien bruto para caminar, vos sabés.’ Yo sólo lo quedé viendo y noté que me estaba mintiendo. Hasta ahora en este tiempo fue que él aceptó que una de las torturas que a él le hicieron fue en el dedo. Se lo apretaron tanto hasta el punto que se lo explotaron para que él dijera que era uno de los financiadores del terrorismo en Nicaragua. Después de que a ellos los encausaron, presentaron una lista de los financiadores del terrorismo en Nicaragua, donde se encontraba el nombre de Félix Maradiaga, Mónica Baltodano, el MRS –había como tres integrantes del MRS-, Víctor Cua- dras, creo que salía Lesther Alemán y sale Rodrigo Espinoza, que es mi hijo. Todos ellos acusados de ser los principales financiadores del terro- rismo dentro del país. Yo sólo me ponía a pensar: mi hijo es un chavalo, es un estudiante, ¿de dónde va a sacar para financiar algo así tan grande?”
Lilian Ruiz, madre de Hansel Vázquez, corrobora este testimonio con el suyo: “Desde el 22 de abril él [Hansel] se fue de viaje. Sólo lo vi dos veces más antes de que lo secuestraran. Él hacía todos los co- municados y salió leyéndolos. Y yo le decía ‘¿Y vos por qué no estás en la mesa del diálogo, si vos tenés una gran capacidad. Y eso es más seguro.’ Él me respondió ‘Yo no estoy en la mesa porque yo no quise estar ahí. Es que yo no soy de mesa. Eso se los dejo a los bonitos, a los niñitos. La mesa del diálogo es sólo para los culitos rosados. A mí no me gusta andar en esos camionetones.’ Él prefería delegar y que fueran otros. En las marchas andaba a la par de la gente y otros andaban en camionetones. Hansel es sencillo. No tiene ese tipo de aspiraciones.”
“A ellos tres, Hansel, Marlon y Rodrigo, los secuestraron la no- che del 11 de julio. Como ellos eran bien conocidos en Masaya y los agarraron en Nindirí, su secuestro se hace viral. Los emboscaron tres camionetas como con 10 encapuchados en cada una. No eran policías. Cuando los bajaron de su vehículo, comenzaron a darles y a darles, y no paraban. Dice Hansel que les dieron una golpiza… A Hansel le daban en la cara y lo pateaban en las costillas. Todavía ellos resienten los do- lores. Hasta que llegó el jefe de la policía, que ahora es hijo dilecto de Masaya, Avellán. A las horas ya sale la acusación que tienen. Rapidito salió el comunicado de la policía. Parece que ese es el comunicado de
cajón: sólo le cambian el nombre. Ya tienen el machote y sólo le ponen el nombre del ciudadano que se llevan. Todos van por terrorismo y por crimen organizado. En la Modelo los metieron en la galería 16, donde sólo hay presos políticos. Rodrigo [Espinoza] tenía medidas cautelares y lo metieron en las celdas de máxima seguridad. Ahí no es cuestión de que lo van a ver cada ocho días. Su mamá pasó dos meses sin verlo.”
En estos testimonios destaca el heroísmo de los jóvenes, pero se trata de un heroísmo que asiste a los compañeros de lucha y no comba- te. Hay aquí una reescenificación del código de valores del catecismo revolucionario: ser de la calle, estar entre la gente, la austeridad, la rup- tura con el orden social que valora altos puestos en mesas del diálogo, el relativo desprecio de la opinión pública, la disposición al sacrificio, la severidad consigo mismo y la exclusión de exaltaciones y vanidades. Es el triunfo de Necháyev/Bakunin y un entronque con la tradición de las luchas universitarias de los años 70. Se impone la vieja moral del revo- lucionario: líderes de a pie, desdeñosos de lujos de hoteles y camionetas y del glamour de la mesa de diálogo. La madre de Rodrigo recuerda los precoces sueños revolucionarios de su hijo: “Siempre estaba leyendo sobre historia y decía que él iba a ser una revolucionario.” Estos jóvenes hicieron lo que los adultos –entre otros, Fernando Cardenal, formado y formador de esas luchas- han pensado que se debía hacer. Sus accio- nes –¿lo dirían así los miembros de la Coordinadora?- son excluyentes porque no podrían haber sido encomendadas a cualquier miembro del movimiento ni habría muchos que se hubieran atrevido a aceptarlas. No pretendo que esta especie de retorno a algunos de los viejos ideales exprese una pugna al interior de la Coalición Universitaria, aunque en algún momento produjo fricciones que fueron resueltas con la escisión de una organización en dos. La cito a manera de ejemplo de la diversi- dad de concepciones de la lucha dentro del movimiento universitario y como muestra de la solidez del denominador común: el pacifismo. Sin embargo, ese heroísmo tuvo el beneficio que Sharp postula: suscitar las simpatías –empatías- entre las filas del rival. Es decir, lograr que la represión tenga un efecto boomerang.