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Érase una vez, en el país de los ratones, en su capital Ratalan- dia, un lugar donde las reglas reinaban, pero solo como un protocolo para el gobierno sumergido en una mentira, para darle una falsa ilusión de bienestar al pueblo.

Una vez el Chico Rata decidió vender queso campesino, un producto que se daba naturalmente y era muy fácil de pre- parar de forma artesanal. Chico Rata se enteró de que estaba prohibido vender y consumir ese queso, ¿por qué?, porque era un producto que al ser ingerido generaba la adicción de consu- mirlo con leche. Por eso en Ratalandia estaba prohibido tanto su consumo, como su comercialización, fabricación y porte, y traería consecuencias penales a aquellos que practicaran esa forma de comercio. Era penalizado por el gobierno pues este producto no tenía licencia para circular, no pagaba impuestos y era mal visto por las personas de clase alta.

Chico Rata creció en una clase social muy marginada en la que sus padres casi posmodernistas eran prisioneros de una doctrina antigua tirando a modernista revolucionaria; siempre querían salir de ese círculo, pero por miedos e inseguridades no lo hacían, por temor a las represalias del gobierno, y por no darse la oportunidad de explorar el mundo.

En ese orden de ideas, él decidió tomar las riendas de lo que iba a ser su camino de vida y se puso a fabricar queso artesanal, queso campesino, y posteriormente venderlo para cumplir su sueño de ser un gran corredor o, como en inglés se pronuncia, un gran rider.

Realizó esta práctica durante años, sin problema alguno, hasta que un amigo suyo quiso entrar a realizar esta práctica. Él le enseñó, lo metió en el medio, trabajaron, luego se pelearon por la avaricia del “Rata Puntilla”, así bien lo llamaba el Chico Rata. Él rompió con Rata Puntilla, se salió del medio por un tiempo, porque pudo empezar a estudiar, y se alejó tanto de su amigo como del medio y del queso campesino, por así decirlo.

Pasaron años hasta que Chico Rata se preparó, trabajó mu- cho, pero consumía de ese queso como adicción clandestina, hasta que un día viajó, cumplió su sueño de ser el corredor que quería ser y volvió a Ratalandia, sin dinero, con muchas historias por contar, pero en ceros, no tenía dinero.

Casualmente un día le dio por ir a donde Rata Puntilla para comprarle queso, él se lo vendió y hablaron. Le contó que estaba haciendo muchos viajes y al escuchar estos relatos a Rata Puntilla se le hicieron dinero los ojos, porque vio que era una magnífica oportunidad de ingreso de dinero, vender este queso en otras ciudades y civilizaciones en donde muchas más oportunidades de comercio se le podían abrir distribu- yendo este queso.

El Chico Rata le dijo que allí donde él había viajado todos consumían el queso y lo pagaban bien, ya que es un producto de muy buena calidad. Rata Puntilla, al ver que el Chico Rata no estaba trabajando y no estaba generando ningún tipo de ingreso monetario, le propuso que le ayudara a sacar unos dedos de queso que vendían por unidad, que llevaba haciendo desde hacía un tiempo, represando el hogar, que era el lugar donde fabricaba, almacenaba y distribuía el queso de uso recreativo, económico y restringido.

Chico Rata le dijo de una forma desinteresada que lo haría solo por ayudarle; en menos de una hora, ya había vendido todos los dedos de queso donde corría con sus jóvenes riders

que, al igual que él, lo consumían de forma vitamínica para un mejor rendimiento en su práctica deportiva. Chico Rata se volvió famoso entre sus compañeros corredores por darles el queso de la mejor calidad para correr.

Operaron por cerca de 14 meses en esta misma actividad económica, hasta que un día Chico Rata se sintió observado: pensaba que la ley del gobierno estaba tras ellos, a raíz de que Rata Puntilla vivía frente a una escuela donde había muchos infantes y a que un amiguito de Rata Puntilla iba a la casa de él a comprar dedos de queso en unidad y, en ocasiones, en cantidades grandes.

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Un día, la mamá de ese amiguito se dio cuenta de tal acon- tecimiento y decidió difundir el rumor con todos los vecinos de la cuadra, para quienes esto era muy mal visto, hasta que el Rata Puntilla y su familia se enteraron de que la mamá sabía a qué iba su hijo a la casa de Rata Puntilla.

Rata Puntilla, como siempre, siguió por su ambición y no por su instinto, dejó que esto se acrecentara más y más y nunca fue consciente de que durante años, en los cuales Chico Rata se salió del negocio, había convertido su hogar en un epicentro de consumo y distribución.

Para cuando Chico Rata decidió ayudar a Rata Puntilla, él ya no solo estaba en boca de la comunidad, sino que también se estaba yendo a bancarrota, porque su actitud en las ventas no era la mejor con sus clientes y le parecía que creerse mul- timillonario, empresario importante, lo iba a hacer crecer y mejorar en su negocio. Fue mentira, porque en su afán y a la vez pereza de hacer las cosas lo llevaron a tener una actitud pedante, egocéntrica y grosera.

Chico Rata lo veía y le tenía paciencia, porque de una u otra forma él era una fuente de ingreso fácil. Pasados los 14 meses decía dentro de sí: “Debo conseguir trabajo honrado y no traficar más”. Pero como el que anda entre la miel algo se le pega, él se contagió de la misma energía de pereza y se volvió colateralmente igual que el Rata Puntilla.