Los primeros estudios realizados sobre jefatura de hogar femenina en el contexto Latinoamericano y del Caribe datan de la década de los setenta (volumen publicado por el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demo- grafía, celade, citado en Acosta, 1994); en ellos se ponía especial énfasis en aspectos sociodemográficos sobre la composición y el tamaño de los hogares. Las fuentes de información más socorridas eran los censos de población y las encuestas de hogares; se incluyeron análisis con variables referentes a edad, género, estado civil y atributos socioeconómicos de los jefes de los hogares. Estas investigaciones marcaron las primeras diferencias en cuanto a la jefatura de hogar de acuerdo con el género del jefe: las jefas de hogar se concentraban sobre todo en las etapas más avanzadas del ciclo vital familiar; las familias extendidas tenían mayor presencia en los hogares de jefatura femenina (hjf) en comparación con los de jefatura masculina (hjm); el tamaño de los hjf era menor que el de los hjm, y la participación económica de las mujeres era mayor en aquellas que se desempeñaban como jefas de hogar.
En investigaciones posteriores sobre el tema, se considera que el número de hjf se está multiplicando en el tercer mundo y se contemplan principal- mente dos factores asociados con el cambio económico, que favorecen este tipo de organización familiar: la disrupción de los sistemas tradicionales patriarcales de gobierno, que debilitan los contenidos implícitos y explí-
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citos que forzaban a la trasferencia de ingresos de los padres a las madres e hijos, y la caída del ingreso familiar, con el consecuente aumento en los índices de pobreza, que ha influido de forma significativa en que muchos hombres abandonen las responsabilidades de mantenimiento familiar (Bu- vinic, 1990).
En el caso latinoamericano, Buvinic plantea tres tendencias sociales que han marcado en las últimas décadas el incremento de este tipo de hogares y que los hace más proclives a enfrentar condiciones de vulnerabilidad económica y social: la migración predominantemente de mujeres a las zonas urbanas y los conflictos civiles en algunos países, que han dejado un desbalance demográfico en las áreas urbanas; el incremento de embarazos en adolescentes y, por tanto, un porcentaje mayor de madres solteras, y la erosión sistemática de la familia extendida y de las redes tradicionales de ayuda en áreas urbanas, que favorecen la presencia de viudas y madres solteras solas.
Diversos autores marcan la incidencia mayor de pobreza en los hjf; fac- tores como la invisibilidad femenina en los registros de datos a nivel oficial, las cargas múltiples de las mujeres urbanas de bajo ingreso, la falta de capital humano y las características específicas del sector informal de empleos, son algunos de los precursores de un acentuado proceso de pauperización en estos grupos (Chalita, 1994). Para Buvinic (1990) y Folbre (1991) está de- mostrada una relación positiva entre la jefatura femenina y la pobreza que se sustenta en: las características de la composición del hogar (menor tamaño pero mayor número de dependientes); el género del perceptor principal, así como el menor acceso de las mujeres a recursos productivos; las dobles jornadas femeninas, la discriminación y precariedad laboral y la maternidad precoz, que favorece la trasmisión generacional de la pobreza.
Rubén Kaztman (1992) centra su análisis en la “irresponsabilidad mas- culina”, que lleva a que muchos hombres abandonen sus hogares en el contexto latinoamericano. La distribución del poder dentro de las familias populares urbanas ha tenido un carácter machista y autoritario a lo largo de la historia; la legitimidad de este poder se ha sustentado en la fuerza de los valores tradicionales y en el cumplimiento de los roles que ellos establecen.
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Esta concepción del poder ha sido cuestionada y bombardeada en la actuali- dad, a partir de tres frentes: por el incumplimiento del rol masculino como proveedor único o principal para la satisfacción de las necesidades de los miembros de la familia; por el debilitamiento de la imagen paterna como modelo a seguir para las nuevas generaciones, y por la acción de tendencias ideológicas que promueven la igualdad de géneros y ponen en tela de juicio los valores machistas–autoritarios.
Con la crisis de los ochenta, muchos hombres se vieron en la necesidad de abandonar su rol de proveedores económicos únicos; aún con fuerte resistencia de parte de ellos, muchas mujeres iniciaron o intensificaron su participación en el mercado de trabajo, lo que vino a cuestionar y sacudir la autoridad masculina en el ámbito doméstico. Aunado a esto, las nuevas generaciones están expuestas de manera indiscriminada en mayor o menor grado a la información que ofrecen los medios de comunicación masiva acerca de estilos de vida y de consumo dominantes, lo que ha abierto todavía más la brecha entre padres e hijos de sectores populares.
Al final, los mayores niveles de educación de las mujeres, su participación económica y la incongruencia cada vez mayor entre las expectativas del rol masculino–paterno de acuerdo con la familia tradicional y las posibilida- des actuales de satisfacerlas, han generado que muchos hombres que ven erosionada su autoridad en el hogar (principal fuente de su autoestima) se encuentren cada vez más tentados a abandonar sus responsabilidades (Kaztman, 1992).
En el caso de México, existen investigaciones a partir de la década de los ochenta (García, Muñoz y De Oliveira, 1982, y los trabajos revisados por Acosta, 1994) que buscan caracterizar los hjf y que guardan relación con los hallazgos encontrados en el contexto latinoamericano de ese entonces: • El tamaño promedio de los hjf es menor que el de los hjm, tanto en
zonas rurales como en zonas urbanas.
• Los hjf se concentran en las últimas etapas del ciclo vital familiar. • Las mujeres jefas de hogar presentan tasas de participación económica
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• Las familias extendidas son más comunes entre los hjf.
• El índice de trabajadoras por cuenta propia, en comparación con las asalariadas, es mayor en los hjf; también se observó un alto número de empleadas domésticas.
• La doble jornada es más frecuente en los hjf.
• La mayor parte de los hjf se concentran en las áreas urbanas de nuestro país.
• La edad de las jefas de hogar se concentra principalmente en 60 años o más.
• El estado civil de las jefas de hogar es principalmente la viudez y en porcentajes menores separadas o divorciadas.
• Los ingresos de las jefas de hogar tienden a ser menores al salario mínimo.
• Se encuentra un porcentaje alto de jefas de hogar que no cuentan con ningún tipo de instrucción educativa o con niveles básicos (algún grado de primaria).
En investigaciones de corte antropológico, en ese mismo periodo, se desarro- lló un debate que cuestionó abiertamente si los hjf eran en efecto espacios fértiles para la reproducción de la pobreza, como se señalaba en diversos estudios. Chant (1988), a diferencia de González de la Rocha (1986 y 1988), buscó mostrar que los hjf viven mejor en términos sociales y económicos que los encabezados por hombres. La discusión se centra en indicadores tales como: ingresos, contribución económica al hogar, patrones de gasto, distribución del trabajo doméstico, instrucción formal de los hijos, patrones de autoridad y de socialización e índices de violencia doméstica. Para Chant, los hjf garantizan que el total del ingreso sea utilizado para el bienestar familiar y promueven la democratización de las relaciones familiares y, por tanto, la prevalencia de relaciones no violentas. En cambio, González de la Rocha advierte sobre la precariedad económica que experimentan los hjf, así como el incremento de los mismos en etapas tempranas de ciclo doméstico.
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El trabajo infantil como estrategia de sobrevivencia desarrollada por los hjf, ha sido elemento central de discusión. Patricia Muñiz y Rosa María Rubalcava (1996) y Félix Acosta (1998) afirman que el trabajo infantil es utilizado como un recurso para allegarse ingresos en hogares pobres donde el preceptor principal es mujer; sin embargo, en un mediano y largo plazos, el abandono temprano de la escuela en los niños genera el incremento de jóvenes pobremente capacitados que ingresarán al mercado de trabajo en condiciones desfavorables y, en consecuencia, reproducirán nuevos hogares vulnerables, donde la situación de pobreza se mantiene como un patrón presente en cada nueva generación.
Los registros de información realizados por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (inegi) señalan que durante el periodo comprendido entre 1976 y 1990, los hjf se incrementaron en 22%. En los noventa, el número de hjf se aproximó a los 3’000,000 de unidades, donde residían alrededor de 10’000,000 de personas.2 Algunos factores asociados
con el incremento de los hjf son: la migración tanto femenina como mas- culina, ya sea de manera temporal o definitiva; una mayor sobrevivencia de las mujeres; la menor edad de las mujeres al contraer matrimonio, en comparación con los hombres; la ruptura de uniones; el aumento de madres solteras y la prevalencia de fecundidad en mujeres adolescentes; una menor tendencia en las mujeres viudas a contraer un segundo matrimonio; los problemas relacionados con el machismo, el alcoholismo y otros factores, y dos o más hjf que conviven con el mismo hombre (inegi y unifem, 1995, y López e Izazola, 1995).
2. La pregunta específica que se utiliza en México para conocer al jefe de hogar es la siguiente: “¿Cuál es el nombre del jefe de este hogar? Ahora voy a anotar los nombres de todos los demás miembros de este hogar, según el orden que le voy a indicar enseguida: primero el del cónyuge del jefe, luego los hijos solteros de mayor a menor. Después, si las hay, las personas casadas y sus hijos, también de mayor a menor. Al final, los otros parientes o amigos y los sirvientes” (InEgI, 1996, sección “Ca- racterísticas sociodemográficas de todos los miembros del hogar”). Por jefe del hogar se entiende la persona reconocida como jefe por los miembros de los hogares, pudiendo estar presentes o ausentes del hogar. El jefe presente en el hogar es aquel que al momento de la entrevista se encontraba resi- diendo en la vivienda o tenía una ausencia menor a tres meses; el jefe ausente en el hogar es aquel que al momento de la entrevista no se encontró residiendo en la vivienda por motivos de trabajo, estudio o personales, con tres meses o más de ausencia (InEgI, 14, “Glosario. Anexo 2”).
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En contraste, Chant (1997) considera que entre los factores asociados con el incremento de los hjf se encuentran: el aumento de las mujeres que tienen los medios para sobrevivir económicamente sin parejas masculinas o pueden sostener niños parcial o totalmente por medio de sus ingresos; las mujeres que son capaces de resolver o sobrellevar las presiones socia- les a las que con frecuencia están sujetas por no residir con sus cónyuges, en donde ellas son más libres de actuar de manera independiente o tener contacto con mujeres en circunstancias similares, y cuando las ganancias económicas y psicológicas de vivir con un hombre no son mayores que las que obtienen viviendo solas, con otras mujeres o con sus hijos. La autora considera que algunos de los aspectos de género que afectan a los hjf son: la legitimidad social que las mujeres obtienen del matrimonio y la maternidad, las restricciones a la sexualidad femenina extramarital, el nivel económico secundario de las mujeres y la mayor orientación de los hombres a activi- dades extradomésticas.
Las características sociodemográficas de los hjf en México, obtenidas a partir del Censo de población de 1990, mantuvieron varias constantes y señalaron algunas variaciones en relación con los principales hallazgos obtenidos en las investigaciones anteriores:
• La proporción de hjf continuó su tendencia a una mayor presencia en zonas urbanas (López e Izazola, 1995); sin embargo, la condición de pobreza puede tener matices muy diferentes en las áreas urbanas y rurales. Estudios realizados por Julio Boltvinik (1996a) demuestran que aun cuando existen más pobres en las ciudades, la intensidad de la pobreza es mayor en las áreas rurales.
• La estructura por edades de los hjf se rejuveneció. El número de jefas fue mayor en el rango de edad entre los 25 y 54 años, y con tendencia a descender en edades más avanzadas (López e Izazola, 1995).
• El estado civil de la población femenina encontró su porcentaje más alto en las mujeres que se reportaron como casadas, pero se observó un incremento en cuanto a las mujeres separadas y divorciadas, y una disminución en las viudas (López e Izazola, 1995).
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• En cuanto a la composición del hogar y tomando en cuenta el sexo del jefe, poco más de la mitad de los hjf se registraron como nucleares (55%), pero las unidades ampliadas alcanzaron un porcentaje alto (26.5%) en comparación con las de jefatura masculina (15.4%) al igual que los hogares unipersonales (14.1%). Esto último se puede deber a que hay mayor número de mujeres viudas y a que existe una tendencia cada vez mayor a no contraer segundas nupcias (López e Izazola, 1995).
• Sobre el nivel de instrucción de las jefas de hogar y de acuerdo con la edad, una cuarta parte de ellas no reportó instrucción alguna; esto es más evidente en la población de edad avanzada que ha quedado al margen de los servicios e infraestructura educativa. El porcentaje más alto de instrucción se encontró en el nivel básico y en índices decre- cientes en niveles superiores (inegi y unifem, 1995).
• Con respecto a las actividades del jefe de hogar, el índice de mujeres jefas que trabajan ascendió a 51.0%, en comparación con los jefes hombres (93.1%) (inegi, muestra de 1% del Censo de 1990, en Cortés y Rubalcava, 1995). Al analizar los hjf y hjm, se observa que en los primeros es más alto el número de perceptores para el sostenimiento de la unidad doméstica (Cortés y Rubalcava, 1995). Al hacer un aná- lisis más específico, se observa que en los hjf hay mayor número de personas (sobre todo mujeres) que trabajan para poder sostenerlo, a diferencia de los hogares dirigidos por hombres. Para González de la Rocha (1999c), los bajos salarios son compensados con un empleo más intensivo del trabajo femenino, es decir, son hogares donde tanto las jefas como sus hijas y otras mujeres participan en su mantenimiento. Por otra parte, en el Programa Nacional de Educación, Salud y Alimentación (progresa, 1997) se calculaba que en México había cerca de 20’200,000 hogares; de ellos, a partir de datos de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares de 1994 (inegi, 1994), se estimó que alrededor de
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21% vivía en condiciones de pobreza.3 En términos absolutos, equivalen a
4’200,000 hogares, en los que vivían casi 24’000,000 de personas (26% de la población). Se considera que alrededor de una de cada cinco unidades domésticas es encabezada por una mujer y en estos hogares el ingreso pro- medio es significativamente menor que en aquellos con jefatura masculina, lo que ocasiona que sea necesario que se ocupen en actividades económicas el mayor número posible de personas y esto repercute en las oportunidades de desarrollo en sus miembros más jóvenes. En los hjf se encontró que la proporción de adolescentes de 12 a 15 años que asisten a la escuela es de 76%, en comparación con 82% de los hjm.
En contraste con estos datos y con relación a los índices de pobreza en el país, Boltvinik (1996b) considera que más de dos terceras partes de la población nacional (70.6%) es pobre; cerca de la mitad (44.7%) es pobre extrema; 11.4% pertenece a la clase media, y solo 5.5% pertenece a la clase alta. Estos datos muestran que al tomar en cuenta una serie de indicadores para la medición de la pobreza, esta última adquiere una presencia mucho mayor de la considerada en los documentos oficiales, lo que puede impli- car un porcentaje significativamente mayor de hogares en condiciones de pobreza que son dirigidos por mujeres.
Además, es necesario continuar con la realización de análisis cuantitativos finos que permitan desagregar categorías como el tamaño y el tipo de estruc-
3. En el documento del progrEsa se especifica que las familias en pobreza extrema son aquellas que no se pueden proveer de una alimentación suficiente para desempeñarse de manera adecuada. Las personas desnutridas son más vulnerables a las enfermedades, corren el riesgo de desarrollar deficiencias en sus capacidades cognoscitivas y físicas, en ocasiones sufren de letargia y, en ge- neral, son menos capaces de llevar una vida sana con la suficiente energía para desempeñarse de manera satisfactoria en la escuela o el trabajo. Las familias en pobreza moderada, por su parte, no pueden satisfacer necesidades que, dado el nivel de desarrollo de país, se consideran básicas. Sin embargo, su situación es fundamentalmente distinta, pues su mayor acceso a alimentación y mejor estado de salud les permiten participar de modo activo en el mercado de trabajo, aprove- char las oportunidades de educación, tener más movilidad y afrontar más riesgos. La pobreza de estas familias es relativa: en comparación con el resto de la población, carecen de ciertos bienes y servicios que todos deberían disfrutar. Por lo general, la identificación de las familias en pobreza extrema se obtiene mediante la comparación de los ingresos de la familia con el costo de una canasta básica alimentaria, a través de la fijación de una línea de pobreza extrema. También se toman en cuenta variables referentes a la composición y el tamaño de los hogares, características de edad, educacionales y laborales de sus miembros, equipamiento de las viviendas y posesión de enseres domésticos (progrEsa, 1: 5 y 6).
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tura familiar, así como la relación que estos guardan con el ingreso familiar total. Se sabe que los hjm cuentan con un mayor número de miembros y el ingreso tiende a ser mayor en comparación con los hjf, que cuentan con un