B) La compleja expansión de la Compañía en Castilla
6. Los jesuitas y el proceso de confesionalización de Felipe II
El 8 de septiembre de 1559, Felipe II regresaba a Valladolid, donde residía la corte, del viaje que iniciara cinco años antes con motivo de su matrimonio con
188 Ibidem, ff. 91r-92r, “El origen y prinçipio del collegio de Xerez de la frontera”.
189 Ibidem, ff. 59r-70r, “Historia del collegio de la Compañía de Jesús de la ciudad de Baeça desde
el año de 1570”.
190 Ibidem, ff. 85-86v, “Fundación y progresso del collegio de la Compañía de Jesús de Málaga”. 191 Ibidem, ff. f. 1r-2v, “Principio y progresso de la Casa Professa de Sevilla”.
192 Ibidem, ff. 11r-14v, “Historia del Colegio de San Hermenegildo de Sevilla hasta el año de
69 María Tudor193. La situación religiosa que había dejado en aquellos territorios no era nada tranquilizante. Durante el quinquenio que permaneció en el norte de Europa, repartiendo su tiempo de estancia entre Flandes e Inglaterra, había observado con admiración que las corrientes religiosas reformadas avanzaban cada día más a pesar de los esfuerzos por reprimirlas.
La restauración religiosa inglesa había terminado en fracaso dada la esterilidad de la reina, lo que cerraba el paso a una sucesión que garantizase esta precaria reconversión194. Por otra parte, el cardenal Pole, auténtico baluarte del catolicismo inglés, había caído en desgracia ante Paulo IV, viéndose privado de sus facultades extraordinarias de legado pontificio, al mismo tiempo que era llamado a Roma con el fin de someterlo a un proceso inquistorial por heterodoxia, proceso que no llegó a realizarse por muerte del prelado195. Por lo que se refiere a Flandes, desde 1551 al menos, venían produciéndose sospechosas reuniones de estudiantes hispanos en la universidad de Lovaina, en las que trataban cuestiones teológicas poco ortodoxas. Así se deduce de las delaciones realizadas a la inquisición de Sevilla en 1558 por el dominico fray Baltasar Pérez, quien había permanecido varios años en aquellas tierras196.
193 Luis Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, rey de España. Salamanca, Junta de Castilla y
León. Consejería de Educación y Cultura, 1998, I, p. 23; Sobre los autos de fe de Valladolid de 1559 en M. Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles. Madrid, BAC, 1967, I, pp. 930-966; J. Alonso Burgos, El luteranismo en Castilla durante el siglo XVI. Los autos de fe
en Valladolid de 21 de mayo a 8 de octubre de 1559. Madrid, Swan, 1983, pp. 60-110; E. Amezaga, Auto de fe en Valladolid. Bilbao, Gráficas Ellacuria, 1966, pp. 489-525; La relación de los autos de fe de Sevilla y Valladolid se encuentra en AGS. E, leg. 129, nº. 110-112 y leg. 137, nº. 2 y 4.
194 Una de las causas principales por las que se realizó el matrimonio con la reina de Inglaterra fue
la reconversión al catolicismo de todo el reino: “que principalmente pretende y tiene de santo
son los propósitos y fines que apunta, enderesçados en seruicio de Dios nuestro señor y augmento de su santa fe”. En AGS. E, leg. 169; E. Pacheco y de Leiva, “Grave error político de Carlos I haciendo la boda de Felipe II con doña María, reina de Inglaterra”, RABM 42 (1921) p. 65; J. I. Tellechea Idígoras, “Bartolomé Carranza y la restauración católica inglesa (1553-1558)”, Anthologica Annua 12 (1964), pp. 159-282; ID., Fray Bartolomé Carranza y el
cardenal Pole. Un navarro en la restauración católica de Inglaterra (1554-1558). Pamplona, Diputación Foral de Navarra, Institución Príncipe de Viana, CSIC, 1977.
195 J. I. Tellechea Idígoras, “Bartolomé Carranza en Flandes. El clima religioso en los Países Bajos
(1557-1558)”, en E. Iserloh y K. Repgen (eds.), Reformata reformanda. Festgabe für Hubert
Jedin zum 17 Juni 1965. Münster, Verlag Aschendorff, 1965, II, pp. 317-318.
196 J. I. Tellechea Idígoras, “Españoles en Lovaina en 1551-1558. Primeras noticias sobre el
bayanismo”, Revista Española de Teología 23 (1963) 21-45; P. D. Lagomarsino, Court
Factions and the Formulation of Spanish Policy towards the Netherlands 1559-1567. Tesis doctoral inédita. Cambridge, University of Cambridge, 1973, pp. 39-57.
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En 1555, Felipe II había pasado a Flandes recibiendo de manos de su padre las coronas de los diferentes reinos que le dejaba en herencia. Dos años después, llamaba a Carranza -que se encontraba en Londres ocupado en la coversión de los ingleses- para que estuviera junto a él y le pusiera al día de la situación religiosa de Flandes. Durante el tiempo que el monarca estuvo ausente de Bruselas, ocupado en la guerra contra Francia, Carranza se percató del grave problema religioso que existía en Flandes. El decano de la universidad de Lovaina, Ruardo Tapper, le había informado de las corrientes heréticas que, desde hacía pocos años, habían surgido en dicha universidad aprovechando su ausencia por estar ocupado en el concilio de Trento y el flojo castigo que se les había impuesto a sus seguidores197. Asimismo, le comunicó el ininterrumpido comercio de libros heréticos que traían desde Alemania y la conexión que existía con los herejes descubiertos en Sevilla por aquellas fechas. Ante tan alarmante situación, Felipe II, una vez acabada la guerra contra Francia, ordenó que se hicieran mayores diligencias para descubrir toda la trama. Dado que su vuelta a Castilla era inminente, dejó a fieles peones que le informaran puntualmente de la evolución religiosa de estos territorios198. Pero por si todo ello fuera poco, unos meses antes de su partida, llegaron a sus oídos rumores de la heterodoxia del Catecismo que había publicado fray Bartolomé de Carranza en 1557, su gran amigo, a quien él había elegido como arzobispo de Toledo, así como del surgimiento de focos luteranos en Sevilla y Valladolid.
Desde el mismo momento en que heredó los reinos que le dejó su padre, el Rey Prudente se encontró con la doble tarea de –por una parte- articular tan extensos y heterogéneos territorios dentro de una Monarquía y –por otra- implantar la confesión católica que adoptó como religión de la dinastía. Sin duda ninguna, el proceso de confesionalización que Felipe II inició a partir de 1560, le
197Se refería a las doctrinas de Miguel Bayo. Trata el tema M. Roca, “El problema de los orígenes
y evolución del pensamiento teológico de Miguel Bayo”, Anthologica Annua 5 (1957), pp. 417-492; ID., “Documentos inéditos en torno a Miguel Bayo (1560-1582)”, Anthologica
Annua 1 (1953), pp. 303-476.
198 P. D. Lagomarsino, op. cit., p. 49, cita a fray Lorenzo de Villavicencio y Alonso del Canto.
Sobre las actividades de Alonso del Canto en IVDJ, envío 37, nº 6; La correspondencia en la que estos personajes transmitían los peligros de la herejía en los Países Bajos a Felipe II y Francisco de Eraso en AGS. E., leg. 523, nº. 52-53, 56-61; leg. 526, nº. 95-96, 100-101, 125; leg. 529, nº. 33.
71 sirvió para configurar institucional e ideológicamente la Monarquía hispana. En este proceso, la Inquisición se convirtió en la institución que controlaba el grado de asimilación del catolicismo por parte de la sociedad. De esta manera, para ocupar cargos de la Monarquía o de la Iglesia, ya no solo se exigió la limpieza de sangre al estilo tradicional (esto es, no tener ascendencia judía o morisca), sino no poseer descendientes procesados por la Inquisición en cualquier herejía199; se exigía estar integrados dentro de la ideología católica “hispana”. Fue así como el grupo de letrados castellanos, de los que se valió el monarca para construir tan ambicioso proyecto, impuso su interpretación del dogma católico, de las prácticas religiosas y de su vivencia espiritual, que guardaba gran similitud –al menos externamente- con los ideales cristianos y los valores sociales de la élite que, durante el siglo XV, empujó a los monarcas a excluir a los “cristianos nuevos” de los cargos públicos y a instaurar la Inquisición200.
Desde el punto de vista político, Felipe II necesitaba configurar en una Monarquía todos los reinos y territorios que había heredado de su padre, lo que requería una administración centralizada y eficaz. Esta intención llevó a designar a Diego de Espinosa, “hombre nuevo”, como presidente del consejo de Castilla, saltándose los cauces ordinarios del nombramiento201. Hasta la forma de despachar con el rey resultaba completamente nueva incluso para los de la Cámara202. Dado que faltaban unas estructuras administrativas comunes para gobernar todos los reinos y territorios que componían la Monarquía de Felipe II, Espinosa tuvo que crear una cohesionada red de patronazgo. Para ello se valió de un conjunto de letrados, que había ido conociendo desde su etapa de estudiante en Salamanca y posteriormente en todos los cargos que había ocupado, con quienes compartía sus mismos ideales religiosos, intereses políticos y procedencia social (élites urbanas castellanas). Esta manera de gobernar caracterizó la primera mitad
199 AHN, Inquisición, lib. 249, ff. 225r-226v. Cédula real a todos los inquisidores para que “que
hagan ejecutar en las penas de la pragmática que tratan de los que exercen oficios públicos y de honra siendo inhábiles a los hijos de los hijos y nietos de reconciliados y condenados por el Santo Officio de la Inquisición por delitos de heregía”.
200 J. Martínez Millán, La Inquisición española. Madrid, Alianza, 2009, pp. 35 y ss.
201 Esto parece deducirse de una nota de Mateo Vázquez al rey tratándole de informar sobre la
reglamentación y trámites del nombramiento del nuevo presidente del consejo de Castilla. Madrid, 27 de octubre de 1572 (IVDJ, envío 51, nº 11).
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del reinado de Felipe II, que ha pasado a la historia como ejemplo de autoritarismo, centralización y eficacia, de lo cual ya fueron conscientes los mismos coetáneos. Una subordinación y obediencia tan completas, como las que exigía Espinosa, no podían ser cumplidas de buena gana por la nobleza, sino por los letrados, lo que constituyó una de las características fundamentales del período: el “gobierno de los letrados”203.
Desde el punto de vista ideológico y religioso, la implantación de la confesionalización católica requería una religiosidad fácil de contrastar con la ortodoxia ideológica, lo que conllevaba una serie de actos externos que identificaran unos valores y signos compartidos con la ortodoxia establecida por el poder; la espiritualidad resultante era menos exigente a nivel interior, pero se fijaba más en el cumplimiento de las normas exteriores, lo que lógicamente orientaba hacia una espiritualidad ascética. En este sentido, la “espiritualidad intelectual” de la orden de Santo Domingo, basada en los principios tradicionales (vida de oración, de estudio, observancia regular y apostolado), se adecuaba con bastante exactitud a las pretensiones de este grupo, frente a la espiritualidad más íntima y personal, con fuerte tendencia hacia la mística, que practicaban o defendían los miembros del partido “ebolista”. Después de Trento, la homogeneización ideológica que impuso Felipe II con el fin de crear la Monarquía hispana, para lo que se sirvió de los letrados castellanos, propició la revitalización de los estatutos de pureza de sangre. Los miembros del denominado partido “castellano”, que colaboraron activamente en la configuración política de la Monarquía de Felipe II defendieron la limpieza de sangre, al mismo tiempo que buscaron la legitimación de la Monarquía filipina en los visigodos204. Esta justificación de la actuación política a través de la religión, como practicó Felipe II, provocó que, con frecuencia, los intereses políticos del monarca no
203 J. Martínez Millán, “En busca de la ortodoxia: el Inquisidor General Diego de Espinosa” en ID.
(dir.), La Corte de Felipe II, Madrid, Alanza Editorial, 1999, pp. 189-228.
204 J. I. Gutiérrez Nieto, “La discriminación de los conversos y la tibetización de Castilla por
Felipe II”, en Homenaje a Gómez Moreno, vol. IV, Revista de la Universidad Complutense 22/87 (1973), pp. 100-129; ID., “La estructura castizo-estamental de la sociedad castellana del siglo XVI”, Hispania 33/125 (1973), pp. 519-563.
73 coincidiesen con los de Roma, por lo que los enfrentamientos con el Pontífice fueron continuos durante su reinado.
En estas circunstancias, la evolución de la Compañía de Jesús dentro de la corte hispana entró en una evidente contradicción: por una parte, la religiosidad que pretendía implantar Felipe II era diferente de la defendida por la Compañía de Jesús y de la que practicaban los sectores sociales que la apoyaban. Por otra parte, los miembros que habían fundado la Compañía habían jurado una obediencia directa e inquebrantable al Pontífice, mientras que el Rey Prudente quería subordinar los ideales religiosos a su actuación política, por lo que los enfrentamientos y problemas entre el nuevo equipo de gobierno de la Monarquía y los dirigentes de la Compañía no tardaron en aparecer. La ausencia de fundaciones de colegios y casas profesas durante la década de 1570 (expuesto en la relación de más arriba) confirman esta deducción. Los “letrados castellanos” responsables de la política confesional de Felipe II intentaron por todos los medios que la Compañía se sometiera a la reforma que el monarca estaba llevando a cabo en todas las órdenes religiosas de sus reinos y, por su parte, los dirigentes de la Compañía en Roma se negaban en rotundo alegando que estaban bajo la jurisdicción directa del Pontífice. En esta difícil coyuntura, comenzaron a aparecer diversos memoriales de crítica, dirigidos a Roma, en los que se proponía cambiar los estatutos y organización de la propia Compañía. Aunque los memoriales se han interpretado de muchas maneras, sin duda ninguna, eran el reflejo de un temor de que la orden podía ser perjudicada ante la evolución política que la Monarquía estaba tomando, de ahí, que propusieran un cambio en sus estatutos y una adaptación a los intereses o proyectos de las élites castellanas que diseñaban la nueva Monarquía. Los autores de los memoriales son conocidos (Dionisio Vázquez, Francisco Abreu, Gonzalo González, Enrique Enríquez, etc.) y se les ha descalificado acusándolos de buscar el provecho propio y el ascenso social en vez de mirar por el bien de la institución205. A mi juicio, ninguno de ellos poseía la autoridad moral y el prestigio social dentro de la Orden para proponer una medida de tal envergadura. Pocos años después de que apareciesen los primeros
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memoriales, el padre Gil González Dávila escribía una carta en la que le explicaba de dónde había surgido este cisma en el seno de la Compañía. Para el ilustre jesuita:
“El origen de este espíritu (cismático o separatista de Roma) hallo
yo que haya sido el padre Araoz, primer provincial de España, Comisario que fue (…) Este padre, aun en tiempo del P. Ignacio, mostró siempre estar mal contento del gobierno de Roma (…) Mas después que sucedió el P. Laínez en el generalato, se declaró más esta su pretensión, declarando no contentalle cosa del Instituto, pidiendo que el General no fuese perpetuo, que hubiese elecciones en España, Capítulo General, para que se tratase lo que conviniese”206.
El padre García-Villoslada afirma que es posible que al final de su vida, el padre Araoz se interesara sobre estos asuntos y escribiera algunos temas relacionados con el gobierno de la Compañía y su reforma para consultarlos en Roma y que, a su muerte, pasaran a manos de los autores de los memoriales, pero niega cualquier “espíritu mal llamado cismático, o el excesivo españolismo de
Araoz”, en palabras de Astrain. En mi opinión, el padre Gil González Dávila estaba muy bien informado y resulta lógico que Araoz se preocupara por el devenir de la Compañía en España (después de haber tenido un arraigo fulgurante gracias a su trabajo y al de otros compañeros) una vez que habían cambiado las circunstancias políticas en Europa y dentro de la Monarquía. No debemos olvidar que Araoz estaba formado en la universidad de Salamanca y comprendía muy bien la mentalidad de los letrados castellanos que estaban formando la Monarquía hispana de Felipe II. Esto explicaría las acusaciones posteriores que se hicieron al padre Araoz de haberse adaptado demasiado bien a la vida de la corte, acusándolo de practicar costumbres poco austeras de acuerdo con el espíritu de la Orden. No obstante, estas acusaciones son negadas por la mayor parte de los jesuitas coetáneos207, y en todo caso, resultan baladíes, ya que lo que había tras la
206 R. García-Villoslada, San Ignacio de Loyola…, p. 706; A. Astrain S.I., op. cit., III, pp. 100-
102.
75 pretendida reforma de Araoz era un intento de adaptación de la Compañía a la corte y una subordinación de esta Orden a la política del Rey Prudente.
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I Parte: La transformación de la Compañía
de Jesús: política y corrientes espirituales a
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