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JLA ICTERIA

In document Arturo Borda - El Loco (TOMO 2) (página 48-61)

Sería humano, y muy humano, que cada cual tenga su recompensa en la vida, pero no conforme a los crímenes o virtudes de sus antepasados.

Cada cual debe valer por sí.

Yo sé que puede ser un hombre de bien para mí y para mis semejantes, pero antes de respirar, acaso por la

EL LOCO

vergüenza de mis padres o qué sé yo por qué, ellos me ha- bían condenado a muerte; sin embargo, ya que falló el abor- tivo, heme en la miseria de toda impotencia, achicharradas el alma y la carne.

Así que los derechos que me resta la angurria de los hombres, debo conquistarlos a tajo de navaja. Hay que vivir.

Mas, lo malo es que no ignoro que mi ataxia y mi falta de voluntad no dependen de mí: son las eflorescencias de mi origen.

Y pensar que centenares de idiotas viven en la opu- lencia.

Ahora corta el hilo de mis días el vocerío de unos clubs políticos que vitorean embriagados a sus respectivos partidos, liberales, republicanos o radicales, lo mismo que a los anarquistas y socialistas, según entienden la política criolla.

Si mal no recuerdo, estamos próximos a elecciones. Estoy casi convencido de que la vida, respecto a la humanidad, es un inmundo mercado de conciencias. Efec- tivamente. He visto venderse, ya sea por un título o por un miserable sueldo, a los más ilustres, a los más sabios, a los más honrados, a los que el futuro elevará su loa.

Qué banales y venales.

No sé si es más propio decir que se alquilan, con- ciencia y todo, o se venden; pues por nada se ponen incon- dicionalmente sumisos a ejecutar lo que censuraban, y todo con la sonrisa en los labios, cuando no sañudos, fingiendo olímpica indiferencia, ellos que cuando no logran su pitanza, muestran con hambriento gruñir sus colmillos, y que, en cambio, cuando logran su carroña, se agazapan a semejanza de los perros, lamiendo el zapato del que los maneja.

ARTURO BORDA

¿Qué idea tendrán de la altivez y de la dignidad esos 'mercenarios?

Y ellos son los representativos. ¿De qué? ¿De su cloaca? ¡Aja, já, já! Lo merecen.

Es verdad: cada cual tiene que representar a los suyos, así en las cámaras como en el gobierno. ¿No era Sancho de la Barataría? Y el representante tiene que ser necesariamente la flor más alta. Mas, cuando los que son esa flor más alta, son una perfecta vulgaridad, entonces...

Yo quisiera conocer la flor más alta de Semegambia. Sin embargo a ratos creo arrepentirme no haber sido como ellos, y me determino a ser así, ondulante y maleable, sin escrúpulos, para gozar plenamente indigno la libertad de la inconciencia; pero entonces siento atravesar mi espíritu, de pies a cabeza, algo así como una espada que me imposibilita hacer ninguna genuflexión; razón por la cual sé que me acabaré en plena indigencia.

AL OTRO DÍA

Desde anoche me hallo en una alarmante vacuidad. De esa suerte observo que en las profundidades de mi sub- conciencia fermentan las ideas en tumulto. Y lo curioso es que cuanto más hago por descubrirlas, tanto más se ahon- dan en el misterio. Sólo atino a oír algo como el rumor de la espuma cuando se deshace en el silencio. No puedo ave- riguar qué genero de ideas o sentimientos efervescen en se- mejante Tártaro. Mientras tanto mi conciencia se atonta contemplando la irremediable huida de las horas.

Por eso con la libreta y el papel en las manos espero pacientemente horas y años a que estallen a flor de razón esas incubaciones.

Tal estoy ahora.

¿Qué será lo que siento y pienso en la subconcien-cia? Mi condición me deja perplejo, porque mi conciencia

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sólo sirve para fijar la resultante del proceso misterioso de mis días, los cuales me sorprenden siempre con ideas, imá- genes o sentimientos, como si fuesen de una persona extra- ña que me va dictando, mientras que mi razón ansiosa no hace nada más que impulsar nerviosamente los giros cali- gráficos.

Me parece que en el mundo subliminal todo es in- tuiciones y reminiscencias de mundos lejanos.

He ahí cómo y por qué mi propia vida se me figura ser un otro yo que habita en los éteres.

MEDIANOCHE

Otra vez me parece que como anoche, los clubs polí- ticos se han reunido en la vecindad. Son unos loores esten- tóreos que rompiendo la calma nocturna me ocasionan no sé qué estremecimientos, verdaderos escosores, los cuales me recuerdan los tremendos calambres que me producía la icteria.

*

Apropósito. Ese recuerdo me raspa el alma, porque es la execrable pornografía, no obstante de haber sido fatal, es decir, por el escosor que me ocasionaba la piojera. Aquella icteria a causa del abatimiento en la mugre, es un símbolo de cómo al fin la miseria arrastra al ser hacia el paroxismo inconsciente en las depravaciones. Así que, ahora que se me fija el recuerdo de aquello que me sucedió una vez, he de relacionarlo, aunque caiga sobre mí todo género de ignominias.

A modo de cuerpos que cuantas veces se lanza al es- pacio, tantas vuelven, en fuerza de su centro de gravedad, de igual manera hoy retornan mis remembranzas.

Es una imagen que me hace escocer el cuerpo. Tengo tan presente la tragedia de aquella noche memorable, que aun en este momento estoy ya con los escosores sub- cutáneos. Parece que andarán en mi piel millares de ar- dientes patitas de hilos de seda fina.

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Y lo raro es que hasta hoy no he podido saber si lo que me sucedió fue simplemente una pesadilla o si en efecto he sido la víctima de los espectros que en aquella noche se divertían conmigo en una especie de torbellino de los desenfrenos de lésbica lascivia ideal.

Pero lo que más me preocupa y de lo que nadie re- solverá el enigma, no obstante de las averiguaciones que hice, es cómo pude haber resultado entonces en el hospital, siendo que para acostarme eché llave a la puerta. Eso recuerdo como si hubiera sucedido anoche. En seguida, con- cluida mi curación, cuando regresé a casa, tuve que des- chapar la puerta. ¡Y qué cosa estupenda! La llave estaba con ambas vueltas de seguridad. La ventana se hallaba cerrada también con los dos picaportes y la bisagra. En cuanto a la puerta de comunicación con la pieza vecina, no puedo conjeturar nada, ya que está condenada con dos herrajes.

Así que no me queda más recurso que dar crédito al informe que me dio la Superiora del Hospital Landaeta. Dijo que muchas señoritas, uniformadas de tul, como colegialas, me llevaron una noche, malamente enfermo, y que al dejarme en manos de Sor Celeste, se despidieron reco- mendándome con mucho interés, asegurando que irían a verme todas las noches; pero que no se les volvió a ver.

Por lo que hace a las informaciones del portero y la vecindad de casa, nadie sabe nada.

Este rememorar me lleva, pues, a porfía a reconstruir todo el proceso de mi enfermedad, incluso sus antecedentes. Ahora, en la lucidez de mi alma, los más nimios de- talles se precisan cual si estuviese contemplándolos en un cinema.

II

Era la hora de los celajes, hora de ensueño. La luz jugaba sus maravillas en las nubes, cuando el viejo a quien supuse mi padre me echó de su casa.

EL LOCO

Es imposible que pueda olvidar aquella escena, aun cuando hay en ella detalles que más parecen artificios para asustar niños nerviosos que la simple relación del hecho.

Ya que aquel tiempo está lejos y me hallo relativa- mente sereno, puedo hacer el relato poniendo todo el im- pasible empeño de darle el tinte y sabor que tuvo para mí.

Comenzaré, pues.

Y sentí que bestialmente, brutalmente, naturalmente, mi ser se retorcía en mi silencio de absoluta soledad, buscando un nombre, en vano. ¡Un nombre...! ¡El nombre! ¡Mi nombre...! ¡Loco...! ¿Para qué...? Y mi silencio se pobló de una inaudita algarabía de carcajadas que atronaba mis infinitos. ¡Un nombre!...

Pero mejor es ni recordar. Sin embargo está grabado en mí de tal manera esa su voz alta, áspera, imperativa y ronca, de acaudalado inculto y bonachón, cuando me llamó: —¡Loco...!— Aun lo veo. Rechoncho y abotargado, fuma un cigarro, meciéndose sobre sus tacos. Cubre él casi todo el ancho de la puerta. Carraspea, escupe y tose. Luego indeciso e inquieto, me habla haciéndome desordenadas reminiscencias. En seguida, agitándose, me revela que, debido a la casualidad, una buena mujer me halló en el mu- ladar a tiempo en que me iba a devorar una cerda y que luego por ella fui llevado a la inclusa. Y...

Mas yo ya no oía nada, sólo sentí que mi corazón se hinchaba y constreñía violentamente, golpeándose en la caja toráxica que parecía cinchada con acero, mientras que la cabeza se me reventaba, dando inmensas vueltas, zumbando sordamente. Entretanto mis ideas se quebraban en millares de astillas ardientes, agudas y volanderas en zigzag, tajantes. En seguida, recuerdo que dijo: —Loco, nada de sensiblerías ni misericordia; en la indiferencia de la vida hay que ser duro de corazón, hasta la crueldad, consigo mismo—. Después sentí que me atrajo con ternura, diciéndome emocionado: —En estos días me voy a Singa-pur. De manera que... ¡Ah!, la tarjeta que llevabas al cuello desde cuando te hallaron y en la que dice está tu

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nombre y otros detalles, que me entregaron en sobre cerrado las madrecitas de la inclusa, de donde te recogí, indicándome que sólo debía entregarte al despedirme...— Luego de decir así se puso a buscar en su cartera, en sus bolsiLos, en el escritorio y en cuanto mueble tenía. Y como no la hallara, una y otra vez volvía a hurgar acalorándose. Mientras tanto mi cabeza era un volcán. ¿Yo no tenía ni nombre... Loco...! Y el zumbido en mi cerebro era tal, que no recuerdo sino que el enmarañado paisaje del jardín en el crepúsculo escarlata giraba risueñamente, mientras saltaba la luna y se encendía el alumbrado público. Vése sombras humanas que pasan riéndose; se burlan, huyen. índigo y violeta. Sombras densas. Noche lóbrega. Viento frío. Rumor de agua en acequia. Zollipar de buho. Olor a pasto y tierra húmeda. Silencio, soledad y tinieblas.

*

En una finca de valle de un amigo pasé algunos días de un esplendor admirable, pero mi postración espiritual era tal en una especie de languidez de cansancio, que en mi somnolencia no había idea de nada y mi insensibilidad era casi completa. La única percepción clara que tenía, era la de una perfecta ausencia de mí mismo, de tal manera que me parecía contemplarme a mí, desde una lejanía, cual si mi cuerpo no fuese otra cosa que una simple funda abandonada, y ello sin que me importase. Y los días, claros, serenos, eran de una tibieza adormecedora. El trino de las aves, el murmullo del arroyo, la caricia de la brisa, el olor del campo y las flores a la sombra verde de las enramadas, tanto como la gentil lozanía de las aldeanas, todo lo miraba con una completa indiferencia de espejo.

III

Pasaron los años y supe de las miserias y soberbias de los limosneros, de los sinsabores del mozo de cuerda; de toda las humillaciones por no ceder al hambre, toda vez que mi existencia tenía ya un fin. Pues los siringales, las minas, las casas de pensión, los garitos y cien más me vieron arrastrando el alma. En mis días soplaron todos los vientos: fui cómico, soldado, rufián, mercader, etc., y mon-

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je. En esta última condición pude cultivarme algo, disfrutando de una relativa ociosidad, sin ninguna preocupación por el trágico mañana. Pero sólo ha sido para mi mal, ya que comencé a sentir la tristeza sin fondo de mi alma sumergida en la meditación. Y un día escapé del monasterio, para aturdirme en la vorágine de los lupanares. Después... ¡Cuánta bruma en mis días!...

IV

No, no quiero recordar que una vez supe...

Tengo miedo hablar y aun pensar e imaginar, porque he sabido un día que lo que llevo en mí es... el estigma del abortivo. Es decir, que mi madre misma —¡oh Señor!— ha tentado contra mí en su propio seno...

En la noche de aquel día horrible tuve una especie de sueño o reminiscencia.

*

Al principio se siente agitarse la sombra algo así como al anochecer los inquietos preparativos mal disimulados para hurtar el goce de un amor vedado. Todo aceza ansiedad. Los enigmas parecen estar cuchicheando siniestramente.

Poco a poco la sombra se va haciendo más densa, casi materialmente impenetrable, envolviéndome en su seno.

Después de un largo instante de espectación se nota graves temblores en las lobregueces, así como se adivina un apresurado secreteo, músculos que se crispan y dientes que rechinan; a lo que sucede un silencio de fatiga. Luego hay sonrisas y sigilosos andares precipitados que se alejan.

Mi atención se hace dolorosamente angustiosa, por- que las sombras empiezan a pasar como cintarazos, relam- pagueando tinieblas, en medio de un extraño murmullo, cual si fuese el conciliábulo de los abismos, fraguando un nefando crimen.

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Pero a poco han invadido las opalinas nieblas, cla- reando la atmósfera. Deben ser las seis de la mañana. Está lloviznando. Hace tanto frío que no puedo ni moverme; casi estoy varado. Mas, felizmente un rayito de sol ha rasgado las brumas. Quiero ir a calentarme, cuando alguien me habla. ¿Qué dice?... La voz: —No te muevas, Loco; porque si vas verás que eres tú mismo... No te muevas. Y lo raro es que no hay nadie en mi derredor; no obstante, las palabras han sonado tan claras y tan cerca...

En eso las tinieblas se disipan. La lluvia sigue cayendo menuda, lenta, silenciosa e incesante; casi parece una nevada.

Hago un esfuerzo con lo que avanzo dos pasos a a tiempo en que el cielo y la tierra se estremecen. Ün temblor hondo ha pasado rezongando. Dijérase que en el centro de la tierra las rocas plutónicas crujen reventando a tiempo en que en el aire se dilata una hediondez nauseabunda y asfixiante. Estoy en un muladar, debajo de un puente. Al fondo se ve la población. Las basuras, grises, multicolores, hacinan herrajes, sombreros y cráneos de párvulos; bonetes, papeles sucios, zapatos y guantes húmedos, remojados; cenizas, cacharros con cebadas, latas orinecidas entre guano, andrajos y botellas rotas o joyeles descuajeringados en la espumosa lama de las aguas cene-gosas con visos tornasoles, que por partes se ha congelado.

Giro sobre mis talones, para huir; pero de lo alto, envuelto en un trapo negro, está rodando en medio de las inmundicias un recién nacido, hasta que se atasca, desnudo, en un promontorio del basural. La criatura está medio degollada por un hilo que le sujeta al cuello una tarjetita. Hago por ir a levantarla, pero la voz vuelve a hablar en mi oído: —No te muevas, Loco; es la hora trágica: mira que eres tú mismo—. Apesar de eso quiero avanzar, retroceder, gritar... Imposible. En eso sopla un fuerte viento, arremolinando la lluvia y las basuras. Y cuando cesa el torbellino, no sé cómo en su lugar hay una chancha preñada, la que pasando el arroyo, viene hambrienta, a carrera, rechinando sus colmillos. A su vez el párvulo, lloriqueando mueve desesperadamente sus manecitas ¿acaso

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buscando el abrigo maternal? En eso la bestia comienza a hozarla, revoleándola de un lado para otro, hasta que su hocico inmundo, negro, choca con aquella rosada boquita virginal que hace poco por mamar. Mas del monstruoso contacto de ambos alientos confundidos bajo la incesante lluvia, se forma repentinamente una viborita negra, febril, que al momento muerde en la sien y el costado al pe- queñuelo, para desaparecer escurriéndose entre la basura, a tiempo en que se aproxima una mujer, por lo que huye gruñendo la puerca. A lo lejos, oculto detrás de una pared, observa un individuo. La lluvia arrecia torrencialmen-te. Las manecitas y los piesecillos amoratados de la criatura se mueven al compás de su lloriqueo de organillo que se apaga en el fragor de la tempestad a la vez que la niebla avanza escondiendo la escena y estalla un rayo. Y, temblando en el firmamento, una gran voz dice: —Picado ha sido por la tristeza, por siempre.— Por lo que los truenos, retumbando de monte en monte, iban repitiendo: —Por siempre...— Luego las sombras nocturnas lo esfumaron todo.

*

El horror de un frío glacial me hizo volver en mí, dejándome la obsesión de aquella reminiscencia.

Desde entonces qué largas son mis noches.

Señor, que nadie sufra estas amarguras, porque son tan hondas...

V

A partir de entonces, ni comí ni bebí, ni tuve aliento para estar en vigilia o dormir, ni de día ni de noche: estuve en estado de suspensión entre la vida y la muerte. Pero un escosor inusitado no me dejaba en reposo ni un instante. Era una carcoma de ortigas y cardos en llaga viva.

VI

Una tarde que estuve calentándome al frío sol de invierno, noté en las manos una comezón tan fuerte, que

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no pude menos que observar el punto molestado. ¿Cuál no sería mi sorpresa, cuando vi que mi piel se movía al fermento de la piojera, que se hallaba exudándome en los poros del dorso de la mano!...

De consiguiente no es difícil comprender mi estado de ánimo en los días subsiguientes, cuando los parásitos me consumían íntegramente. Si me rascaba, ellos quedaban a centenares entre mis uñas. Parecía que mi sangre se con- vertía en piojos, los cuales se multiplicaban con indecible rapidez.

Apesar de toda esa tortura notaba un placer deses- perante en los genitales, un cosquilleo tan sutil, que me hacía delirar. El sistema nervioso se me sobreexcitó de tal manera, que simulaba el espasmo de un incesante fornicar. En todo yo se arrastraban millones de patitas finísimas, lascivamente voraces, hurgándome de modo insaciable entre los bellos. Eran tal multitud, que pululaban en el piso, en la cama y en las paredes, a semejanza de un barniz o baba palpitante. ¡Oh!...

VII

Quince días después.

*

A las siete de una noche azul y fresca salí a pasear. En el ambiente se notaba una especie de alada libertad que nos animaba. La respiración era más plena en todos, y el ordinario entrabado andar de los comarcanos hubiéra-se dicho más desenvuelto, de modo que el movimiento de las hembras adquiría un encanto especial de agilidad y gracia. El claror de la luna velaba el fulgor de las estrellas, razón por la que pensé en Luz De Luna.

*

En la calle, a mi derecha, en la planta baja, hay una salita, cuya ventana se halla abierta. Lleva reja de hierro., de sólidas barras.

EL LOCO

Me detengo.

Por la puerta vidriera de enfrente entra la luna, ilu- minando la mesa central, donde de hielo o de bruñida plata, con visos azules y verdes, está una estatuita de cristal, cuya opalina sombra se alonga elegantemente. Es una hermosa y

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